jueves, 18 de octubre de 2018

Afuera



AFUERA

 I

Decidí dejar el pueblo cuando el número de muertos por aquella cosa desconocida era demasiado elevado y las autoridades no parecían estar haciendo nada.
El día que enterraron a mis hermanos comprendí que si me quedaba el próximo cuerpo que iba a ser colocado en la fosa común sería el mío y lo peor de todo es que por alguna maldición yo había sobrevivido a toda mi familia.
Nadie lloraría por mí, nadie pronunciaría una oración por mi alma ni me recordaría por algo en especial.
Quedándome, apenas era un vivo provisorio, esperando su turno para convertirse en otro número que engrosaría los cientos de páginas con nombres que algún día fueron usados para insultar, llamar, expresar entre suspiros porque designaban a alguien.
Ahora solo eran un método obsoleto de llevar el conteo de algo para lo que los fríos números bastaban.
No tenía mucho para llevar y de todas formas tampoco podría aunque tuviera, necesitaba alejarme de toda concentración de gente por el contagio.
Salí un domingo de mañana, con una mochila cargada de alimento y sobre todo bebida, con la intención de alcanzar el próximo pueblo antes del mediodía.
Decían que por el número de muertos la mayoría de las granjas estaban abandonadas o poco vigiladas. Con un poco de suerte podría aprovisionarme y quizás hasta encontrar algún galpón vacío para pasar la noche.
El sol ya estaba picando fuerte sobre el camino vacío.
Cada tanto un islote de árboles me auxiliaba, mitigando el calor con su sombra. 
Alrededor mío todo estaba en silencio. 
Unos pocos pájaros allá a lo lejos y vacas mirándome con sus expresiones vacías eran toda mi compañía.
El mundo era amarillo, desde los campos que llegaban hasta el horizonte a las piedras del camino, cubiertas de pasto suelto y seco.
Ya ni me acordaba desde hace cuánto no llovía y no era extraño. 
La última imagen del campo era la de una extensión de pasto verde, con florcitas silvestres por todas partes y eso era de la última vez que había dejado el pueblo, cuando un amigo me invitó a pasar unos días en su casa, situada más allá de los muros externos.
El árbol debajo del que estaba era viejo y alto. Sus largas ramas parecían una pequeña nación de toda clase de criaturas.
Tendido sobre el suelo podía ver la superposición de nidos, separados en distintos niveles por las ramas, y escuchar a sus habitantes piando a todo volumen.
Era un contraste que agradecía pues durante la última hora el silencio circundante del campo vacío me tenía angustiado. 
Hacía que mis oídos zumbaran, como si un peligro me siguiera.
Desde donde estaba subían hilos de hormigas buscando resina o quizás tuvieran su hormiguero dentro del tronco. En las ramas superiores, afortunadamente lejos de mí, escuchaba el zumbar de un panal de abejas o de un camoatí de avispas, nunca supe distinguirlas bien.
Podría quedarme todo el día en ese lugar pero la noche transformaba todo lo agradable que tiene el campo abierto en un sitio que es preferible evitar.
Los grandes depredadores ya tenían más de un silgo de extintos pero ahora, por la peste, grupos de perros que se habían vuelto salvajes recorrían los campos.
Cazaban ovejas, alguna vaca vieja y también humanos, por lo que había escuchado. 
En esa igualdad de condiciones y sin un arma, yo era una presa fácil.
Lo único que me salvaba era no apartarme del camino y estos pequeños grupos de árboles que cada tanto adornaban el costado del camino. Si veían alguna amenaza me subiría al primer árbol que pudiera.
De noche, la cosa era distinta. La oscuridad me quitaba toda ventaja frente a criaturas capaces de rastrear durante quilómetros el miedo, el cansancio, la sangre.
Alguien me había mostrado una vez en el pueblo los restos de una oveja atacada por estos perros que habían recuperado su salvajismo.
Si no fuera por la lana ensangrentada y la cabeza prácticamente entera jamás hubiera adivinado a qué animal pertenecían los despojos.
No le dejaron ni las patas.
Aquello parecía una bolsa de carne podrida, sin forma definida.
Atacaban en manada, como sus antepasados los lobos.
De esa forma, con el macho alfa comandando el ataque, protegiendo a todos los miembros, se aseguraban de que todos participaran en la carnicería.
El ruido de los pájaros allá arriba en el árbol tenía algo rítmico dentro del ruido que hacían, podía identificar un patrón que volvía a repetirse cada tantos minutos.
Me calmaba, el perfume de la hierba y ese cántico monótono hizo que me fuera durmiendo, mi cabeza apoyada sobre la mochila.
Ese día había salido muy temprano del pueblo y estaba cansado.
Cualquier movimiento sospechoso alertaría a los pájaros, despertándome.
Cerré los ojos.
Supongo que el mediodía ya había pasado cuando me desperté. El sol se había movido de un extremo al otro del cielo y las sombras de los árboles también.
Ahora las copas se alargaban sobre el camino que aún continuaba vacío.
Supuse que me daría el tiempo para comer. Llegar a algún sitio más seguro antes del anochecer no me llevaría mucho tiempo.
Todavía no tenía idea de cuán equivocado estaba.

II
The stars and the night.
The sea and the song.
Es impresionante advertir cómo se olvidan las estrellas cuando se vive rodeado de casas y calles iluminadas.
Vemos apenas un mísero fragmento del portento que todas las noches cuelga sobre nuestras cabezas.
En el campo, por el contrario, la vía láctea cruza el cielo nocturno se muestra con su río de diamantes discurriendo sobre un lienzo negro.
En alguno de esos puntos brillantes, un ser infinitamente distinto a mí quizás esté mirando este techo estrellado luego de un día normal de trabajo, ocupado en estallar mundos o absorber cerebros directamente de las razas de esclavos minas.
En el punto vecino, separado por millones de quilómetros, el universo inspirará a que algo cante, con lo que sea que tenga como boca, una canción en honor a la orfebrería estelar o que escriba un texto que otros tornarán sagrado.
Y yo acá, debatiéndome entre la euforia por tan magnífico espectáculo y el espanto que me causa estar caminando en lo oscuro, más indefenso que un ciego
Pero que haya vida en otros planetas es una posibilidad que siempre ha menguado en parte todo el dolor y la furia que este mundo me ha provocado desde que nací y vi sufrir a mis padres para alimentar a sus hijos.
Toda su vida se estuvieron rompieron el lomo de sol a sol y sin embargo murieron en apenas unas horas, ante la mirada impotente de mis hermanos y la mía propia.
Nadie del pueblo nos acompañó entonces, ocupados como estaban con sus propias agonías.
Las autoridades del pueblo ya ni siquiera fingían que las muertes le importaban.
Esas bestias insensibilizadas por tantos años de vivir entre comodidades y riquezas inmerecidas, al principio habían fingido dolor y preocupación, pues debían cubrir las apariencias.
Luego de repetir tantas veces la farsa, un buen día la peste comenzó a reclamar también a los miembros de su familia. Recién entonces se preocuparon y pidieron a sus médicos que encontraran una cura. Los encerraron en las mazmorras para que nada los distrajera.
Cuando la muerte les llegó a los médicos, los poderosos simplemente hicieron retirar los cuerpos y en su lugar encerraron a los curanderos con la misma misión de encontrar una forma de detener la peste.
Pero ya era muy tarde.
Generación tras generación de sus gobiernos había cultivado el arte de la incompetencia y la injusticia. Aquello era para ellos orden natural de las cosas.
Quizás la peste tenía sus cosas buenas, después de todo.
Me desplazo muy lentamente. Ahora dependo más del sonido que de la vista para no salir de la carretera.
Apenas dejé atrás la seguridad de la arboleda recordé algo importante: en el campo la oscuridad avanza mucho más rápido debido precisamente a la ausencia de luces artificiales que la mantengan a raya.
Es gracias a esas pequeñas réplicas de los cuerpos estelares que logramos evitar el pavor de las noches cerradas. 
El fuego nos reunió durante miles de años porque nos protegía de las bestias salvajes.
Pero ahora no tenía ni siquiera con qué hacer una antorcha. 
Según mis cálculos llegar al pueblo más cercano con ese paso vacilante me iba a tomar por lo menos dos horas, si no tres.
Si los cuentos del pueblo eran ciertos, a mi alrededor deberían rondar al menos una manada de perros salvajes. Que nuestros caminos se cruzaran era apenas una cuestión de tiempo.
Quizás ya mismo caminaban a mi lado, entre los altos pastos, esperando el momento para saltarme al cuello.
No podía ir más rápido o saldría del camino pero ansiaba llegar a otro grupo de árboles como el que había abandonado.
Una vez allí tendría alguna oportunidad, me subiría a un árbol (por favor, ¡que haya árboles de ramas bajas!) y esperaría el amanecer.
Tenía otro problema. 
Como no veía más allá de mis narices, podía estar pasando ahora mismo al lado de mi salvación y seguir de largo.
Recordé de pronto que entre el borde del camino y el pasto había un angosto sendero de tierra.
La tierra y el camino tienen sonidos distintos.
Lo primero que debía hacer entonces era poner un pie en el camino y otro en esa lengua de tierra. Para ello debía  descalzar un pie.
Así, aunque pudiera lastimarme con alguna piedra o clavarme una espina, sentiría claramente la suavidad de los pastos que rodean a los árboles. Sabría que debía detenerme.
Me detuve a escuchar antes de hacer nada más.
A mi alrededor el sonido de una brisa leve de verano levantaba mis cabellos de la nuca, como si alguien respirase detrás.
Tranquilo, hay que evitar esa clase de pensamientos.
Desde el pasto no escuchaba ruido alguno. Nada de hierbas pisoteadas, ni cuerpos peludos rozándolas.
Solo después de estar seguro de ello, me senté en el camino y descalzé mi pie izquierdo.
La superficie del camino era tibia y suave, pulida por el constante trascurrir de carros y peatones durante siglos.
Me moví de costado lentamente hasta alcanzar el borde y pisé con mi pie desnudo la gravilla. El desnivel entre ambos terrenos no era excesivo, pero si no encontraba rápidamente la arboleda, probablemente solo lograría destrozar mi columna luego de caminar quilómetros en esa posición anormal.
Reanudé mi marcha con una protesta del cuerpo que quería descansar y una queja aguda del pie apenas tuvo que sostener todo el peso del cuerpo sobre pequeñas piedras afiladas, mientras su compañero corría presuroso a aliviarlo de aquella tortura.
Curiosamente, podía ir más rápido de esa forma ya que no temía dejar el camino.
Ya lo había hecho, al menos en parte.
La piel de la planta del pie es la piel más gruesa del cuerpo humano. Si tuviéramos en los pies el mismo tipo de piel que en las manos posiblemente no llegaríamos a terminar un día entero sin los pies destrozados por el roce, el peso, el calor de los calzados.
Pero uso calzado desde bebé. He disminuido la resistencia de esa piel. Lo noto en que mis pies están calentándose, anuncio claro de que voy a lastimarme, por el roce desprotegido contras la arena gruesa de la banquina .
Pronto se transformará en dolor, lo sé.
¿Este camino tenía más árboles de este lado? ¿O del otro?
¿Y si ahora mismo mientras camino de este lado estoy dejando atrás la arboleda que, oculta por la oscuridad, se halla apenas a unos metros de mí?

