viernes, 21 de junio de 2019
Recuerdos de familia
Mi pobre tía Clotilde, Dios la tenga en su gloria, era un pan de Dios,
valga la redundancia; pero me acuerdo de escuchar a los adultos de la
familia decir de ella que padecía de algo llamado ninfomanía que, debido
al respeto que aún le tengo a quien inició a toda la gurisada de la
familia en el sexo, jamás quise averigüar a qué se referían exactamente.
miércoles, 5 de junio de 2019
Memo
I
Lucio Raúl Medina espera hasta que todos se hayan ido a la capital. Dispone de una ventana, o mejor dicho, dos. Por la primera ve pasar al ómnibus con su mujer y los hijos. La nena es la única que lo saluda, Marcelo el mayorcito en cambio no levanta la vista, continúa siendo acaparado por el celular, igual que todos los días, desde que encontró su asiento en el ómnibus. Severina apenas lo saluda con un tímido movimiento de la cabeza, mientras intenta que la hija no se le caiga de la falda. La distancia entre el pueblo y la capital determina el ancho de la segunda ventana, la temporal. Es el plazo que dispone para llevar a cabo su propósito sin que nadie de la familia se lo impida.
El perro está echado bajo la mesa, vencido por el calor y las emociones fuertes de la mañana. Tiene la lengua estirada como si viniera de correr, aunque no se haya movido ni siquiera cuando pasó el carro del lechero. No lo sabe, pero su vida está a punto de cambiar.
Fuera, el mormazo anula todo matiz en el color de los árboles y las casas. La tierra colorada de las calles hoy es otro elemento más de la bola incandescente en que se ha convertido el mundo.
Medina vuelve a la casa pero ni se molesta en abrir el almacén. Abre la puerta del fondo y el sol enfurecido se clava sobre Jesús que
no suelta el corazón sangrante extraído desde el pecho abierto. El
vidrio que recubre la pintura devuelve la luz y molesta al hombre durante el breve instante que le toma llegar a la cocina. Allí se agacha y llama al perro refugiado bajo la mesa. El animal apenas emite un gemido corto y esconde el hocico entre las
patas delanteras. El hombre insiste con una sucesión cada vez más acelerada de palabras, estúpidas hasta para un perro, de tan falsas que suenan. Por fin, pierde la paciencia y vuelve a su posición de homo erectus. Al recuperar la posición encuentra la solución. Está sobre la mesa, donde la dejó cuando todavía era un problema y la causa de los griteríos con la mujer. Toma el recipiente de plástico lleno hasta el borde con anchoas y pedazos de vidrio y extrae con mucho cuidado una larga y resbaladiza tira escamada.
La arroja en un punto intermedio, a medio camino entre el rincón bajo la mesa y el alcance máximo de sus brazos. El perro acepta la recompensa. Quizás la comida está servida, o lo perdonaron y van a dejarlo salir, intuye. Se deja rodear el cuello con una cuerda mientras sigue masticando la anchoa y mueve la cola con alegría. Luego ambos se suben a la camioneta que esta vez arranca al primer intento.
Tres cuadras más allá el aire trae el aroma de una hembra en celo, otra cuadra y el aire se llena del olor picante de un gallinero. Las palmeras huelen a flores en las afueras del pueblo, al lado de los muros blancos del cuartel, desde donde una mezcla indistinguible de sudor, orina y sangre se mezcla con la obscena potencia del destino. Pero la camioneta no se detiene y se aleja hacia un monte de eucaliptos, lejos de los suburbios. La alta pared de árboles huele de una forma urgente, y por primera vez el perro se inquieta.
Bajan del vehículo y caminan hasta pasar la barrera mentolada del monte. Ante uno de ellos el hombre calcula la distancia entre el perro y las ramas más bajas de los árboles, lamentando no haber traído una cuerda más larga.
Luego descienden hacia la barrera de arbustos de olores oscuros, apenas visibles desde la carretera. Las dos líneas de hierro oxidado emboscadas por los matorrales se juntan en un punto lejano del horizonte. No es frecuente que pasen trenes por esas vías, lo que ha favorecido la aparición de pequeños basurales alimentados por la gente. Bolsas, electrodomésticos, fierros viejos han taponeado la cañada seca hasta transformarla en un recuerdo que solo los más viejos mantienen.
