lunes, 28 de septiembre de 2020

Me acuerdo

 Me acuerdo que en el barrio se decía que mi primo le había cortado las patas a un pájaro con una Gillette. Éramos muy niños ambos y nuestras respectivas familias estaban peleadas por lo que nunca supe, ni me atreví a preguntarle ni siquiera de adultos, sobre la veracidad de la historia. Pero más me asombra que entonces la historia no me horrorizara como sí lo hace ahora.

Me acuerdo de estar enamorado de Sean Connery. No en un sentido sexual, sino en el mismo sentido que supongo la mayoría de los hombres lo estaban. Enamorados de su carisma, fama, dinero y éxito con las mujeres. En realidad creo que todos deseábamos ser el pene de Sean Connery.

Me acuerdo de los ojos de una mujer de la que me enamoré en un sueño y jamás volví a ver.

Me acuerdo de uno de mis primeros recuerdos. Todavía era bebé, y mi madre me alimentaba con una mamadera. Mi padre nos miraba mientras tomaba mate. Mi diminuto dedo recorría las letras en relieve de la mamadera mientras tomaba la leche cuando escucho -y esta es la primera frase que guardó mi cerebro- a mi padre diciéndole a mi madre: “miralo, este está desesperado por empezar a leer”. Sé que el cerebro construye recuerdos. Si este es el caso debo felicitarlo, pues incluso recordaba el pensamiento que tuve. Pero ya lo olvidé, lo que me lleva a creer que no es una escena inventada. Tengo entendido que a esas las traiciona el detallismo. Se recuerdan texturas, palabras, gestos que usualmente nadie retiene y nada se pierde, todo se transforma. Como la energía, solo que en nosotros, universos entrópicos, la transformación nos destruye como individuos.

Me acuerdo de una persona que mis padres habían contratado para cuidarme mientras trabajaban. Mi hermana era chica, apenas 12 años, y yo era un bebé. A mi hermana esa persona le ponía queroseno en el café y a mí me pinchaba con alfileres. La descubrió mi abuela un día que se hizo la dormida. Mi cerebro todavía no había madurado por lo que no retuvo ningún detalle de su rostro. Incluso este no es un recuerdo puro sino el recuerdo de una foto o un recuerdo de la historia que me contaron mis mayores.

Me acuerdo del robo de un paquete de salchichas en un supermercado. El hombre, vestido con ropas humildes y tal vez no muy limpias, tomó el paquete y lo escondió bajo el buzo. Fui el único que vio su abdomen, peludo y hundido, al aire.

Me acuerdo que frente a mi edificio un hombre en pleno verano trepó descalzo y sin camisa un árbol de la calle hasta bien arriba, casi a la misma altura que un cuarto piso del edificio que estaba al lado. Se había escapado su pájaro. Cuando consiguió que el animal se posara en el hombro, inició el descenso. Un par de turistas yanquis, de visita a alguien del edificio, observaron todo el trámite sin dejar de tomar fotos. Aplaudieron al hombre cuando volvió al suelo.

Me acuerdo que a mi padre, un hombre cuya infancia fue rústica y humilde, le parecía demasiado femenino ese asunto de usar desodorante. No es que oliera mal pues se bañaba al menos una vez al día. Pero mi madre recién consiguió hacerle usar desodorante cuando nos mudamos a la capital, y tuvo que usar el transporte colectivo para llegar a su trabajo. Quizás el olor corporal ajeno, imposible de evitar en los ómnibus atestados, lo convenció.

Me acuerdo que mi madre cosía. Primero para una tienda, luego en forma independiente. Confeccionaba ropa de bebé: batitas, baberos, toallitas decoradas. Tenía muy buen gusto. Los judíos alemanes, me dijo, piden que les cosa mariquitas a la ropa de sus hijos, pues creen que dan suerte.

Me acuerdo de aquel domingo a solas en casa cuando pensé que habían entrado ladrones. La luz se fue de improviso y abajo, en la puerta de entrada, se escuchó el ruido de un objeto al caer. Sentí como mi piel se arremangaba alrededor de la nuca y mis orejas se tensaban hacia atrás. Cuando bajé vi que era solo un fusible que había saltado.

Me acuerdo de lo angustiosamente bien que olía una muestra de perfume que encontré revolviendo el cajón de la mesa de luz de mi hermana, una noche de sábado en la que apenas podía aguantarme, pues la chica de la que estaba enamorado se había ido con mi mejor amigo. Desde entonces, no puedo sentir ese aroma sin sentirme herido.

