martes, 16 de octubre de 2018

La novela vacía 16

16/10/2018

pornografía

De pornógrafo.

1. f. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación.

2. f. Espectáculo, texto o producto audiovisual que utiliza la pornografía. Prohibieron la venta de pornografía en los quioscos.

3. f. Tratado acerca de la prostitución.
(Diccionario de la Real Academia Española)





Le tenemos miedo a la pornografía.

No me refiero a las películas o fotos que muestran en un primerísimo plano órganos sexuales penetrando o abarcando alguna parte de otro cuerpo.

Ante esa rama del showbizz básicamente hay dos actitudes: la de quienes consumen pornografía de forma habitual o consuetudinaria y la de quienes la condenan, persiguen, se persignan, etc. Creo que ambos toman como un dato del mundo real, pero secundario, este tipo de manifestación.

Descarto también la pornografía extrema o marginal: la pedofilia, la zoofilia, la necrofilia, la coprofilia y todas las otras parafilias que seguramente desconozco.

Me refiero a una pornografía que no soportan ni siquiera los propios pornógrafos.

La definición académica excluye esta acepción que pretendo incluir pero, se sabe, la Academia suele correr de atrás al lenguaje. Éste, que es arbitrario y dinámico, introduce nuevos significados a viejos significantes. Vinos nuevos en odres viejos.

Uno de ellos se refiere al pornfood. La pornografía de la comida. Anima los shows donde se convocan cocineros de distinto nivel.

La pornografía del lujo, por su parte, es la que está detrás de programas como "Ricos y famosos", la pornografía de la fama en los programas de chismes, etc.
Ninguna de estas obscenidades está contemplada en la definición tradicional de la Academia pues ésta se basa únicamente en el carácter sexual de la pornografía.
Y sin embargo, para un habitante de una chabola-favela-villa miseria-cantegril que mira un tipo comiendo un postre que cuesta miles de dólares pues incluye limaduras de oro, es igual de obsceno e inalcanzable que un par de cuerpos perfectos intercambiando fluidos para un gordo granuliento y maloliente.
El caso es que no todas las posibilidades prestadas a la pornografía por las modernas tecnologías están presentes en la definición lingüística tradicional.
Aún así, las pornografías del espectáculo mencionadas anteriormente son apenas un juego de niños, si se las compara con el carácter disgregador, destructivo, casi caníbal, de la pornografía del comportamiento que yace en todos nosotros.
H.G. Wells escribió un estado en apariencia ideal como el de ser invisible. Luego se ocupó de mostrar también las inconveniencias de ser completamente transparente. A mí se me ocurren solo las ventajas pero eso es porque soy opaco, la luz me refleja.
Imagino ahora lo contrario. Que ser transparente no fuera ninguna excepcionalidad sino la regla. Sin dispositivo alguno, solo corriendo las cortinas para mostrar ESOS pensamientos.
No conozco, salvo los manicomios,  lugar donde pueda sobrevivir la vida humana luego de dichas revelaciones.
La pornografía conductual, la exhibición obscena y sin cuidado de los pensamientos a medida que brotan, es incompatible con la sociedad.
Para el ELLO está el Superyó, creo, aunque mi conocimiento de la psicología sea cercano al cero y pueda estar diciendo una barbaridad.
Por ello no escribo sobre ciertas que poseo. No exhibo mis fetichismos (y podría ser interesante, me afectan de tal manera que no puedo escuchar música sin que intervengan, aportando imágenes que se mueven al ritmo de determinadas cadencias), no pongo en palabras mis experiencias marginales.
En suma, reprimo todo lo que de oscuro e inexplicable conozco en mí.
Lo cual, pienso a veces, no deja de ser una pérdida. 


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