domingo, 8 de diciembre de 2019

Muerte y nacimiento

Me levanto con la sensación de que una banda de percusionistas ha elegido el interior de mi cabeza como sala de ensayos. Desde el interior de mis sienes alguien intenta huir, utilizando un picahielos para abrirse paso.
Es la última vez, prometo, que le acepto una invitación a Steinway para tomar una. El judío no respeta ese límite -después de la primera copa, yo tampoco, para ser sincero-, y no me suelta hasta que estoy arrastrándome. Linda forma de terminar un sábado. Y ahora tengo que trabajar en estas condiciones por el resto del día; me moriría si pudiera. No encuentro calzoncillos limpios, y estas medias, madre mía. Espero que aguanten un día más porque no encuentro otro par que esté en mejores condiciones.
El café cargado y calentito me espera en la cocina. La cafetera programable es una de las pocas cosas modernas con las que acepto convivir. Me importa un pomo que mis compañeros me acusen de obsoleto y de que debo actualizarme. Ni en pedo. Prefiero asumir mi edad. Ahora todo es plástico. Use y tire. Antes uno tenía que luchar mucho, partirse el lomo para cosechar la cantidad de grano suficiente para canjearlo por una herramienta o algo para la casa. Una lámpara duraba mucho tiempo. Se pasaba de generación en generación, si el propietario de la hacienda no se la llevaba cuando había una mala cosecha, o alguna partida de forajidos no saqueaba la aldea.
Hablando de cosechas, la lista correspondiente a mi turno se acaba de materializar sobre la mesa. No es muy extensa. Todo en el país que me asignaron es así: mediano, como su geografía. No tiene grandes catástrofes ni guerras que aumenten las horas de trabajo. Uno puede salir por la mañana con la tranquilidad de cruzarse con el compañero de la noche sin ningún tipo de sorpresas. Aun así es un número demasiado alto para un país tan despoblado. Los uruguayos, aunque la mayoría no lo sepa, mueren -en promedio-, más que en otros países. Por egoístas, o por cobardes. Eligen no tener hijos o se les va la descendencia a otros países. Escasean los jóvenes pero abundan los ancianos. Mis listas son mucho más largas que, por ejemplo, las de mis colegas de Brasil.
La primera cita del día es con un joven, tendido sobre el piso de una cafetería. Tiene los sesos desparramados sobre el vinilo oscuro del piso. Al costado un hombre mayor, con uniforme de policía, yace con el pecho agujereado. No está en mi lista así que va tener que esperar un rato más. El muchacho está confundido. Cuando me inclino sobre él y me presento, comprende.
El cielo está encapotado, el aire denso anuncia lluvia, de esa que dura días y curva los pisos de madera en las casas de salud. Tengo que aparecer en la otra punta de la ciudad para encontrarme con el siguiente nombre en mi lista. La camilla con la anciana ya está saliendo del aeropuerto, subo con ella a la ambulancia que vino a buscar su cuerpo. Ella comprende lo que le está pasando. Todavía no murió, pero el infarto la dejó en esa etapa intermedia que les hace ver el mundo como a través de una ventana empañada. La oriento para que no se pierda, susurrando su nombre al oído: Madelón, Madelón, hasta que finalmente encuentra el camino y expira.
No todas las personas mueren así de plácidas y conformes. Quieren durar un poco más, así estén en condiciones imposibles. Como la mujer de Toledo. Tenía el cráneo partido y le faltaban partes de su cuerpo que le habían comido los perros pero aún insistía. "Quiero vivir. Déjeme un rato más, hasta que me encuentren, quiero denunciar a mis asesinos", gritaba, empeorando mi dolor de cabeza.
No me costó mucho convencerla. La elevé en el aire tibio del atardecer para que viera el paquete corrupto en que se había convertido. Tuve que esperar a que dejara de llorar antes de cosecharla. A la mayoría de mis compañeros no les importa el estado emocional en que estén los suyos, a mí no me gusta sacarlos en medio de una conmoción. Eso deja secuelas importantes y no habla muy bien de uno como profesional.
Mi siguiente visita estaba más dentro de los cánones normales. Era un hombre ya mayor, internado en una sala de cuidados intermedios después de estar un mes en el CTI. Un infarto agudo del miocardio le había rajado el corazón como si el diablo se lo hubiera acariciado con su uña. En estos casos los médicos saben que la persona ya está fuera de sus posibilidades. Les aseguran los máximos cuidados y los embalsaman con químicos, aunque en el fondo sepan que la última palabra la tiene el churrasco herido del pecho.
Entré por la puerta de Emergencias. Las enfermeras y dos médicos trataban de calmar a una mujer. La sangre que los cubría era de la paciente. No lograban controlar su agitación, los brazos cubiertos de heridas hendidas hasta dejar los huesos al aire salpicaban al personal. No paraba de gritar "¡Craven! ¡No cruces la calle! ¡No cruces la calle o me mato!"
No todavía, señora, no todavía.
El hombre al que debía atender no tenía acompañante. La otra cama de la habitación estaba vacía. Finos tubos de plástico entraban en su nariz, el suero goteaba sin urgencia dentro de su brazo. Estaba dormido, confiado como un bebé.
Este tipo de casos presenta una complicación adicional pues todavía no estaba técnicamente muerto. Debía esmerar entonces mi discurso, convencerlo que ya no tenía nada más para hacer en el mundo de los vivos. Suelo emplear la analogía de las gotas de lluvia, convertidas en ríos hasta formar océanos que el sol evapora, formando nubes en el cielo que luego dejarán caer su contenido sobre la tierra en un ciclo sin fin, hasta que otra vez subirán a las nubes y una vez allí... en fin. La mayoría se pacifica y acepta mi ayuda, pero de todos modos se demora un tiempo mayor que con los muertos.
Me quité el saco y lo colgué, arremangué las mangas de mi camisa, aflojé la corbata y me di vuelta hacia la cama, dispuesto a despertar al hombre.
Me choqué contra su mirada. Había observado mis movimientos antes que me anunciara. Una señal de alarma, pensé. Todo lo que se desvíe del procedimiento, por mínimo que sea, indica que algo anda mal, había insistido una y otra vez el instructor. Grábense eso con fuego, repetía.
-¿Ya es hora, verdad?- me dijo.-Menos mal. Tenía miedo que me obligaran a seguir.