III

“No te van a querer ni los perros.”, me dijo antes de irse.
Habíamos estado juntos durante seis años. Nuestros años de adolescencia finalizaron juntos. Unió el primer beso a la primer herida.
Nunca la entendí, creo que ni siquiera ella se entendía.
Nos aficionamos a pasar el día haciendo el amor y comiendo en el campo, al lado de un arroyo que corría por un monte de vegetación silvestre.
El agua había deformado la tierra hasta convertirla en un canalón que, junto con las copas de los árboles que apenas dejaban pasar el sol, formaba un túnel natural.
Dentro de ese túnel, el aire era distinto al del campo. Allí se escuchaba el silencio, repleto de misteriosas reverberaciones provenientes de lejanos puntos del túnel.
Volvíamos cansados y melancólicos de aquellas tardes.
Las horas finales del día en el campo son las más melancólicas. Los suicidas eligen los momentos en los que cae el sol para terminar con sus vidas, según dicen.
A ella también le afectaba ese abatimiento general del día, se lunatizaba como una hierba más y permanecía hasta bien entrada la noche en silencio, como si algo la hubiera enojado.
Una vez llevó un papel y en él dibujó la imagen de una mujer quitándose una máscara.
La máscara sonreía, la cara debajo de la máscara era una versión envejecida y deprimente de la otra.
“Este es mi verdadero rostro”, me decía y yo no le creía. Para mí ella era el rostro que aparecía en la máscara, se estaba confundiendo.
Tardé un tiempo en comprender que se estaba rechazando en favor de aquella vejez en ruinas que asomaba por detrás.
No supe reconocer a tiempo su amor por la oscuridad.
Quizás por ello fue de las primeras víctimas cuando la peste se llevó a la mayoría, favorecida sin dudas por la cercanía de las personas entre sí.
Apretados entre las estrechas callejas del pueblo, un estornudo podía propagar la peste a más personas que ahora, cuando por las calles apenas se ve a la gente que vive en ella o que no tiene otra opción que salir.
A los muertos los sepultureros les quitaban las ropas, que luego quemaban, y apilaban la gente como si fueran troncos de leña.
Para que los espíritus todavía presentes en los cuerpos sin descomponer no se confundieran sobre su destino, la cabeza debía ir mirando en la misma dirección. Así el alma veía adonde llevaban su envase.
Mis hermanos quisieron disuadirme pero yo intuía que la peste moría junto con su huésped, así que caminé siguiendo el carro que llevaba los cuerpos a la fosa común sin temor alguno.
Amontonados hasta una altura considerable, me cerraba el paso una pared de pies que se alejaba si no me esmeraba en seguirla a paso vivo.
Cientos de dedos de todos los tamaños se frotaban entre sí, según el carromato saltara o se hundiera en las imperfecciones del camino.
Reconocí los suyos entre tanta pata gris, imperfecta, corroída por el trabajo, herida por algún calzado malhecho.
Aún muerta me excitaba verlos moverse, de un lado al otro, frotándose con sus vecinos. Conservaban todavía una tonalidad rosada que pronto arruinaría la corrupción.
No podía dejar de mirar sus dedos gordos, aquellos gotones de carne cuyo aroma había saboreado durante las salidas campestres.
Le lavaba los pies en el arroyo y luego los secaba con mi lengua, al compás de los gemidos que crecían con cada embestida mía.
El agua, neutral, nada podía hacer pero mi saliva concentrada lograba que sus dedos florecieran en una plétora de sabores.
Colmaba mi hambre con manjares que despertaban el hambre.
¿Por qué todo tiene que terminar?
No pedí ser un testigo, ni dar testimonio de nada.
Y sin embargo, sigo queriendo vivir.
Me apoyo nuevamente en la gravilla y es como si encendieran fósforos bajo el pie descalzo.
De pronto me detengo.
Hay un animal en el camino.
No lo puedo ver pero siento su respiración profunda.
El ruido del pasto al ser roto me avisó.
Me quedo quieto, esperando.
Evalúo mis opciones.
Mi pie desnudo aún no pisó otra cosa que arena por lo que a mi costado izquierdo sé que solo hay más campo, no árboles.
En el lado derecho probablemente también haya el mismo tipo de planicie seca, transformada por la noche en amenaza.
Los sonidos que el viento trae de aquel lado suspiran levemente en mis oídos pero escucho ramas moviéndose.
Aquello que está en mi camino vuelve a hacer otro ruido y entonces me doy cuenta que se trata de un caballo.
Acaba de lanzar un relincho. 
Me habrá olido, pienso.
El animal debe haberse acercado pues el ruido que hizo cuando arrancó el pasto sonó más fuerte. Además puedo escuchar cómo sus pesados dientes muelen la hierba.
Se encuentra del lado del campo pues de otra forma habría escuchado sus cascos repicando sobre las piedras del camino.
Me pregunto qué hará si sigo avanzando.
Probablemente se aleje, los caballos no suelen atacar a la gente. Lo ideal sería que pudiera montarlo.
Escapé a pie del pueblo para que las tropas del Señor tardaran antes de salir en mi búsqueda.
Si descubrían que además de desertar les había robado un caballo, casi que prefería ser comido por los perros salvajes.
Sin acercarse más, el caballo resopló molesto por mi presencia y se alejó corriendo hacia el oscuro campo abierto.
El retumbar de su galope se fue apagando a medida que se alejó del camino.
Yo también debo seguir.
Cuando levanto el pie desnudo, noto que se han incrustado decenas de piedritas en su planta.
Cada una de ellas ha abierto un pequeño punto en la piel que luego yo mismo he agrandado a cada paso.
La planta del pie es ahora un panal de heridas.
Quise limpiarla y, estúpidamente, porque estaba muy cansado y no razonaba bien, en lugar de sentarme para hacerlo subí la pierna para alcanzar la planta con las manos y fue entonces cuando perdí el equilibrio.
Caigo rodando por el profundo desnivel que me aguardaba, cómo saberlo, luego del tramo de tierra.
Una roca más grande que yo me detiene lo cual es una suerte, pues puedo oír como el resto de piedras arrastradas por mi caída prosiguen su camino y se estrellan abajo, muy abajo de donde estoy.

IV

Me dejo estar un rato así, en esta posición. No me había dado cuenta todavía del agotamiento y el hambre que tengo.
Hace ya varias horas (¿tres?) que estoy caminando y muchas más desde mi última comida.
Dejo que el viento de la noche seque mi sudor y luego, con mucho cuidado para no zafar de la mano gigantesca que me sostiene, bebo de la mochila un largo trago de agua.
Puedo seguir su trayecto por el interior de mi pecho, es como un suspiro helado que aleja una parte de mi cansancio.
Sé que solo es una ilusión.
Que apenas logre ponerme en pie y volver al camino, lo cual de por sí ya será toda una hazaña, me pondré yo mismo nuevamente en el potro de la tortura por un tiempo que ignoro.
Extraño mi casa, mis vecinos. Siento nostalgia incluso de la peste. Extraño morir escupiendo sangre como debe estar pasando ahora mismo en el pueblo.
Pero no quiero volver atrás. No puedo.
Paso la mano por el pie para quitar las piedras que ocasionaron la caída pero retiro mi mano apenas siento el fuego en mi pie.
Tengo la mano mojada como si la hubiera metido en un charco. Estoy sangrando.
No sentía dolor porque tenía el cuerpo caliente, ocupado en la caminata.
Cuando la caída me detuvo, el dolor reclamó el protagonismo que los entumecidos músculos habían ocultado.
Y eso no es lo peor.
Desde hace quién sabe cuánto tiempo, hay sangre mía en el camino.
Sangre que, como las estrellas, ilumina el camino de las bestias hasta mí.
V
Ahora estoy despierto nuevamente.
Y vivo todavía. Ningún ataque.
Nada saltó y me utilizó como su cena mientras dormía.
En todo caso, pienso todavía atontado por el sueño, la roca es perfecta como plato. Su tamaño seguro impediría que mis tripas se desborden y cuelguen una vez que me desgarren el vientre.
Sacudo la cabeza bruscamente, no debo dejar mi imaginación que mi imaginación me juegue malas pasadas.
Esta vez me di cuenta del sueño apoderándose de mí, pero me sentía demasiado debilitado, tan irregular caminata y la pérdida de sangre hicieron que me rindiera fácilmente.
No me importó, al menos así las cosas dejarían de doler por un rato o, si tenía mala suerte, para siempre.
Y aquí estoy, mirando desde el borde opuesto del camino como lo que primero es una mancha de luz que agrisa la noche se extiende y luego toma lentamente un color anaranjado que para mí en estos momentos, es el color de la gloria.
Se va. La noche se va.
Aunque me cueste volver al camino ahora podré usar los ojos.
Perdí la capacidad de usar la oscuridad para mi provecho. De chico, ella me servía para pasar desapercibido cuando me escapaba de mi casa mientras el resto de la familia dormía y me iba a pasear a la luz de la luna por el campo.
Los guardianes del pueblo me dejaban pasar pues en realidad su misión era impedir cualquier ataque externo al pueblo, no que un muchacho esmirriado y con eterna cara de sueño saliera.
A poca distancia del pueblo había una elevación desde la que se podía ver los campos circundantes, todos labrados, como si fueran una pila desordenada de platos de distinto tamaño, pero de noche y solo si había luna apenas se veían sus contornos.
Todo el mundo aparecía gris con un tono azulado.
Y silencioso.
Me sentaba en el borde de la elevación y esforzaba la vista cada vez que unos lejanos puntos negros interrumpían corriendo el tejido perfecto de la luz lunar.
Podían ser ovejas corriendo, embriagadas por la ausencia de sus pastores pero lo dudaba. De noche se las dejaba en corrales dentro del pueblo.
Los puntos se dividían generalmente en dos grupos, uno más numeroso que el otro.
El que iba a la cabeza de aquella carrera era el grupo menor, por lo general no eran más de dos o tres individuos.
Detrás, el otro estaba compuesto por cinco o seis puntos que tarde o temprano se acercaban al primero y le restaban a éste uno de sus integrantes.
Era entonces cuando los miembros restantes del primero se detenían a unos cuantos metros del segundo y se quedaban esperando, como si todavía su compañero tuviera alguna posibilidad de reintegrarse.
Luego la carrera se reanudaba y la rutina se repetía tantas veces como el hambre de los integrantes del segundo grupo lo requiriese.
Así fue como me acostumbré a la muerte.
Me vuelvo a calzar. Primero examino mi pie. Toda la planta está sucia de sangre semicoagulada.
Ya no sangro y eso es bueno, no seguiré perdiendo fuerza. Para volver a incorporarme debo quitar todo rastro de piedras, semillas, insectos muertos o incluso vidrios minúsculos que tengo incrustados en la carne.
Desperdicio demasiada agua en la tarea y el trago que me regalo después quizás sea inmerecidamente generoso pero lo preciso. Además estoy seguro que hoy sí voy a alcanzar algún centro poblado en el que podré reabastecerme de agua y alimento.
Cuando termino de calzarme, me pongo de pie para salvar la extensión de pasto que me separa del camino.
Mi cuerpo está como trancado. La parte baja de la espalda se siente dura como el hierro.
Mis vértebras parecen haber adquirido vida propia y una propensión inexplicable a trenzarse, regalándome dosis de dolor que trato de atenuar colocando mi cuerpo en poses extrañas mientras me incorporo.
Finalmente lo logro.
Vuelvo a ser una criatura de dos patas.
Por poco tiempo. Para subir hasta el camino debo tirarme cuan largo soy sobre la hierba y usar todas mis extremidades para trepar.
Siento pánico de no lograrlo, de quedarme por siempre atrapado entre la roca y la pared de pasto. Ese temor es el combustible que me impulsa. Desoigo las llamadas de dolor de cada parte de mi cuerpo.
Nunca pensé que la simple gravilla fuera una visión tan hermosa. Una superficie tan amorosa de tocar.
Pero lo es. Es el límite externo entre la muerte y lo que sea que me aguarde.
Vuelo al camino. Siento tanta alegría de haberlo logrado que me permito rodar sobre las losas del camino que las primeras luces del día aún no han logrado entibiar. Por primera vez en meses me río, no me importa, que me escuchen las bestias, los hombres del gobernador si es que me han seguido.
 Pero el camino está vacío, como cuando salí del pueblo. Las primeras luces del alba no permiten ver mucho más allá de donde estoy pero es suficiente.
Ahora solo tengo que retomar el rumbo. Con cuidado de no volver sobre mis pasos, claro está.
El horizonte de mis pasos queda a mi izquierda. Hacia allá iba ayer.
VI