Me acuerdo de una vez dentro del subte de Buenos Aires. Íbamos con mi hija caminando rumbo a una escalera por la que descendía un flujo imparable de futuros pasajeros. En el apuro por llegar a su trabajo, un hombre saltó del último escalón al piso de la estación con tan mala suerte que su celular rebotó desde el bolsillo delantero de su camisa al piso, y luego el mismo hombre lo pateó sin querer. Lo vimos deslizarse, imparable, hasta caer entre el vagón y el borde del andén. El hombre apenas pudo articular un débil "¡ah, no!", antes de continuar, desnudo, arrastrado por la locura diaria.

Me acuerdo de aquella pareja de varoncitos en el cerro San Cristóbal de Santiago. Yo bajaba como un ángel bobo en el teleférico de la ciudad cuando los ví allá abajo, en un sendero secundario del parque que circunvala el cerro. Probablemente hayan estado hablando de cualquier cosa antes, no lo sé porque llegué justo en el momento en que uno le estampaba tremendo beso en la boca al otro. Y se quedaba mirándolo, a ver si lo que seguía era una trompada, un insulto o un beso. En cambio, el otro lo atrajo y se fundieron los dos en un abrazo de alivio y reconocimiento. No pude ver más pues la cabina siguió rumbo hacia la plataforma donde me mezclé junto a los demás turistas.

Me acuerdo de Buenos Aires, siempre me acuerdo. De un domingo gris y lluvioso. De los músicos callejeros en la calle Florida. Los hay excelentes, mucho mejores que colegas millonarios y famosos. Como en esa calle siempre hay música, proveniente de algún parlante o instrumento, ya no suelo prestarles demasiada atención, aunque esa vez fue diferente. Estaba a una cuadra de Florida y Lavalle y ya se podía escuchar la voz de una muchacha. No tenía un timbre ni un registro excepcional. Cantaba en inglés, sobre una base pregrabada. El golpe vino después, cuando la ví. Estaba vestida con lo que había sido su vestido para la fiesta de quince. Cantaba ayudada por un micrófono conectado a un reproductor que su padre, parado detrás, sostenía mediante una correa que le rodeaba el cuello. Más atrás una niña, su otra hija, supongo, los observaba. Sobre el pavimento mojado estaba la acostumbrada cajita para las monedas. Había algo extraño en la chica. La piel de tan pálida parecía una continuación del vestido, angustiaba. Pero además estaba su postura. Cantaba mirando hacia delante, sostenía el micrófono muy cerca de la boca, el cuerpo inmóvil, rígido. Cuando la tuve más cerca me di cuenta. No tenía pupilas, y los ojos de estatua hacían juego con el húmedo vestido blanco. Un poco más allá estaban dos mendigas. Apoyada en la falda de una dormía una niña a pesar del agua, la de la vereda opuesta tenía una sola pierna. Ninguna prestaba atención a la gente que pasaba ni pedían dinero, se limitaban a observar a la cieguita. Me pregunté si también sentirían esa asombrosa mezcla de pena y alivio. Al menos yo pude apurar el paso y alejarme de la chica.

Redacción. Tema: la redacción

En la escuela descubrí un método infalible para hacer las mejores redacciones.

La maestra tenía la costumbre de hacernos pasar para que leyéramos nuestros escritos, de parado, frente al resto de la clase. Ella daba su devolución en el acto, por lo general positiva, pero con doble intención. Si, por ejemplo, el tema eran “Los abuelos”, el autor tenía más posibilidades de ser apreciado por la docente si incluía referencias sentimentales o anécdotas simpáticas. Era su forma, la de la maestra, de estimular sentimientos positivos hacia la familia.

Tal vez sea solo una hipótesis demasiado optimista de mi parte. Creo que las maestras terminan fundiéndose con su “clientela”. El oficio las infantiliza. El sueldo miserable y el papel que tradicionalmente ha tenido el magisterio -hace no tanto tiempo era una opción de vida asimilable a la carrera de “Corte y confección”- termina por confirmarles que se las considera adultos de cabotaje. En realidad cualquier sociedad civilizada respeta a sus maestros y profesores. No olvidan que por ellos pasa toda la población, después de todo.

Con ese conocimiento del público objetivo en mi poder, adopté la estrategia de entregar casi al final, cuando ya había escuchado las redacciones de mis compañeros. Con los tópicos predilectos de la docente en mi memoria, componía mi texto.