El hombre ata al perro al arbusto más alto que encuentra. No lo cuelga porque la madera es débil pero lo deja con un tiro de cuerda corto, lo suficiente para inmovilizarlo sobre los durmientes del tren que, a diferencia del entorno, permanecen libres de basura. Luego se va, insatisfecho, inseguro, preguntándose si no dejó algún detalle suelto.
Cuando el perro trata de seguirlo es tirado hacia atrás por la cuerda y es entonces, por primera vez, cuando entiende lo que ha pasado. Comienza a aullar. Ladra hasta enronquecer. Forcejea hasta el borde de la asfixia con el nudo grueso como un puño.
La basura alrededor de las vías ha creado un mundo paralelo, con su propia fauna. Pululan cucarachas, ratas. Ruidosos nubarrones compuestos por miles de moscas gusaneras, mares de gusanos blanduzcos agusanados apilados bajo la tierra, exhalaciones de mariposas sobrevolando incoherentes la porquería.
Y luego están las jaurías.
Remolinos de dientes y garras que alguna vez fueron perros de familia y recorrieron el mismo camino del perro atado, regalado al niño de la casa cuando ambos eran cachorros y que por ello jamás vio un animal salvaje. Allá en la casa a veces llegaban los aullidos mezclados junto al griterío de gallinas y algún escopetazo. Los sonidos lo empujaban con la cola entre las patas dentro de la casa, hacia la seguridad de los muros y la compañía de los humanos. Desde allí ladraba y los humanos le pasaban la mano por el lomo, divertidos por la fiereza de la mascota.
Remolinos de dientes y garras que alguna vez fueron perros de familia y recorrieron el mismo camino del perro atado, regalado al niño de la casa cuando ambos eran cachorros y que por ello jamás vio un animal salvaje. Allá en la casa a veces llegaban los aullidos mezclados junto al griterío de gallinas y algún escopetazo. Los sonidos lo empujaban con la cola entre las patas dentro de la casa, hacia la seguridad de los muros y la compañía de los humanos. Desde allí ladraba y los humanos le pasaban la mano por el lomo, divertidos por la fiereza de la mascota.
Ese es el ruido que ahora crece desde un costado de la vía, reconoce mientras los pelos del lomo se le encrespan, aproximándose al arbusto al que está atado. Muerde la cuerda con desesperación, pero las piezas de orfebrería que lleva en la boca fueron hechas para moler hueso, no para cortar el cáñamo de la cuerda con la rapidez necesaria.
El piso empieza a temblar. El perro ha vivido antes esta infeliz unión de las desgracias. De cachorro rompió un almohadón el mismo día que al dueño lo despidieron de un trabajo. Otra vez meó la cama matrimonial cuando a su ama un tipo le robó el monedero en la capital. Si no estuviera aterrado, la intuición le diría que las vías han resucitado y que, por el lado opuesto al que se acerca la jauría, se aproxima un tren. Uno no muy grande, pero suficiente para esparcirlo por las vías.
El nudo está dentro de la fronda, por lo que los esfuerzos se han concentrado sobre la mitad de la cuerda. Ha logrado cortar a dentelladas con la mayoría de los hilos trenzados pero todavía quedan demasiados. La jauría de callejeros se ha detenido a poca distancia y observan sus esfuerzos en silencio. El líder de la jauría es un viejo ovejero. Le cruza el morro una vieja cicatriz distinguible desde donde está el perro, quien detiene el trabajo sobre la cuerda y salva con la mirada los escasos metros que lo separan del grupo de perros hambrientos, costillares casi al viento, miradas fijas en algo que está más allá, detrás de él.
Esos segundos de distracción le bastan para cortar los últimos hilos y lanzarse sin mirar hacia las vías. No ve el tren cortando el aire apenas un segundo después, corre sin mirar hacia el campo abierto, sin enterarse de la pared metálica interpuesta entre la jauría y él.
Continúa corriendo, se aleja del poblado, se detiene cuando siente el corazón asomándose por la garganta. Conoce por primera vez las alturas de las serranías serranía, la profundidad de las cañadas casi secas en esta época del año. Vaga durante días, intuye que ya no habrá ningún humano que le alcance la comida, es más, aprende a evitarlos las pocas veces que se cruza con ellos en la solitaria penuria por la que pasa. La comida no llega y Memo se agrieta. La capa exterior se resquebraja y cae, dejando salir antepasados olvidados hace miles de años. El perro juguetón vuelve al salvajismo. Cruza la línea cuando está tan flaco que si no destruye algo vivo, muere. Esa tarde alcanza a otro animal, un ratón de campo, para algo más que jugar.