Mis padres y mis hermanos siguieron los mismos pasos de mis abuelos y antes de ellos, mis bisabuelos y antes aún mis tatarabuelos.
Todos doblaron el lomo sobre la tierra, luchando por sacar de ésta lo necesario para vivir.
Mis hermanos trabajaban ya desde niños pues entonces mi familia no podía permitirse tener a uno de sus miembros haciendo otra cosa.
Yo fui el primero en negarme.
Aunque, obligado por mis padres, pasé los últimos años de mi infancia en el campo, apenas tuve la oportunidad me escapé.
Traté de enrolarme en el ejército improvisado del gobernador, dueño del pueblo.
“Eres demasiado enclenque para servir al Señor, vuelve dentro de unos años”, me dijo el capitán mientras a sus espaldas la soldadesca estallaba en carcajadas.
Pero quiso la suerte que un primo del gobernador, conocido en el pueblo por estar absolutamente loco, quiso organizar una partida para ir a liberar Jerusalén de los infieles.
Las noticias decían que de todas las comarcas se estaba formando un gigantesco puño cristiano que se abatiría sobre la ciudad sagrada como el puño de un gigante.
El gobernador no quiso comprometerse en esos asuntos y apenas si le permitió que su primo llamara a filas a todo aquel que quisiera acompañarle en su demente empresa.
Éramos casi todos niños y adolescentes jóvenes quienes acudimos a su llamada, todos igualmente ansiosos de evitar el destino de nuestros mayores.
Nuestros padres trataron de convencernos pero no se atrevían a prohibirnos que nos uniéramos al ejército pues ello podía traerles problemas con nuestros gobernantes.
Finalmente el ejército nunca abandonó este país.
A los “soldados”, aunque aún lo fuéramos, no se nos dio cabalgadura.
Caminábamos día tras día detrás de las carretas con los víveres que a su vez seguían al conductor de la expedición.
Los cocineros de la caravana nos alimentaban con las sobras que jamás alcanzaban para saciar nuestra hambre por lo que debíamos acudir a frutas y semillas silvestres que encontrábamos a la vera del camino.
Pasamos por varias aldeas, entre la risa sorda de sus pobladores y fueron esos mis primeros contactos con el mundo.
Sus pueblos eran iguales al nuestro, las mismas casas, el mismo apiñamiento de gente rodeando la plaza central.
Un día el primo del rey, nuestro líder, se desbarrancó junto a su caballo por trotar demasiado cerca de un despeñadero.
Antes de cruzar siquiera la frontera.
Sus sirvientes emprendieron la huída, dejándonos solos y casi en pelotas en pleno invierno.
El regreso al pueblo duró meses.
Durante ese humillante retorno aprendimos más que en todos los años anteriores de nuestra vida en familia.
Todavía tuvimos que sobrevivir a base de semillas y cortezas de árboles durante tres semanas antes de alcanzar las primeras granjas.
Sobre ellas descargamos nuestra frustración por el fracaso de nuestra fuga de una vida de campesinos.
Saqueamos las cosechas de los campesinos, furiosos y hambrientos.
Asesinábamos a aquellos que intentaban oponerse a los saqueos.
Al principio era tal el hambre que muchos de mis compañeros ni siquieran se molestaban en cocinar la carne de los animales de granja.
Cortaban al animal que caía en sus manos con lo que primero tuvieran a mano y luego lo tazaban en trozos de carne todavía caliente que devoraban como si fueran fruta.
A pesar de mi hambre de meses yo me contuve.
Fui ampliando el tamaño de a poco, con pan o incluso con pedazos de masa aún sin cocer.
Aquellos que habían cedido a la tentación no tardaron en morir. Sus cuerpos colapsaban ante tal súbita abundancia ingerida de manera tan violenta.
Estábamos apenas a comienzos del invierno. Las familias que nosotros, la plaga, dejaba detrás, estaban condenados a la muerte pues ya no tendrían tiempo para hacerse de alimentos antes que los campos se transformaran en espejos de hielo.
Mi corazón se volvió negro y duro como el carbón. Conocí el verdadero valor de la vida humana, muy por debajo de la de una vaca e incluso de una horma de queso.
Aunque pasó mucho tiempo antes de volver a ver las murallas de mi pueblo, lejos de sentirme reconfortado por ello despreciaba aún más a mi familia, su vida desperdiciada en el campo, luchando contra el tiempo para obtener antes del invierno la cantidad de víveres y semillas que los recaudadores les quitaban a cambio de dejarlos vivir dentro de las murallas.
Nunca más agarré el mango de un arado.
Apenas volví al pueblo volví a presentarme en el cuartel y esta vez no se rieron.
Me aceptaron.
Quizás, a pesar de su tosca apariencia, esos hombres sabían reconocer la desesperación, sentían lo que mi familia no podía entender.
En todo caso, a sus ojos ya era alguien que podía llegar a ser un soldado. Un patán que valía la pena entrenar y alimentar.
Me convertí en un joven fuerte, imbatible con la espada y la lanza, inalcanzable con su caballo.
Batíamos periódicamente el pueblo y sus alrededores buscando dentro de las casas de la gente objetos y alimentos para los gobernantes.
Éstos, así como le cobraban en especies a los de abajo por dejarlos pernoctar en la seguridad de intramuros, nos sacaban el alma mandándonos en misiones de castigo a aquellos que no estuvieran al día en sus obligaciones.
El gobernador y sus parientes se sentían tan por encima del resto que nada hacían por ocultar la cruel injusticia del sistema.
Eran tan ingenuos como la virgen que se desnuda a la orilla de un estanque sin cuidarse de que, oculto en la vegetación nada espere el momento para atacarla.
Por mi condición de soldado pude un día entrar al palacio. Vi los recargados jarrones jalonando corredores sin fin, hundí mis pies en profundas alfombras de inadmisibles colores, escuché el insultante sonido del terciopelo deslizándose sobre la desnuda piel de una cortesana, aspiré apenas el aroma de un plato desconocido devorado delante de la guardia mientras el gobernador se dirigía a mi capitán, con una boca tan repleta de comida que apenas podían entenderse sus órdenes.
Si antes había sentido desprecio por mi familia, ahora les odié por no rebelarse. No sabían cómo usaban los gobernantes los tributos que ellos les rendían. Pero yo sí.
Y no me creyeron.
Aunque hubiera podido, nunca ataqué a nadie de mi familia pero desahogué mi furia con otros mansos.
Les recriminaba por qué no me enfrentaban, por qué no trataban de parar mis golpes. Desnudaba a las mujeres sin importar su edad delante de sus hombres para humillarlos buscando alguna reacción.
A medida que, gracias a mi comportamiento, ascendía en la escala militar, más furioso me sentía.
Aquellos que premiaban de tal suerte la creciente destrucción como ser humano eran quienes merecían el mayor de los desprecios, el odio más profundo pero eran también a los que nada podía hacerles.
De noche, tendido en el catre del cuartel, fantaseaba con estrellar las cabezas de sus hijos contra la pared.
Mi sangre hervía, imaginando a sus padres paralizados observando mientras yo cubría sus lujosas vestimentas con el contenido de las cabezas de sus hijos.
Hubiera dado mis pulgares a cambio de poder degollar sus mujeres, hundir mi espada en sus vaginas.
Una tarde, el capitán nos ordenó incendiar una choza con sus habitantes dentro.
Eran seis, un viudo con cuatro hijos y una chica, que vivían sobre una porción de campo cuya mayor parte era apenas un promontorio de rocas.
El más mínimo cambio en el viento les dejaba sin nada que cosechar. Apenas si conseguían obtener algo para comer, por lo que mucho menos podían pagarle tributo a la corte.
Eran el ejemplo perfecto para demostrar la inflexibilidad de nuestro Señor con quienes intentaran salirse del sistema.
Llegamos una mañana a la choza.
Yo comandaba la partida y, antes de cumplir la orden, quería verles las caras.
Les ordené a mis hombres que esperaran afuera mientras yo entraba en la choza.
Sea lo que fuere que tuviera en mente hacer esa mañana, no fue necesario.
Estaban todos muertos. Desde hace varios días.
El olor desde la puerta era insoportable. La luz de la mañana apenas alcanzaba a iluminar la pared del fondo, pero con lo que se veía en el piso de la choza era suficiente.
Todos los cuerpos estaban a medio camino entre las camas y la puerta. Por la forma que yacían no parecía que hubieran sufrido algún tipo de ataque.
Aún así, había algo en la escena que despertaba mi curiosidad aunque en ese momento no consiguiera poder definir qué era.
Tapándome la nariz con el brazo le grité a mis hombres que quemaran todo. Y me alejé.
Mientras abandonaba a caballo traía a mi mente la escena que había dejado atrás. Algo en ella me obsesionaba.
No tardé en comprenderlo pues ese mismo día me encontré ante una escena similar.
Los cuerpos tendidos en el suelo, sin violencia aparente, a medio camino de la puerta como si hubieran tratado de llegar a ésta antes de morir.
Y unos bultos negros distribuidos por todo el cuerpo, concentrados en las zonas bajos las axilas y en las ingles.
¿Qué eran esas cosas?
¿El resultado de un envenenamiento?
¿Se estaban suicidando los más pobres de entre los pobres?
Al otro día el número de casos se triplicó.
Y esta vez, una de las víctimas fue una tía del gobernador por lo que no cabía pensar en que, movida por el hambre, hubiera comido algún fruto venenoso o que se hubiera suicidado para no seguir luchando contra una vida dura sin remedio.
Había llegado la peste.
Y con ella, la muerte de toda esperanza de ser yo quien les arrebatara la vida a mis empleadores. 

VII

Lo he logrado.
He pasado ya varios cuerpos lo que sin dudas marca que ya estoy aproximándome a Mandrera, el pueblo más próximo al mío.
Los primeros que vi formaban un grupo de tres (mujer, hombre, niño). De lejos parecían estar durmiendo a la vera del camino, tomándose un breve descanso antes de reanudar la marcha.
Pero bastó que acercase apenas a un par de metros para que el hedor a carne en mal estado y la visión de la piel arrugada en torno a los huesos me sacara del error.
El hombre está sentado, con su mujer tirada al lado, sosteniendo al niño.
Si esta gente murió por la peste, pienso, no se nota. En el maloliente papiro que ahora los envuelve no hay bultos ni manchas.
Y, sin embargo, no veo mordeduras ni les falta ninguna extremidad. Aún el niño está entero siendo que sería la presa más fácil de robar para un depredador mediano.
Me quedo unos minutos dudando si debo acercarme más a revisar el bolso que yace delante del hombre.
Mis provisiones ya están casi acabadas pero al mismo tiempo la incógnita de su muerte me inhibe.
Quizás sí los mató la peste pero tuvieron las fuerzas suficientes para salir de su pueblo y la peste los agarró en el camino.
Es una enfermedad rápida, con muy pocas variaciones en su desarrollo. Por lo general empieza con una fiebre durante la noche y a la mañana siguiente aparecen los primeros bultos.
Cuando eso sucede, la persona sabe que está condenada. Durará hasta morir durante la caída del sol, luego de haber delirado por la fiebre durante horas.
Los bultos a veces revientan y dejar escapar un pus sanguinolento. Es durante esta etapa que debe evitarse todo contacto con los humores que escapan del cuerpo.
Lo descubrimos por las madres.
Abrazaban a sus crías infectadas cuando lloraban por los intensos dolores que les causa la fiebre.
Y luego ellas también se enfermaron y murieron.
No sabíamos cómo se sentía hasta que un soldado de mi compañía contrajo la enfermedad. Nunca le había escuchado una queja, ni aún recibiendo las peores heridas.
Su último día, sin embargo, lo pasó aullando de dolor, gritando que el diablo le estaba quemando las tripas.
Así que era perfectamente posible que esta familia se sintiera sana cuando decidieron empezar la huída.
¿A qué distancia estábamos ahora, ellos y yo, del pueblo en este punto?
Supongo que ya habrá transcurrido suficiente tiempo como para los síntomas de la enfermedad aparezcan, si es que yo también la tengo.
Es mejor no correr el riesgo.
Los dejo en paz y continúo, subiendo por el camino que ahora se ha hecho empinado.
Apenas dejo atrás la subida empiezo a ver las primeras edificaciones. No habían llegado muy lejos, entonces.
A mi derecha hay un viejo torreón cilíndrico semiderruido. El lado que da a la calzada por la que voy luce un viejo escudo en piedra, cuyas armas y letras apenas consigo distinguir.
Luego, más cuerpos.
Muchos.
Parece que acá, a diferencia de mi pueblo, hubo un intento de huída en masa. Probablemente el Señor de Mandrera y toda su familia hayan muerto ya. Por la peste o por las espadas.
Acá sí hicieron lo que debimos hacer nosotros, en lugar de quedarnos como estúpidas ovejas, esperando la muerte dentro de las murallas bajo amenaza de nuestro Señor.
A medida que el camino baja, se interna en los suburbios del pueblo. Veo granjas a ambos lados, abandonadas tan de prisa que ni siquiera se ocuparon de cerrar las puertas.
Entro en varias de ellas, buscando comida y, sobre todo, agua.
En la primera de ellas, de madera oscura y techo a dos aguas, no encuentro comida pero sí agua, en el pozo que queda en la parte trasera. Tiro el balde hacia abajo y lo subo lleno hasta el borde. 
Sumerjo mi cara en él y bebo hasta saciarme.
Ha pasado ya casi un día entero desde la última vez que tomé la última gota de la vejiga de carnero en que llevaba el agua y ciertamente la caminata bajo el sol terminó por evaporar de mí todo rastro de humedad. 
Casi tengo ganas de llorar mientras bebo de tan feliz que estoy.
Pero debo detenerme antes de dañar mis riñones por el exceso de líquido. 
Con renuencia aparto el balde de mi boca y lo vuelvo a llenar allá abajo para así poder rellenar mi odre, mi bota, mi oasis portátil.
Es entonces cuando veo la cabeza asomando del agua, como si el cadáver estuviera tomando un baño luego de un día agotador de trabajo en el infierno.
Las arcadas me doblan en dos. El asco se une al miedo pues no sé de qué murió la persona cuyo jugo acabo de tomar.
Debo calmarme ahora, pienso. 
Lo que sea que tenga el agua ya está corriendo por mi cuerpo y no tengo forma de evitarlo.
Quizás no fue la peste lo que acabó con él, quizás está allá abajo pues decidió suicidarse tirándose de cabeza con la esperanza de romperse el cuello. O ahogarse.
Me alejo de la granja y cada uno de mis pasos se sienten como los de un hombre al que le aguarda la horca o algo peor al final de su camino.
Estoy condenado de todas formas, me digo, no tiene sentido seguir, la peste debe haberse extendido por todo el país y nadie escapa a ella.
Sin embargo todavía conservo el equilibrio mental suficiente para no terminar haciéndole compañía al ser dentro del pozo. 
Moriré por el agua emponzoñada o por la peste. 
En todo caso debo esperar.
La sed me hizo un animal. 
No.
Peor.
Un animal huele el río antes de beber.
Yo simplemente ahogué mi sed en el balde sin tomar ninguna precaución.
Ese es un lujo que no puedo permitirme.
Por la posición del sol me doy cuenta que falta todavía mucho para la noche.
Podría tirarme en alguna cama a descansar, tengo decenas a mi disposición dada la total ausencia de otro ser humano en esta aldea, pero decido aprovechar las horas.
Si no muero hoy, pienso, seguiré mi camino y para ello, cuando salga de este pueblo, debo llevar el máximo de provisiones y agua limpia que pueda.
Por lo que recuerdo de aquella fallida incursión, el próximo pueblo se encuentra a varios días de camino.
Lo único bueno es que a partir de ahora abundan los bosques a la vera del camino. Tendré abundantes lugares para subir en caso de que aparezca alguna bestia.
Lo cual me recuerda otra cosa: debo conseguir un arma.
Cuando salí de mi pueblo no me llevé ni siquiera mi propia espada pues en realidad todas las armas, caballos y objetos de los soldados pertenecen al Señor. Y éste castiga con la horca a quien le robe.
No quería caminar mirando constantemente por encima de mi hombro por si una partida de mis antiguos camaradas había salido en mi caza.
La poca distancia entre un pueblo y otro, más mucha suerte, me permitió llegar a salvo hasta acá.
Pero ahora el camino sería largo y (no quise pensar en eso más de un segundo), las ramas de los árboles quizás ya estaban ocupadas por algo, esperando pacientemente a que un viajero indefenso pase por debajo.
Y esa, comprendí, era la tercera opción. 
Si no conseguía, y pronto, un arma, el ser que caminaba por la vacía aldea ya estaba muerto.

