jueves, 15 de marzo de 2018

Espejándome


Según un test (eneagrama) que me hice, mis tríadas más relevantes son (de mayor a menor) pensamiento – intuición – afecto. Supongo que eso explica ciertas tendencias afectivas que estoy teniendo últimamente.

---

Hoy me levanté y al mirarme en el espejo del baño, observé que de mi calva rasurada salía un largo mechón de cabello negro. Nace en la parte delantera del cráneo y cubre la mitad de mi cara, incluidos mis ojos; se mete por una comisura de la boca cada vez que abro ésta para comer o hablar, por lo que estoy constantemente sacándome los pelos con mi mano. He decidido conservarlo hasta que se vaya de la misma forma que vino.

Última e inesperadamente, he estado recibiendo mensajes de alguien que va a nacer dentro de 20 años, año más, año menos.

Sucede de esta forma: yo corro un trecho, bajo el sol, sobre el asfalto caliente del verano. 
Lo hago para tranquilizarme, me pongo ropa bien liviana y salgo.

Vacío de afectos, lleno de presentimientos, obsesionado con alguna idea.

De pronto, el mensaje llega.

Es casi exactamente acerca de o incluso aquello mismo que estaba pensando y digo casi, porque de hecho el mensaje va más allá del punto en el que mi pensamiento se detuvo. 
Lo completa, lo enriquece. 
El problema es que faltan como 20 años para conocer a la persona que me completa las frases y sé que yo, por más que corra, sé que jamás voy a llegar.
---

Novedades sobre el mechón de cabello negro.

Ahora también tengo alas.

Sí, alas.

Hechas con plumas, así, bien pedorras, estereotípicas.

Y dolorosas además pues rompieron mi piel y en este mismo momento me están molestando, aplastándose contra el respaldo de la silla de mi computadora.

¿Debería ir a un médico para me las ampute, no?

Quizás esa era la causa del dolor en mis omóplatos durante tanto tiempo. 
No la artrosis cervical ni una contractura.
Alas, estaban naciéndome alas.

Que al pedo.

Justo ahora.

Porque, cuando me siento como ahora, incompleto y a la vez bizarramente aumentado, estoy al mismo tiempo haciendo pie y ahogándome en algo que tal vez sea yo, tal vez sea un océano inmenso que siempre estuvo pero sólo ahora, que no tengo fuerzas, finalmente me devora.

Creo que llega finalmente un momento en uno no debería seguir creciendo.

No me refiero a no envejecer o alguna nimiedad de esas.
No crecer más.

El cuerpo no sabe qué hacer, para dónde ir.

Nos salen esquinas puntiagudas donde antes sólo había suaves curvas.
Extremidades que estaban sanas se enferman y caen porque debajo les está naciendo otra cosa, algo monstruoso, generalmente.

Ahora mismo las alas que me salieron ayer se están pudriendo.

Ayer eran blancas, hoy les han salido manchas marrones y en algunos lugares están oliendo feo. 
Lo peor es que después que se caigan probablemente vuelvan a crecer otras.

O no.

Si no vuelven a crecer me va a quedar la duda de haberlas desaprovechado pero, pienso, a la vez me estoy salvando de partirme la jeta si trato de usarlas y no funcionan.
Yo que sé. Nunca me pasó.

Las veces anteriores en que he volado me daba cuenta de ello recién cuando mis pies volvían a pisar el suelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje un comentario aquí.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...