-Buenos días, caballero.- me presenté, sin revelar todavía mi función. -¿Me esperaba?
El hombre giró su cabeza hacia la ventana. La condensación sobre los cristales convertía a la ciudad fuera del hospital en una nube.
-Desde hace años.- me contestó. -Desde que me dejó mi familia hace trece años. Pero usted no habría venido por mí entonces, ¿Verdad? Todavía era demasiado temprano y nunca tuve el valor de suicidarme.
Bien, me dije, el trámtite quizás sea más ágil de lo que pensaba.
-¿Podemos irnos, entonces?- pregunté, ansioso por terminar el día.
-Como le dije, estoy listo desde hace años. Solo quisiera saber algo antes de irnos. ¿Volveré a ver a mi familia? A mis padres, a mi hermana. A mis amigos, incluso. ¿Me espera algo del otro lado?
Maldición, la cosa se complica, pensé.
-Eso es algo que no lo sé.- mentí. -Mi trabajo consiste en llevarlo usted hasta cierto punto. Lo que sucede de allí en adelante lo ignoro.
Giró la cabeza con una rapidez impensada para su estado. Las gruesas cejas se juntaron. La mirada disparaba un cinismo disgustado y burlón.
-¿Pero cómo? ¿Vos no sos la huesuda?
-Eh, no precisamente. Soy solo un funcionario. Oiga, no se complique la muerte. Soy el encargado de llevarlo y, creáme, va a ser mucho mejor para usted si hacemos esto de forma amable. Piense en las gotas de lluvia, en cómo ellas...
-Más de diez años alimentando como a un canario este infarto para que al final me manden a un cadete.- me interrumpió. -Así ha sido siempre mi vida. ¿Los viajes a Europa? Para los demás. Una sola puta vez me subí a un avión y eso fue todo.
¿Estaba ante una desviación del procedimiento? ¿Debía llamar al instructor?
-Cálmese, le va a hacer mal.
El espamos del hombre casi alcanzó la carcajada.
-Quiero decir, pensar así no le ayuda para lo que tiene que hacer ahora.- y, sobre todo, no me ayuda a mí, maldije.
Debía adoptar otra estrategia. Las gotas de lluvia mejor las dejaba para otra ocasión.
-A ver, cuénteme un poco cómo es eso de que estuvo alimentando como a un...
-Canario.- me aclaró.
-Eso, como a un canario su muerte. Explíquemelo.
-Sencillo. Con mi mujer llevábamos casi 30 años de matrimonio, teníamos una hija de 20 años, parecía que íbamos a pasar la vejez juntos, acostumbrados a una plácida rutina cuando de pronto una tarde, como si hubiera estallado una bomba, mi mujer se fue de casa. Me dejó.
-Ah... y eso lo hundió. Me imagino su depresión, la tristeza por los años de matrimonio. Le rompió el corazón.
-¿A mí? No, en serio que no. Tuve algún episodio muy menor de depresión pero en realidad me sentí liberado. Ella era alcohólica, sabe. De cada 7 noches, 4 estaba en pedo. Decía que era mi culpa.
-Usted tomaba también, me imagino.
-Nunca. Tengo la desgracia de que nunca pude emborracharme ni aunque tomara ocho vasos de whisky. Por supuesto, quedaba alegre, mareado, caminaba chocándome contra las paredes pero no perdía la conciencia ni me ponía agresivo. Además no llegaba a tomar ni 10 veces en un año. Era asquerosamente sobrio. Ella en cambio...
-Entonces cuando ella lo dejó...
-Cuando me dejó quedé con una mano atrás y otra adelante. Eso era lo que más me jodía. Todos mis planes para la vejez se habían arruinado y allí estaba yo, con casi 60 años y un sueldo de morondanga, teniendo que salir a competir por un trabajo a una edad en que la gente se estaba ya jubilando. Entonces decidí matarme pero no de la forma usual sino simplemente dejé de cuidarme. En mi afán por evitar la muerte a los 51 años de mi padre me había pagado un estudio del que había salido que mis arterias estaban limpias.- acá hizo una pausa y me observó a ver si yo lo estaba siguiendo.
Lo estaba, el hijo de puta me había hecho olvidar el trabajo, la resaca, la mujer muerta por su pareja que debía pasar a buscar.
-Pero.- continuó, -en la arteria femoral posterior tenía un ateroma. Una placa de grasa. Inicié entonces una terapia química para transformar la grasa en fibra, para desarmar el futuro proyectil que me iba a partir el corazón como a mi viejo. Eso fue hasta que me separé. Entonces dejé de tomar los remedios. Vendí un aparato de hacer gimnasia que tenía en casa para evitar tentaciones y me dediqué a comer todo tipo de frituras y bizcochos con grasas saturadas. Desayunaba embutidos. Para acelerar el cambio en mi cuerpo usé mis ahorros para comprar un auto. De esa forma me impedía la necesidad de caminar. Me levantaba de la cama para desayunar. Tres sandwiches de salame con queso, una taza de café bien cargado con leche espesa. De la mesa me levantaba hasta el auto. Conducía hasta mi trabajo donde me sentaba frente a la computadora durante horas, hasta el almuerzo. Compraba la comida en una panadería de las tradicionales, de esas que no escatiman manteca ni alimentos ultraprocesados. Comía tres empanadas de carne gorda, o una milanesa del tamaño de un plato con mucho huevo duro. Después regresaba a la silla en la oficina hasta la hora de salida. De allí me sentaba otra vez en el auto y conducía hasta la Facultad, donde pasaba el resto del día escuchando las clases sin despegarme de mi silla. Era la mejor forma de regatear mis movimientos al mínimo. Ni siquiera sacaba apuntes para no gastar calorías. Siempre tuve buena memoria. Demasiada. Atendía a los profesores y leía -acostado- las fotocopias para salvar los exámenes. Me quedaba hasta última hora para regresar tarde a casa. Tan tarde que luego de cenar algún chivito canadiense con huevo frito y papas que compraba en el camino o una milanesa en dos panes, no me quedaba más tiempo que el necesario para acostarme con un vaso de Coca Cola en la mesita de luz. Engordé 24 quilos en seis meses. Cuando cumplí 60 años pesaba más de 110 quilos. Dejé de ir a la Facultad porque no entraba en los bancos. Tenía tales ataques de flatulencia que hasta mis compañeros de oficina comenzaron a protestar. Me jubilaron antes de tiempo, por una condición cardíaca que conseguí desarrollar.  Entre los amigos que se murieron y aquellos que dejaron de interesarles mi compañía me quedé solo. Mi hija me contó, antes de desaparecer y no ir a verme nunca más, que a mi ex estaba hecha un esqueleto, en las fases finales del alcohlismo. Se pasaba espantando bichos inexistentes, justo ella que era tan rompepelotas con la limpieza. Mi físico se fue achicando. Los panes baratos y los embutidos de oferta solo conseguían mantener la panza pero desapareció mi triple papada, los muslos dejaron de pasparse entre sí, no conseguía cerrar las camisas en la parte de adelante pero los hombros colgaban flojos a la altura de mis codos. Los pantalones en invierno eran una tortura. Me quedaban tan anchos que ni usando calzoncillo largo vencía el microclima helado guardado entre la tela y mis escasas piernas. Y plata como para llevar la ropa a una modista no tenía. Ni plata ni ánimo, dicha sea la verdad. ¿Alcánceme un poco de agua, quiere?
-Sí, claro. ¿Le molesta si me sirvo un poco?
-No.- dijo luego de tomar un sorbo. -dele nomás. Así que no tiene ni idea de lo que pasa después... bueno, igual a esta altura ya estoy acostumbrado. Seguro que en la medicina personalizada de los bancarios los va a buscar un ángel. Sin ánimo de ofender.
-No se preocupe. ¿Nos vamos entonces?
-Dele. ¿Tengo que hacer algo?
-Para nada. Cierre los ojos. Piense en las gotas de lluvia...

