miércoles, 28 de marzo de 2018

Normalizadores

250 bpm
La licuefacción es la reina del mundo, dijo riendo.
La humedad de tu vagina y de tus venas.
Mi semen y tu saliva.
Sangre, tejido, vestido, cuchillo, mantel, pared, mancha. Qué hago con esto en mis manos, grito, chillo.
Con tu carniza dibujo sobre la pared una frase obscena y luego duermo. Abandono tus restos y escapo a través del sueño.

90 bpm
Gerardo, hijo de Gerardo, salió de la casa en el balneario Buenos Aires con toda la intención de llegar lo antes posible a Montevideo.
No era simplemente apuro, necesitaba dejar atrás aquello que había sido creado durante la noche por algo que no estaba dispuesto a aceptar pudiera ser él.
No Gerardo, hijo de Gerardo, con un futuro incitante y excitante en el rubro de la construcción de mansiones veraniegas, como la que albergaba el cuarto donde todo había pasado.
Lo que más le atormentaba era su rostro, cubierto por lo que parecían ser granos de arroz rojos. Era su pesadilla más recurrente, perder la piel de adolescente que había logrado conservar a través de tantos años.
Solo que esta vez era real, el gran espejo en el dormitorio le mostraba las petequias, los vasos capilares reventados por el prolongado esfuerzo del vómito, aunque ya no tuviera nada más para expulsar.
Y sin embargo, siguió arqueándose bajo la presión de una gigantesca mano invisible durante un largo rato.
Por alguna razón su vesícula le llenaba la boca de un líquido amarillo nauseabundo y ello aumentaba la violencia de la próxima arcada, reventándole el rostro andrógino.
Sobre la cama, ensuciando las paredes, metidas en una olla, ocultas de forma demencial en un chorreante cajón, se encontraban los restos de lo que había empezado en un pub de José Ignacio.
Gerardo, padre de Gerardo, seguramente sabría qué hacer.
Por ello también quería llegar cuanto antes a Montevideo.
No era algo que pudiera contarse por teléfono fijo ni por celular.
Así que Gerardo, hijo de Gerardo, se subió al Audi y, en lugar de bordear la rambla de Punta del Este, decidió que doblaría a su derecha por la 104 para así llegar a la capital, una vez que alcanzara la ruta 9, reduciendo al mínimo las posibilidades de encontrarse con un conocido.
Dentro de las calles de Punta la velocidad tenía un límite demasiado bajo para la potencia del motor de 6 cilindros de su auto.
Pero la ruta, en cambio, tenía un solo carril de ida y otro de vuelta, que en su mayor parte transcurría entre túneles de árboles con poco tránsito ya que todavía faltaban varias horas para el amanecer.

0 km/h
Gerardo, hijo de Gerardo, encendió el motor y lo sacó pisando levemente el acelerador, el cambio automático en una posición casi inerte.
La maquinaria de un RS 5 comienza a sentir que debe poner algo de fuerza extra recién después de los 300 km/h.
Pero Gerardo no quería, por primera vez en su vida, llamar la atención.

80 km/h
La 104 es una ruta paisajística, cuyo estado vial es de los más recomendables del país.
Colabora para que ello sea así el hecho de que es una ruta que se encuentra en la zona turística de mayor importancia del país.
Por ello es que la 104 es una ruta a la altura de las que se pueden encontrar en países del Primer Mundo, con su trazado impecable, su pavimento en perfectas condiciones y su visibilidad perfecta, lo que minimiza considerablemente el riesgo de accidentes viales.
Aún de noche.

100 km/h
Levantó apenas la velocidad luego de pasar la intersección de las dos rutas, bajando las ventanillas para que el aire que le azotaba lo despertara del todo.

140 km/h
Como pensó, por la 104 no había nadie y hacia donde se dirigía solo se encontraban las entradas a las chacras de veraneo de los millonarios y famosos argentinos.
La mayoría estaban desocupadas ahora, pues el verano ya había terminado.
Durante el día se veían las serranías de Piriápolis y de Lavalleja junto al horizonte.
Por primera vez en horas sintió que tenía una posibilidad.
Comenzó a disfrutar el viaje, cada más relajado, a medida que se alejaba del estrago.
Le duró poco.

180 km/h
Comenzó a incrementar la velocidad del auto.
El vendedor, mientras firmaban los trámites de importación, le había asegurado que este modelo podía acelerar de 0 a 100 km/h en tan solo 3.6 segundos.
Con 444 caballos de fuerza, el motor era lo suficiente poderoso para transmitir algo de esa sensación al conductor, le aseguró. Pasó los 180 sin problemas.
El efecto túnel también aumentó, estrechando los márgenes de su visión.
Volaba por un tubo largo y verde, formado por altas paredes de árboles curvados encima de su cabeza.