Entonces llegaba mi turno. Levantaba la mano y pasaba confiado ante la mirada entusiasmada de la mujer, tal era la fama que el dichoso método me había granjeado. Mi redacción, perfecta como un Greatest Hits, en realidad era una lista de tópicos que “nos sabemos todos”. Era un temprano ídolo pop, demasiado joven para obtener de mis groupies algo más una golosina y, sobre todo, muy buenas notas. Nunca tan buenas para ser abanderado, objetivo que mi madre deseaba, pues era de esos artistas pop que tanto lanza un disco introspectivo y poco comercial, y que en mi caso se debía nada más que al efecto de mi pereza residual. Aquello también rebajaba las expectativas que la maestra depositara en mí, reflejado en campañas de promoción más limitadas –no recibía caramelos- y una baja en las ventas. En lugar de “sobresaliente” apenas obtenía un demoledor “muy bueno sobresaliente”. Mi madre por su lado pasaba a comportarse como el manager de Pink, el personaje de The Wall. Cero drogas y nada nde excesos. Sin chicles ni tele por una semana, sin juegos en la vereda con los amigos.

A fin de año, en un intento final que nunca daba resultados, montaba mi propia gira retorno. Calcaba esquemas de anatomía que encontraba en los libros de mi hermana mayor. Cortes transversales de cráneos, lenguas y maxilares pintados con colores subidos, como si la espectacularidad del set de luces y fuegos artificiales brotando del escenario fueran suficientes para ocultar la falta de ideas.

No lo eran.

Primero de liceo marcó mi punto más bajo. La primera redacción en Lengua Española giró sobre “¿Qué quieren ser de adultos?”.

Pero nadie mostró su texto. Se entregaban todos juntos, al final de la clase. Y la docente los leía luego en su casa. Aquella fue una época de literatura “juvenil”. Una novela en particular me había atrapado. Trataba de un grupo de náufragos púberes, aislados en una isla que tenía de todo: frutas, árbol de pan, agua potable. El paraíso al alcance de todos con solo estirar la mano.

Si mal no recuerdo, “quiero vivir todo el día tirado en una hamaca en una isla sin nada que hacer”, es una transcripción bastante exacta de la línea con la que comenzaba mi redacción. A la clase siguiente logré, una vez más, destacar del grupo. La profesora, una señora ya mayor, dedicó gran de su esfuerzo a ponerme como ejemplo del tipo de individuo que hunde a las naciones. Mi simpleza torpe me había convertido en un símbolo de la degradación.

Más o menos como una estrella pop al final de su carrera.

