domingo, 27 de diciembre de 2020

Consigna para taller de escritura de best sellers

 Hay que escribir la historia de Aurelia Lozano, española que desembarca en la Banda Oriental y colabora con la Cruzada Libertadora como amante del Brigadier Laureano Mendoza, estando este aún casado con Mercedes Castillos. De ese amorío nace el futuro presidente Niceto Mendoza, que participará en el Sitio Grande y, ya de anciano, en la Guerra de la Triple Alianza. Mendoza rescatará a Ñemumbuy Agarrapiré, una paraguaya de tez blanca ya que sus padres fueron hechos cautivos por los indios Pampa y traficados a los guaraníes. De ellos heredó el gusto por el turrón y cortarse una falange cada vez que muere un pariente.

Ya en Uruguay, a Niceto una fracción anarquista lo mata durante un acto en homenaje a Luisito Arroyo, el niño héroe de Cuñapirú, quien murió protegiendo a su majada de un ovejero alemán borracho. Viuda y anciana, Ñemumbuy dedica a la caridad pública sus últimos años y, como un eco de su propio pasado, rescata de la masa ingente de niño expósitos abandonados por el italiano Garómano, a una criatura a la que bautizará Oliverio Fernández, en homenaje al cabo argentino que luchó por parte de las tropas paraguayas.

Oliverio asiste al cambio de siglo y la transformación del antiguo país ganadero en una nación moderna cuyo principal rubro de exportación es la ganadería. Desde filas opositoras al gobierno centralista y modernizador de Don Alvaro García, antiguo funcionario administrativo de la Aduana a quien un oportuno enroque político le ha llevado a ocupar la Presidencia, organizará un ejército de desplazados por la modernización que sitiarán la capital durante meses. A pesar de haberse redactado el tratado que daría fin a los meses de penuria y hechos los arreglos para una Conferencia de Paz a la que asisten ambos caudillos, la guerra civil se intensifica ya que Oliverio es analfabeto y le resultará por lo tanto imposible firmar el acta de Alto al Fuego.

Durante los dos gobiernos de García el país progresa a pasos agigantados: se alambran los campos, se traza la caminería rural, se combate al abigeato, se introducen espías en el campamento principal del bando rival, se nacionaliza al tren que años antes los bolivianos habían instalado. Todo ello produce un cambio sustancial en la forma de llevar el ganado hasta los barcos para su traslado a Europa. Oliverio finalmente se rinde a la evidencia y acepta ser parte del gobierno de Eduardo Tralán, sucesor de García pero, movido por sus amoríos con Ana Galena, esposa de Tralán, da un golpe de estado.

Condenado a nivel continental, la dictadura enfrenta también a la intelectualidad nacional, siendo un punto de inflexión la lectura del poema “Aguerridos guerreros, la Patria os invoca”, de la Poetisa Nacional Alba Blanca de Moras. Los acontecimientos se precipitan. García muere de causas naturales durante una ingesta prodigiosa de ravioles y un gabinete de urgencia, manejado desde las sombras por facciones afines a Calígula nombran a Enrique Grosso como su sucesor.

Grosso implementa una feroz cacería de opositores, desatando una carnicería en las afueras de Montevideo, a las orillas del arroyo Carrasco. Mientras tanto, un movimiento clandestino de ciudadanos decididos a luchar contra su dictadura reúnen en Aceguá a los obreros de las curtiembres y, entre el hedor de las pieles de zorro, declaran la guerra a Grosso, iniciando la marcha hacia la Capital. Grosso, debilitado por el hundimiento del Imperio Romano, huye a refugiarse en Argentina bajo el asilo que le presta el General Juan Domingo Borges. No demorarán en producirse roces entre los dos caudillos, alimentados por la mutua envidia entre Eva Test y Ava Narda, amante de Grosso a quien conoció durante una visita del dictador al zoológico.