El cuerpo pequeño es fibroso y lleno de jugos. La carne es tibia y vibrante. Los pequeños huesos acarician el paladar al quebrarse.
II
Lucio Raúl Medina se da cuenta: la situación no mejora. En un momento llegó a pensar que solucionaba un problema librándose del perro.
Se equivocaba. Dentro de la casa, encastrados como si fueran parte de las maderas con que está echa la estantería del almacén, los verdaderos problemas siguieron.
Primero fue el cierre del molino. La comida que preparaba su mujer durante toda la mañana dejó de tener clientes. Luego las deudas se acumularon y Severina volvió a quedar embarazada. Está en el sexto mes ahora y Lucio sabe que el negocio no va a durar tres meses más. Para cuando llegue la nueva boca será un desocupado más.
Si vendiera deudas, se ríe con amargura, sería un éxito. Siente que es el único fracasado del pueblo, tiene las noches ocupadas pensando en cómo salvar aunque más no sea el honor.
Pero sabe que jamás se animaría.
Una tarde ociosa, como tantas desde que el vecindario terminó de empobrecerse, se detiene una vieja camioneta despintada y maloliente. Desde el almacén Lucio ve bajar a sus ocupantes y se pregunta, una vez más, si no lo está jodiendo alguna entidad superior.
La pareja recién llegada está configurada como una versión distorsionada de Laurel y Hardy. El flaco comanda el dúo, eso lo ve desde el mostrador, pero es el gordo quien llama la atención con su boca siempre abierta y babeante.
El flaco saluda con una voz chillona que el gordo secunda en un primitivo remedo.
-Buenas, buenas, vecino. Pasábamos por el pueblo, estamos recorriendo la zona. Somos vendedores de las golosinas San Diego, usted seguramente las conoce. De todos los negocios hemos elegido el suyo como cabeza de puente de nuestra campaña.
Lucio mira al flaco, luego al gordo y vuelve al flaco sin percibir, en el fondo, ninguna diferencia apreciable entre ambos.
"De todos los negocios", dijo el otro. Aún sin tomar en cuenta las manchas oscuras alrededor de la bragueta o el brusco tono semisalvaje con que pronunció palabras que le son tan evidentemente ajenas -"cabeza de puente" mandó la bestia-, a cualquier individuo sano le tomaría menos de un segundo darse cuenta del estado terminal de su negocio, a juzgar por la desolación de los estantes.
-Le agradezco pero paso- se molesta en contestar-estamos comprando lo mínimo, se vende poco y nada, para serle sincero.
Si fuera suficientemente sincero, piensa, ya estaría buscando trabajo como peón. Pero no quiere darle ese gusto a los vecinos ni el consiguiente disgusto a Severina.
El flaco insiste, habla de sabores insólitos.
-Quizás no me expliqué bien, y en ese caso ofrezco mis más sinceras disculpas. La empresa San Dios, que con honor represento, ofrece una paleta infinita de posibilidades. Piense usted en los niños, nuestro segmento preferido. Recuerde su infancia. La sorpresa anticipada ante las circunferencias multicolores de las paletas. Qué poco importaba la insatisfacción posterior al constatar que aquellas eran poco más que azúcar pura, consolidada y colorida con distintas anilinas. La promesa recobra su fuerza ante la visión de cada artículo, caballero.
-Le repito que no estamos comprando.-repite Lucio y no tarda en sospechar que, por alguna razón que no llega a entender, está siendo objeto de estudio por parte del gordo. La idea lo intranquiliza. El flaco insiste y eso solo empeora la situación, se da cuenta de que no existe ninguna golosina.
Vuelve la desilusión infantil, el contraste mediocre del azúcar sin atenuantes frente a la promesa del rojo frutilla, del verde menta, del blanco coco. Pero esta vez la golosina se hizo carne y está mirando el interior de la casa, detrás de la puerta por la que se sale del almacén.
-Bueno, bueno.-interrumpe con cierta agresividad.-Tampoco tengo toda la mañana-miente-ya le dije: no estamos comprando nada más que lo necesario.
Es entonces cuando Severina irrumpe en la escena. Trae a Lucía, la nena, de una mano mientras en la otra lleva un billete. Ambas pasan al lado de los hombres. Lucía ya está lo suficientemente crecida para hacer los mandados. Para humillarme, piensa Lucio.
