martes, 16 de noviembre de 2021

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo o el mar-, o una ciudad. Entonces, para ponerlo en claro de una vez por todas: lo que los radares y satélites detectan como sistemas de nubes, en realidad son mares aéreos, compuestos por cientos de gigantescas criaturas, tan grandes como nubes. No solo en el tamaño, su color es similar al de las nubes reales, cuando estas llegan cargadas de agua.

Lo que los meteorólogos llaman “truenos”, en realidad son fenómenos causados por el roce entre los cuerpos de estos gigantes durante su frenético vuelo. A las lombrices de cielo les gusta volar desde las capas más bajas de la atmósfera al límite máximo permitido por la gravedad, ya que de otra forma sus elementos internos se perderían en el espacio exterior. Pero debido a que no toman precauciones, los choques son frecuentes. Algunos de ellos lo suficientemente fuertes para que se magullen, causándose heridas de las que chorrean las primeras gotas, el aviso de que para nosotros, humanos, se viene una tormenta.

La energía generada por los choques crea cargas eléctricas que caen a tierra con gran estruendo. Los “especialistas” nos han convencido que debemos llamarlas “rayos”, cuando solo son la consecuencia directa, en forma de luz y energía que, en eso dicen la verdad, puede ser letal, de su juegos. Sin embargo, en ningún caso es culpa directa de las lombrices.

Algunas lombrices de cielo se despistan y caen a tierra. Cuando eso sucede el ruido del “trueno” cobra mayor intensidad, como si el tren más grande del mundo se hubiera llevado por delante algún edificio del vecindario. Ello es lógico, dado que una lombriz de cielo puede alcanzar fácilmente los cinco quilómetros de diámetro –las caribeñas y sus primas del Pacífico Sur alcanzan sin problemas los ocho quilómetros-, y la extensión total del cuerpo, desde la cabeza ciega hasta el final, mide de 20 a 35 quilómetros de largo.

Ello, por otra parte, no hace más que llamar la atención sobre la brevedad del sonido. En cuestión de uno o dos segundos, el bramido del choque contra la tierra ha terminado, en el tiempo que le lleva a un ser, cuya longitud equivale a la distancia que va desde el centro de la ciudad hasta los balnearios ubicados a media distancia, para desaparecer. Varios quilómetros estallan en un par de segundos, sin causar ningún daño a las estructuras, ya que las lombrices de cielo están compuestas por agua liviana.

Las cortinas de agua, propias de las tormentas ya en curso, obedecen al cansancio de las lombrices de cielo. Los enjambres se toman un tiempo en nacer. Primero necesitan ciertas condiciones de presión y temperatura pero, una vez agrupados, su duración es limitada. Mueren por los choques entre sí o por agotamiento, cayendo en forma de diluvio sobre la tierra, los edificios altos, los monumentos solitarios y los mausoleos de los cementerios.

Para nosotros es apenas una tormenta más. Un fenómeno ocasional que cada tanto sucede y nos atiborra el alma de pensamientos románticos o melancólicos, una compañía que tanto puede causar miedo como alivio. Para las lombrices del cielo en cambio es nada menos que su breve ciclo de vida. Pero nosotros preferimos creerles a los meteorólogos, y seguimos sus consejos de encerrarnos por seguridad en nuestros hogares. Allí donde los techos son opacos e impiden ver el movedizo cielo nocturno. De esa forma nos perdemos el maravilloso amasijo de cuerpos húmedos y los estallidos de energía, provocados por el juego de las amables lombrices de cielo.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Recuerdos de la Quebrada