VIII

Finalmente me quedé dormido sobre una cama.
Ayer pasé el día recorriendo la aldea, que no es muy grande. Entré en cada una de sus casas.
No encontré ningún cuerpo y tampoco ví en las afueras o en el camposanto señales de enterramientos masivos. Es como si nadie, salvo por la familia y los otro cuerpos que vi a la entrada del pueblo, hubiera muerto acá desde hace mucho tiempo.
Ni siquiera tuve que forzar puerta alguna. Por lo general estaban todas abiertas y las que encontré cerrada no tenían puesto los pestillos.
De a poco el estado de alerta con que iba recorriendo el pueblo fue mutando primero en confusión y luego, a medida que la sospecha de encontrarme solo se fue confirmando, en rutina.
El palacio, vacío de toda alma, del Señor era bastante pobre comparado al de mi pueblo pero lo habían edificado con piedras a diferencia del resto de las viviendas que eran de madera.
Allí sí encontré algunos vegetales que todavía lucían sanos, mucha carne en mal estado y, en la sala principal, un grupo de armas al costado de la estufa principal con la que se calentaba la estancia en invierno.
Allí estaban. La pica, el mandoble, el sable, el estoque, la espada de doble filo y ranura en el centro para que la sangre de los enemigos se escurriera por ella hasta el codo de donde debía chorrear, regando la tierra como lacre de las míseras victorias humanas.
Llevé la espada conmigo. Las otras armas eran demasiado débiles para enfrentarme a una bestia o demasiado pesadas, como el mandoble que tiene la altura de un hombre, para poder maniobrar a tiempo con él. La pica me hubiera servido si no fuera que la madera del mango era vieja y había sido usada tantas veces que estaba a punto de romperse.
La presencia de la espada acompañándome me calmó bastante mientras terminaba de visitar las casas del pueblo.
Una vez que estuve seguro de mi ventajosa condición como único poblador, me dejé caer sobre una cama. No era más que unas balas de heno con un cobertor cubriéndolas pero sin duda fue una mejora respecto del suelo sobre el que dormí las últimas dos noches.
No pensaba pasar la noche en el pueblo pues yo lo recorrí y comprobé que no había otra presencia en él de día.
Sin embargo, todavía quedaba por aclarar la causa del súbito abandono, si es que fue abandonado. Dentro de esa incógnita a despejar no podía desechar la posibilidad de que la causa de las desapariciones estuviera aún en el pueblo.
Conmigo.
Y la noche tiene en su rostro señales de que ha visto demasiadas cosas, decía mi padre.
Dios, nuestro verdadero Señor, ha creado el sueño para salvarnos de sus horas pues ellas pertenecen al Diablo, señor de la oscuridad.
Hace apenas un año yo tenía padres, hermanos, una mujer.
Ahora estoy en un pueblo que no es el mío, ya no puedo volver sin ser castigado a mi tierra y no sé si llegaré vivo al otro día.
Si la noche pertenece a las cosas que uno debe evitar entonces el atardecer es de los demonios de la melancolía.
Tanto mis padres como mis hermanos eran gente sencilla. El trabajo en el campo les había allanado todo camino al corazón de los problemas de este mundo de tal forma que para todo tenían una explicación. Todo ha sido dispuesto por el Señor de Señores, decía mi padre cuando me veía furioso por las injusticias que a diario se cometían en el pueblo. Aún aquello que a nosotros nos parece que no debe existir pertenece al plan maestro de Dios, sirve a sus propósitos que para nosotros son inentendibles.
Misteriosos son los caminos del Señor, entonaban a coro mis hermanos frente a la mesa familiar, repitiendo lo que el Pastor decía en la ceremonia dominical.
Y de esa forma se sometían a la vida que les había tocado en suerte. Jonxaca, el hermano que me precedía en edad tenía algo de mi carácter rebelde e inquisidor pero mis padres y los de su esposa se entendieron mucho antes que éste alcanzara la adolescencia de tal forma que éste tuvo que deponer su rebeldía para atender el hogar que entre las dos familias y su esposa le habían puesto en sus manos.
Los otros dos, Reule y Darko, ya eran adultos con hijos cuando llegué al mundo. A sus ventitantos años no les quedaban ya muchos años de vida como para estar perdiendo el tiempo con preguntas sin mayor sentido, me dijeron una vez.
Muchas veces sentí que mi familia hubiera sido mucho más feliz sin Yuryos el preguntón, Yuryos el rebelde, Yuryos el hijo que pudo haberlos metido en problemas si no fuera porque un día tomé la decisión de seguir al pariente loco del dueño del pueblo.
Así como mi partida fue un alivio para ellos, o al menos así lo sentí, la forma en que regresé anunciaba un fin inminente para mí y quizás para ellos pues nuestro gobernante solía tomar escarmiento en las familias de aquellos que lo ofendían.
Por suerte para ellos me convertí en un esbirro del Señor. Me recibían aliviados de noche a la mesa familiar aunque mis manos estuvieran manchadas de sangre.
Yuryos era ahora una solución no un problema. Yuryos incluso les servía de escudo contra las fuerzas del Señor, pensaban, por haber ascendido tan rápido en la escala militar gracias a su crueldad.
Dejen que Yuryos se siente en la cabecera de la mesa, decía mi padre cediéndome su lugar y todos, incluído Darko el primogénito, obedecían.
Oh sí, una espada hace maravillas por un hombre.
Luego la peste los quitó de mi vida y, junto con ellos a mi mujer, la criatura con los pies más sabrosos de este mundo.
Solo te acordarás de la oscuridad cuando te quedes ciego, me dijo un día mi madre.
Esa noche soñé con todos ellos.
Tomaban de una botella que se pasaban entre sí pero que cuando llegaba mi turno, Darko, el hermano que tenía a mi derecha, colocaba en mi rostro su mano de gruesos gordos y entre carcajadas engullía mi parte dejando caer parte sobre su tupida barba. El resto de la mesa me miraba y gritaba a coro “no, no, no!”, entre risas.
Luego veía pasar la botella frente a mis ojos cuando se la cedía a Reule, que con su temblor característico la tomaba entre sus manos y se la llevaba a la boca entre hipos y luego continuaba la ronda.
Yo protestaba, gritándoles, pero solo conseguía que se rieran más fuerte de mi pedido, como si fuera un niño en una reunión de adultos. La tormenta agitaba las ventanas del recinto donde se celebraba esa extraña ceremonia, batiéndolas como aplausos, la lluvia sonaba sobre las paredes y sometían la casa a una paliza dada por miles de puños.
La lluvia.
Hace meses que no llueve en esta comarca.
Excepto por los árboles, el resto de la vegetación luce un estado miserable, parece una pobre imitación de sí misma.
No es extraño que se vean pocos animales. La mayoría habrá muerto de sed o los llevaron aquellos que antes habitaban estas tierras.
Aún en mi propio pueblo la gente desde hace meses comenzó a devorar sus animales cuando la escasez de las cosechas se reveló insuficiente para alimentar a la población. Ni siquiera los cazadores volvían ya con presas de tamaño considerable pues al parecer hasta los animales salvajes habían desaparecido.
Entonces comenzaron por los gatos y perros.
Respetaron a las vacas y caballos pues al menos estos sirven para algo más que dar compañía o ladrar por las noches.
Cuando terminaron con las mascotas, siguieron con las ratas que ante la ausencia de sus enemigos naturales habían aumentado en un número considerable su población.
Finalmente algunos campesinos en su desesperación sacrificaron a sus animales de labranza, pues tampoco podían salvarlos del hambre al no tener grano con que alimentarlos.
Todo este miserable descenso ocurrió durante largos meses en que la sequía arrinconó a la gente.
Y luego llegó la peste, como si Dios pensara que la vida no tenía todavía suficientes desafíos.