Tiene una mirada plácida, gracias a las toneladas de ansiolíticos que ha consumido desde que dejó la adolescencia. Es el que va a la cabeza. Encabeza la hilera de seres que esperan por el cuerpo frío que deposito sobre la blanda superficie.
-Es él.- dice a los otros. Y luego me explica. -A mí me creó sin saber cómo, nunca entendió que fui hijo de su terror a quedar en la calle. Por ello imaginó un mundo donde todos, no solo él, decidían bajar a vivir en las veredas sin nadie que lo impidiera. Así es como él sentía que había reaccionado su familia. Lo habían dejado sin límite ni contención. En ese mundo, a los abandonados nos salva la gente del campo porque él nació en Treinta y Tres, y nunca dejó de unir -en su pensamiento-, al campo con la época más feliz y despreocupada de su vida.
El muchacho se calla. Luego se inclina sobre el cuerpo y besa la frente. La carne traslúcida del anciano recupera algo de opacidad. Quien ocupa ahora el lugar es un hombre gordo, de cabello negro y grueso, solidificado por toneladas de fijador en un rizo eterno. Apenas puede moverse, embutido en un traje blanco de discutible gusto como los que usaba Elvis en su última etapa. Se lleva las manos a la cabeza y oprime los mofletes, convirtiendo su rostro en la máscara viva de la desolación, si la desolación tuviera el aspecto y color del jamón.
-¡Padre!-grita -¡En los níveos castillos sobre las colinas intenté dejar tu mensaje!
-¿Podría apurarse?- lo intima un hombre en bata detrás del gordo. A juzgar por el cuidado en su barba y el monograma dorado que adorna el pañuelo sobre el cuello se trata de alguien poderoso, acostumbrado a mandar.
-Un momento.- contesta molesto el gordo. -Quería homenajearlo cantand...
Toda la fila rompe el silencio. Es tal la confusión que no llego a entender sus palabras pero por el tono de protesta adivino que algún insulto dirigido al gordo se ha colado. Este desiste y se aleja, tropezando contra un obstáculo inexistente.
Es el turno del hombre con la bata. Se arrodilla ceremoniosamente y contribuye con su beso a que la corporización aumente un poco más. Pero no le dedica una sola palabra.
Le sucede un calvo en camiseta. Le brilla el cuerpo de tal manera que cualquiera diría que el hombre está sudando pero es apenas un efecto de la luz atravesando las capas de grasa exudadas por años de pedalear entregando pizzas. Se detiene ante la figura caída. Busca en su memoria alguna referencia literaria que le de sentido a la escena y no la encuentra. La forma se vacía al no encontrar significado y ello, en el fondo, la libera. Toma su lugar una figura femenina. Es morocha, una línea sobre el centro divide el oscuro cabello, cortado a la altura de los hombros. De las puntas todavía húmedas caen gotas de agua sobre los hombros, bajan y se pierden dentro del vestido liviano como una excusa, sujeto a los hombros por dos mínimos breteles. La chica se arrodilla y el cabello le oculta por un momento la nariz angulada, los ojos almendrados, los finos labios. Lo aparta con un movimiento sensual, subdividido en tantos requiebres como su anatomía, pensada para dar placer, se lo permite. Es la única que se atreve a tocar el cuerpo. Extiende un brazo y cierra los ojos del caído, mientras susurra una elegía. Las nubes se detienen. Las figuras que todavía quedan en la fila se cubren los oídos para no escuchar la entonación ni el llamado. Detrás de la chica todavía esperan su turno varias ancianas, un niño, otra muchacha (bastante dañada a juzgar por sus amputaciones), un grupo de amigos de aspecto juvenil a pesar de su evidente ancianidad y, al final de la cola, una familia. Un padre, la madre y la hija, quienes despertarán el cuerpo y lo recibirán como lo hicieron en el principio. Los ojos gelatinosos y pálidos se mueven inquietos en las gastadas órbitas al ver que la evocación de la muchacha borra los contornos del hijo, se los sustrae, les roba el descanso eterno. No pueden alterar el orden y correr a detenerla. Una vez más, la secuencia no los favorece. Impotentes, observan con dolor que la fantasmal conversación anima al cuerpo hasta que este se levanta. Observa la infiel oscuridad en los ojos de la muchacha, que le extiende su mano. El recuperado la toma y se deja llevar. Flota como un globo relleno de helio detrás de ella. Desciende, deja atrás el hilo de protestas.
En la Tierra nacerá otra maldición, hija de la mentira.

jueves, 14 de noviembre de 2019

La consigna

​Esa tarde debíamos escribir un cuento breve, de tema libre. Por mi parte, no había tenido un buen día: la nieve apagaba los desiertos, los pingüinos hervían de fiebre y fundían el menguante hielo, las vacas devoraban a los granjeros, las aves inutilizaban los caminos, los insectos cubrían las ciudades.
Luego de terminar, se debía leer en voz alta lo producido.
“Deshágase la luz.”, exclamé cuando llegó mi turno. Todo el caos, talleristas incluidos, volvió a la nada. 
Y vi que aquello era bueno.

viernes, 11 de octubre de 2019

La importancia del juego con mascotas

Latigueé mi brazo como si hubiera tirado el juguete pero, antes que mi perra terminara de girar, lo oculté bajo la ropa. El animal volvió a mí de lomo erguido, los negros ojos limpios brillando por la sospecha. Alcé mis brazos y repetí el movimiento una, dos, tres veces. Cada vez mi perra amagó a correr y, con la misma envidiable rapidez, volvió comprensiva con mi aparente problema para deshacerme del objeto. Estuvimos un rato así hasta que, por lástima, aflojé la presión en mi axila y dejé que cayera. 
El juguete rebotó un par de veces antes de ser atrapado por ella. Al instante la ceremonia se reinició. Su cabeza apenas me llegaba a las rodillas y apoyaba su hocico húmedo, ofreciendome el hueso falso de plástico anaranjado. Pero para entonces mi mente estaba en otro lado. Me encontraba en una plaza y era invierno. Lo supe por el vapor que salió de mi boca en el momento que te mentí y prometí amarte y cuidarte y que nunca iba a traicionarte. Estaría contigo hasta el último día.
Y mientras lo decía pensaba en los árboles desnudados por el frío, y en la fuente de agua congelada.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Forastero

Parado sobre el mostrador, el hombre grita. Tiene unos mostachos grises que alcanzan el mentón y una corona de cabello descuidado cae sobre los hombros. Está empapado. Advierto una túnica de sudor oscuro bajo la camisa, en otro tiempo blanca. Los botones cuelgan apenas agarrados a la tela o se han caído y a través de la abertura se le ve hasta el ombligo, una muesca profunda y estirada en el medio del abdomen, deformado por la hinchazón natural de la vejez. Parece ser del interior, a juzgar por el ancho cinto cubierto de monedas que sostiene los gastados pantalones de tela negra. El negro, desvaído por el uso o desmerecido por la mugre, se convirtió en un gris dudoso que invade y toma terreno según la zona de la prenda. Los bajos del pantalón, cubiertos de barro y sujetados con una pinza para colgar ropa, conservan el tinte original, como si el pantalón fuera nuevo. De alguna manera las altas botas de cuero marrón no desgastaron la tela. Cada bota tiene la puntera gastada, casi blanca. El espesor del cuero ha menguado debido al empuje interno de las uñas, abandonadas a su suerte hace meses. La misma falta de atención se evidencia en los bordes secos y agrietados que rodean las plantas de los pies. Las botas no han abandonado al hombre desde que comenzó a caminar; el sudor en los espacios internos entre los dedos de los pies se ha secado más de una vez, constituyendo una capa oleosa y espesa que se congela durante las largas noches pasadas en el campo, a cielo abierto. Las medias, por el uso prolongado, adquirieron una textura amaderada y un hedor a mulita muerta. Esto, sumado al calor y a que el hombre no se quita las botas ni siquiera para dormir ya que duerme en la calle como antes, durante el largo viaje hacia la Capital, dormía a campo abierto, ha creado un dinámico microcosmos habitados por familias de bacterias, hongos y gérmenes. Según sus propias estimaciones alcanzarán la masa crítica necesaria para adquirir conciencia en pocas horas más, y entonces saldrán al mundo, a la busca de su espacio vital. La piel del hombre es blanca, la carne enjuta se aferra a la armazón de huesos como mármol flexible. La actividad sexual ha desaparecido de su vida hace años y tal vez ello explique su enojo. Recuerda que tiene pene apenas cuando lo extrae para orinar, por el resto del día el miembro permanece relegado junto al escroto peludo y flácido, produciendo una inútil cuota diaria de semen que expulsa con la orina. Apenas a unos centímetros, los gamborimbos taponan los escasos lugares libres en la densa mata de vellos que cubren el ano. Por montaraz, el hombre no dispone de suficientes elementos para efectuar una higiene apropiada de zona tan comprometida. Si acaso, en un día de suerte, la hoja de algún diario recogido gracias a la distracción de algún parroquiano, en algún bar de los muchos pueblos por los que pasó. Tampoco colaboró el calor subiendo desde el pavimentado recalentado. Las partículas de diversos tamaños se secaron, endureciéndose hasta constituirse en una molesta paspadura en la unión de las nalgas, como si el hombre gustara de otros hombres y eligiera ser el pasivo en esa hipotética relación. No podría, aunque quisiera. La mata de pelo y los restos secos de sus excrementos han formado una barrera natural que impediría cualquier actividad de tal naturaleza. Por  si fuera poco, los últimos calzoncillos los perdió a las afueras de Minas, arruinados por una cagalera súbita y prepotente que apenas le dio tiempo para trepar el alambrado y bajarse la ropa. Evitó que el ómnibus de las 11:30 a Montevideo lo agarrara cagando en el medio de la ruta, pero la urgencia le impidió salvar aquel resto de ropa interior. Desde entonces algo se rompió en él. La soledad, el desamparo casi animal, la injusticia inherente a su vida que, como escrita sobre acero por algún dios burlón, le hizo abandonar la comodidad del hogar y la famila que tanto extraña. Los recuerdos despiertan ecos de algún estadio evolutivo muy superior al primitivo ser en que se convirtió. Desde que se vio obligado a huir fue perdiendo los rasgos mínimos de humanidad que aún guardaba. Se acostumbró al espanto que su paso causaba, con ese olor casi visible y esa mugre de monumento. La gente se aparta de él a medida que cruza sus pueblos y ese abandono lo hiere, lo empuja incluso fuera del habla pues sabe que no existió ni existirá un ser parecido en toda la creación. Gruñe un ronquido profundo en lugar de hablar. No existen verbos o adverbios, participios ni declinaciones. Sobre su pecho hundido cuelga una crucecita, irónico recuerdo de tiempos mejores, que sube y baja al ritmo de un discurso rabioso que nadie entiende. Ruega que lo ayudemos. Adivinamos su angustia, el sufrimiento que jamás experimentaremos. Vagamos ociosos por su biblioteca mental de recuerdos. Aquí se encuentra el desvaído recuerdo de una muchacha, lleva un vestido que dejó de usarse en el siglo pasado. Más allá una zona herida repite voces de niño. Hace un minuto cruzó el tejido neuronal la imagen de una niña. Pero ya se desvaneció, como una nube de algún lejano verano. La mansión de sus recuerdos se disuelve ante nuestros ojos.
El hombre baja de la mesa y nos observa como si pudiera entender algo de lo que alguna vez fue el mundo.
Los demás ven los objetos y extienden el brazo para tomar una botella, una porción de fainá, una servilleta para limpiarse la boca, a medida que el forastero se disuelve.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Ni siquiera le pongo nombre