Mientras tanto, en Uruguay se constituye un gobierno civil de emergencia que llama a elecciones. El proceso previo a las elecciones está plagado de conspiraciones, prescripciones de partidos y personas, pero se llega por fin a la primera jornada electoral pos dictadura que es ganada por Lulio Morna, un político formado bajo la protección de Grosso que se revela como el gran ajedrecista electoral pues consigue vencer a su principal competidor, Washington Bermúdez, a quien todos veían como el próximo presidente, mediante un acuerdo celebrado con los militares. Estos aceptan mantener en prisión a Bermúdez hasta el triunfo de Morna, con la aquiescencia del líder de la tercera fuerza en disputa, “Dos Caras Finitas”, llamado así por su sinceridad.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Presentación de Mentira

El domingo 8 de noviembre participé por primera vez como autor en la presentación de un libro colectivo. Fue durante la Feria del Libro que armó la Cámara este año ocupado por la pandemia con el propósito, a medias oculto, de asistir a los escasos libreros sobrevivientes en la noble tarea de aligerar los bolsillos de algún visitante descuidado. Los últimos años la feria ya daba lástima, y más de una vez me había ido con las manos vacías, por más ganas que tuviera de comprar un libro. Demasiadas ofertas repetidas y el mismo fondo editorial que se podía encontrar en cualquier librería los doce meses del año. Las mesas de saldo, por otra parte, constituyen una experiencia de cuidado para el montón de anormales enviciados con esta manía de inventar historias. Son un recordatorio de lo vanidosos que debemos ser los escritores si se piensa que cada libro demanda atención, además de prometer el aporte de algo importante que agregar al conocimiento del mundo. Y las mesas de saldos muestran el destino final de esos intentos de una forma descarnada. Autores a los que ni siquiera en nuestros raptos más agudos de megalomanía soñamos en parecernos se apilan bajo carteles de "3 x 2", "rebusques", "los mejores a los mejores precios" y otras insultantes expresiones. Si así han acabado los mejores entonces qué arrepentido se siente uno de haber aceptado este oficio.

Mantuve con éxito esta excusa durante años, logrando ahuyentar el deseo de escribir. Pero desde hace unos años cedí a la tentación y me autoedité. Desde entonces alterno con seres que están tan mal de la cabeza como yo, algunos incluso han vendido sus textos a los editores y recibido premios. Uno de ellos, Casullo, a quien llamo en secreto el aqueo debido a  su barba homérica, convocó a una horda de escritores inéditos. El desafío era tramar anécdotas y exageraciones veraces con destino a una antología de título falaz: Mentira, como si la literatura no fuera otra cosa. Más tarde, impreso el libro en tiempo récord, volvió a convocar a sus hoplitas para enfrentar la presentación del título. El lugar del evento no se desarrollaría dentro de la feria ya que el área prevista para tales actividades estaba destinada ese día para la presentación en sociedad del último opus de una escritora multipremiada. A nosotros nos destinaron al limbo, al entrepiso ubicado entre la portería y el primer piso de oficinas, dentro del Palacio Salvo.

Dentro de la carpa solo dejaban entrar a quienes tuvieran tapabocas, previa toma de temperatura y depósito en las manos de un gel transparente como semen de anciano. Además había que esperar la salida de un número equivalente de personas al de las que querían entrar. Llego con bastante tiempo de anticipación, pero la fila todavía es demasiado larga y no me entusiasma la idea de que me eyacularan las manos. Prefiero tantear antes el terreno, por lo que cruzo la calle rumbo al Salvo. Lo primero que obtengo es que el portero, de cabeza afeitada y gestos demasiado enérgicos, vierta sobre mí la dudosa textura del alcohol en gel antes de dejarme subir al entrepiso. Frente a una escalinata ubicaron treinta sillas separadas entre sí a una distancia que alguien supuso segura en caso de estornudo. El pelado no se aparta de mí e insiste en que llegué demasiado temprano. Agradezco la obviedad pero por un instante temo que el hombre esté mintiendo, y que en este momento la ceremonia se esté celebrando en otro lugar del laberíntico edificio.