IX

Me desperté llorando.
Y así estuve durante un rato largo, llorando tan desconsolado que el llanto se transformó en hipos. Las lágrimas me aflojaron los mocos a tal punto que me costaba respirar y me quejaba en voz alta como había visto hacer a una mujer a quien la obligamos a mirar mientras le sacábamos los ojos a su esposo y a su hijo.
Extrañaba a los míos. 
Soñar con ellos me había debilitado, eso tenía que ser.
Pero es que también me sentía confundido, sin saber qué hacer.
Aquello no podía ser real. No se abandona un pueblo de la noche a la mañana, no desaparecen todos los seres amados de un día para el otro como si una mano invisible los levantara del suelo.
¿Qué iba a hacer ahora?
No podia volver a mi pueblo, eso es seguro pero no le encontraba sentido a seguir. 
Reemprender la marcha sin rumbo desconocido hasta encontrar... ¿qué?
Yo ya no tenía patria, ni padres, ni amigos. Nadie sabía mi nombre y mi vida importaba tan poco como mi muerte.
La muerte es lo único que abunda en este mundo, la vida es apenas una ilusión. El estado natural del mundo es la desaparición, la decadencia y yo no debería luchar contra eso, me decía pues no encontraba fuerzas para abandonar la cama.
Quiero morir. Quiero desaparecer.
Lo pensé y luego lo dije una y otra vez hasta que el sonido de las palabras perdió todo sentido. 
Se transformó en apenas un cántico ahogado, entonado por un agonizante.
Analicé las salidas.
Colgarme de alguna cuerda.
Dejarme caer sobre la espada.
Buscar algún veneno y tomarlo.
Volver para que otros hicieran el trabajo.
Sentía la garganta anegada con la pasta formada por los mocos y las lágrimas, me levanté entonces para tomar agua.
Tomé un copón que estaba sobre la mesa a los pies de la cama y lo llené.
Cuando lo vacié a tragos agigantados por ansiedad, quise apoyarlo sobre la mesa pero la madera de ésta se desintegró en motas del mismo color de la madera y el copón se cayó al suelo, quebrándose en dos mitades perfectas.
La mano que lo había sostenido se mantuvo congelada, como mi corazón. 
En el medio de la mesa ahora había un agujero de bordes imprecisos.
De todos modos, pensé, la mesa sigue en pie.
¿Usé esta mesa ayer o simplemente entré a este cuarto y me acosté?
Le apreté una pata a la mesa. Se pulverizó entre mis manos y finalmente desapareció, lo que ocasionó que la mesa cayera hacia mí. Por instinto me aparté como si aquello fuera un duelo y el resto del mueble terminó de desvanecerse en una pequeña nube marrón al chocar contra el suelo.
Hubo otro efecto que en el primer momento no percibí.
En mi violento retroceso para apartarme de la mesa había chocado contra el marco de la puerta, la única abertura que tenía el cuarto.
Y ahora tenía mi costado derecho incrustado en la casa.
Parte de la pared y el costado del marco yacían a mis pies mientras el resto de la estructura reposaba en mí.
Me separé lentamente de la estructura para no ocasionar mayores desastres pero aún así la parte superior de la puerta y junto con ella el techo cedieron.
El cuarto primero se hundió y luego comenzó a drenar sus materiales, que se acumularon frente a mis pies, formando un amontonamiento que se mantuvo a la misma altura incluso cuando la corriente de lo que antes era el techo y las paredes de la casa aumentó.
Salí corriendo al exterior con temor a que se me cayera la casa encima pero era un temor sin sentido. 
La pequeña cabaña todavía se tomó unos minutos en venirse abajo y se disgregó de tal forma que finalmente no pesaba más que un copo de nieve.
Allí supe que había empezado el fin.

X

Apenas abandoné la casa y me quedé en el pastizal frente a ella, ésta se replegó sobre sí misma hasta desaparecer sin que sobre el punto en el que se derrumbara se formara montón alguno.
¿Qué magia es esta?, me pregunté mientras notaba como a esa corrupción inicial le seguía otra, que se extendía hacia las demás casas del pueblo como se extienden los rayos del sol en una mañana.
Podía seguir el trazado de esa cosa por el desmoronamiento gris del mundo que causaba.
Cuidando de no estar en el camino de sus brazos, me fui moviendo hasta la salida del pueblo, en la dirección por la que había venido.
Mientras me acercaba a ella a mis espaldas el pueblo entero se reunía con el suelo entre nubes de polvo multicolor. 
Gris o marrón si era una cabaña o una casa; rojo, verde, azul, amarillo si trataba de una flor o un árbol pues no eran tan solo las edificaciones las que se esfumaban de tal modo.
En su lugar quedaba un manchón llano, que el viento limpiaba cuando se levantaba apenas un poco de brisa y debajo de esa pequeña acumulación de restos no había nada más que una superficie blanca.
Menos que eso incluso.
Una superficie necesita de un plano, de algo sobre lo cual colocar la textura del pasto, arena o piedra.
En estos puntos salidos del tejido de la realidad el efecto del viento quitaba toda ilusión de terreno o camino.
Ni longitud ni altitud, ni ancho ni largo.
Simplemente un espacio en blanco, como la  hoja que aguarda al escritor o el lienzo impaciente por el pintor que se demora mezclando los óleos en su paleta.
Solo que acá nadie me aseguraba que esa nada blanca fuera a ser cubierta por cosa alguna.
En el camino, las cosas seguían aparentemente igual.
A lo lejos podía ver la subida y en su cima al torreón semidemolido pero aún palpable y concreto.
El grupo de cadáveres seguiría aún detrás de la colina adiviné, pues en realidad desde el pueblo no podían verse.
Así que aquella fuerza desintegradora se limitaba al pueblo.
Si quería seguir adelante, debía tratar de rodear el punto donde alguna vez hubo un pueblo pues nada me aseguraba que no fuera a contaminarme yo también por esa prisa desmanteladora.
Contaminarme, esa palabra hizo sonar campanas en mi cerebro.
Si la corrupción se detenía en las afueras del pueblo, y de hecho ahora estaba en un punto del camino que se mantenía tan firme como siempre, entonces quizás esa era la causa de la desaparición de la gente.
Y también explicaba la presencia de los cuerpos que yo sabía estaban detrás de mí.
Eran pocos los que se habían dado cuenta a tiempo como para poder  huir. No se salvaron de la muerte pero por lo menos sus cuerpos aún permanecían íntegros, sin parecerse al remanente de un fogón.
Afuera del pueblo el campo seguía igual de amarillo y plano.
Muy a mi pesar, abandoné el camino y me interné entre la maleza baja que bordeaba el camino para cruzar el campo en dirección al camino que seguía luego del no-pueblo.
Me tomó apenas unas horas rodear el raspaje blanco de lo que alguna vez había sido un asentamiento humano.
Desde aquella distancia parecía un cristal iluminado desde abajo, un parche blanco de luz en medio de las imperfecciones del mundo.
No conseguía pensar en él, noté, mis recuerdos también se habían deshecho.
Lo último que recordaba era estar pasando delante del torreón y luego de comenzar el descenso de la pequeña loma, mi conciencia saltaba hasta el momento presente.
Delante de mí había una pequeña corriente de agua que apenas unos metros a mi izquierda, desaparecía en su pasaje por la misteriosa blancura.
Finalmente aquello había resuelto mi dilema, obligándome a continuar el viaje a pesar de el poco ánimo con que me había despertado esa mañana.
Esos caprichos de mi espíritu se habrían convertido tarde o temprano en mi perdición, reteniéndome en aquel lugar hasta el punto en que yo también hubiera desaparecido.
¿Por qué no me había afectado esa corrupción?
Me detuve un momento para recuperar el aire y mientras, me revisé el cuerpo.
Allí, en el brazo derecho, sobre la cara interna del codo.
Un parche de piel arrugada y gris, salpicada de pequeños puntos rojo oscuro.
Tenía la forma parecida a la del cuerpo de una araña grande, sin las patas, y pulsaba como si quisiera salirse del resto del cuerpo.
Picaba muchísimo ahora que la había descubierto.
Tuve que resistir el impulso de rascarme pues apenas lo hice mis dedos se llenaron de mi propia ceniza.
En la zona por la que había pasado mis uñas el brazo lucía ahora sensiblemente disminuido.
Si seguía haciéndolo probablemente pasara mi mano para el otro lado, logrando en mi torpeza que una parte del brazo se desprendiera, perdiendo así una mano.
Continué mi camino, obsesionado por aquel culo de araña que cargaba, asqueado por mi indecisión.
“Si un ojo te traiciona, debes quitártelo.”
Pero necesitaba las dos manos, debía tomar impulso y seguir, esperando que aquello comenzara a cerrarse cuando más lejos me hallara del punto blanco que comenzaba a dejar atrás.
La otra parte del camino, que empezaba allí donde terminaba el parche blanco (¿o donde terminaba el fin?), estaba compuesta básicamente por bosques que se extendían a lo largo de varios quilómetros, tal y como recordaba de mi expedición por estos lugares cuando integraba la partida de locos furiosos retornando a la vida miserable que les esperaba.
Los árboles estaban tan cerca uno de otros que sus ramas se encontraban entre sí y formaban una muralla natural.
Esa característica me protegería una vez que llegara al camino aunque por ahora encontrar dicha seguridad me estaba costando más de la cuenta.
No encontraba un solo punto abierto en aquella maraña vegetal.
El cerrado muro vegetal que impedía a las bestias llegar al camino tampoco me dejaba pasar a mí, por lo que ahora era una presa fácil, sin un lugar a donde escapar en caso de que me atacaran.
Tras muchos penosos intentos consistentes en escurrirme entre las ramas adoptando posiciones insólitas en busca de una salida hacia el camino, a veces alcanzaba una pequeña brecha entre las ramas, a través de la cual podía ver un tramo del camino.
Si pasaba un brazo podía incluso sentir su piso pero para mí estaba igual de lejos que la luna.
Entonces me retiraba frustrado, dejando que las ramas y espinas añadieran otras heridas a las heridas de intentos anteriores.
Cada fracaso solo aumentaba el dolor de mis brazos, sin olvidar mi pie debilitado y todavía sin curar de las heridas recolectadas  durante la caminata nocturna en el camino.
Finalmente encontré un lugar abierto en la espesura, cuando ya mis brazos se habían transformado en dos antorchas dolorosas y la sangre fluía libremente desde muchos cortes y tajos.
Un árbol, mucho más viejo que sus compañeros, se había caído hacia el lado del campo, arrastrando con él a otros y me sirvió como puente una vez que le ofrendé mi tributo en sangre al pelearme con sus ramas para subir al tronco tendido.
Dentro, las piedras que formaban el camino no se veían pues estaban cubiertas de ramas y espinillas.
Me apuré en dejar atrás el punto antes que algo más usara el mismo pasaje.
La araña gris en mi brazo parecía haber recobrado vitalidad y me llegaba ahora casi a la muñeca.
Recuerdo que en un momento me pregunté si la sangre que perdía yo no terminaba alimentándola, haciéndose más fuerte al tiempo que me debilitaba.
Tiempo.
Todo se reducía a cuál de los dos, la araña o yo, tenía más tiempo por delante. 

