Mi asistente personal acaba de decírmelo.
Afuera hay por lo menos 40.000 personas esperándome.
Ese era un dato que en realidad no necesitaba, adivinaba el número por la magnitud del típico silencio, cargado de expectativas, previo al comienzo de un show.
Cuando dieron la señal el estadio quedó a oscuras y, simultáneo al griterío, surgieron tres decenas de varilites emitiendo rojo sangre sobre mí, que había llegado hasta el centro del escenario ayudado por la oscuridad.
A mi lado Omar Herrera había acusado bien el golpe de verse por primera vez ante el vacío poblado por los miles de ojos fijos en nosotros, atentos a nuestro sonido y a los cambios de las varilittes en cada golpe de percusión.
Aldo Bazika, mi baterista, acompañaba a Leonardo en el bajo en una sólida base rítmica sobre la cual Heráclito y Omar trazaban danzantes sonidos en teclados y guitarra, respectivamente.
Cada tanto los miraba y les veía sucios de colores, felices y tensos al mismo tiempo.
El técnico que estaba al mando de la consola de luces esa noche se estaba luciendo. Nuestras ropas iban del azul al blanco y enseguida se tenían de verde.
Para mí había sido casi imposible aguantar la tensión previa a la salida.
De hecho, me porté bastante histéricamente durante todo el día molestando a los demás, asegurándome de que todo saliera según mis deseos.
Ahora todo estaba saliendo bien. Mi garganta alcanzaba los tonos más altos sin esfuerzos y, aún cuando no lo hiciera, el ingeniero de sonido tenía ya preparada la pista de apoyo para cubrir cualquier hueco o desvío.
Esa noche, de todas las que he vivido arriba de un escenario, todo debía salir a la perfección.
Movidas por grúas sujetas a los andamios que constituían el escenario, las varilites qe habían comenzado el show abandonaron el escenario y se precipitaron sobre la multitud que comenzó a gritar enloquecida de placer mientras las luces dibujaban figuras geométricas sobre ella, coincidiendo con el final de la primer canción.
Al mismo tiempo, tres filas más de varilites configuraban el escenario para la próxima canción.
Los láseres alcanzaban el cielo nublado de la ciudad y luego se abrían en abanico para caer hasta rebotar en espejos distribuidos estratégicamente entre el público. Ya no había un escenario sino que todo el estadio era uno. No brillaban unos pocos láseres sino cientos.
Comenzó de la segunda canción a una señal del baterista y el suelo del escenario se convirtió en un césped de gigantescas flores mezcladas con fotos micróscopicas de copos de nieve.
La multitud rugió al darse cuenta que todo en el escenario, piso incluido, estaba cubierto de pantallas LED de altísimo contraste.
Detrás mío, apareció un tablero de ajedrez con los casilleros blancos y negros entrecruzándose entre sí y, sobre el final de la canción, cambiando su forma a la de un tablero de backgammon.
Sabía que ella iba a estar esa noche entre el público.
Con su esposo, como siempre.
Pero esta era la prueba que ella y yo necesitábamos.
Aunque no lo supiera, estaba casándose y enviudando en la misma noche, mientras yo cantaba y bailaba dentro de paraísos artificiales generados por tecnología de punta puesta al servicio de la representación de mi ego.
Los rugidos del público eran nuestro coro nupcial.
Su estruendo tornó inútil el esfuerzo de su marido cuando gritó al sentirse agarrado por dos de mis guardaespaldas, mientras un tercero lo golpeaba hasta dejarlo insconciente ante la indiferencia del público que se hacía a un lado para no perderse el espectáculo.
Por esa noche sus ojos y oídos eran míos.
En algún momento del recital, quizás cuando se encontró sola y rodeada por desconocidos, debió darse cuenta de lo que había pasado.
De todas formas yo la ayudé a despabilarse.
Durante la parte acústica del show, mientras cantaba una balada pretendidamente comprometida con los derechos humanos en la pantalla del fondo se pasaban imágenes muy crudas de personas asesinadas.
Mezclada entre ellas estaba la que mis guardaespaldas le habían tomado al cadáver de su esposo y alcanzado al responsable de la consola de videos.
Yo no lo la podía ver en ese mar de rostros a semioscuras pero, mientras le cantaba a la masa concentré mis sentidos en ella. La lista de canciones de esa noche, en su mayoría dedicadas al amor y a la pérdida de éste, era distinta a la de otras fechas de esa gira.
Digo que en algún momento se dio cuenta pero no sé si fueron las canciones, las maravillosas luces que bañaban su rostro o simplemente la artificial sensación de libertad que da esta clase de espectáculo lo que la decidió.
Solo sé que cuando todo terminó, me metieron sudoroso y satisfecho en mi limusina y ella estaba allí, con un extraño brillo en sus ojos.
- Jorge se ha ido. - me dice.
sábado, 17 de marzo de 2018
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