Sobre fantasmas

¿Viste alguna vez un fantasma?
Yo sí. Hace dos semanas.
Soñaba que editábamos un corto con mis amigos. Era una filmación en blanco y negro de un desfile militar en los años 70. Pero teníamos un problema. Apenas comenzaba a correr la cinta una figura, ajena a la filmación original, extendía su sombra más allá de los cuadros. Vencía los márgenes del film, cubría los agujeros rotulados que sirven para enganchar las películas en los proyectores.
El resto del equipo decidió dejar el proyecto pero yo seguí con la tarea. Los otros me advirtieron sobre mi imprudencia, la figura correspondía a una entidad nórdica llamada Lisyed o Liyed. No les hice caso y seguí por mi cuenta. La entidad invasora, me enteré en el sueño, era el fantasma de un hacker sueco, o el propio hacker que, convertido en espíritu, asediaba los proyectos audiovisuales como el mío.
Estoy trabajando en la moviola. Durante los primeros minutos todo está bien. En el monitor veo al presidente-dictador del momento, las tropas desfilando bajo un cielo gris. Lo normal. Pero comienzo a sentir una presión sobre mi hombro izquierdo. Siento una mano que, por debajo de la piel, trata de llevarme el hombro hacia atrás,.
Intento seguir trabajando pero la presión se intensifica a tal punto que hago un movimiento brusco intentando zafar y entonces me despierto. Mi mano derecha empuja el hombro izquierdo, como si quisiera cambiar ella sola la posición del cuerpo o como si una mitad de mi cerebro tratara de impedir que la otra tome el control. El eco del miedo, sin embargo, continúa unos segundos más. Es entonces cuando una figura oscura entra al dormitorio y se acerca a la puerta cerrada que da al balcón. Cuando gimotea me doy cuenta de que es mi perra, y saber que el animal está conmigo me alivia.
Si alguna entidad o espíritu ha entrado, pienso, ella ladraría. Me dispongo a levantarme para abrirle la puerta cuando un fogonazo de luz gris y celeste ilumina por un momento el comedor, visible desde la cama. Estoy solo en la casa pero, ya que todo tiene una explicación lógica, busco en mi mente la causa del fenómeno cuando veo, enmarcada por la puerta de entrada al dormitorio, a una figura pálida y difusa que me observa en silencio.
El miedo me congela. Solo me da para soltar un ¿qué pasa? agarrotado y penoso.
-Nada.- responde el ser. -Voy al baño.- aclara mi hija, quien se supone se iba a quedar en la casa de una amiga pero luego, me dirá, decidió volver sin avisarme. Por el momento las dudas intelectuales sobre la naturaleza del fenómeno se han disipado, pero no mi estado de absoluto y pocas veces experimentado espanto, casi biológico de tan básico e inapelable.
Días después, caigo en la cuenta de algo. Por un breve instante, antes de escuchar la voz de mi hija, un recuerdo reprimido emergió desde algún punto del inconsciente. Puedo aceptarlo, la sospecha no destruye los parámetros aceptados por mi racionalidad.
Y sin embargo, durante esos segundos librados de entendimiento, inflados por la reacción animalesca, rocé apenas la superficie de algo que, presumo, es hondo y oscuro. Representa, iba a escribir. Mejor dicho, ES una amenaza. Se halla bajo esa capa milimétrica que nos hace humanos. Flotamos despreocupados sobre ella mientras estamos sanos, cuerdos o enteros.
Un año antes de morir, mi madre me contó una vez más que los vecinos la acosaban. Las visitas a su pequeño apartamento de la calle Mercedes eran espaciadas entre sí ya que me costaba unos cuantos días recuperarme. La veía solitaria, viajando decidida hacia el desastre sin que yo pudiera hacer nada por torcer el rumbo. En cada visita le volvía a escuchar la misma serie de delirios. Comenzaba acusando a sus vecinos de traficar armas y drogas con árabes. La saga continuaba con la llegada de la policía alertada por ella. Mi madre contaba entonces que el comisario a cargo le agradecía (“ojalá todos fueran como usted”), se emocionaba (“me hace acordar a mi madre”), lloraba (“yo me vine jovencito para hacer la carrera y la dejé”) y terminaba siendo consolado por mi vieja, que se unía a su llanto (“bueno mijo, no llore que yo también tengo mis penas”), mientras los vecinos iban subiendo a las chanchitas cubiertos apenas por ponchos ya que durante las noches corrían desnudos por los corredores del edificio. Más precisamente en el piso donde vivía ella, golpeando su puerta para que saliera, prometiendo que iban a meterme en cana o que iban a lograr que nunca más viera a su nieta.
¿Dónde está la fantasía en todo esto? ¿Qué parte del relato no es real?
Para el resto del mundo, todo, con seguridad. ¿Para mi madre?
Ayer eran como las cuatro de la madrugada, me dijo una tarde, y siento que tocan a mi puerta. Puta madre, otra vez están estos jodiendo. Bueno, la cosa es que me levanté ya preparada para putearlos y a que no sabés quiénes eran. Los del quinto, unos vecinos muy buenos, corridos del edificio por “esa gente”. Doña, me dicen, como sabemos que usted es de Treinta y Tres, y nosotros también, y ha sido siempre tan amable, queríamos despedirnos cantándole una canción.
Esta vez mi madre logró captar mi atención. Cambió por primera vez en mucho tiempo la historia. Ya no pelea sino algo nuevo, amable, acaba de sucederle, sea real o no. La pareja tenía guitarras, me dice, y cantaron una dulce canción de despedida que la hizo llorar, a tal punto que interrumpieron el canto.
Pero, no se ponga así, Coca, Coquita. Si hubiéramos sabido que la íbamos a poner así de triste no hubiéramos venido. No, mijo, lo que pasa es que esa canción la escuchaba cuando era niña, y me recuerda a mis padres, a mi esposo, a mi hija.
Entonces ellos recuperan su control emocional y entonan otra melodía que recompone a mi madre. Terminan la canción con mi madre moqueando pero feliz, la pareja emocionada y todos los vecinos del edificio aplaudiendo desde las escaleras.
Según creo, las fantasías de mi madre, aunque repetitivas y dispuestas para llamar mi atención, no eran menos sinceras que mi terror, provocado por una confusión alimentada por la semioscuridad y la parte más primaria de mi cerebro. En todo caso la diferencia está en la duración, en la independencia. La oscuridad rodeaba a mi madre aún en pleno mediodía.
Dos horas antes de su muerte, hablamos por última vez. Le había dejado de funcionar el sistema digestivo, estaba ciega y chupaba sin parar los bordes de la sábana que la cubría. La sed permanente, supe después, es una característica del Alzheimer terminal. Así, con el mismo caudal de voz de siempre a pesar del derrumbe generalizado, me contó que esa misma tarde la había ido a visitar un niño vestido de blanco.
Un niño precioso, rodeado de flores. Me dijo que después iba a volver pero no sabés qué hermoso era, agregó. Y eso fue lo último que le escuché decir. Un rato después llamaron para avisar que había muerto.
No pretendo extender la saga delirante pero no me atrevo a ser tan altivo como para intentar explicar algo tan complejo como todo lo que debe existir, allí afuera y acá adentro, con un instrumento tan complejo, pero limitado, como mi cerebro.
¿Fue visitada mi madre ese último día? Sé que perdió un hijo. Uno que llegó antes que yo. Esa hendidura jamás se curó. ¿Volvió el molde? Si tomo en cuenta que a esa altura su cerebro era incapaz de elaborar una mentira, entonces solo puedo concluir que lo que dijo fue verdad. Aunque, en principio, lo haya sido solo para ella.
Aceptarlo agrega una dificultad adicional. De tal conclusión se desprende que lo “real” es una cuestión de perspectiva. Una categoría que nuestros cerebros elaboran para no hundirse en el profundo océano de las cosas irreales, tan irreales que cuando aparecen, en sueños o a causa de una enfermedad, destruyen la realidad.
Hay una cosa más. Un año después que muriera mi padre, mucho antes que ocurriera todo lo narrado arriba, falleció mi abuela materna. Ya nos habíamos mudado a Montevideo pero ella se quedó en Treinta y Tres. Mi tío era inspector de policía, detalle que luego tendrá cierta relevancia. Estaba hablando con mi madre una noche de domingo de algún asunto, no puedo recordar cuál, cuando de pronto, sin que tuviera relación alguna con el tema, ella comenzó a llorar al tiempo que decía “¡mi madre, pobrecita mi madre!”
¿Pero qué te pasa?, le pregunté, a lo que ella se recuperó y continuamos nuestra charla. En aquel momento me fijé en el reloj sobre la mesa de luz. Eran las once de la noche, es imposible olvidarlo: el reloj era dorado imitación oro, las manecillas tenían un material fluorescente que brillaba en la oscuridad. A la media hora alguien tocó el timbre del portero eléctrico. Era un policía. A la jefatura de Montevideo había llegado, desde la jefatura de Treinta y Tres, una llamada telefónica a pedido de mi tío, el inspector, avisando que media hora antes mi abuela había muerto de un infarto.