El pensamiento surgió sin motivo ni lógica, pero me angustia. Ya no estoy de tan buen ánimo pero deslizo un Rivotril bajo la lengua mientras desciendo hacia la calle. Afuera el aire está frío y el sol está ocultándose. La papilla del antipsicótico se disuelve y dispara burbujas de paz en el torrente sanguíneo. Disfruto con la anticipación del evento. Este es el mundo al que quiero pertenecer, me digo. Estoy dispuesto a bancarme la consuetudinaria falta de guita con tal de poder estar en la tribu, me prometo con emoción. Experimento una epifanía dentro de la cual todo encuentra su fruto: la soledad, los malos humores, las depresiones. Es una sensación tierna, similar a la voz de mi madre cuando yo era niño y su aliento limpio ahuyentaba los peligros del mundo.

La hora en el celular indica que es un buen momento para entrar. Mi voluntad es firme, la sonrisa preparada, estoy sintonizado con el universo, pero siempre algún elemento inesperado permanece fuera del radar, esperando por el momento en que su aparición sea más disruptiva. Esta vez se trata de Omar, el padrino de mi hija. Lo encuentro apenas doy la vuelta a un kiosco abandonado. Me espera  bajo la galería que pasa delante de la entrada.

Ramo a Omar. Somos dos caras de una misma persona y con nadie me siento tan a gusto como con él. Pero ese mismo afecto me pierde. Me convierto en su sombra, lo sigo y repito sus desastres. Incluso superándolo. El maldito quiere festejar este día y declama, mientras el resto de los participantes pasa camino al entrepiso, que su compadre va a ser homenajeado. Un día, jura elevando un brazo afilado por una mano coronado por un índice admonitorio, que será histórico, una presentación que envidiarán las futuras generaciones. Qué digo futuras, se corrige: las de ahora, sí, escúchame bien. ¿Por qué no? Que lo sepan bien estos caracagadas, porque este es mi hermanito, el mejor escritor del país y los que tienen que estar orgullosos son ellos. 

Creo que me sangra la lengua, tengo la boca llena de un líquido tibio, producto tal vez de las convulsiones que reprimo mientras saludo a la gente con una mano y con la otra trato de detener el torrente de elogios. Está pasado de algo, por lo general hace esas cosas cuando toma mucho alcohol acompañado de alguna otra cosita. Pero se da cuenta, demasiado tarde pero termina pidiendo disculpas a una cuadra de la entrada, lo más lejos que pude arrastrarlo. Mi pulso comienza a normalizarse. Escuchame anormal cómo te vas a poner a gritar esas bestialidades no ves que me estás dejando pegado, suelto en una sola exhalación.

Ahora estamos mejor. Luego de la despresurización compartimos la misma atmósfera aunque mi estado nirvánico anterior se haya apagado como el sol. El frío se apodera de la noche. Tengo biromes congeladas en lugar de huesos.

Vamos a entrar, le pido. No, antes vamos a hacer un finito, me exige y sin esperar respuesta enciende un porrito fino pero cargado con vaya a saber qué explosivo. Está bien, respondo aunque tenga mi cabeza centrada en lo que está sucediendo a una cuadra de distancia. Cedo con tal de no provocar otra alteración. Pero vamos a hacer una paulista o no llego, le ruego. Ah putito, ríe, todavía te acordás de la paulista.

Sí, no jodas, dale, dame, lo apuro, y me encuentro usando los fuelles de mis pulmones para acopiar un humo picante que duele. La jaula del costillar se expande como el buche de una paloma. Así es la paulista, un resabio de las viejas épocas cuando la marihuana era ilegal y escasa: el porro debe pasar rápido de boca en boca y los participantes tienen que aguantar lo más que puedan el humo dentro de los pulmones. De esa forma se aseguran de que el THC llegue hasta el último alvéolo y, en consecuencia, que pegue más.