Conversando ayer con otro treintatesino (conjugación personal del toponímico, no muy respetuosa de los normas ortográficas), trajo a mi memoria lo vivido, hace siglos, en una estancia cerca de los pagos de Isla Patrulla.
Años después descubrí que la personalidad de esos parajes no se reparte solo al noreste del departamento de Treinta y Tres sino que es una característica, hasta donde conozco, de la orografía norteña del pago. Una suspensión momentánea de la lisura pampeana que a partir de Melo prosigue, interrupta, hasta salir de Porto Alegre, cuando uno siente que ha llegado por fin a Brasil. No antes, que son (somos) gauchos pampeanos.
El caso es que la geografía de esa zona de 33 se caracteriza por una profusa fractura de la pampa en quebradas. La más famosa es la Quebrada de los Cuervos, como no, pero es apenas eso: un lugar hermoso tocado por la fama. En cambio, a salvo del turismo, los parajes restantes gozan de un fenómeno que vale la pena consignar, al que trataré de evocar.
Las quebradas son un valle modesto, una conjunción de planos vegetales inclinados, con un monte indígena sellando dicho encuentro. Recuerdo, pues era niño y jamás volví, que mis padres y sus dos hijos pasamos unos días en la estancia de un familiar (un tío paterno, cuyas tierras ahora administran mis primos), y entinces vuelven a mí fenómenos acústicos, ópticos y místicos (del término anglosajón mist: bruma, lo indefinible, aquello que por inefable conviene no describir), vividos en esos parajes.
Vuelve por ejemplo un atardecer. Mi yo infantil estaba en el punto más elevado en uno de los planos que componen una quebrada. Mi madre, junto a mi hermana y una tía, descendían desde otro punto, idéntico en altura pero opuesto, en la ladera contraria. El silencio del campo, durante la hora y pico que demora el sol en ponerse, ya de por sí despierta cierto estado espiritual que, presumo, pertenece a nuestra memoria biológica. El sol se muere, decían las tribus; nos invade una imbatible melancolía, sentimos nosotros.
Esa parte femenina de mi familia charlaba animada mientras iniciaba el descenso hacia la juntura, en el fondo de la quebrada pero, por un efecto atribuible a la geometría, la visión que obtenía de ellas era irregular como un escorzo, algo lógico considerando que, estrictamente hablando, ninguno de los dos estábamos en posición vertical. Parado en uno de los planos que componen una quebrada uno apenas conserva la verticalidad necesaria para no rodar hasta el fondo y quedar atrapado por el monte.
Lo mismo sucede a los que están en el plano inclinado opuesto al nuestro. Una entidad capaz de sobrevolarlas no obtendría una visión muy distinta. Además, por una peculiaridad acústica atribuible a la disposición del lugar, se escuchaban como si la quebrada fuera una suerte de anfiteatro natural. Percibía cada palabra que intercambiaban a un volumen tímido, propio de un susurro, aunque hablaran entre risas, las voces espoleadas por la travesura de los chismes que sin duda disfrutaban.
Una nota más, o dos, acerca de las quebradas. En ningún otro lugar el miriñaque del terreno permite apreciar la noche y el día como allí. No de los que he conocido yo, al menos. He visto ponerse el sol al oeste y luego, desplazando solo mis ojos, he visto oscurecerse al cielo en un gradiente compuesto por el celeste inflamado por el sol a punto del horizonte, hasta el negro invasor de la noche, y de allí hasta la aparición de las primeras estrellas, culminando con el espejo plateado de la luna, asomando desde el este.
Además, al fondo de las quebradas existe otro mundo, indiferente a tías y cambios de día. El monte indígena es un túnel natural. Quizás un portal. Como las aguas han lavado la tierra al punto de arrancarle toda vegetación, el terreno es cóncavo, y los árboles retorcidos forman una cúpula convexa que cierra el círculo del túnel-portal. Allí, de alguna forma que no puedo explicar, siempre creí que la realidad era otra, muy distinta a la de los campos domesticados. Como tampoco son lugares muy visitados, apenas usados como pasajes entre una estancia y la siguiente, nadie vive dentro el tiempo suficiente para encontrar alguna anomalía que respalde mi presunción.
Pero sin dudas, la vibración es distinta. El clavel del aire y la barba del diablo, colgando como baba hambrienta desde las ramas deformes, componen una cifra que desconozco pero, y esto es el ancla del recuerdo, que uno debería respetar. El monte vibra en otra frecuencia. Es nuestro bosque feérico, sin mandrágoras, pero vaya uno a saber qué otros fenómenos andan por ahí, en cambio.
No existe otro lugar en este país donde la tierra le haga sentir a uno más intruso. Las orejas se estiran naturalmente hacia atrás como bichos acechados. Es imposible no estar en alerta allí dentro.
Una noche que estábamos a campo abierto, esperando el regreso de mi padre y su guía, un peón ducho en arrancar mulitas de la tierra, escuché algo que solo puedo definir como el eco de un martillo. Eco sobre eco, el sonido metálico se multiplicó en la soledad. Un paisano me explicó que aquel sonido era causado por el cuerpo de algún carpincho que se había tirado al agua.
Jamás supe si el individuo, encargado por mi tío de vigilar a la gurisada, se estaba aprovechando de un gurí citadino, decía la verdad basado en su experiencia o, si por el contrario, esa explicación obraba como una suerte de conjuro. Una forma de olvidar lo que él había visto y, por su vida, había jurado no contar.