Insoluble, una secuela

Esto de "secuela" lo utilizo en el sentido tradicional: consecuencia o efecto. Hecha la aclaración, debo decir que tengo un blog donde cuelgo mis cuentos, o intentos de. Apenas me salen, los dejo ahí. El blog tiene un número fijo de lectores, un trío de amables desconocidos. A veces alguno abandona su anonimato y hace un comentario. Pero publicarlos me sirve para no perderlos, Debido al mal funcionamiento de algún pendrive, por ejemplo. Una vez, sin embargo, esa práctica tuvo una consecuencia inesperada, bellísima.

Escribí "Insoluble" bajo la influencia de algo que pasó rápido como una luz. Me dejó esa historia y, así como había llegado, se fue. Recuerdo terminar de escribirlo y pensar que era una estupidez. Lo desprecié, continuando una larga tradición de malas decisiones. Posiblemente lo hubiera dejado morir si no fuera que alguien, de forma anónima, dejó un comentario en el blog.

"¡Imponente!" escribió.

Caramba, me dije, debo prestarle más atención. Volví a leerlo, por primera vez desde que lo escribí, y con sorpresa descubrí que no necesitaba cambiarle nada. Ni una sola palabra, "Insoluble" permanece idéntico a cómo salió. Apenas modifiqué la ubicación de algunas palabras en ciertos párrafos y agrupé frases demasiado separadas.

Es el cuento que abre "Ritos de paso" y fue, que yo sepa, el único que leyó una chica que conocí por Facebook. Es poetisa, además de profesora de literatura, y cuando le regalé el libro me advirtió que no lo iba a poder leer. La actividad docene más el trabajo administrativo, sumado al seguimiento de sus alumnos y el escaso tiempo que le queda para su vida personal, marcaban tal decisión. Le pedí que aunque sea leyera el primero.

El caso es que lo leyó, le gustó y me propuso darlo en sus grupos de tercer año, como puente entre Horacio Quiroga y Felisberto Hernández. Por supuesto que acepté, y entonces me preguntó si estaba dispuesto a ir a su clase. Todos los autores que damos están muertos, dijo, y quiero que mis gurises tengan la oportunidad de hablar con uno vivo.

Obviamente mi respuesta fue positiva. Ese año ella daba clases a tres grupos de tercer año en el liceo Bruno Mauricio de Zabala, en el Cerro. Un jueves lluvioso fui al liceo, y fui el invitado de honor de sus chicos. Repetimos la misma rutina: presentación, lectura del cuento, análisis primario (qué voz tiene el narrador, etc.) y luego ronda de preguntas.