XI

El camino se hace monótono.
A partir de cierto momento esta sucesión ininterrumpida de árboles entrelazados, no me permite ver el paisaje que hay más allá de la vera del camino. Es como si hubiera vuelto la noche a pesar de los rayos solares que caen a plomo sobre mi cabeza.
La muralla está compuesta por árboles, pinos en su mayoría, de una variedad a la que le nacen las ramas casi desde la base del tronco.
Si aparece otro tipo de árbol, como las acacias cuya altura denuncia su edad, entonces el espacio entre las primeras ramas y el suelo está igual de atorado, maleza y arbustos rellenan los resquicios, cerrando el paso y la vista.
Aunque me siento protegido, no puedo evitar pensar en las bestias que todavía no he visto, pero sé o creo saber, merodean detrás de los árboles  buscando el punto flojo de ese tejido vegetal para entrar al corredor y atacarme.
La piel de araña gris en que se ha convertido parte de mi brazo parece haber detenido su invasión.
Quizás se deba a que me alejé de la zona blanca, el punto emisor de aquella deconstrucción que acabó con el pueblo.
Hace horas que camino pisando semillas y pequeñas ramitas.
Mis heridas se han cerrado pero sobre mis brazos la sangre coagulada me cubre como una camisa ajustada, cada movimiento de mis brazos es acentuado por la piel tirante.
Me detengo y me siento, apoyando la espalda contra el tronco el árbol con menos maleza cubriendo su tronco.
Siento la base de la espalda como si fuera madera, es como si los músculos estuvieran trancados. No me dolería más que si tuviera una rodilla hincada en mis riñones.
Tomo algo de la comida que saqué del pueblo en el morral. Es menos de la que precisaba pero la huída precipitada no me permitió llevar mucha cosa.
Al menos tengo suficiente líquido, solo debo racionarla.
En esta parte del camino todo está en silencio.
Debería escucharse el canto de los pájaros o el sonido de las ramas movidas por el viento. En su lugar, el calor parece haberse quedado con todo, animales, viento, insectos, mi respiración que inspiro y exhalo con dificultad pues el aire caliente acelera mi corazón.
Me detengo en observar la espada que encontré en el pueblo.
Tiene una doble empuñadura adornada con animales que evidentemente solo vivían en la imaginación del orfebre, a juzgar por lo caprichoso de sus formas.
Alcanzo a distinguir una oveja con cola de escorpión, un perro cuyo hocico está en la cola, un ave parecida a un avestruz con cabeza de cocodrilo y muchos más.
La hoja es de acero templado a sangre.
En mi pueblo también usaban ese método pues asegura que la espada amanezca sedienta.
Se toman prisioneros de guerra o a algún preso de los calabozos de palacio.
El elegido es llevado al patio de la herrería y allí se lo ata de pies y manos a un par de estacas. Mientras el herrero se toma su tiempo para terminar la espada martillándola una y otra vez hasta que alcance el espesor deseado.
Todo el trabajo lo hace con la hoja al rojo vivo, metiéndola y sacándola en un horno de barro alimentado por la leña que sin cesar le introduce un ayudante.
Cuando finalmente la espada alcanza el punto deseado, el herrero se la entrega a uno de los parientes del señor que ha sido previamente llamado a la ceremonia.
Éste, sin bajar nunca de su caballo pues no debe tocar el cielo, trota en su montura hacia donde está aguardándole el prisionero y entonces hunde la hoja ardiente en el pecho de éste, que lo atraviesa de lado a lado sin mayor esfuerzo.
De esa forma se templa una espada.
Y esta que tengo ahora en mis manos ciertamente ha recibido ese tratamiento. Vibran de cierta manera que el acero común no posee.
Si la memoria no me falla, el próximo pueblo todavía queda bastante lejos.
Deberé dormir en el camino, pienso, mientras analizo como equilibrar la seguridad con mi comodidad.
Para ello junto las ramas y hojas secas caídas en un montón al que le agrego ramas que arranco. Decido esperar allí la noche, los brazos me arden por las heridas, mi cabeza me late por el sol que la ha tostado sin compasión por horas, mis piernas me duelen por la caminata y la espalda se siente como una camisa de madera.
Necesito descansar.
No tiene sentido que gaste mis escasas fuerzas corriendo detrás de un horario innecesario.
Después de todo, el tiempo ha dejado de existir para este mundo en el que vivo.
Lo único que me importa ahora es alcanzar al próximo pueblo y de acuerdo a lo que encuentre allí, decidiré qué camino tomar.
La noche, lentamente, se adueña del cielo.
El corredor se llena primero de sombras y luego de una oscuridad sin atenuantes apenas controlada por la luz que emana mi fogata.
La madera recita sus últimos sonidos a medida que el fuego la consume.
El límite entre la luz y la oscuridad se mueve constantemente debido al movimiento de las llamas.
Allí, en esa frontera difusa, la oscuridad adquiere movimiento, se asemeja por momentos a una oscura sopa llena de grumos y burbujas que aparecen y desaparecen.
Ya estoy durmiéndome cuando dos de esas burbujas se atreven a acercarse más que las otras. Se transforman en dos ojos unidos al rostro de una criatura.
Me mira con hambre. La luz es lo único que impide que se lance sobre mí. Detrás la oscuridad se mueve frenética y alcanzo a escuchar el suave roce de sus cuerpos.
Mi cansancio desaparece.
Esta noche no dormiré, pienso, la fogata es el único hilo que me mantiene a salvo.
Alimentarla me mantiene ocupado durante horas.
La danza del fuego es hipnótica, relajante. Su tibieza insiste. El sueño me toma con la delicadeza de un amante y me quita, antes de hacerme suyo, el cansancio, el dolor, el miedo. Observo mi cuerpo mientras pierde consistencia y se desliza sobre las piedras del camino con la misma indiferencia con que he visto caer a tanta gente en mi pueblo.
Como allá, de mi cuerpo se escapa la vida a medida que la fogata disminuye y el área iluminada decrece hasta que los rescoldos apenas tiñen de sombras rojas el pavimento.
Desde las sombras, tímidamente al principio y luego con urgencia, las criaturas se aproximan y me cubren.
No siento su peso cuando se posan sobre mi pecho ni dolor cuando me desgarran la garganta.
Sus narices achatadas, manchadas con mi sangre, gorgotean con ansiedad mientras hunden sus largos colmillos en los agujeros hechos en mi cuerpo.
El tiempo parece acelerarse.
Mi cuerpo deja su forma humana y se parece cada vez más a una porción de carne sin forma tirada al azar en un camino rural.
Sobre esa fila de árboles las estrellas iluminan el mundo.
Salvo por los pequeños puntos luminosos esparcidos por la campiña todo está oscuro. No hay luna esa noche y un cielo cerrado oculta las estrellas.
Caigo arrastrándome sobre mi espalda por un camino empinado cubierto de hojas amarillas.
Trato de frenar el envión atrapando alguna rama del seto que está a ambos lados del tobogán pero jamás llego de tan rápido que voy.
Sobre mi cabeza las ramas de los árboles, otros árboles distintos a los del camino, han crecido tanto que se juntan y forman un túnel como el de los montes silvestres que explorábamos con mi primer mujer.
A una gran distancia detrás de ellos veo un cielo claro y azul, sin una nube.
Sigo cayendo durante minutos o quizás horas pero cuando estoy tomándole el placer como si hubiera vuelto a ser un niño, allá abajo, al final de esta bajada, veo una casa de dos plantas y muchas ventanas cerradas.
La inercia que acumulé durante mi deslizamiento hace que una vez terminada la cuesta siga moviéndome velozmente hasta la entrada de la casa.
Es una puerta de dos hojas felizmente abiertas que en cuanto penetro a la casa se cierran con un gran estruendo a mis espaldas.

XII

Me levanté en una sala desde cuyo centro se alzaba una escalera que llegaba al piso superior.
Todo, paredes, piso, techo, había sido construido con madera de calidad aunque los años le hubieran sacado el lustre y la cantidad de polvo acumulado la tiñera de gris.
Todos los muebles estaban cubiertos por telas que en alguna época habían sido blancas. Ahora amarilleaban por el pasaje del tiempo y no desentonaban con la decadencia general de la casa.
Bajo las sábanas, los muebles eran de estilo y para tapizar las sillas se había usado seda, algodón grueso y lonetas finas.
Evidentemente, nadie vivía allí desde hace mucho tiempo.
Por ello es que me tomó cuando desde el cuarto que estaba a mi derecha, me llegó el murmullo de un grupo de gente que no podía ver pues la puerta que comunicaba los dos ambientes estaba cerrada.
Tanteé el picaporte para ver si le habían pasado la llave y la puerta apenas se movió un poco pero al menos no estaba trancada.
Por alguna razón me desesperé por llegar a donde estaban los otros. Ya casi había olvidado el sonido de la voz humana pero había algo más.
Yo conocía esas voces.
Mi familia estaba en el otro cuarto. Mis hermanos y mis padres hablaban sin que yo pudiera entender lo que estaban diciendo.
Mientras estaba haciendo fuerza para pasar al otro lado mi desesperación crecía. Necesitaba verlos, solo eso me importaba.
Los cómo y los porqué en ese momento no tenían cabida, yo era apenas un niño abandonado luchando contra un gigante que le impedía llegar con los suyos.
Por fin la puerta cedió. El borde de una gruesa alfombra que cubría la otra habitación era lo que trancaba la puerta.
Para cuando finalmente logré entrar, apenas llegué a ver como la puerta que estaba en la pared a mi izquierda se cerraba al tiempo que ese conjunto de cuchicheos y murmullos se iban alejando.
Corrí para seguirlo pero nuevamente me encontré con el mismo problema. Tuve que emplear mucha fuerza solo para encontrarme con una repetición de la escena anterior: un corredor cuyos extremos se perdían en la lejanía y frente a mí otra puerta cerrándose no sin antes dejarme escuchar apenas un resto de lo que estaban diciendo los míos.
Estuvimos así un buen rato.
La casa tenía muchos cuartos, muchas puertas y yo tenía cada vez menos fuerzas.
Al cabo de un rato dejé de ver puertas cerrándose. Apenas escuchaba el ruido que hacían en el cuarto próximo al que acababa de ingresar.
Comprendí que los estaba perdiendo.
Nuevamente.
A mi fuerza menguante se unió una profunda tristeza y me dejé vencer.
La última puerta que abrí daba al exterior. Sin señal alguna de mi familia.
Al costado de la casa se extendía un prado con el césped más verde que jamás había visto.
Quien se ocupaba de ese espacio hacía su trabajo a conciencia. No se veía ni siquiera una hoja sobre el césped, ni la más pequeña ramita que alterara el perfecto paisaje.
En cambio, el jardinero había diseñado el terreno con canteros de flores cuyos colores eran tan intensos como el del césped.
Los canteros eran cuadrados, circulares o triangulares y los habían combinado para que acompañaran los senderos de arena blanca que serpenteaban por todo el sitio.
Aquí y allá bancos de hierro forjado semejando leones alados estaban ubicados estratégicamente para que el ocioso paseante pudiera reponer fuerzas antes de proseguir mi camino. Su camino, digo.
Me agaché y tomé una brizna de hierba que coloqué entre mis dientes mientras paseaba silbando por aquella maravilla, fruto del ingenio y bondad puesta en evidencia por el constructor en cada detalle de aquel oasis.
El vegetal entre mis dientes me molestaba un poco al principio para silbar pero, luego de entrar en contacto con mi saliva, empezó a crecer de tal forma que se enredaba entre mis dientes.
Aquella pequeña pieza tenía una vitalidad asombrosa.
En poco tiempo había invadido mi boca y si no fuera porque traté de arrancarme esa cosa cada vez más molesta de mí hubiera bajado por mi garganta hasta matarme.
Pero no paraba de crecer, continuaba saliendo y saliendo y estaba parado sobre un montón de mi propia hierba. Los colores y aromas de las plantas y flores ahora dolían en mis ojos y nariz.
El pánico hizo que empezara a correr pero tropecé con la gruesa liana verde que brotaba de mi garganta y caí sobre el césped.
Seguí moviendo mis brazos en el suelo hasta darme cuenta que no estaba sacando nada de mi interior sino que por el contrario estaba cubriéndome de arena, ramas y cenizas pues mis frenéticos movimientos me arrastraron hasta el fogón, ahora apagado, que había encendido antes de dormirme.

XIII

Me levanté fastidiado.
Había algo en la noche asediándome. Una fuerza que no podía distinguir buscaba detenerme, ansiaba mi rendición.
Debía apurarme para llegar al próximo pueblo antes de la próxima noche.
Si aquella fuerza me encontraba nuevamente en el camino durante la noche, su asedio quizás terminara por derribar las cada vez más débiles barreras que mi mente le colocaba.
Ya no me distraje más con los sonidos de los altos árboles a mis costados o el crujir de las ramas bajo mis pies.
No me detuve ni siquiera para comer, metía mi mano en el morral y arrancaba un trozo de ración.
Mi caminata adquirió un ritmo regular a trancos largos. Sentía la protesta inicial mis músculos pero a medida que éstos fueron calentándose por las repeticiones, enmudecieron.
Pasé horas enfocando mi mente únicamente en la ruta, atento a la menor variación que indicara mi proximidad al poblado.
Recordaba sus altas murallas blancas, jalonadas de a tramos con adornos multicolores elaborados con grandes piedras semipreciosas, pues dentro vivía un pueblo enriquecido por su ventajosa ubicación cerca de la frontera.
Al extranjero que traspasara sus murallas, y vaya que sí lo hacían en infatigable número, lo recibía un abigarrado mercado donde se mezclaban las especias más exquisitas con las telas más ricamente elaboradas.
Sus habitantes cultivaban las artes y las letras en una escala sin parangón en nuestra región, a tal punto que la música y el canto continuaban hasta bien entrada la noche en las múltiples cantinas que estaban alrededor del mercado. En ellas múltiples acentos y lenguas contribuían a la polifonía casual.
De tales formas, el olfato, el sabor y los oídos estaban continuamente mimados.
Sus dimensiones eran del doble o triple que mi pueblo. Si sobre ellos había caído también la peste sin dudas que los estragos serían mayores pero, por pocos sobrevivientes que encontrara aún así éstos serían un número mayor al de los habitantes de mi pueblo.
La noche había operado un cambio en mí pues no estaba huyendo de la infección, sino que me ahora me afanaba en llegar cuanto antes a un sitio donde probablemente ella me estaba esperando ansiosa como una celosa amante, dispuesta a apresurar el encuentro con mi destino.
No me importaba. El culo de araña de mi brazo había dejado de crecer y se estaba secando a medida que la piel renacía.
Prefería morir a desaparecer y quería morir entre mis semejantes, no solo como un perro salvaje.
Los perros.
No habían aparecido en todas estas horas.
Delante mío solo se extendía un larguísimo corredor de hojas y ramas caídas, similar al del sueño de la última noche.
La primera señal de cambio llegó con el movimiento de los árboles, agitándose como si la mano de un gigante los tumbara de a uno sobre el camino por el que iba a pasar yo y luego los pusiera de nuevo en su lugar.
El espanto brotó en mí como una llama nueva. Aquello estaba sucediendo a pleno día, no estaba dormido, era cierto, estaba sucediendo.
Cada árbol, en su caída y posterior reposición, levantaban una nube compuesta por la tierra y ramas del camino mezcladas con los nidos y ramas muertas que el árbol dejaba caer por efecto del volteo.
La nube que así se formó fue espesándose de tal forma que pronto la luz del sol fue debilitándose y me encontré caminando dentro de una bruma cerrada y espesa por los miles de pequeñas partículas de madera, insectos muertos y vivos, plumas de pájaros, hojas secas, hojas verdes, frutos del bosque, hilo de cometas, palos de flechas, vidrios de botellas, tableros de ajedrez, saltos combinados, juegos de memoria, paños olvidados, papeles al viento.
Respirar todo aquello supuso una tarea titánica para mis pulmones y determinó que a partir de cierto momento la velocidad de mi caminar se enlenteciera pues las toses y esputos con los que intentaba limpiar mis vías aéreas para obtener más oxígeno con el que alimentar mis fuelles se convirtiera en mi principal trabajo.
Caminaba a ojos cerrados, confiándome en la suerte que, a decir verdad, no había salida a mi encuentro precisamente en su mejor forma.
No había otra forma de salir de aquella extraña tormenta. Debía llegar al centro de ella para aproximarme a uno de sus bordes.
Perdí toda noción que no fuera la del movimiento cuando éste era posible. Me dolía mucho la cabeza luego de un rato por el estruendo de los troncos abatiéndose sobre el suelo.
Además, mientras eran repuestos en su colocación original absorbían parte del aire del corredor natural que la arboleda formaba con lo que la mísera ración de oxígeno disminuía un poco más.
Finalmente el golpeteó cedió, muy de a poco.
Cuando la bruma claró sentí en mis párpados cerrados nuevamente la tibieza del sol y los abrí.
A unas pocas horas de camino, allí delante, asomaban como dientes en una gran sonrisa las murallas de la gran ciudad.
Me había salvado.
Podría morir como un hombre. 