Ahora imagínense que Freddie Mercury se despierte reencarnado. Volvió a la vida, pero ya no tiene la facha ni la guita, solo la voz. Casi como al comienzo de su vida anterior, la que todos conocemos.
Además de pobre, feo y vive en una villa miseria, sin ninguna posibilidad de crear un supergrupo de rock.
Se reconoce esa mañana cuando va al baño y allí, sobre el espejo, reconoce sus típicos dientes protuberantes. La diastema ahora es tan ancha que podría sostener una salchicha entre las paletas y saltar durante horas sin perder el embutido.
Ya no es un rasgo elegante sino un defecto irreparable, al menos en con su precario poder adquisitivo.
Como al menos tiene un celular recrea los videos de Queen, "I want to break free" es su favorito, para ello se viste de mujer con ropa que roba de las cuerdas en las casillas ajenas. Helo allí, pasando una aspiradora rota que recuperó del basural. Los gestos, la voz, son tan iguales que, sin importar la madera agujereada que forma las paredes ni la bolsa de supermercado que hace de vidrio en la única ventana, convence a un fanático del grupo luego que sube el video a Youtube.
Este, que posee el don, a veces es una maldición, de ver vidas pasadas consigue ver a Freddy en el sujeto esmirriado por la miseria y se desespera tratando de convencer al mundo que la voz de Queen ha regresado al mundo.
Este hombre a su vez es la reencarnación del manager de Kramphenne, una antigua banda californiana que se separó luego de haber sido ignorados por el público y la prensa por su culpa. En su otra vida, el manager, torpe y demasiado goloso, murió de una sobredosis a los 33 años.
Oh, sí. Mi Dios hace esas bromas.
Como dejar que una niña nazca en una familia de muy buena posición económica. No le falta nada durante los primeros años de su vida. Los amplios e incontables salones de la mansión familiar ocupan un espacio apenas un poco más pequeño que el parque circundante, convertido en reserva natural de elefantes y rinocerontes debido al amor del padre por las especies en peligro. La niña crece y se transforma en una muchacha bellísima que descarta pretendientes como quien deshoja una margarita.
El tiempo no se detiene, sin embargo. Los padres envejecen y mueren. Ella, junto a su hermano menor, deben hacerse caso de los negocios familiares. La joven se revela como una genia de los negocios. Ideas nunca empleadas, alianzas jamás intentadas, compras de paquetes accionarios que se convierten en titulares actúan como paquidermos trasladando ciudades enteras hasta que el centro del imperio de la ahora una mujer madura y llena de recuerdos, guarda una relación de tamaño apenas inferior al de una pequeña superpotencia.
El empleado más modesto de sus dominios está a cargo de elegir el presidente de China, por ejemplo. Su hombre de confianza es tan poderoso que se ha vuelto invisible.
Un día llega la vejez, y la cercana muerte oscurece los planes de expansión. ¿Qué será del proyecto de expansión interplanetaria cuando ella no esté? ¿Hacia dónde seguir? Son preguntas que perturban los sueños de media humanidad, los que consiguen dormir.
Sin embargo, la estructura creada por ella se mantiene en pie pues encierra un secreto.
Un día, desde alguno de los barrios más pobres, sobre el pavimento enchapado en oro, un niño caminará hacia la torre que habitaba la hiperempresaria. Insistirá ante el portero jefe luego de que el portero delegado fuera llamado por el portero de turno. El niño será llevado a la secretaria de la secretaria de la secretaria en jefe, puesta allí por la empresaria con instrucciones muy precisas para el caso en cuestión.
El pequeño exhibiría un papel en cuyo centro alguien dibujó una letra.
El ascensor, veloz como un tren bala, demora solo dos horas en llegar hasta el último piso. Al llegar la mujer sin decir palabra extrae de su escote un collar donde cuelga una pequeña llave, tibia y con olor a teta. Rompe la cadena y se la entrega al niño.
Este llega hasta la puerta de la oficina de la Creadora, intocada desde su muerte. Se tira al suelo e introduce la llave dentro de una cerradura que solo de su complexión miserable podía ver. Al girarla, los pisos inferiores del edificio se repliegan como un prepucio. La torre que se confundía con las nubes se engrosa y despega, se aleja de la Tierra.
Mueren todos sus habitantes excepto los del último piso, que ha sido presurizado para la ocasión. Hibernan hasta el momento en que la nave edificio se posa en un lejano planetoide, elegido por estar a la exacta distancia de su estrella de lo que está nuestro planeta.
Ello le ha permitido albergar vida en las más diversas manifestaciones. No solo animales y vegetales. El reino de los cumfidos, por ejemplo, es el más numeroso y sus ejemplares guardan una prudente distancia con los víridos, seres de colores exquisitos: el amarillo limón, el naranja anaranjado, el rojo frutilla, la verde pluma mentolada.
El niño y la secretaria despiertan. Se quitan las ropas y abandonan para siempre el edificio-nave, que no tarda en ser invadido por los escrófugos. Estos lo desmontan durante la noche y con sus restos construyen la primera ciudad de EVA, el nombre con que el niño ha bautizado a su planeta.

viernes, 21 de junio de 2019

Recuerdos de familia

Mi pobre tía Clotilde, Dios la tenga en su gloria, era un pan de Dios, valga la redundancia; pero me acuerdo de escuchar a los adultos de la familia decir de ella que padecía de algo llamado ninfomanía que, debido al respeto que aún le tengo a quien inició a toda la gurisada de la familia en el sexo, jamás quise averigüar a qué se referían exactamente.