Hasta ese momento, y luego de mucho pensarlo, creía que la clave de "Insoluble" estaba en mi reciente separación y mi terror a no poder mantenerme solo. Como mi peor temor es quedarme en la calle, elaboré de forma inconsciente una historia donde no solo yo sino todos quedan en la calle. Esa explicación me conformaba, cerraba a la perfección además de aportar una segunda lectura al cuento.

Pero esa tarde en el liceo del Cerro descubrí otra. Mejor dicho, me ayudaron los gurises a encontrarla. Eran grupos de adolescentes, ninguno tenía más de quince o a lo sumo dieciséis años. Lejos de mis prejuicios, se manifestaban interesados, las preguntas eran pertinentes, la calidez con que me recibieron era palpable en el desarrollo de la clase. Pero me fue invadiendo cierta tristeza a lo largo de la jornada. Recordaba mi juventud, mi perdida pureza, el ímpetu por hacer cosas buenas y el resultado posterior, tan distinto.

Tenía frente a mí un hermoso auditorio y, en mí, los efectos del tiempo. Entonces, "Insoluble" reveló su aspecto oculto. En el cuento, la gente no protesta ni intenta cambiar su destino, les dije a los gurises en un momento de iluminación. Se transforman en su propia profecía autocumplida.

Por vivir en el Cerro, por ser jóvenes, por venir a un liceo público, los poderes de esta sociedad, y también la mayoría de los adultos, no esperan gran cosa de ustedes. No sean como la gente del cuento. Rebélense contra ese destino impuesto. El ser humano tiene una extraordinaria capacidad de adaptación, pero no se acostumbren jamás al desprecio. No acepten ser despreciables.

Uno de ellos había ido de musculosa y mi amiga, antes de entrar, le preguntó "¿y a usted lo dejaron entrar así al liceo?", a lo que el guacho alzó los brazos y, tensando los músculos torneados a hormonas puras y jóvenes le respondió "¿qué pasa profesora, le excitan mis brazos?".

Ay, pensé, con esta ficha en clase voy a leer un cuento. Y me equivoqué. Nuevamente, como cuando pensaba deshacerme del cuento por considerarlo un bolazo (“como un cuento mal escrito”, fue lo que escribí cuando ya estaba “saliendo” de él, así de inútil lo sentía), me equivoqué. Durante la ronda de preguntas este desorejado dijo algo, y no importa si lo leyó en algún lado o si es suyo, de todas formas no creo encontrar muchos adultos capaces de decir algo parecido a esto: "hay quien dice que uno nace dos veces, una cuando nace y otra cuando se da cuenta de que esa es la única vez que va a nacer".

Esa noche me costó dormir. Pensaba en ellos, en cómo la máquina de picar carne los iba a destazar, como si en lugar de seres de luz fueran reses de matadero.

Y, por primera vez, creo que entendí a la literatura de una forma que nadie me había advertido.

Intuir - telefonista

I

Manuel Pelea llegó, como desde hace diez años, al gigantesco edificio gris donde trabajaba. Para cualquier peatón distraído la fealdad espartana de su arquitectura se recibía como una agresión a los sentidos. La mole de cinco pisos ocupaba toda la cuadra y en invierno entubaba el viento de tal forma que llegar a ella desde cualquiera de sus lados era un desafío apto solo para quienes no tenían otro lugar mejor donde trabajar. La gruesa placa de bronce devolvía reflejos capaces de herir los ojos aún a través de los mejores lentes del sol.

Por ello Manuel recién retiró su mirada del piso cuando estuvo adentro, tras pasar los arcos detectores de metal. Antes había empujado con su pulgar derecho contra una ranura iluminada y trazado un garabato al lado de su nombre, casi perdido en una lista extensa y larga, lo habían impreso en letras tamaño 9, como si fuera otra prueba que salvar antes de llegar a poder pasar por los arcos.

Manuel dejó todos los objetos metálicos en una bandeja ante la mirada apenas agresiva de un guardia desconocido. Los cambiaban todos los días, de esa forma evitaban que se formaran relaciones. El ascensor tenía un cámara detrás del espejo. Por supuesto, pensó Manuel, y la música que escucho está solo en mi cabeza.

Era preferible. Si hubieran decidido utilizar los parlantes para animar la estancia dentro del ascensor lo más probable era que en lugar de muzak hubieran emitido marchas militares, pensó Manuel.