XIV

Al pie de las murallas sobre un cartel podía leerse “Declarar nombre, apellidos, naturaleza de la carga y número aproximados de días que el comerciante/ turista planea permanecer en nuestra ciudad. Las autoridades y el pueblo de Moldavia le dan la bienvenida.”
Pero no encontré a nadie allí en ese momento que prestara sus orejas para mi declaración.
Sí que estaban adelantados, motivado por la afluencia diaria desde todos las regiones circundantes, sin duda que el sofisticado aparato administrativo había ideado este procedimiento previo para llevar un control mínimo sobre el número y la clase de extraños que cruzaban su propia frontera interior.
En el piso desnudo, bajo el cartel, una señal apuntaba a un orificio desdentado en la muralla, determinado por las autoridades para ser la única vía de entrada a la ciudad.
El extranjero debía agacharse para poder pasar al otro lado. Nuevamente la inteligencia y sensatez de los señores de tan gran ciudad se revelaba.
A sus dominios se entraba con la cabeza gacha, en señal de sometimiento y, si uno era demasiado grueso para pasar por el agujero ya que éste no era demasiado amplio, entonces debía seguir una dieta de ayuno riguroso durante varios días. Consumir apenas los hierbajos mínimos para mantenerse vivo mientras el cuerpo deshacía los quilos obtenidos seguramente por medios espurios y el espíritu adquiría mayor presencia sobre el cuerpo.
Yo, que de por sí era robusto pero  a quien tantos días de privaciones y sangrado habían consumido, pude internarme en la muralla sin siquiera tocar los bordes de sus grandes bloques.
Cabía dentro del intersticio entre los blancos dientes de aquella gigantesca dentadura sin llamar la atención.
Me recibió una vista maravillosa, como no recordaba haber visto cuando regresamos de la deshilachada cruzada.
Los señores no habían perdido el tiempo y toda la ciudad había sido remodelada.
Las calles internas destacaban por su anchura y hasta donde alcanzaba a ver todas las edificaciones eran de piedra recubierta con mármoles veteados, de tal forma que la ciudad aparecía ante mí como una expansión de las posibilidades que puede alcanzar el color.
Variedad en la unidad, pensé, todas las casas son iguales en su forma (una pequeña entrada flanqueada por columnas rematadas en forma de flor, un primer piso extendido sobre la entrada por un balcón cuya balaustrada no prohibía el paso de la luz diurna al mismo tiempo que protegía a sus moradores de cualquier indiscreción, la misma ventana rectangular de doble hoja repetida en el lado izquierdo de la morada) pero las vetas de los mármoles se distinguen por las volutas petrificadas de sus revestimientos.
Por otra parte ese era el único rasgo que las diferenciaba, lo que revelaba el alto grado de detallismo necesario para orientarse dentro de la ciudad. Era una mirada especializada en vapores pétreos la de quienes habitan este lugar.
Para nosotros, vulgares caminadores, la ciudad no es distinguible más que en su dimensión más aparente, pero para los ciudadanos ésta no es únicamente un agrupamiento cuya definición acaba en el tamaño.
Cada natural, acostumbrada su vista desde pequeño, es capaz de incorporar los infinitos matices exhibidos en el conjunto.
Sin haber dado aún otro paso alabé nuevamente la sabiduría de sus gobernantes pues, razoné, protegían  doblemente a la ciudad y a sus protegidos.
El exigente paso por el cual uno llegaba era asimismo fácilmente cerrado por una piedra redonda como un diente de molino que reposaba a su lado sobre unos rieles engrasados. Y el emparedamiento masivo de las casas bajo mármoles solo distinguibles para los naturales confundiría a cualquier ejército, que sin duda creería hallarse ante la bruma más impenetrable.
Aún así, había algo que me molestaba.
Llevaba parado en el mismo sitio por donde había salido de la entrada sin que nadie interrumpiera estos pensamientos.
Nadie cruzaba las amplias avenidas y ya desde la entrada podía ver el amplio mercado repleto de mesas exhibiendo frutas exóticas, antigüedades, carnes de todo tipo esperando ser cortadas, telas exquisitas, hierbas curativas, trabajos de herrería, artesanías realizadas con las perfumadas maderas de los alrededores.
Me enfureció que a pesar de la perfección aparente nadie había salido a recibirme. Y seguía sin poder darle mis datos a quien correspondiera.
No debía apresurarme, sin embargo, pues seguramente mi naturaleza de pueblerino rústico cegaba mi juicio.
Una civilización tan elaborada ya estaría sobre aviso de mi llegada, y la prolongada soledad que me envolvía era aparente. Continuaría así hasta que los infinitos y sutiles mecanismos que en este momento estarían operando culminasen su trabajo.
Por el momento apenas era un elemento desconocido.
Un individuo no reconocido al que la ciudad no quiere ofender, pero respecto del cual debe obrar con precaución hasta no terminar el minucioso examen que graciosamente realizaba sin alertarme.
Al menos podía pasear tranquilo por las cuidadas calles mientras se solucionaban mis problemas burocráticos.
Una vez hube llegado al centro desde donde podía ver los edificios de gobierno, el mercado central y el templo, me senté bajo el alero de un bar.
Mi aspecto no arrojaba dudas respecto de mis orígenes y las peripecias por las que había pasado tampoco mejoraban mi estampa.
La mezcla de tierra, ramas, sangre reseca, plumas e insectos muertos se había amalgamado en una costra de imprecisa forma bajo la cual quizás se adivinara un hombre.
No es de extrañar entonces que nadie acudiera a mi servicio.
Fue imprudente, pensé, dar por seguro que alguien en mi estado no causara más que asco y deseos de mantenerme a distancia.
Me levanté de la silla, en busca de una solución.
Desde el centro de la plaza, una fuente recubierta con cisnes y querubines de yeso invitaba a recuperarse en sus aguas, frescas y claras.
Pero no caí en la trampa. Estaban sometiendo mi espíritu a una prueba y de alguna forma sabía que si la salvaba, las autoridades me elevarían en su consideración y se harían finalmente presentes.
Así que, soportando la tortura de la temperatura creciente y la picazón que la biomasa envolvente me causaba continué mi paseo por entre las mesas que rodeaban la fuente.
Mi estómago cargaba un clavo agudo apenas disimulado por la sensación de haberme convertido en un reloj de arena debido a la sequedad de mi garganta pero esto, pensé, también es una prueba que debo superar.
Cuando todo esto termine podré gozar de los estofados especiados cuyos olores enloquecen mis sentidos, saciar mi sed hundiendo el rostro en las pulpas de las frutas que abiertas al medio ofrecen sus vulvas impúdicamente desde las mesas.
Hasta entonces, este es un duelo por el que ganaré mi derecho a gozar de tan privilegiada abundancia.
La magnanimidad de aquella gente me emocionaba hasta las lágrimas, si tuviese líquido suficiente en mi cuerpo para verterlas, pues no solo dejaban que un ser en mi estado permaneciera libre en sus calles sino que demostraban su confianza en mi fuerza espiritual abandonando de esa forma sus bienes, sus víveres, sus inventarios.
Aquella mutua vigilia se fue tornando agria, sin embargo.
Por momentos mi vista se nublaba debido a la debilidad.
Quizás, pensé, estoy malinterpretando el mensaje de las autoridades y me estoy comportando como un imbécil.
Quizás permanecer sucio y al borde de la inanición no envía las señales correctas. El espíritu que animó a esta gente, pensé, fue la supervivencia y no el ascetismo.
Por ello, razoné, protegen sus bienes con gruesas murallas. Como ciudadanos que buscan el deleite ciertamente me estoy comportando como un lunático a sus ojos.
No sería más irracional una persona envuelta en llamas que se negara a tirarse al agua por no enturbiarla, concluí, al tiempo que corría hasta la plaza y me tiraba en la fuente llenándola de la mugre que se despegaba de mi cuerpo.
Las aguas eran marrones cuando finalmente la dejé para precipitarme sobre los puestos de comida. Mi estómago protestó con dolor, desacostumbrado por la hambruna constante a que había sido sometido.
Comía de las ollas usando los cucharones con que se llenan platos enteros de una sola movida. Solo me detuve ante el temor de acabar mi hambre sin dejar espacio en mi cuerpo para la papaya, el mango, la guayaba, el persimmon kaki, la banana, la frutilla, los arándanos, el mamado, la fruta del dragón, el melón enano, la sandía uva, la mandarina, la uva aceitunada.
La jaula de mis costillas crujió dolorosamente por el tamaño súbitamente adicional de mi estómago.
Era un aviso de que debía detenerme.
Traté de hacer la digestión caminando pero tenía tanta comida entre pecho y espalda que cualquier movimiento, por mínimo que fuera, subía un extremo de la masa dentro del estómago hasta mi garganta y me entraban ganas de vomitar.
Además el corazón bombeaba desesperado llevando sangre hacia el estómago ante la entidad del trabajo que le aguardaba. Cualquier otra distracción, como caminar o respirar, le planteaba una disyuntiva que podía ocasionar su colapso.
Me senté en una de las sillas del bar donde una vez inútilmente había aguardado.
Allí, no me avergüenzo al decirlo, bajé mis pantalones y defequé abundantemente sin moverme del asiento debido a la desesperación de mi biología por expulsar todo el lastre que pudiera para evitar la caída.
Si sobrevivía, debería visitar nuevamente la mancillada fuente.
A pesar de la inmundicia que me rodeaba ahora respiraba más aliviado. El pecho se movía con menos dificultad y la inmensa bola alimenticia había llegado finalmente al estómago, cuya piel estiraba al borde de su resistencia.
Expelí ventosidades de forma ruidosa por unos minutos y logré aflojar el peligroso tambor de mi abdomen.
Al cabo de media hora logré volver a ponerme de pie. Caminé semidesnudo entre las mesas de la feria hasta la fuente para lavarme las partes, luego tomé ropa de una de las mesas y comencé a llenar el morral.
Algo me decía que no había pasado la prueba.
Frente a la plaza principal había un hostal cuyas puertas abiertas daban paso a un salón cubierto de pieles en los pisos y tapices en las paredes.
Me dejé caer sobre uno de los mullidos sillones de la recepción y lentamente me dormí.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía seguro, no tenía hambre y el olor de la ropa nueva me traía recuerdos de la infancia.
Recuerdos de casa.
XV