miércoles, 5 de junio de 2019

Memo

I
 
Lucio Raúl Medina espera hasta que todos se hayan ido a la capital. Dispone de una ventana, o mejor dicho, dos. Por la primera ve pasar al ómnibus con su mujer y los hijos. La nena es la única que lo saluda, Marcelo el mayorcito en cambio no levanta la vista, continúa siendo acaparado por el celular, igual que todos los días, desde que encontró su asiento en el ómnibus. Severina apenas lo saluda con un tímido movimiento de la cabeza, mientras intenta que la hija no se le caiga de la falda. La distancia entre el pueblo y la capital determina el ancho de la segunda ventana, la temporal. Es el plazo que dispone para llevar a cabo su propósito sin que nadie de la familia se lo impida.
El perro está echado bajo la mesa, vencido por el calor y las emociones fuertes de la mañana. Tiene la lengua estirada como si viniera de correr, aunque no se haya movido ni siquiera cuando pasó el carro del lechero. No lo sabe, pero su vida está a punto de cambiar.
Fuera, el mormazo anula todo matiz en el color de los árboles y las casas. La tierra colorada de las calles hoy es otro elemento más de la bola incandescente en que se ha convertido el mundo.
Medina vuelve a la casa pero ni se molesta en abrir el almacén. Abre la puerta del fondo y el sol enfurecido se clava sobre Jesús que no suelta el corazón sangrante extraído desde el pecho abierto. El vidrio que recubre la pintura devuelve la luz y molesta al hombre durante el breve instante que le toma llegar a la cocina. Allí se agacha y llama al perro refugiado bajo la mesa. El animal apenas emite un gemido corto y esconde el hocico entre las patas delanteras. El hombre insiste con una  sucesión cada vez más acelerada de palabras, estúpidas hasta para un perro, de tan falsas que suenan. Por fin, pierde la paciencia y vuelve a su posición de homo erectus. Al recuperar la posición encuentra la solución. Está sobre la mesa, donde la dejó cuando todavía era un problema y la causa de los griteríos con la mujer. Toma el recipiente de plástico lleno hasta el borde con anchoas y pedazos de vidrio y extrae con mucho cuidado una larga y resbaladiza tira escamada. 
La arroja en un punto intermedio, a medio camino entre el rincón bajo la mesa y el alcance máximo de sus brazos. El perro acepta la recompensa. Quizás la comida está servida, o lo perdonaron y van a dejarlo salir, intuye. Se deja rodear el cuello con una cuerda mientras sigue masticando la anchoa y mueve la cola con alegría. Luego ambos se suben a la camioneta que esta vez arranca al primer intento.
Tres cuadras más allá el aire trae el aroma de una hembra en celo, otra cuadra y el aire se llena del olor picante de un gallinero. Las palmeras huelen a flores en las afueras del pueblo, al lado de los muros blancos del cuartel, desde donde una mezcla indistinguible de sudor, orina y sangre se mezcla con la obscena potencia del destino. Pero la camioneta no se detiene y se aleja hacia un monte de eucaliptos, lejos de los suburbios. La alta pared de árboles huele de una forma urgente, y por primera vez el perro se inquieta.
Bajan del vehículo y caminan hasta pasar la barrera mentolada del monte. Ante uno de ellos el hombre calcula la distancia entre el perro y las ramas más bajas de los árboles, lamentando no haber traído una cuerda más larga.
Luego descienden hacia la barrera de arbustos de olores oscuros, apenas visibles desde la carretera. Las dos líneas de hierro oxidado emboscadas por los matorrales se juntan en un punto lejano del horizonte. No es frecuente que pasen trenes por esas vías, lo que ha favorecido la aparición de pequeños basurales alimentados por la gente. Bolsas, electrodomésticos, fierros viejos han taponeado la cañada seca hasta transformarla en un recuerdo que solo los más viejos mantienen.
El hombre ata al perro al arbusto más alto que encuentra. No lo cuelga porque la madera es débil pero lo deja con un tiro de cuerda corto, lo suficiente para inmovilizarlo sobre los durmientes del tren que, a diferencia del entorno, permanecen libres de basura. Luego se va, insatisfecho, inseguro, preguntándose si no dejó algún detalle suelto.
Cuando el perro trata de seguirlo es tirado hacia atrás por la cuerda y es entonces, por primera vez, cuando entiende lo que ha pasado. Comienza a aullar. Ladra hasta enronquecer. Forcejea hasta el borde de la asfixia con el nudo grueso como un puño.
La basura alrededor de las vías ha creado un mundo paralelo, con su propia fauna. Pululan cucarachas, ratas. Ruidosos nubarrones compuestos por miles de moscas gusaneras, mares de gusanos blanduzcos agusanados apilados bajo la tierra, exhalaciones de mariposas sobrevolando incoherentes la porquería.
Y luego están las jaurías.
Remolinos de dientes y garras que alguna vez fueron perros de familia y recorrieron el mismo camino del perro atado, regalado al niño de la casa cuando ambos eran cachorros y que por ello jamás vio un animal salvaje. Allá en la casa a veces llegaban los aullidos mezclados junto al griterío de gallinas y algún escopetazo. Los sonidos lo empujaban con la cola entre las patas dentro de la casa, hacia la seguridad de los muros y la compañía de los humanos. Desde allí ladraba y los humanos le pasaban la mano por el lomo, divertidos por la fiereza de la mascota.
Ese es el ruido que ahora crece desde un costado de la vía, reconoce mientras los pelos del lomo se le encrespan, aproximándose al arbusto al que está atado. Muerde la cuerda con desesperación, pero las piezas de orfebrería que lleva en la boca fueron hechas para moler hueso, no para cortar el cáñamo de la cuerda con la rapidez necesaria. 
El piso empieza a temblar. El perro ha vivido antes esta infeliz unión de las desgracias. De cachorro rompió un almohadón el mismo día que al dueño lo despidieron de un trabajo. Otra vez meó la cama matrimonial cuando a su ama un tipo le robó el monedero en la capital. Si no estuviera aterrado, la intuición le diría que las vías han resucitado y que, por el lado opuesto al que se acerca la jauría, se aproxima un tren. Uno no muy grande, pero suficiente para esparcirlo por las vías.
El nudo está dentro de la fronda, por lo que los esfuerzos se han concentrado sobre la mitad de la cuerda. Ha logrado cortar a dentelladas con la mayoría de los hilos trenzados pero todavía quedan demasiados. La jauría de callejeros se ha detenido a poca distancia y observan sus esfuerzos en silencio. El líder de la jauría es un viejo ovejero. Le cruza el morro una vieja cicatriz distinguible desde donde está el perro, quien detiene el trabajo sobre la cuerda y salva con la mirada los escasos metros que lo separan del grupo de perros hambrientos, costillares casi al viento, miradas fijas en algo que está más allá, detrás de él.
Esos segundos de distracción le bastan para cortar los últimos hilos y lanzarse sin mirar hacia las vías. No ve el tren cortando el aire apenas un segundo después, corre sin mirar hacia el campo abierto, sin enterarse de la pared metálica interpuesta entre la jauría y él.
Continúa corriendo, se aleja del poblado, se detiene cuando siente el corazón asomándose por la garganta. Conoce por primera vez las alturas de las serranías serranía, la profundidad de las cañadas casi secas en esta época del año. Vaga durante días, intuye que ya no habrá ningún humano que le alcance la comida, es más, aprende a evitarlos las pocas veces que se cruza con ellos en la solitaria penuria por la que pasa. La comida no llega y Memo se agrieta. La capa exterior se resquebraja y cae, dejando salir antepasados olvidados hace miles de años. El perro juguetón vuelve al salvajismo. Cruza la línea cuando está tan flaco que si no destruye algo vivo, muere. Esa tarde alcanza a otro animal, un ratón de campo, para algo más que jugar. 
El cuerpo pequeño es fibroso y lleno de jugos. La carne es tibia y vibrante. Los pequeños huesos acarician el paladar al quebrarse. 
 