viernes, 22 de octubre de 2021

Una pequeña nota sobre mi hermana

El mundo había dejado de funcionar, y uno siempre trata de que el mundo funcione. Por esa razón la paz oceánica de un balneario, incluso en pleno verano, se convierte en el peor enemigo si uno viene, además, de un año en el que se la ha muerto una hermana. De un cáncer cerebral, uno muy hambriento. Un mes y medio duró desde el primer diagnóstico. Apenas si hubo tiempo de hacerse a la idea de la enfermedad cuando ya había que lidiar con el buraco donde antes estaba ella, desde que nací, mi hermana-madre.
La niña en las fotos de un económico blanco y negro tiene trenzas sujetas con papeles. Nada de colitas ni elásticos: modestos papeles, que uno adivina al menos eran de algún color. Pasea en triciclo con su muñeca rellena de guata por la cuadra, nunca más allá si está sola. La plaza 19 de abril no está lejos y allí abundan pequeños batallones de amigos, terror de las viejas sentadas, hechizadas por el olor almizclero de los paraísos en flor. Las bolitas amarillas son reventadas por las ruedas de las bicicletas. A mi hermana le cambiaron el triciclo antes de tiempo. Ella tampoco tuvo tiempo de hacerse a la idea, por ello le cuesta un poco aprender a mantener el equilibrio sin el auxilio de dos rueditas auxiliares. Finalmente lo logra. Como tantas veces en su vida futura quiebra el obstáculo, lo vence, pronto es una ciclista más, corriendo en pos de una victoria cuyo único premio es el pecho agitado, las trenzas sueltas como si el peine de mamá jamás hubiera pasado por el cabello oscuro.
Mi ex amaba la playa y no pudo, no quiso, entender por qué aquella casa de playa apartada me deprimía. La casa tiene, esto lo presumo pues jamás volví y nada me permite suponer que fue demolida, dos pisos, un hogar a leña, un amplio fondo con árboles jóvenes donde atábamos la hamaca paraguaya con que mi hija se columpiaba desnuda gracias al descaro fresco de sus tres años.
No tengo forma de probarlo pero, si de alguna forma lo pudiera hacer, me gustaría viajar al pasado, acercarme a la niña de las trenzas, mi hermana, pedirle que se baje de la bicicleta, que no corra, que no esté siempre apurada. Le explicaría que la prisa la va a transformar en una persona nerviosa además. Que el stress la hará descuidar cosas que para ella, y por lo tanto para mí, son muy importantes. El desastre ocasionado por la velocidad la enfermará. Crecerá la lesión cerebral que obtuvo de niña hasta transformarse en un glioblastoma grado 4, el peor de los tumores cerebrales.
Pero nada es ya lo mismo. Mi hermana corrió y llegó primera, pero jamás ganó.

jueves, 8 de abril de 2021

Tania bajo la lluvia

Llueve. Mucho. Ayer y, sobre todo, hoy, hizo un calor de los mil demonios, pesado, húmedo. De esos calores desubicados como frazada de abuela, de los que uno termina dudando si es que el clima se ha vuelto loco, pleno otoño, o es que finalmente vino la parca a sellar la vida un ACV u otra delicatesen por el estilo.

Pero llueve ahora. El calor se siente todavía, incluso un poco más, al comienzo. Luego va a refrescar, así es la dulce rutina de la vida. El caso es que, en mi experiencia personal de los últimos años, se escribe lluvia y se pronuncia Tania. No puedo evitarlo. Sé que le gusta ver llover, ella misma me lo dijo en uno de los escasos oasis en paz de nuestra relación.