220 km/h
Afortunadamente el Audi RS 5 acompaña su potencia con un diseño que le permite conservar la estabilidad, sobre cualquier superficie y a cualquier velocidad.
De otra forma su exquisita y muy reservada clientela se convertiría en picadillo de carne tan a menudo que ni la mejor campaña de marketing, detallando todas y cada una de las especificaciones técnica de avanzada, lograría que se vendiera una sola unidad más.
Por ello Gerardo, hijo de, apoyó su espalda en el respaldo ergónomico forrado en cuero y suspiró con alivio.
Estaba cada vez más cerca de la posibilidad de hacer que la horas pasadas fueran solo un recuerdo dudoso.
Hasta que suceda otra vez, pensó. Pero no, se corrigió, me estoy tirando tierra encima.
A ver. ¡Arriba!
La noche me ayudará a pasar sin que los guardias de seguridad en casa noten el estado de mi rostro.

240 km/h
Gerardo, hijo de Gerardo, sabía lo del efecto túnel.
Por su afición a la velocidad lo había experimentado muchas veces.
Pero ahora, producto del cansancio físico que le había dejado el vomitar o por el estado nervioso, vio algo más, dentro del túnel, cuando aceleró.
Otro auto.
Quizás estoy exagerando, pensó reduciendo apenas la velocidad. Hay apenas 15 quilómetros entre la rambla y la 9.
No estoy en la mejor forma para ir tan rápido y aquel auto está cerrándome el paso. Me voy a estrellar contra él si no rebajo la velocidad.
Y lo hizo.

180 km/h
Todas las leyes físicas apuntan a que, si hay dos objetos de los cuales uno despliega una velocidad mayor que el otro, el objeto más veloz impactará al más lento.
Y, antes de chocarlo, el objeto más lento se hará omnipresente, por así decirlo.
Primero en forma óptica y luego física, tal y como se ve en las videos de choques frontales a gran velocidad, donde el costillar del conductor A se desprende del cuerpo al que pertenecía y penetra, una vez que rompe ambos parabrisas, dentro del rostro de la pasajera B que viajaba en el asiento del acompañante del auto que iba en dirección opuesta.
La metamorfosis de dos vehículos y varios seres humanos culmina con un bulto de carne mezclada con vidrio y pedazos de plástico y metal, como si alguien tratara de envenenar un ovejero alemán de dimensiones gigantescas.
Lo que no prevé la física, es que si el objeto de mayor velocidad detiene o enlentece su marcha, el más lento desaparezca de la vista.
Aunque sea eso lo que sucedió.

0 km/h
Gerardo, hijo de Gerardo, olvidó por un momento su prisa, su cara arruinada, su futuro posiblemente tan arruinado como su cutis.
Aquello no tenía sentido.
¿Estaba volviéndose loco y debería llamar a alguien para que lo viniera a buscar antes de matarse manejando?
Había visto un auto delante suyo, lo suficientemente cerca para detenerse por temor a chocar.
Era un auto chino, celeste o marrón clarito, no recordaba.
Era del tipo camionetita, de los que, a la gente que va sentada atrás, solo se les ve solo sus perfiles.
Atrás iban dos niños, una nena y un varón, sentados uno frente a la otra.
Habían girado sus cabezas y lo miraban.
O eso parecía. No había llegado tan cerca.

260 km/h
Allí estaban. Dentro de la camioneta.
Los niños.
Gerardo, hijo, ya no tenía dudas.
¿Pero cómo podía esa camioneta ir más rápido que su Audi?
Redujo una vez más la velocidad.

180 km/h
Habían desaparecido.
La larga cinta gris, iluminada por los potentes faros del auto, bajaba y volvía a subir hasta fundirse con la oscuridad sin que nada la interrumpiera.

260 km/h
Otra vez.
Apenas el velocímetro alcanzó los 260, Gerardo (h) vio como la parte trasera de la camioneta se materializaba delante del Audi, bajo las copas anormalmente inclinadas de los árboles.
Y se acercaba a ella.
Ahora sí estaba seguro.
Eran un niño y una niña, con sus pálidas caras dirigidas hacia él, observándolo.
Lo cual era imposible.
Tenían faros de automóvil en lugar de ojos.

320 km/h
La Audi es una marca alemana de automóviles de gama alta.
Como tal, cada unidad, antes de ser lanzada al mercado es sujeta a una abultada y exigente batería de pruebas con la finalidad de asegurar una experiencia de uso al nivel del precio que se le cobra a cada usuario final.
Los frenos de los autos Audi, por ejemplo.
En condiciones controladas, se lleva el auto a su velocidad máxima, que en el caso del RS 5 es de unos 708 km./h y luego se acciona el freno al máximo.
En el laboratorio, los autos se detienen con tanta firmeza que los responsables de los aditamentos de seguridad deben reforzar el diseño para que éste atenúe el impacto de la frenada. De lo contrario, el resultado sería una caja torácica pulverizada por la inercia.
Esa obsesión por la perfección brinda seguridad y, sobre todo, previsibilidad en el manejo. Así que cuando el Audi de G. (h) aumentó su velocidad sin que hubiera ejercido mayor presión sobre el acelerador, éste comprendió que su día había empeorado.
Y que iba a morir.

0 km/h
El Mercedes descapotable de M. apenas vibró al arrancar, solo el ladrido lejano de un perro quebró el silencio nocturno del balneario.
Bajo la luna todas las almas se veían igual de rotas. Las casas de veraneo blanqueaban la costa, como lápidas en un cementerio de arena.

120 km/h
La ruta.
No tiene fin ni principio.
Pisa el acelerador.

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