II
 
Lucio Raúl Medina se da cuenta: la situación no mejora. En un momento llegó a pensar que solucionaba un problema librándose del perro.
Se equivocaba. Dentro de la casa, encastrados como si fueran parte de las maderas con que está echa la estantería del almacén, los verdaderos problemas siguieron.
Primero fue el cierre del molino. La comida que preparaba su mujer durante toda la mañana dejó de tener clientes. Luego las deudas se acumularon y Severina volvió a quedar embarazada. Está en el sexto mes ahora y Lucio sabe que el negocio no va a durar tres meses más. Para cuando llegue la nueva boca será un desocupado más.
Si vendiera deudas, se ríe con amargura, sería un éxito. Siente que es el único fracasado del pueblo, tiene las noches ocupadas pensando en cómo salvar aunque más no sea el honor.
Pero sabe que jamás se animaría.
Una tarde ociosa, como tantas desde que el vecindario terminó de empobrecerse, se detiene una vieja camioneta despintada y maloliente. Desde el almacén Lucio ve bajar a sus ocupantes y se pregunta, una vez más, si no lo está jodiendo alguna entidad superior.
La pareja recién llegada está configurada como una versión distorsionada de Laurel y Hardy. El flaco comanda el dúo, eso lo ve desde el mostrador, pero es el gordo quien llama la atención con su boca siempre abierta y babeante.
El flaco saluda con una voz chillona que el gordo secunda en un primitivo remedo.
-Buenas, buenas, vecino. Pasábamos por el pueblo, estamos recorriendo la zona. Somos vendedores de las golosinas San Diego, usted seguramente las conoce. De todos los negocios hemos elegido el suyo como cabeza de puente de nuestra campaña.
Lucio mira al flaco, luego al gordo y vuelve al flaco sin percibir, en el fondo, ninguna diferencia apreciable entre ambos.
"De todos los negocios", dijo el otro. Aún sin tomar en cuenta las manchas oscuras alrededor de la bragueta o el brusco tono semisalvaje con que pronunció palabras que le son tan evidentemente ajenas -"cabeza de puente" mandó la bestia-, a cualquier individuo sano le tomaría menos de un segundo darse cuenta del estado terminal de su negocio, a juzgar por la desolación de los estantes.
-Le agradezco pero paso- se molesta en contestar-estamos comprando lo mínimo, se vende poco y nada, para serle sincero.
Si fuera suficientemente sincero, piensa, ya estaría buscando trabajo como peón. Pero no quiere darle ese gusto a los vecinos ni el consiguiente disgusto a Severina.
El flaco insiste, habla de sabores insólitos. 
-Quizás no me expliqué bien, y en ese caso ofrezco mis más sinceras disculpas. La empresa San Dios, que con honor represento, ofrece una paleta infinita de posibilidades. Piense usted en los niños, nuestro segmento preferido. Recuerde su infancia. La sorpresa anticipada ante las circunferencias multicolores de las paletas. Qué poco importaba la insatisfacción posterior al constatar que aquellas eran poco más que azúcar pura, consolidada y colorida con distintas anilinas. La promesa recobra su fuerza ante la visión de cada artículo, caballero.
-Le repito que no estamos comprando.-repite Lucio y no tarda en sospechar que, por alguna razón que no llega a entender, está siendo objeto de estudio por parte del gordo. La idea lo intranquiliza. El flaco insiste y eso solo empeora la situación, se da cuenta de que no existe ninguna golosina.
Vuelve la desilusión infantil, el contraste mediocre del azúcar sin atenuantes frente a la promesa del rojo frutilla, del verde menta, del blanco coco. Pero esta vez la golosina se hizo carne y está mirando el interior de la casa, detrás de la puerta por la que se sale del almacén.
-Bueno, bueno.-interrumpe con cierta agresividad.-Tampoco tengo toda la mañana-miente-ya le dije: no estamos comprando nada más que lo necesario.
Es entonces cuando Severina irrumpe en la escena. Trae a Lucía, la nena, de una mano mientras en la otra lleva un billete. Ambas pasan al lado de los hombres. Lucía ya está lo suficientemente crecida para hacer los mandados. Para humillarme, piensa Lucio. 
Es culpa de Severina. Qué necesidad tiene de mandarla a comprar en el almacén de Eguren. Pero lo hace a propósito. Quiere verme hocicar. Nunca quiso que me independizara. Quiere que sea obrero o peón, así por lo menos tenemos plata segura a fin de mes. Por poco que sea, un sueldo es mejor que andar dependiendo de los vecinos, dijo.
Poca cabeza, piensa Lucio, pero ahora solo quiere deshacerse de los forasteros, y no tiene mejor idea que mandarlos a lo de Eguren.
-Mire que me dijeron que necesita hacer reposición.- le asegura al flaco cuando este deja de mirar a las mujeres y vuelve la cabeza.
-De ser así-dice este-no le quitaré un momento más de su tiempo, caballero. Espero volver. Con toda seguridad su política empresarial es temporal, víctima indirecta de la sequía generalizada. 
-Sí, seguro. Es por la sequía.-afirma Lucio como si fuera el otro quien necesitara consuelo, como si los próximos meses pendieran amenazantes sobre su cabeza o la del gordo, quien tarda unos segundos más que su compañero en darse vuelta y caminar hacia la camioneta.
-Severina-llama-¿ya salió Lucía?
-No-responde la otra, esperando en cualquier momento el insulto.
En su lugar, Lucio abre el cajón semivacío de la registradora y se auto roba un billete.
-Decile que traiga un paquete de yerba, también. Acá se nos terminó.

III

El camión no tuvo chance de evitar el choque. La camioneta salió a la ruta demasiado rápido, como si el conductor estuviera apurado por llegar a algún lado.
Quedó partida en dos. Bacigalupi apenas puede retener el almuerzo al ver los cuerpos molidos entre la chapa apretujada.
-Comisario. El conductor del camión tiene heridas leves- le informa Alzugaray reprimiendo un eructo con aroma a café -pero no sé cómo vamos a hacer para identificar a los otros. 
-Llamá a los bomberos de San Antonio. Ellos tienen la maquinaria necesaria para cortar carrocería.-ordena.
Y van a tener que trabajar unas cuantas horas antes de poder reunir los pedazos, piensa. Evita volver la mirada sobre la parte delantera del vehículo, un sangriento caos de carne y hueso. El interior de la camioneta cerrada explotó, revelando su contenido en un radio equivalente al de una pequeña casa. La energía desplegada durante el choque la abrió como a una lata de sardinas. Su contenido contamina la ruta.
Pero no hay sardinas, por cierto, pero sí pequeños esqueletos, ropa infantil manchada con sustancias horripilantes que los exámenes descubrirán, juguetes que alguna vez sirvieron como cebo.
Y una cadenita que Bacigalupi reconoce. La compró él mismo en la Capital, para una niña recién nacida cuya madre alguna vez fue su amante, antes de casarse con el imbécil del pueblo. La vida, pensó entonces mientras entregaba la tarjeta de crédito a la empleada de la joyería, permite estas pequeñas revanchas. El collarcito trenzaba minúsculos eslabones de oro, ligeros como un beso robado. La cadenita sostenía un diminuto árbol de la vida que a Bacigalupi, lo había leido, le permitía alimentar la esperanza de que todo estaba unido, que aún existía la salvación, que por debajo del terreno, ocultas, se nutre el mundo de la savia secreta del amor.
Es entonces cuando una mano de gigante lo toma por la nuca y lo dobla sobre el pavimento. Sus propios subordinados ven cuando comienza a largar el almuerzo y apartan la mirada por respeto, con cierta verguenza ajena, como si eso fuera lo peor que pudiera pasar. No saben que en ese momento lo único que le interesa a Bacigalupi es morir. Ya mismo, de la forma más rápida.
Pero se repone. Aunque podría sacar su revólver y volarse los sesos se incorpora, sacude la tierra de su pantalón y sube a la patrulla sin que nadie se atreva a preguntarle cómo se siente, igual que si fuera un borracho.
 