Una tos repentina e inevitable suele ser la señal. Si los pulmones se asoman desde el fondo de la garganta es que uno está haciéndolo bien. Cuando termino, camino rígido como un juguete sobre el colchón de plumas en que se ha transformado la vereda y subo los turrones fijados al  suelo con barras de chocolate negro coronadas por una brillante barra de miel que guía mi mano.

Pero cometo un error equivalente al del montañista novato: mirar hacia abajo, darme cuenta de lo loco que estoy, y recibo de lleno al ataque de pánico. Tengo seca la garganta y galopa el corazón en lo que sin dudas es un infarto masivo al miocardio. Todavía me falta recorrer el salón antes de poder retorcerme tranquilo sobre el escalón detrás de las amplias espaldas de Casullo, quien en este momento comienza la introducción. Mi esfuerzo en ocultar mi ruinoso estado mental tiene consecuencias peligrosas. La palabra infarto retumba y el psicótico en crisis en que me he convertido decide que el infarto es real. Como además no me permito rodar por el suelo ni pedir auxilio me dejo llevar por la paranoia. Sospecho que todos en el salón se dieron cuenta pero disimulan y que cuando caiga muerto por el infarto –ahí está de vuelta la palabra- van a odiarme.

Por suerte al arquitecto del Salvo se le ocurrió que sería una buena idea colocar un baño en el entrepiso del edificio y me dirijo hacia su puerta en busca de paz, privacidad y agua para apagar mi garganta en llamas. Si tuviera un bombón o algo de azúcar sería perfecto. Tengo la presencia de ánimo suficiente para borbotear un “enseguida vengo”, dirigido a todos y a nadie en el salón, antes de abrir la puerta. Al entrar culeo sin querer a otro participante de la antología que se estaba jalando una línea apoyado sobre la pileta.

Nos conocemos, pero por suerte el tapabocas me oculta y no me reconoce. En un gesto tardío él también procede a taparse el rostro. Usa un barbijo inclusivo, de esos que tienen plástico sobre la zona de la boca. Como se ven los labios entonces las personas sordas pueden leerlos, aunque en su caso dudo que sea de ayuda. El plástico está demasiado empañado excepto donde muestra una nariz y una boca, demasiado grandes para las dimensiones de la pieza, aplastadas contra el plástico. Desde una fosa nasal desciende un hilo de moco con restos de cocaína incrustados. Una mascarilla común hubiera evitado la visión, pienso mientras busco un gabinete vacío donde refugiarme.

El único que tiene la puerta abierta está ocupado por Omar. ¿Me siguió hasta acá, llegó antes o estuvo a mi lado todo el tiempo? Me pregunta si estoy bien, por segunda o tercera vez esta tarde. Termina de subirse el cierre y extrae un frasco de colirio. Así es él, aporta tanto el problema como la solución. Lo imito y me pongo unas gotas para reducir la irritación ocular antes de volver a intentar el pasaje entre las sillas. En una está mi hija, a quien le pedí que fuera para sacar fotos del evento. Por suerte Casullo sigue hablando y no tengo que fingir. Me ubico detrás de él, donde me relajo contemplando los diseños en la camisa leñadora que cubre su espalda de rugbier.

Los colores en los cuadrados de la camisa son parecidos a una que tenía de niño. En cualquier momento va a llegar mi turno de explicar cómo nació la idea para mi cuento pero ya tengo algo preparado. La camisa me trae un recuerdo de la infancia. Estaba sentado sobre el cordón de la vereda y tenía muy pocos años. No puedo describirme porque en la calle no había un solo espejo pero era chico,  había pasado la mañana torturando hormigas y pequeños escarabajos con el brazo arrancado a un soldadito de plástico. Sentía las orejas tensas mientras lo hacía, como cuando los fantasmas acarician mi nuca en la oscuridad. Sabía que estaba haciendo una diablura, aunque todavía desconocía la noción de crueldad, esa práctica en la que los niños pequeños son perfectos ignorantes y mejores practicantes.

