I
Manuel Pelea llegó, como desde hace diez años, al gigantesco edificio gris donde trabajaba. Para cualquier peatón distraído la fealdad espartana de su arquitectura se recibía como una agresión a los sentidos. La mole de cinco pisos ocupaba toda la cuadra y en invierno entubaba el viento de tal forma que llegar a ella desde cualquiera de sus lados era un desafío apto solo para quienes no tenían otro lugar mejor donde trabajar. La gruesa placa de bronce devolvía reflejos capaces de herir los ojos aún a través de los mejores lentes del sol.
Por ello Manuel recién retiró su mirada del piso cuando estuvo adentro, tras pasar los arcos detectores de metal. Antes había empujado con su pulgar derecho contra una ranura iluminada y trazado un garabato al lado de su nombre, casi perdido en una lista extensa y larga, lo habían impreso en letras tamaño 9, como si fuera otra prueba que salvar antes de llegar a poder pasar por los arcos.
Manuel dejó todos los objetos metálicos en una bandeja ante la mirada apenas agresiva de un guardia desconocido. Los cambiaban todos los días, de esa forma evitaban que se formaran relaciones. El ascensor tenía un cámara detrás del espejo. Por supuesto, pensó Manuel, y la música que escucho está solo en mi cabeza.
Era preferible. Si hubieran decidido utilizar los parlantes para animar la estancia dentro del ascensor lo más probable era que en lugar de muzak hubieran emitido marchas militares, pensó Manuel.
Ya debería estar acostumbrado, se rezongó camino al cubil donde pasaría las próximas ocho horas. Algo está mal en mí, ya me lo decía mi viejo, recordó. Antes de sentarse frente al panel horizontal donde titilaban decenas de lucecitas, como una ciudad de noche, fue hasta la cafetera y llenó su taza favorita. Era un regalo de alguien dentro del edificio. Como las reglas prohibían todo regalo personalizado cuando llegaba la Navidad se recurría a la treta del amigo invisible, y entonces uno podía encontrarse con cualquier cosa en la mano.
Esa taza había sido una bendición, considerando los regalos de años anteriores. Favorecidos por el anonimato, los otros empleados aprovechaban la ocasión para protestar contra las jerarquías envolviendo objetos obscenos en primorosos papeles de regalo. Algunos simplemente sinceraban el odio que sentían hacia el género humano en general y hacia sus compañeros en particular.
Por ello la taza era un oasis, el recuerdo de que allí, en algún lugar, hombre o mujer, se hallaba un alma todavía no corrompida por la rutina y el desprecio generalizado que la sociedad sentía por los trabajadores dentro del edificio.
II
Riiing!
- Ministerio de Defensa, ¿en qué puedo servirle?
- Señorita, necesito hablar con algún jerarca. Es urgente.
- ¿Hola? Ministerio de defens… si no me dice con quién quiere que le comunique no puedo ayudarle, señor.
- Páseme con cualquier jerarca que tenga acceso al armamento, alguien importante. Rápido, no nos queda mucho tiempo.
- ¿Por qué asunto es?
- Señorita, el tiempo apremia.
- Le comunico con Relaciones Públicas.
- No, espere.
Bzzz.
- Departamento de Relaciones Públicas, buenas tardes. En qué podemos ayudarle?
- La mujer que me atendió no entendió. Necesito hablar urgentemente con alguien que pueda disparar un cañón, cualquier cosa. Rápido, el tiempo se acaba.
- Señor, esta es una oficina de rango ministerial. Le advierto que cualquier broma de mal gusto puede ocasionarle problemas. El decreto nº 32081 prevé penas severas para quien
- ¡No es una broma! Usted tiene que creerme. Estamos en peligro, todos, usted, yo, el presidente.
- Es mi deber advertirle que en estos momentos su número de teléfono está siendo rastreado. Por su bien sírvase no ofrecer resistencia.
- Pero no entiende. Deme al menos la oportunidad de hablar con algún jerarca.
- Escuche, si lo hace sentir mejor, cuénteme su historia. La policía todavía va a tardar unos minutos en llegar. Es lo más que puedo hacer ahora por usted.
- ¿La Policía?
- Yo le advertí. Lo escucho.
- Pero… está bien. ¿Tiene para anotar?
- La conversación está siendo grabada.
- No. Anote esta dirección: Bacigalupi 1363.
- Está bien.
- ¿Anotó?
- Sí. ¿Qué hay en Bacigalupi 1363?
- Mi casa. Y algo más. Pero no me va a creer.
- Pruébeme.
- Está bien. Una singularidad.
- ¿Una qué?
- Una singularidad. Un evento físico que cambia todo, como un agujero negro o el big bang. Pero no es nada de eso. Esta es una singularidad nueva.
- Qué clase de singularidad?
- No pertenece a ninguna clase. Es única. La creé yo. Soy inventor. Me especialicé en nanorobótica. Fabrico robots nanométricos, tan diminutos que solo se pueden ver al microscopio. ¿Entiende? De tan chicos son invisibles al ojo humano.
- Oiga, no sé si no sería mejor que cuelgue y trate de tranquilizarse. Acabo de pedirle una ambulancia también.