IV
 
Para cuando llega el invierno, Memo se adaptó al monte y a la vida silvestre. Nadie puede decir que ese fue alguna vez un perro mimado, tibio. Si se acerca a los poblados o a las chacras es para robar gallinas. En la campiña ha encontrado otros perros abandonados y con todos ha podido. Los otros están todavía débiles por el abandono, envejecidos por la vida silvestre o son perdedores, como los paisanos que los dejaron librados a su suerte para no tener que alimentar una boca más. Se rinde ante Memo echándose sobre el lomo, ofreciéndole la panza en señal de sumisión. El perro los perdona.
Por la sequía el agua escasea, cuando la encuentra la engulle con desesperación. La sequía demora en irse el primer año. El campo amarillea por la seca. Los pastos se vuelven quebradizos y no alcanzan para alimentar el ganado. Mueren muchos animales y en aquella pobreza generalizada el perro prospera. La carne en distintos grados de podredumbre abunda. Los trozos de carniza agusanada resultan ser un manjar. 
Gracias a esos restos miserables Memo crece en fuerza y tamaño. Cuando llega el invierno ha crecido lo suficiente para que los demás prefieran no enfrentarlo. Un día se acerca al pueblo. Ahora son las jaurías las que deben cuidarse de ese animal solitario. Se aquerencia entre las chapas de una heladera abandonada junto a las vías. Allí guarda lo sabroso y lo curioso. Guarda huesos a medio roer junto a un leño que usa para engañar el hambre cuando la comida escasea.
Ningún humano baja hasta allí. Los regalos del mundo exterior vuelan por el aire y aterrizan a metros de la entrada a su guarida.
Excepto una tarde.
Dos hombres para una camioneta y luego bajan cargando un pequeño bulto envuelto. Lo depositan con cuidado entre los arbustos. El perro les deja invadir su espacio -cada uno lleva un tronco largo en cuyo extremo un rectángulo metálico brilla bajo el sol-, paralizado por un aroma cargado de oscuridad que emana del dúo. Usan los troncos para abrir la tierra y depositan allí el bulto, antes de subir en silencio al vehículo y desaparecer.
El perro espera. Cuando está seguro sale de la heladera y escarba el terreno donde trabajaron los hombres. Se encuentra con una tela dura, el cilindro oculta algo que el fino olfato del perro identifica. Es comida. Los hombres ocultaron comida dentro de la tela asegurada por dos cordones para que no se abra. Pero las piolas no son obstáculo para las quijadas endurecidas del animal. Pasa parte del día abriendo el inesperado obsequio, llega a su interior y encuentra un manantial de aromas. Está el conocido aroma de la carne en el inicio de la descomposición junto a otros más sutiles, que por alguna razón le despiertan imágenes de almohadones, ropa tendida, humanos reunidos alrededor de una mesa.
La primera dentellada le endulza la boca. Aquella no es la carne reseca de sus víctimas y tampoco tiene el sabor desvaído de los animales muertos hace días. Mantiene un matiz que el perro no alcanza a distinguir. La carne cede entre sus mandíbulas, un estallido de sangre desborda las quijadas, los huesos no resisten la presión de los músculos malares. Vuelve atontado a la guarida. Antes, se preocupó de ocultar bajo tierra el lugar con la ayuda de las patas traseras. Ahora la saciedad despierta un sueño insólito, se tira vencido entre los plásticos blancos de la heladera.
Se duerme. Llega la noche y con ella los otros perros, atraídos por el olor a carne fresca. Resiste la defensa durante varios ataques. No cede ningún frente. Cuando vuelve a quedar solo trota hasta el tesoro escondido y come un poco más. La carne ya no guarda recuerdos, es solo una materia débil, maloliente y excitante. Devora el manjar como si fuera la última comida. Ladea la cabeza para mejorar la presión sobre un nudo apretado de hueso, tendones y músculos. La articulación se parte, la extremidad se desgarra en dos partes. El animal dedica su atención a la parte que quedó suelta, dura en el extremo que la unía al cuerpo y blanda en el otro lado, donde están los dedos.
 
Regresa a la heladera más saciado que unos horas atrás. Duele el abdomen cuando está tan cargado. Es un dolor feliz, tranquilizador, hipnótico. Lo último que ve, antes de apagarse, es el ojo radioactivo de la luna, sobre las copas altas de los árboles, duplicándose sobre la superficie redonda de los ojos, exactamente igual a como lo hace en estos momentos sobre las esferas satisfechas de tigres, coyotes, lobos, leones, hienas. Como lo hizo siempre, desde el principio de los tiempos. 
Sueña que corre sobre tela y madera lustrada. Un bosque de piedras rectas se interpone entre el exterior y él. De a ratos una mano gigante lo agarra y trata de hacerle beber de un círculo lleno de agua. La mano recorre su lomo y de tan poderosa él se deja hacer. El perro se queja entredormido, como si llorara. Las voces se engrosan, se multiplican en distintos tonos, ya no están dentro del sueño. El perro se despierta con el lomo erizado. El día apenas comenzó y el sol ya convierte en llagas la tierra empobrecida. Hay humanos sobre la carretera, allá arriba. Repiten sonidos, como si fueran una jauría decidida. Pero no hay amenaza en sus voces. Tienen miedo.
El perro abandona su escondite y se acerca a la procesión. Los humanos ejecutan una extraña forma para desplazarse. No caminan rectos y decididos sino que se entrecruzan entre ellos, rumbo al borde del camino y una vez allí vuelven al centro del camino, desde donde repiten la rutina.
El animal se tiende a la vera del camino y se quita los restos resecos del banquete de las patas. Mientras, disfruta del espectáculo. Los humanos se mueven del mismo modo que lo hacen los animales entrampados. De pronto, en el medio del improvisado salón de danza, el perro ve un fantasma. O dos. Uno es el suyo propio, más pequeño. El otro es un humano pero no ese, que ya alcanza la altura de un adulto, sino una versión más blanda y despreocupada. Juegan los dos fantasmas, como cuando eran pequeños, y la desgracia no los había manchado.
Se incorpora y ladra. Corre a su lado, como antes. Se tira sobre el pavimento caliente para que le rasque la panza. Solo entonces Marcelo reconoce a Memo, el olvidado. Memo, la pena menor comparado con el horror que ahora mueve al mundo. Memo el fugitivo, como dijo su padre con una pena adecuada.
-¡Memo!- exclama entre lágrimas. -¿Dónde estabas?- le pregunta, como si el perro pudiera hablarle de la jauría y del tren, de los montes oscuros al mediodía, de la noche estrellada llena de sonidos, de todas las cosas que ha conocido y comido.
La comida. Marcelo, el humano, debe conocer su guarida. Le agarra el borde de la ropa para arrastrarlo a la cañada. El joven se resiste al ver la pequeña selva de matorrales y basura donde el perro ha estado viviendo.
Encuentra una cuerda y se la pasa por el cuello al asombrado animal que, sin resistirse, deja que Marcelo lo aleje del otro mundo y lo reintegre a éste, el de las comidas limpias y agua a toda hora. Memo se une así a la danza que, no tiene cómo saberlo, es la búsqueda que los humanos realizan en honor a Lucía, la hija de Almeida, desaparecida el día anterior.

lunes, 29 de abril de 2019

Microrrelatos 3

La espera

Luego de esperar en vano que cese la lluvia, el último hombre en la Tierra, aburrido y deprimido invita, con la excusa de juntarse a comer y beber algunas de las innumerables exquisiteces puestas a su disposición por el destino, al Hombre Invisible y a su amigo íntimo, el Hombre Subatómico. 
Su verdadero plan es asesinarlos.
Esparce sobre las vituallas un indetectable manto de veneno que consumirán ignorantes, distraídos por la abigarrada narración del hombre sobre las últimas cosas que le ha ocurrido en su vida.

La novia

Vuelve a acomodarse el tocado, que se siente pesado, incómodo, tan alto como si pudiera rayar la delicada filigrana en el techo de la catedral. El órgano termina de sonar y las grandes puertas se cierran. Ella sube al auto cubierto y los amigos que la rodean retiran los ramos de flores y dejan de aplaudir. El chofer conduce de regreso a su casa. Una vez en su dormitorio, se despoja del atuendo nupcial hasta quedar desnuda y se acuesta.
Antes de cerrar los ojos ve por las rendijas de la persiana al sol abortar tras el horizonte.
Se abre la puerta del dormitorio y entra la madre. Ansiosa, revisa por última vez que todo esté en su lugar. Chequea el largo vestido blanco, sutil como una nube de verano.
Se mueve con cuidado para no despertar a su hija hasta que cae en la cuenta que no respira. La madre...

-Cortala. Ya hemos pasado por esto y no me gusta lo que hacés. Cuando te mamás sos un tipo jodido, ¿sabías?
-Perdoná, llevame a casa antes que siga haciendo macanas.
-Será lo mejor.- asiente el Diablo, irritado.

El camello

Agua fresca, lomo libre de peso y sudor. El humano caga bajo la palmera. Tuvimos suerte de encontrar este oasis, el más estable de todos los espejismos que hemos encontrado.