La calle estaba vacía, supongo que todo el mundo trabajaría a esa hora que ya no puedo precisar, cuando un hombre subió a la vereda rumbo a su casa o al trabajo. Iba a pasar cerca de mí en segundos y me empecé a inquietar. No quería ser descubierto junto a los bichos muertos entre mis pies. Fue entonces que, y hasta ahora no entiendo por qué lo hice, me di vuelta con el brazo del soldado entre mis dedos y lo extendí hacia el gigante. Mirá, le dije, le saqué un brazo. Ah, qué bien, te felicito, dijo el otro sin aminorar la marcha ni llamar a mi madre para que viera en qué clase de monstruo se había convertido su hijo.

Ahora llega el micrófono. Me lo pasa otro compañero de antología, un editor con quien nos peleamos en Facebook por opinar distinto sobre la última película de Aronofsky. No se acuerda o está siendo tan diplomático como yo. De todas formas pelearse por opiniones es un deporte al que las redes sociales nos han acostumbrado. El tema que une los diversos cuentos es la mentira, y explico a la concurrencia cómo fue que llegué al cuento. Les explico que viví con la mentira toda mi vida ya que mi madre era mitómana, aclaro que la mujer del cuento no tiene nada que ver con ella, revelo que también quise revisitar “A la deriva”, el cuento clásico de Quiroga. Durante mi exposición no miro a nadie. Llevo la mirada desde la camisa leñadora de Casullo hacia el suelo del entrepiso.

Es de color crema oscurecida por el tiempo, con pequeñas manchas negras en él. Millones de manchas que desde donde estoy podrían parecerse a hormigas si no fuera porque para eso necesitaría un cartoncito de ácido, y no un porro. La marihuana crea ilusiones, no alucinaciones. El ácido es tan potente que se lleva hasta el miedo. La marihuana en cambio lo añade como un miedo más al terror cotidiano. Le paso el micrófono a otra persona sin que las pulsaciones me hagan vomitar.

Qué cosas habrá sentido mi hija al escuchar a su padre hablar así de la abuela. Del cocainómano lo sabré por una foto que veré en las redes unos días después. Estoy hablando en ella mientras él, que se ubicó dos escalones arriba, me mira con el ceño fruncido de tal modo que el rostro poco agraciado parece el de un demonio. Tiemblo ahora que lo pienso, pero se parece mucho al gesto que ponía mi madre cuando estaba furiosa.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Navidad 2020

Mi madre es un objeto. Yace insepulta, momificada por los medicamentos, dentro de un nicho del cementerio. Aguarda mi rescate de los bichos y la oscuridad, que la lleve al fuego definitivo para transformarse en polvo, humo, abono. Por mi abandono, se levantó del sueño eterno y me maldijo.

Pasaré esta y las siguientes Navidades en soledad, como ella pasó las suyas, sola y llena de odio, luego que mi esposa la exiliara. Enloqueceré, los huecos abiertos por la encefalopatía me borrarán del mundo, de la misma manera que nosotros lo hicimos con ella. Solo yo puedo detenerla. Pero debo vengarla, si pretendo satisfacer su venganza.

Afuera de este lugar, que no abandono desde el último verano, las noticias son cada día peores. La llegada de diciembre, con sus tradicionales reuniones familiares, no ayuda, por cierto, pero de todas ellas solo hay una que debo desbaratar.

Fueron los demás, no yo, quien la abandonó, pero soy igual de culpable. Por temor al mismo castigo consentí, apoyé, aplaudí cuando mi mujer y su amiga dictaron la sentencia. Hubiera aplaudido cualquier cosa con tal de no quedarme solo en Navidad. De todas formas ella me dejó. Me concedió la libertad que se le da a un envase vacío.

Ahora la maldición de mi madre arrasa los restos de nuestro mundo, y solo hay una culpable. Esta será su última Navidad. Dentro de este paquete viaja el antídoto para disolver el veneno. El regalo, envuelto con primor a las cuatro de la madrugada, contiene apenas un papel. Nada más. Una hoja arrancada a un cuaderno con dos líneas escritas.