Ya debería estar acostumbrado, se rezongó camino al cubil donde pasaría las próximas ocho horas. Algo está mal en mí, ya me lo decía mi viejo, recordó. Antes de sentarse frente al panel horizontal donde titilaban decenas de lucecitas, como una ciudad de noche, fue hasta la cafetera y llenó su taza favorita. Era un regalo de alguien dentro del edificio. Como las reglas prohibían todo regalo personalizado cuando llegaba la Navidad se recurría a la treta del amigo invisible, y entonces uno podía encontrarse con cualquier cosa en la mano. 

Esa taza había sido una bendición, considerando los regalos de años anteriores. Favorecidos por el anonimato, los otros empleados aprovechaban la ocasión para protestar contra las jerarquías envolviendo objetos obscenos en primorosos papeles de regalo. Algunos simplemente sinceraban el odio que sentían hacia el género humano en general y hacia sus compañeros en particular.

Por ello la taza era un oasis, el recuerdo de que allí, en algún lugar, hombre o mujer, se hallaba un alma todavía no corrompida por la rutina y el desprecio generalizado que la sociedad sentía por los trabajadores dentro del edificio.

II

Riiing!

- Ministerio de Defensa, ¿en qué puedo servirle?

- Señorita, necesito hablar con algún jerarca. Es urgente.

- ¿Hola? Ministerio de defens… si no me dice con quién quiere que le comunique no puedo ayudarle, señor.

- Páseme con cualquier jerarca que tenga acceso al armamento, alguien importante. Rápido, no nos queda mucho tiempo.

- ¿Por qué asunto es?

- Señorita, el tiempo apremia.

- Le comunico con Relaciones Públicas.

- No, espere.

Bzzz.

- Departamento de Relaciones Públicas, buenas tardes. En qué podemos ayudarle?

- La mujer que me atendió no entendió. Necesito hablar urgentemente con alguien que pueda disparar un cañón, cualquier cosa. Rápido, el tiempo se acaba.

- Señor, esta es una oficina de rango ministerial. Le advierto que cualquier broma de mal gusto puede ocasionarle problemas. El decreto nº 32081 prevé penas severas para quien

- ¡No es una broma! Usted tiene que creerme. Estamos en peligro, todos, usted, yo, el presidente.

- Es mi deber advertirle que en estos momentos su número de teléfono está siendo rastreado. Por su bien sírvase no ofrecer resistencia.

- Pero no entiende. Deme al menos la oportunidad de hablar con algún jerarca.

- Escuche, si lo hace sentir mejor, cuénteme su historia. La policía todavía va a tardar unos minutos en llegar. Es lo más que puedo hacer ahora por usted.

- ¿La Policía?

- Yo le advertí. Lo escucho.

- Pero… está bien. ¿Tiene para anotar?

- La conversación está siendo grabada.

- No. Anote esta dirección: Bacigalupi 1363.

- Está bien.

- ¿Anotó?

- Sí. ¿Qué hay en Bacigalupi 1363?

- Mi casa. Y algo más. Pero no me va a creer.

- Pruébeme.

- Está bien. Una singularidad.

- ¿Una qué?

- Una singularidad. Un evento físico que cambia todo, como un agujero negro o el big bang. Pero no es nada de eso. Esta es una singularidad nueva.

- Qué clase de singularidad?

- No pertenece a ninguna clase. Es única. La creé yo. Soy inventor. Me especialicé en nanorobótica. Fabrico robots nanométricos, tan diminutos que solo se pueden ver al microscopio. ¿Entiende? De tan chicos son invisibles al ojo humano.

- Oiga, no sé si no sería mejor que cuelgue y trate de tranquilizarse. Acabo de pedirle una ambulancia también.

- No se distraiga. Escuche y no me interrumpa. Ya veo que no va a pasarme con un jerarca. Luego que me arresten la responsabilidad de salvar al mundo quedará en sus manos. Pero es necesario que lo sepa todo. Los nanorobots o nanobots trabajan a nivel atómico. Viajan entre el espacio vacío que queda entre los espacios vacíos de las moléculas y cambian sus atómos. ¿Entiende?

- Negativo. Ni medio.

- Es fácil. Si usted cambia los muebles de lugar en su casa. ¿Eso la convierte en otra casa?

- Pues, no.

- Correcto. Por el contrario, si usted mueve, por así decirlo, los átomos de una molécula de dióxido de carbono, digamos, a la posición que tiene una molécula de agua, entonces transmutó a un gas en líquido. De tener un apartamento pasó a vivir en una pecera, por así decirlo. ¿Me sigue? La relación entre la forma y el número de átomos define la naturaleza de las moléculas. Los nanobots pueden cambiar de naturaleza a los objetos. Incluso a usted.