Anochecía cuando desperté.
Por lo que recordaba tampoco faltaban muchas horas para que el sol se ocultara cuando la paliza gastronómica me tumbó.
¿Habría pasado de una noche a otra debido a mi cansancio acumulado?
Pero no era lo único llamativo.
No podía mover mi cuerpo.
Y a pesar de la luz menguante comprendí que algo o alguien me había depositado fuera de las murallas de la ciudad, más precisamente en el lado opuesto a la pequeña entrada.
Aquí las piedras no lucían tan blancas sino que ofrecían un aspecto abandonado.
Los sabios de la ciudad habían decidido dejar que el tiempo hiciera su obra. Los inmensos bloques tenían tamaños diversos y  estaban cubiertas de todo tipo de suciedades: excrementos de pájaros, líquenes invasores, hasta pequeños arbustos dejaban crecer libremente sus ramas con lo que la muralla ofrecía al extranjero el aspecto menos amistoso que imaginarse pueda.
En su infinita sabiduría, aquellos gobernantes adelantaban la rigurosidad de las pruebas a que sería sometido el aspirante a ciudadano. Severidad aumentada por tratarse de alguien ajeno a la comarca, prueba que - comprendí - había fallado pues era ese sin duda el motivo por el cual había sido quitado del medio.
No me sentí mal por ello. En realidad me reconfortó saber que algo en este mundo desquiciado seguía funcionando bien, atendiendo a una lógica interna que no estaba a mi alcance comprender sino apenas agradecer su juicio, por más lesivo para mis intereses que éste fuera.
Tenía, claro está, el eterno problema de la noche que se me venía encima cuando más indefenso estaba pues mientras pensaba todo esto seguí sin poder mover mis extremidades un solo milímetro sobre el suelo de tierra al pie de la muralla sobre el que me habían depositado aquellos seres bondadosos pero justos.
Ahora sí debía enfrentar las consecuencias de mis actos y la severidad del castigo no amilanó mi admiración por la ciudad.
Nadie acudió a mi encuentro cuando cansado y sucio llegué a ella buscando refugio, durante mi estancia dentro de su perímetro no vi ser humano alguno pero así era la ciudad, se guardaba en infinitos y desconocidos rincones hasta asegurarse de que el recién llegado valía la pena. 
Y sin embargo todavía debía pasar la helada noche, inmóvil como un cadáver con sentimientos. 
Sé que es un pensamiento audaz de mi parte pero, me dije, quizás podrían haber esperado al día para expulsarme al páramo desprotegido si sabían que no podría ensayar la mínima defensa ante cualquier depredador.
De hecho, a unos centímetros del rostro se hallaba la entrada a un hormiguero en forma de cono.
A lo largo de sus empinadas paredes veía las huellas que en algún momento habían dejado las multitudes que vivían dentro, aunque por alguna razón ninguna hormiga asomara sus antenas excitada por la presencia de aquel gran cuerpo que yacía a poca distancia.
La noche llegó pronto, tan silenciosa como siempre.
Esta vez la luna convertía en pregunta toda sombra que con gran angustia creía ver cambiar su forma.
Me pregunté hasta cuándo duraría este entumecimiento y qué haría una vez terminada esta vergonzosa circunstancia.
Por lo poco que sabía de la nueva región a la que mi desmadre me había arrojado, no era esta una tierra tan cultivada ni explorada como aquella a la que mi pueblo natal, entre otros, pertenecía.
En ocasión de acompañar al primo loco del gobernador a su fallida conquista, llegamos hasta muy poco más en estas tierras antes de iniciar el retorno.
Lo poco que recordaba de entonces era lo mucho que nos había impresionado a todos lo yermo del terreno, la escasez de sembradíos, la pobreza aún mayor a la de nuestros pueblos que vimos en la gente y sus casas.
Cuando finalmente enloquecimos y comenzamos a arrasar todo lo que estuviese en nuestro camino de regreso a casa, mezclados con sus ruegos de vida nos enteramos de la razón.
Su señor, nos decían, le habia quitado hacienda e hijos para financiar sus desastrosas aventuras bélicas contra otros pueblos.
Aquellos pocos animales que ahora eran nuestros era lo único que les había quedado luego de la confiscación forzosa y la ausencia de brazos fuertes que se opusieran a nuestra labor saqueadora se debía a que sus  jóvenes habían sido llevados por la leva forzosa que como una rastrillo había herido la tierra.
La desolación a que me enfrentaría sería doblemente terrible pues yo era uno de sus causantes y ahora iba a recibir el merecido castigo por mi salvajismo de años atrás.

XVI

De tanto en tanto, se acercan a mi cuerpo indefenso sombras que me olfatean y luego se alejan.
El cielo nocturno no devuelve siquiera la luz de las estrellas. No vería menos si me hubiera quedado ciego.
Me duelen las costillas, la osamenta entera por yacer durante horas o días, eso no lo sé, sobre un terreno irregular.
Apenas puedo mover los ojos, quienes me arrojaron de la ciudad le hicieron algo al cuerpo, lo rompieron o le quitaron partes quien sabe con qué finalidad.
Las formas que intuyo tienen pelo y ojos hambrientos, hocicos húmedos y orejas puntiagudas.
Me han encontrado finalmente, ahora que no puedo hacer otra cosa que implorar una muerte rápida.
Pero solo se acercan a mí, lamen mi cara y enseguida los escucho alejándose. El ruido de los guijarros que su paso remueve me ayuda a ubicarlos.
Están por todas partes, me rodean en un número que no alcanzo a distinguir pero adivino numeroso.
Y sin embargo se detienen allí, en la periferia de mis sentidos. Aguardando o quizás tan solo observándome.
No me atacan. Me enloquecen lentamente, me torturan con la promesa de la agonía entre sus poderosas mandíbulas.
Quiero dormir, quiero morir, quiero terminar con esto ya.
Pero los seres tienen todo: la fuerza, el tiempo, la voluntad.
Yo apenas soy una planta consciente. Algo más que uno de los arbustos cuyas ramas se hunden en mi cuerpo tendido pero mucho menos que, por ejemplo, un conejo que al menos podría usar su instinto y sus largas patas traseras para tratar de salvarse.
Pasamos horas así en la oscuridad, ellos y yo. Me detienen de todo proceso corporal.
No me animo a dormir, a orinarme encima aunque mi vejiga duela como si un dedo tratara de perforarla desde dentro. Ni siquiera me atrevo a toser para aliviar la presión que amenaza con estallar mi tórax dolorido por la inmovilidad.
Esta no es únicamente tierra bárbara, extranjera y agreste. También es el limbo habitado únicamente por el dolor.
Los señores de la ciudad envenenaron la comida con narcóticos que, consumidos en cantidad suficiente, destruyen las funciones motoras del desgraciado que no advierte a qué clase de prueba está siendo sometido.
Admirable sabiduría.
Han dispuesto sus pruebas de tal forma que quien se condena es la propia persona.
Ellos no intervienen ni en un sentido ni en otro. Apenas desalojan de la ciudad al recipiente ahora inservible que aloja a tan indigna voluntad.
Ahora comprendo qué imprudente fui. En mi arrogancia sentí que podía aspirar a integrarme a tal noble ciudad, mi brutal naturaleza me engañó.
¿Cómo podría el sirviente de unos viles señores convivir con tal fineza de carácter? ¿Imaginarse siquiera viviendo juntos a quienes demostraron tal sutileza hasta en la hora del merecido castigo? ¿Aquellos por cuyo altísimo conocimiento de las más indetectables artes del envenenamiento adquirieron la voluntad y potestad de pausar mi cuerpo?
Bien ubicado me tengo yo ahora, ciego e inmovilizado junto a bestias hambrientas. No tarden hermanas. ¡Hundid vuestros colmillos en mi cuello! ¡Pronto! ¡Pues yace aquí quien ha demostrado ser una alimaña de la peor especie!
Divagué así por horas, sujeto por las cuerdas de la decepción más abyecta y del terror a la muerte que se contradecían entre sí, para gran confusión de mi voluntad. Finalmente, el sol comenzó a clarear los alrededores y el efecto de los humores inmovilizadores menguaron.
Recuperé lentamente la sensibilidad de mis extremidades pagando el precio del dolor, pues los calambres que antecedieron a la devolución de mis piernas y brazos, solo los puede sentir un condenado a quien los soldados clavaran sus rodillas y codos a la roca por orden de los señores, ante la negativa de éste a revelar donde escondió el tributo adeudado.
Luego rodé sobre mí y, tomando impulso, me puse en pie, reanimado, dispuesto a enfrentarme a las bestias.
Alrededor mío había arena floja, en la que es imposible caminar sin dejar huellas.
Todas las formas, olores, sensaciones y sonidos de la noche no habían dejado marca algunaen el terreno a mi alrededor.
Estaba solo.
No tenía sendero que me guiara ni arboleda que me protegiera de las bestias o del sol.
El terreno, hasta donde podía ver, era llano, la vegetación que apenas se veía consistía apenas en arbustos enanos sin flores ni frutos, de ramas despojadas como huesos de pequeños esqueletos.
Los señores de la ciudad en su infinita bondad habían dejado conmigo los víveres, mi odre rebosante de agua y la espada del sitio absorbido por la nada.
Con esos elementos debía sobrevivir en un terreno tan agreste por lo menos hasta que, de alguna forma que todavía ignoraba, encontrara un lugar suficientemente seguro.
Los días y las noches se alternaron entre sí.
Había conseguido reunir un pequeño hato de ramas y apenas se iba el sol tras muchos intentos conseguía encender pequeños fuegos que duraban hasta que me dormía.
Las bestias habían vuelto a acosarme pero al cabo de un tiempo conseguí acostumbrarme a su merodeo. Se mantenían fuera del área iluminada por mi escaso fuego por lo que solo pude intuir sus presencias.
Por alguna razón llegué a la conclusión de que las bestias eran tan parte de la noche como las estrellas o la propia oscuridad. Aprendí a convivir con la idea de recibirlas cada noche como una visita que al cabo agradecí. Hasta ahora eran mi única compañía pues en aquellos páramos desiertos, jamás vi animal ni ser humano alguno durante el día.
Un día noté que ya había consumido más de la mitad de mis víveres.
He llegado al final de mi camino, pensé. Nada puedo esperar ya de esta tierra tan empobrecida por lo que cuando acabe con la última ración deberé decidir de qué modo espero mi muerte, razoné.
Enterraré mi espada por el mango, calculé, para luego dejarme caer sobre su filo.
Así cerraré yo esta agonía, presentí.
La bruma borraba el terreno y la escasa vegetación el día en que mi manó rascó el fondo de la bolsa sin encontrar nada en ella.
Era el fin.
Tiré la bolsa y el odre que llevaba vacío desde hace un par de días.
Continué caminando todavía por unas horas, quería cansarme para llegar al estado de ánimo adecuado a lo que me había propuesto hacer.
No pude evitar llorar mientras emprendía esta última parte de mi vida.
Lloraba por lo que no había podido hacer tanto como por lo que había hecho.
No tenía señor ni dios a qué encomendarme, nadie me recordaría ni lloraría.
Mi cuerpo yacería descompuesto hasta ser tierra de esta tierra, tan miserable como había sido mi vida.
La bruma se cerró de tal forma que parecía estar dentro de una nube apenas iluminada por un sol lejano e indiferente.
Me arrodillé y comencé a cavar un orificio en la tierra hasta una profundidad que juzgué suficiente. Separé la espada de la cintura y la enterré hasta la empuñadura, con su punta hacia el cielo.
Resoplé fastidiado por última vez y me dejé caer.
La punta de la espada me penetró por el abdomen y luego, a medida que iba cayendo, desvió su recorrido hacia mi tórax donde partió mi corazón a la mitad. Se detuvo cuando se encontró con la parte posterior de la jaula que formaban mis costillas, luego de tajear mis pulmones a la mitad.
La bruma, espesa, cegadora, no permitía ver mi cuerpo empalado, sobresaliendo como un árbol gigante en la llanura.
Esa noche las bestias no se acercaron.
Ni la siguiente.
O ninguna de las otras.
Un día la bruma se fue, continuó vagando. El sol arrancaba reflejos de las partes metálicas en la ropa del hombre.
Al cabo de un tiempo, la espada reapareció a la luz pues la carne que la rodeaba había desaparecido.
Y, por fin, un día los huesos acabaron derrumbándose.
La espada, entretanto, continuaba apuntando al cielo, como un signo de exclamación.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...