Dos frases, una de cinco palabras y otra de ocho. Sin signos de exclamación que puedan confundirse con un reproche, ni signos de interrogación. Por primera vez no tengo dudas.

Las palabras crean, sanan, enferman. Matan. Solo hay que saber cuáles usar. Tener la voluntad y la perseverancia de seguir vivo pese de todo. Confiando en que tanto libro leído, tanto ejercicio con el lápiz, llevará un día a descubrir la combinación que abre el desastre, llama a la desgracia, convoca al vacío.

La idea llegó mientras leía la Biblia. Nada en ella está puesto al azar, pues ha sido inspirada por el Espíritu. Entonces, si el Espíritu habitó sus escribas, fue porque aquellos velaron su retorno. Renunciaron al tiempo mundano e hicieron los sacrificios personales necesarios.

Desde que me impuse esa meta abandoné toda mentira, todo vicio, toda tentación que excediera la mera subsistencia. Dejé de fingir.

Cuando mi ex volvía a la desbaratada casa familiar, agregaba una capa extra de odio a su historial. Le revolvían el estómago las motas gigantes de polvo oscureciendo los rincones, el polvo depositado sobre los muebles emblanquecidos, la loza ennegrecida del baño.

Por más que se lo explicara, no podía entenderlo. En este nuevo camino las cosas externas a mí son espejismos, trucos apenas. Descubrí que la mugre es el estado natural de las cosas.

El primero en morir fue el perro, pobre compañero. Robó dos milanesas que había dejado sobre la mesada, listas para freír. Cuando me levanté del escritorio para prepararme la cena, y vi que en el plato solo quedaban unas pocas motas de pan rallado, enfurecí. Para entonces mis estudios estaban bastante avanzados, aunque no lo suficiente para afectar a un ser humano, quienes oponen más resistencia. Pero había llegado a un grado tan sutilmente poderoso que, para una mente más simple, como la de una mascota, podía hacerle mucho daño.

Jamás tuve intención de matarlo. La prueba iba a hacerse sobre algún chucho callejero. Pero la investigación lleva mucha energía y, por el contrario, deja un hambre de gigante. La frustración me cegó. Dije las palabras correctas, en el orden de sucesión adecuado, sobre el animal equivocado.

Al escucharlas bajó las orejas y, enseguida, cayó de costado. Temblaba. Solo eso, durante un minuto o dos, lo suficiente para sentirme poderoso y maldito, todo al mismo tiempo. Luego murió, liberado de esa túnica dolorosa que le había impuesto.

Los viejos son otros a los que se les puede aplicar las palabras, con un suceso relativamente fácil. Están hartos. A los que no se les ha muerto algún hijo los ha dejado un amigo. Renunciaron al amor, y el recuerdo de este se transforma en una de tantas posibilidades crueles que la vida guarda para nosotros.

Reciben las palabras con agradecimiento. Es la lógica de la vida, deben ser partes naturales del exterior que encuentro cada día más lejano, como si toda mi vida hubiera sido una narración, como me dijo una vez un abuelo que liberé, y es entonces natural que ese cuento termine con una frase, supongo.

Una combinación de sonidos personalizada, lista desde el principio de los tiempos, cuando es un desencadenante cuyo principio desconozco, pero cuya naturaleza es facilitar lo inevitable.  Mi único orgullo, en todo caso, es haber encontrado la forma de quitar el tiempo agónico entre ellos y la muerte que, ella sí, no falla.

Perfeccioné mi don conociendo los internados en el hogar de ancianos donde metimos a mi madre. La mayoría padecía de su mismo mal, con mínimas variaciones en la gradación del Alzheimer o la demencia senil. Unos pocos padecían la soledad, no tenían familia activa, según mi definición: sus hijos y nietos los habían dejado allí.