- Es la primera vez que escucho algo así.

- Me imagino. Es un campo del conocimiento que recién comienza a explorarse. Acá en Uruguay creo que soy el único que lo hace. Eso espero.

- No quiere competencia.

- No es eso. Inserté en cada nanobot una rutina que les permite construir un duplicado exacto de sí mismo en minutos. Con la misma inteligencia y capacidad de replicación. 

- ¿Qué inteligencia?

- Para lograr que los nanobots funcionen de manera independiente hay que programarlos antes. Por eso cargué sus cerebros con información relativa a todos los tipos de moléculas de este planeta, orgánicas o inorgánicas, y las distintas configuraciones atómicas que las distinguen. Es una cantidad de datos oceánica. Ese fue el error.

-No lo entiendo.

- Para procesar tanta información los algoritmos deben procesarse en capas, como en las redes neuronales humanas o, dicho de otra forma, había que otorgarles una inteligencia superior. No la de cualquier ser humano común, como usted o yo. Somos incapaces de flotar sobre esa masa de datos sin hundirnos. Por ello con mis colegas decidimos digitalizar todo nuestro conocimiento y combinado, lo pasamos a los nanobots. Cada uno de ellos tiene la inteligencia sumada de los mejores científicos del mundo. ¿Me sigue?

- General Raimúndez. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

- ¡No! ¡Explicar todo de vuelta no! No tenemos tiempo. Póngame de vuelta con la persona que me atendió.

- ¿Pero usted que se piensa? ¡Está hablando con un general! Sírvase decirme inmediatamente en qué puedo servirlo. ¡Es una orden!

- No, no, usted no entiende. Es más, si de algo estoy seguro es que usted no entiende. General, escuche: la humanidad corre un peligro mortal. Hay una plaga desatada en la calle Bacigalupi, número 1363. Destruyan el sitio, bombardéenlo. Es mi casa. ¡Se lo pido, por favor!

- ¡Usted está loco!. ¿De dónde salió? A ver, Cabo. Usted lo atendió primero. Tome.

- ¿Señor? Bacigalupi. Señor Bacigalupi, soy yo.

- ¡No! ¡Bacigalupi es la dirección que deben destruir antes de que sea tarde! Los nanobots están haciendo otros nanobots y el número crece mientras perdemos el tiempo hablando. Primero convirtieron las paredes de plomo del contenedor donde estaban atrapados en otros nanobots. Después siguieron con la mesa, el piso, la puerta que llevaba al comedor, la limpiadora que estaba en su camino guardando la aspiradora porque había terminado el día. Van camino a convertirse en una plaga gris. ¡Es necesario que los revienten antes que hagan metástasis en todo el planeta!

¡ALÉJESE DEL TELÉFONO Y CAMINE LENTAMENTE HACIA NOSOTROS CON LAS MANOS EN ALTO!

- ¿Bacigalupi? Baci…

- ¡Esa es la dirección! No olvide hacerla pelota, me tengo que ir.

- ¿Cabo?

- ¡General! ¿Usted está ahí?

- Así es, Cabo. Quise ver con mis propios ojos qué clase de lunático se atrevía a bromear con el Ministerio. En este mismo momento acaban de subirlo a una ambulancia. Hizo muy bien su trabajo, Cabo, el individuo constituía una amenaza, sin ninguna duda. Tenía una túnica ensangrentada, me preguntó de quién sera esa sangre. Todo limpio y despejado por acá, Cabo.

- Señor, ¿quiere que lo ponga en contacto con el general Balmelli? El individuo dejó una dirección y mencionó algo acerca de una amenaza.

- Naa, no molestemos a Balmelli. La semana que viene llega el Presidente de los Estados Unidos y lo pusieron al frente de la seguridad por nuestro lado. No quiero agregarle más presión. Ya se están llevando al demente este. Grita como un hijo de puta. Cabo, quiero que borre la grabación de esta llamada. Seriamos el hazmerreír de las otras fuerzas si se enteran de que el ejército uruguayo descuidó la seguridad de la Nación por atender a un demente. Alguien peligroso, juzgar por las manchas de sangre de su túnica, un sedicioso, probablemente un integrante de alguna célula terrorista dormida. Que esto le sirve de lección, Cabo, la Nación nunca deja de estar en peligro por culpa de estas acciones disolutorias que buscan imponer ideologías ajenas al ser nacional. Corto y fuera, Cabo.

- Señor...

- ¿Qué?

- ...

- ¿Qué? ¡Hable!

- Nada, nada señor. Corto y fuera.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...