Me acuerdo que en el barrio se decía que mi primo le había cortado las patas a un pájaro con una Gillette. Éramos muy niños ambos y nuestras respectivas familias estaban peleadas por lo que nunca supe, ni me atreví a preguntarle ni siquiera de adultos, sobre la veracidad de la historia. Pero más me asombra que entonces la historia no me horrorizara como sí lo hace ahora.
Me acuerdo de estar enamorado de Sean Connery. No en un sentido sexual, sino en el mismo sentido que supongo la mayoría de los hombres lo estaban. Enamorados de su carisma, fama, dinero y éxito con las mujeres. En realidad creo que todos deseábamos ser el pene de Sean Connery.
Me acuerdo de los ojos de una mujer de la que me enamoré en un sueño y jamás volví a ver.
Me acuerdo de uno de mis primeros recuerdos. Todavía era bebé, y mi madre me alimentaba con una mamadera. Mi padre nos miraba mientras tomaba mate. Mi diminuto dedo recorría las letras en relieve de la mamadera mientras tomaba la leche cuando escucho -y esta es la primera frase que guardó mi cerebro- a mi padre diciéndole a mi madre: “miralo, este está desesperado por empezar a leer”. Sé que el cerebro construye recuerdos. Si este es el caso debo felicitarlo, pues incluso recordaba el pensamiento que tuve. Pero ya lo olvidé, lo que me lleva a creer que no es una escena inventada. Tengo entendido que a esas las traiciona el detallismo. Se recuerdan texturas, palabras, gestos que usualmente nadie retiene y nada se pierde, todo se transforma. Como la energía, solo que en nosotros, universos entrópicos, la transformación nos destruye como individuos.
Me acuerdo de una persona que mis padres habían contratado para cuidarme mientras trabajaban. Mi hermana era chica, apenas 12 años, y yo era un bebé. A mi hermana esa persona le ponía queroseno en el café y a mí me pinchaba con alfileres. La descubrió mi abuela un día que se hizo la dormida. Mi cerebro todavía no había madurado por lo que no retuvo ningún detalle de su rostro. Incluso este no es un recuerdo puro sino el recuerdo de una foto o un recuerdo de la historia que me contaron mis mayores.
Me acuerdo del robo de un paquete de salchichas en un supermercado. El hombre, vestido con ropas humildes y tal vez no muy limpias, tomó el paquete y lo escondió bajo el buzo. Fui el único que vio su abdomen, peludo y hundido, al aire.
Me acuerdo que frente a mi edificio un hombre en pleno verano trepó descalzo y sin camisa un árbol de la calle hasta bien arriba, casi a la misma altura que un cuarto piso del edificio que estaba al lado. Se había escapado su pájaro. Cuando consiguió que el animal se posara en el hombro, inició el descenso. Un par de turistas yanquis, de visita a alguien del edificio, observaron todo el trámite sin dejar de tomar fotos. Aplaudieron al hombre cuando volvió al suelo.
Me acuerdo que a mi padre, un hombre cuya infancia fue rústica y humilde, le parecía demasiado femenino ese asunto de usar desodorante. No es que oliera mal pues se bañaba al menos una vez al día. Pero mi madre recién consiguió hacerle usar desodorante cuando nos mudamos a la capital, y tuvo que usar el transporte colectivo para llegar a su trabajo. Quizás el olor corporal ajeno, imposible de evitar en los ómnibus atestados, lo convenció.
Me acuerdo que mi madre cosía. Primero para una tienda, luego en forma independiente. Confeccionaba ropa de bebé: batitas, baberos, toallitas decoradas. Tenía muy buen gusto. Los judíos alemanes, me dijo, piden que les cosa mariquitas a la ropa de sus hijos, pues creen que dan suerte.
Me acuerdo de aquel domingo a solas en casa cuando pensé que habían entrado ladrones. La luz se fue de improviso y abajo, en la puerta de entrada, se escuchó el ruido de un objeto al caer. Sentí como mi piel se arremangaba alrededor de la nuca y mis orejas se tensaban hacia atrás. Cuando bajé vi que era solo un fusible que había saltado.
Me acuerdo de lo angustiosamente bien que olía una muestra de perfume que encontré revolviendo el cajón de la mesa de luz de mi hermana, una noche de sábado en la que apenas podía aguantarme, pues la chica de la que estaba enamorado se había ido con mi mejor amigo. Desde entonces, no puedo sentir ese aroma sin sentirme herido.
Me acuerdo de una vez dentro del subte de Buenos Aires. Íbamos con mi hija caminando rumbo a una escalera por la que descendía un flujo imparable de futuros pasajeros. En el apuro por llegar a su trabajo, un hombre saltó del último escalón al piso de la estación con tan mala suerte que su celular rebotó desde el bolsillo delantero de su camisa al piso, y luego el mismo hombre lo pateó sin querer. Lo vimos deslizarse, imparable, hasta caer entre el vagón y el borde del andén. El hombre apenas pudo articular un débil "¡ah, no!", antes de continuar, desnudo, arrastrado por la locura diaria.
Me acuerdo de aquella pareja de varoncitos en el cerro San Cristóbal de Santiago. Yo bajaba como un ángel bobo en el teleférico de la ciudad cuando los ví allá abajo, en un sendero secundario del parque que circunvala el cerro. Probablemente hayan estado hablando de cualquier cosa antes, no lo sé porque llegué justo en el momento en que uno le estampaba tremendo beso en la boca al otro. Y se quedaba mirándolo, a ver si lo que seguía era una trompada, un insulto o un beso. En cambio, el otro lo atrajo y se fundieron los dos en un abrazo de alivio y reconocimiento. No pude ver más pues la cabina siguió rumbo hacia la plataforma donde me mezclé junto a los demás turistas.
Me acuerdo de Buenos Aires, siempre me acuerdo. De un domingo gris y lluvioso. De los músicos callejeros en la calle Florida. Los hay excelentes, mucho mejores que colegas millonarios y famosos. Como en esa calle siempre hay música, proveniente de algún parlante o instrumento, ya no suelo prestarles demasiada atención, aunque esa vez fue diferente. Estaba a una cuadra de Florida y Lavalle y ya se podía escuchar la voz de una muchacha. No tenía un timbre ni un registro excepcional. Cantaba en inglés, sobre una base pregrabada. El golpe vino después, cuando la ví. Estaba vestida con lo que había sido su vestido para la fiesta de quince. Cantaba ayudada por un micrófono conectado a un reproductor que su padre, parado detrás, sostenía mediante una correa que le rodeaba el cuello. Más atrás una niña, su otra hija, supongo, los observaba. Sobre el pavimento mojado estaba la acostumbrada cajita para las monedas. Había algo extraño en la chica. La piel de tan pálida parecía una continuación del vestido, angustiaba. Pero además estaba su postura. Cantaba mirando hacia delante, sostenía el micrófono muy cerca de la boca, el cuerpo inmóvil, rígido. Cuando la tuve más cerca me di cuenta. No tenía pupilas, y los ojos de estatua hacían juego con el húmedo vestido blanco. Un poco más allá estaban dos mendigas. Apoyada en la falda de una dormía una niña a pesar del agua, la de la vereda opuesta tenía una sola pierna. Ninguna prestaba atención a la gente que pasaba ni pedían dinero, se limitaban a observar a la cieguita. Me pregunté si también sentirían esa asombrosa mezcla de pena y alivio. Al menos yo pude apurar el paso y alejarme de la chica.