La muerte visitaba el lugar tan a menudo que impregnaba el aire. Era otra cifra, como mis palabras, compuesta por el olor a desinfectante, pañales geriátricos repletos, alientos pútridos y un olor que solo se podía encontrar entre los sillones de la sala de estar, donde colocaban a los viejos luego de levantarlos. Pasaban el día frente a una televisión clavada en un canal mal sintonizado. El audio de la transmisión tampoco se escuchaba bien, en su lugar se escuchaba un zumbido continuo, como la onda cerebral de un fallecido. La coherencia me provocaba escalofríos.

Yo usaba las continuas visitas a mi madre para comprobar mis avances. Los que tenían Alzheimer ya no podían comprender lo qué les decía, pero bastaba el sonido de las palabras, discretamente susurrado, para que no pasaran de esa noche. Debía cuidarme de las enfermeras, si se enteraban que estaba cerrándoles sus fuentes de trabajo de seguro me prohibirían las visitas o, peor, echarían a mi madre.

Pobre mi madre. Su mundo se había reducido a una vieja casa adaptada, donde dormían de a tres por habitación, y a las visitas de su hijo, más interesado en jugar al ángel que en verla. A ella no me atrevía todavía a liberarla. Mientras ella siguiera viva, yo recibiría su pensión, una mísera suma con la que pagaba su asilo y usaba el resto para mantener mis gastos, mínimos, sin un trabajo que me hiciera descuidar mi camino.

Uno de los efectos más sorprendentes, provocados por la internación en el asilo, fue que a los pocos días mi madre perdió el color en sus pupilas. Por otra parte, era un alivio para mí saber que dentro de esa estatua muda y ciega abundaba el vacío, desde que su enfermedad le negaba toda posibilidad de sentir ningún rasgo del mundo más allá de su cuerpo.

Pero me equivocaba. Mi madre rezumaba dolor. De una forma inexplicable, pues el dolor nace en la memoria. Esa tarde, hizo un gesto inesperado. Estábamos los dos callados, yo mirando y recordando y ella con su mirada inútil ubicada hacia un punto indefinido del vacío cuando le escuché gemir. Iba a llamar una enfermera cuando, sin que me diera cuenta, depositó una mano huesuda sobre mi brazo y lo agarró con fuerza de águila.

Las madres no dejan de enseñarnos, ni dejan del todo a sus hijos. Ese es un hecho. Esa tarde, aprendí que yo era un chapucero. Un aprendiz que todavía necesitaba usar palabras. Esa tarde, mi madre, con su cerebro apolillado, a través de su garra, me transmitió todo el abandono y la tristeza vivida durante los últimos quince años.

Ese día descubrí, a través del dolor, que las palabras nutren, pueden alargar la vida. El contacto obligado con su piel estaba debilitándome, convirtiéndome en un anciano más. Mientras, afuera estaba soleado y atardecía. El residencial tenía un pequeño parque, un antiguo baldío arreglado. Los pájaros en sus ramas despertaron viejas imágenes. Los árboles frutales en la granja de mi abuelo, el aroma de los naranjos florecidos, el tibio ácido dulce inundando mi boca pequeña, la risa joven de mis padres. Supongo que eso fue lo que me salvó. La memoria y mi largo período de práctica. Improvisé, la desesperación me empujó a ser imprudente y elaboré, allí mismo, la secuencia que rompió el lazo con que mi madre me tenía atrapado.

Es el momento, razoné. Usé mis palabras, las otras, sobre mamá. Ella aflojó su presión sobre mi brazo y abrió la boca, despegando con dificultad los labios sellados por la piel reseca, mientras se echaba para atrás en la silla. Luego murió, aliviada, liberada por fin de su arnés invisible.

Mañana será Navidad, y mi familia recibirá como un regalo la noticia. Mi madre descansará en paz y yo habré cumplido con mi palabra, la promesa que hice en secreto cuando alzábamos las copas en la casa de mi ex, y yo brindaba porque llegara el momento en que la viera sufrir.

Demos gracias por esa noche y también por la de mañana, cuando todo el mundo brinde para ser mejor.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...