- No se distraiga. Escuche y no me interrumpa. Ya veo que no va a pasarme con un jerarca. Luego que me arresten la responsabilidad de salvar al mundo quedará en sus manos. Pero es necesario que lo sepa todo. Los nanorobots o nanobots trabajan a nivel atómico. Viajan entre el espacio vacío que queda entre los espacios vacíos de las moléculas y cambian sus atómos. ¿Entiende?
- Negativo. Ni medio.
- Es fácil. Si usted cambia los muebles de lugar en su casa. ¿Eso la convierte en otra casa?
- Pues, no.
- Correcto. Por el contrario, si usted mueve, por así decirlo, los átomos de una molécula de dióxido de carbono, digamos, a la posición que tiene una molécula de agua, entonces transmutó a un gas en líquido. De tener un apartamento pasó a vivir en una pecera, por así decirlo. ¿Me sigue? La relación entre la forma y el número de átomos define la naturaleza de las moléculas. Los nanobots pueden cambiar de naturaleza a los objetos. Incluso a usted.
- Es la primera vez que escucho algo así.
- Me imagino. Es un campo del conocimiento que recién comienza a explorarse. Acá en Uruguay creo que soy el único que lo hace. Eso espero.
- No quiere competencia.
- No es eso. Inserté en cada nanobot una rutina que les permite construir un duplicado exacto de sí mismo en minutos. Con la misma inteligencia y capacidad de replicación.
- ¿Qué inteligencia?
- Para lograr que los nanobots funcionen de manera independiente hay que programarlos antes. Por eso cargué sus cerebros con información relativa a todos los tipos de moléculas de este planeta, orgánicas o inorgánicas, y las distintas configuraciones atómicas que las distinguen. Es una cantidad de datos oceánica. Ese fue el error.
-No lo entiendo.
- Para procesar tanta información los algoritmos deben procesarse en capas, como en las redes neuronales humanas o, dicho de otra forma, había que otorgarles una inteligencia superior. No la de cualquier ser humano común, como usted o yo. Somos incapaces de flotar sobre esa masa de datos sin hundirnos. Por ello con mis colegas decidimos digitalizar todo nuestro conocimiento y combinado, lo pasamos a los nanobots. Cada uno de ellos tiene la inteligencia sumada de los mejores científicos del mundo. ¿Me sigue?
- General Raimúndez. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
- ¡No! ¡Explicar todo de vuelta no! No tenemos tiempo. Póngame de vuelta con la persona que me atendió.
- ¿Pero usted que se piensa? ¡Está hablando con un general! Sírvase decirme inmediatamente en qué puedo servirlo. ¡Es una orden!
- No, no, usted no entiende. Es más, si de algo estoy seguro es que usted no entiende. General, escuche: la humanidad corre un peligro mortal. Hay una plaga desatada en la calle Bacigalupi, número 1363. Destruyan el sitio, bombardéenlo. Es mi casa. ¡Se lo pido, por favor!
- ¡Usted está loco!. ¿De dónde salió? A ver, Cabo. Usted lo atendió primero. Tome.
- ¿Señor? Bacigalupi. Señor Bacigalupi, soy yo.
- ¡No! ¡Bacigalupi es la dirección que deben destruir antes de que sea tarde! Los nanobots están haciendo otros nanobots y el número crece mientras perdemos el tiempo hablando. Primero convirtieron las paredes de plomo del contenedor donde estaban atrapados en otros nanobots. Después siguieron con la mesa, el piso, la puerta que llevaba al comedor, la limpiadora que estaba en su camino guardando la aspiradora porque había terminado el día. Van camino a convertirse en una plaga gris. ¡Es necesario que los revienten antes que hagan metástasis en todo el planeta!
¡ALÉJESE DEL TELÉFONO Y CAMINE LENTAMENTE HACIA NOSOTROS CON LAS MANOS EN ALTO!
- ¿Bacigalupi? Baci…
- ¡Esa es la dirección! No olvide hacerla pelota, me tengo que ir.
- ¿Cabo?
- ¡General! ¿Usted está ahí?
- Así es, Cabo. Quise ver con mis propios ojos qué clase de lunático se atrevía a bromear con el Ministerio. En este mismo momento acaban de subirlo a una ambulancia. Hizo muy bien su trabajo, Cabo, el individuo constituía una amenaza, sin ninguna duda. Tenía una túnica ensangrentada, me preguntó de quién sera esa sangre. Todo limpio y despejado por acá, Cabo.
- Señor, ¿quiere que lo ponga en contacto con el general Balmelli? El individuo dejó una dirección y mencionó algo acerca de una amenaza.
- Naa, no molestemos a Balmelli. La semana que viene llega el Presidente de los Estados Unidos y lo pusieron al frente de la seguridad por nuestro lado. No quiero agregarle más presión. Ya se están llevando al demente este. Grita como un hijo de puta. Cabo, quiero que borre la grabación de esta llamada. Seriamos el hazmerreír de las otras fuerzas si se enteran de que el ejército uruguayo descuidó la seguridad de la Nación por atender a un demente. Alguien peligroso, juzgar por las manchas de sangre de su túnica, un sedicioso, probablemente un integrante de alguna célula terrorista dormida. Que esto le sirve de lección, Cabo, la Nación nunca deja de estar en peligro por culpa de estas acciones disolutorias que buscan imponer ideologías ajenas al ser nacional. Corto y fuera, Cabo.
- Señor...
- ¿Qué?
- ...
- ¿Qué? ¡Hable!
- Nada, nada señor. Corto y fuera.
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