Y es así que vuelvo a pensar en ese caramelo a medio hacer, esa golosina demorada, indecisa, quizás ya solidificada en una configuración, seguramente muy inferior a lo que su espíritu necesita. Y a partir de esa fecha cuya cifra jamás sabré, porque habré muerto antes o porque la otra muerte, el olvido, ya me ha borrado de su vida, Tania será su propio subproducto. Encantadora para quienes la conozcan y decepcionante para ella misma. Desde ese hiriente contraste nacerá el resentimiento, la frustración (no importa el éxito profesional que su intelecto puesto al máximo le asegure) y, por último, la soledad. La soledad acompañada, incluso.

Ahora bien. Nuestro breve encuentro podría figurar con todo derecho en alguna improbable e indiferente antología de fracasos anunciados. No debería quejarme, entonces. Por el contrario, estoy seguro, aliviado, lejos de las heridas que íbamos a provocarnos.

Aun así, por alguna misteriosa razón cada vez que llueve pienso en ella. En lo que jamás podríamos haber sido, y esa imposibilidad solo acrecienta la pena por lo que, afortunadamente, jamás existirá.

Hace años acuñé esta suerte de microrrelato:

Te tengo en mis brazos.

Afuera hace frío, y está lloviendo.

Así como con amor te tengo, podría estrechar tu cuello. Asfixiarte hasta matarte.

¿Es el horror que me causa tu pérdida lo que hace tan hermosa a esta lluvia?

 

Navega con fortuna, fantasma de mis días.

Fortuna Imperatrix Mundi.

lunes, 29 de marzo de 2021

Reflexiones sobre una foto

 

Alguien acaba de publicar una foto acá, en esta red social. En la imagen está junto a su esposa. Componen una pareja madura en años, de aspecto apacible. Desde este lado parecen hasta felices.

Ella sonríe con los ojos cerrados. El mira fijamente a la cámara o a quien tomó la foto. Están parados sobre pasto, el césped delantero de su casa, se ve la calle de tierra de un balneario a través de la reja.

Supongo que es su casa, o la casa de alguien conocido, un lugar donde se sienten tan cómodos como para estar prolijos pero cómodos. Él incluso está de bermudas y tiene los cordones de las zapatillas desatados.

Definitivamente, tiene que ser su casa. La mujer ya tiene el pelo casi por completo encanecido y se ve que no le interesa o que ya no lo disfraza con tintura. Él en cambio exhibe una calvicie misericorde. No la tonsura traidora que avanza desde la coronilla sino que el retroceso capilar comenzó desde la frente, agudizando las entradas. El hombre se permite llevar una barba, quizás una compensación, y está igual de canoso que la mujer.

Se me ocurre, aunque no tengo cómo asegurarme, que ambos están felices con la vida que llevan. Ya son mayores pero han logrado permanecer juntos, no sucumbieron a ninguna crisis matrimonial ni personal ni moda social.

La mujer, aunque se nota la piel propia de sus años gracias a las mangas cortas de su atuendo, y su caja torácica ha experimentado el ensanchamiento tan común al pasaje de los años, parece ser coqueta, sin exagerar. Tiene una blusa estampada con un diseño cuidadosamente excéntrico, lo suficiente para escapar de la vestimenta lisa sin caer en lo esperpéntico.

Tiene buenos senos, también. Lo intuyo por el volumen desplazado a esa altura del pecho. Eso tal vez explique la mirada calma y la sonrisa tatuada por la paz en el rostro del hombre. Mantienen una vida sexual sana a pesar de los años.

El hombre, si por alguna razón se hubiera quedado sin la mujer, sería la imagen patética de los que les sucede a los hombres cuando quedan solos. La barba prolija tendría una forma irregular y desatendida. Al prolijo chaleco crema que lleva sobre una remera azul le faltaría algún botón, o le sobraría alguna mancha. Los cordones desatados tendrían otra explicación, y no estarían tan blancos.

Sobre esa ecuación equilibrada, de dos términos, roncea el tiempo, como incluso les pasa a los solitarios. Estoy seguro de que ellos lo saben. Quizás luego de una trabajosa pero satisfactoria sesión de sexo lo hablaron, sin duda que cada uno de ellos lo pensó.

Tal vez allí resida el sentido de la unión a pesar de los achaques, los rollos de grasa, la belleza que solo el porfiado amor puede ver. En el pavor a la intemperie metafísica, al arrullo mortal de la soledad.

Caminan juntos, y me alegro. También los envidio.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...