Bajo la rambla

Vivo en un túnel y veo pasar a diario centenares de condones usados, hediondos papeles higiénicos, bolsas de supermercados, fetos mordidos por las ratas, cachorros ahogados, envases rotos, excrementos unidos a lo camalote,  tétanos hambriento en bordes serruchados.
Hormigas, millones de pequeños cuerpos oscuros, brillando cuando nadie las ve, luchan contra ejércitos de cucarachas. 
Las ratas evitan los corredores donde se desarrollan tamañas batallas. 
Después de todo, no es una mala posición la mía. Acá no me molestan los olores ni las alimañas.
Podría decirse que soy un ladrillo feliz.

Urgencia

La guardia de emergencia había tenido una noche tranquila cuando la central de comunicaciones chirrió con la noticia. Una ambulancia sorteaba los camiones de basura y las máquinas limpiadoras para poder llegar a tiempo. Dentro del vehículo el chofer recurría a su larga experiencia, efectuando riesgosas maniobras con tal de llegar a tiempo.
Un auto de la policía y más tarde un móvil de la intendencia se les unieron, dejando a su paso una urgente cacofonía que arrancó a varios vecinos de sus camas para ir sobresaltados hasta las ventanas, cuando ya la improvisada caravana era apenas una herida cerrada en el silencioso tejido de la madrugada.
Los frenos chirriaron como grillos aplastados frente a la gran puerta de entrada a la sala. Un ballet perfeccionado por la práctica se puso entonces en acción: dos camilleros empujando su herramienta de trabajo brotaron del interior, un trío de enfermeras desataron su ansiedad corriendo al encuentro de éstos y el primero de una larga serie de médicos controló el ingreso al hospital.
El chofer, satisfecho, retornó a su lugar tras el volante. Estacionó la ambulancia al costado del edificio. Extrajo un sandwiche envuelto en celofán de la guantera y, luego de devorarlo, tomó un sorbo de agua mineral de la heladera ubicada en la parte trasera y se tendió cuán largo era en la camilla. Dejó abierta la pequeña ventana que comunicaba la cabina con la caja, en previsión de algún llamado nuevo. Se durmió al instante, y soñó que se mudaba a una casa en la que no podía disponer la ubicación de sus muebles ya que los vecinos insistían en cambiarlos de lugar.

Discusión

No, no me acuerdo pero, antes de que te molestes, tené en cuenta dos cosas. La primera es que mi memoria está cada vez peor. Soy capaz de acordame de gente o de cosas que pasaron hace años pero de repente me olvido de lo que pasó hace unos días o incluso hace horas. Lo segundo que tendrías que darte cuenta es que mi memoria es un desastre. De repente me acuerdo de cosas que me dijeron hace años y sin embargo me olvido de otras más nuevas. Pero además no te olvides que mi memoria marcha cada vez peor. Puedo recordar el día que nos conocimos pero no consigo recordar quién sos. De hecho me sucede con tanta frecuencia que yo diría que es algo inusual. Aunque preferiría no hacerlo. No recuerdo qué significa inusual. Es un blemapro que se agrava; un mablepro. Ableprom. Támadre.

El lápiz

Mi mamá me regaló un lápiz. Es precioso. Aunque es de madera roja escribe en negro. La punta es bien afilada. Cuando escribo con él al principio sale una línea finita que se va engrosando a medida que la punta se desgasta contra el papel. Por suerte tengo un sacapuntas al lado con el que le saco una nueva punta y repito el proceso hasta que tengo que sacarle punta otra vez y con ese lápiz remozado, afilado, dibujo una línea finita que se une con la anterior. Mamá mira el dibujo cuando ya no puedo sacarle más punta al lápiz sin arrancarme un pedazo de dedo en el intento. Me anima a seguir y yo le explico que no puedo, que necesitaría otro lápiz. Mamá me contesta "¿vos te pensás que a mí los lápices me los regalan o querés que me prostituya así vos podés seguir haciendo estas boludeces?". Son las 12 de la noche y estoy cansado. Al final resultó que si había tinta roja dentro del lápiz.

Cuadro

La pintura muestra una playa con un bote encallado en la orilla. Está en buen estado, por lo que debe haberlo dejado algún pescador, lejos de la línea del agua, a resguardo de la marea. El pintor ha colocado una bandada de gaviotas sobrevolándolo, atraídas por el fantasma del olor a pescado dentro de la embarcación.
El sol en poniente dibuja una línea blanca sobre el mar, en segundo plano detrás de la playa, continuada por el pelaje de las aves, la pintura del bote y la arena fina como polvo.
Juntos, los elementos forman una línea que da unidad a la imagen. El artista forzó la concentración del espectador en esos puntos mediante la astuta técnica de formar montículos irregulares con pintura y aceite. Éstos retienen una ínfima parte de la luz que cae sobre la tela desde la iluminación articial del salón donde está expuesta la pintura. Los materiales así acumulados brillan, creando la sensación de profundidad en el visitante, como si el lienzo guardara otra dimensión, la del tiempo. El momento en que la línea incandescente del sol unió con una sola puntada el cielo, las gaviotas, el bote y la arena, visible gracias a la técnica depurada del artista que congeló el momento. Despierta en el espectador recuerdos de las veces que estuvo ante una escena similar en alguna playa, cuando durante sus vacaciones caminaba al borde del oceáno, jugando con las formas que dejaban sus pisadas al hundirse en la arena empapada de la orilla. 
Era fácil hundir los pies y dejar una breve huella profunda en cada paso. La próxima ola retornaba la superficie a su estado natural, como si nunca hubiera existido. La respuesta a la pregunta susurrada desde el mar se vuelve lejana e inalcanzable como el horizonte El humano, por un momento, piensa que con gusto abandonaría sus obligaciones para volver a ser una criatura marina. 

La cruz

Subí una tarde de verano al cerro Pan de Azúcar. En su cima han instalado una cruz, una gigante cruz hueca con una escalera en espiral hasta los brazos, dentro de los cuales puede uno sentarse para contemplar mejor el paisaje.
El ascenso no es particularmente difícil. Para quienes tengan problemas cardíacos es aconsejable que lo hagan sin prisa, sentándose cada pocos metros a fin de recuperar el aliento.
Si, cuando se llega a la cumbre luego de salvar los últimos metros al borde de las fuerzas, uno desea cubrir el centenar de escalones hasta el punto más alto dentro de la cruz, puede ocurrir una revelación, si uno está atento.
La alta cruz se balancea por la fuerza y a través de los ventanucos ubicados en sus brazos se pueden observar los lejanos campos labrados, las carreteras rurales, las ciudades ubicadas sobre la costa, reconocibles como un manchón oscuro, distinto al verde natural del campo que las rodea.
A los pies del cerro, sin embargo, hay un zoológico de especies nativas. En él vive encerrado el jaguar, el puma, el yacaré, los coatíes, el oso hormiguero, el gato montés, el ñandú.
Los humanos les hemos quitado su hogar y los aniquilamos para beneficio de nuestro ganado y cultivos. A los pocos que hemos dejado vivos los tenemos encarcelados, para disfrute del turista maleducado y sus hijos que los acosan gritándole "tigre" al jaguar o "cocodrilo" al yacaré.
Es así que el paisaje labrado se transforma en el paisaje domado, las ciudades sobre la costa se convierten en una vergonzante mancha, los caminos por donde pasan los autos y camiones en las heridas sin cerrar de un mundo que alguna vez fue puro.
Fue allá arriba, en la cumbre del cerro, donde comprendí que las humildes jaulas y la fatiga del ascenso me había convertido en un penitente. El frío de tumba congelaba mi corazón, agitado por el último esfuerzo empleado en la escalera replegada sobre sí misma. Todo el trayecto, comprendí, fue un aprendizaje, un recuerdo leve comparado con el dolor provocado a los seres que poblaban estas tierras antes que nosotros, los humanos, les quitáramos sus árboles,  montes y bañados. Los venciéramos con nuestra omnipresente descendencia y nuestros animales de crianza. Deformáramos su mundo a nuestra conveniencia con máquinas y alambrados.
El viento, al pasar veloz por los múltiples agujeros que convierten a la cruz en una gigantesca flauta no aúlla, sino que en realidad llora.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...