Es culpa de Severina. Qué necesidad tiene de mandarla a comprar en el almacén de Eguren. Pero lo hace a propósito. Quiere verme hocicar. Nunca quiso que me independizara. Quiere que sea obrero o peón, así por lo menos tenemos plata segura a fin de mes. Por poco que sea, un sueldo es mejor que andar dependiendo de los vecinos, dijo.
Poca cabeza, piensa Lucio, pero ahora solo quiere deshacerse de los forasteros, y no tiene mejor idea que mandarlos a lo de Eguren.
-Mire que me dijeron que necesita hacer reposición.- le asegura al flaco cuando este deja de mirar a las mujeres y vuelve la cabeza.
-De ser así-dice este-no le quitaré un momento más de su tiempo, caballero. Espero volver. Con toda seguridad su política empresarial es temporal, víctima indirecta de la sequía generalizada.
-Sí, seguro. Es por la sequía.-afirma Lucio como si fuera el otro quien necesitara consuelo, como si los próximos meses pendieran amenazantes sobre su cabeza o la del gordo, quien tarda unos segundos más que su compañero en darse vuelta y caminar hacia la camioneta.
-Severina-llama-¿ya salió Lucía?
-No-responde la otra, esperando en cualquier momento el insulto.
En su lugar, Lucio abre el cajón semivacío de la registradora y se auto roba un billete.
-Decile que traiga un paquete de yerba, también. Acá se nos terminó.
III
El camión no tuvo chance de evitar el choque. La camioneta salió a la ruta demasiado rápido, como si el conductor estuviera apurado por llegar a algún lado.
Quedó partida en dos. Bacigalupi apenas puede retener el almuerzo al ver los cuerpos molidos entre la chapa apretujada.
-Comisario. El conductor del camión tiene heridas leves- le informa Alzugaray reprimiendo un eructo con aroma a café -pero no sé cómo vamos a hacer para identificar a los otros.
-Llamá a los bomberos de San Antonio. Ellos tienen la maquinaria necesaria para cortar carrocería.-ordena.
Y van a tener que trabajar unas cuantas horas antes de poder reunir los pedazos, piensa. Evita volver la mirada sobre la parte delantera del vehículo, un sangriento caos de carne y hueso. El interior de la camioneta cerrada explotó, revelando su contenido en un radio equivalente al de una pequeña casa. La energía desplegada durante el choque la abrió como a una lata de sardinas. Su contenido contamina la ruta.
Pero no hay sardinas, por cierto, pero sí pequeños esqueletos, ropa infantil manchada con sustancias horripilantes que los exámenes descubrirán, juguetes que alguna vez sirvieron como cebo.
Y una cadenita que Bacigalupi reconoce. La compró él mismo en la Capital, para una niña recién nacida cuya madre alguna vez fue su amante, antes de casarse con el imbécil del pueblo. La vida, pensó entonces mientras entregaba la tarjeta de crédito a la empleada de la joyería, permite estas pequeñas revanchas. El collarcito trenzaba minúsculos eslabones de oro, ligeros como un beso robado. La cadenita sostenía un diminuto árbol de la vida que a Bacigalupi, lo había leido, le permitía alimentar la esperanza de que todo estaba unido, que aún existía la salvación, que por debajo del terreno, ocultas, se nutre el mundo de la savia secreta del amor.
Es entonces cuando una mano de gigante lo toma por la nuca y lo dobla sobre el pavimento. Sus propios subordinados ven cuando comienza a largar el almuerzo y apartan la mirada por respeto, con cierta verguenza ajena, como si eso fuera lo peor que pudiera pasar. No saben que en ese momento lo único que le interesa a Bacigalupi es morir. Ya mismo, de la forma más rápida.
Pero se repone. Aunque podría sacar su revólver y volarse los sesos se incorpora, sacude la tierra de su pantalón y sube a la patrulla sin que nadie se atreva a preguntarle cómo se siente, igual que si fuera un borracho.
IV
Para cuando llega el invierno, Memo se adaptó al monte y a la vida silvestre. Nadie puede decir que ese fue alguna vez un perro mimado, tibio. Si se acerca a los poblados o a las chacras es para robar gallinas. En la campiña ha encontrado otros perros abandonados y con todos ha podido. Los otros están todavía débiles por el abandono, envejecidos por la vida silvestre o son perdedores, como los paisanos que los dejaron librados a su suerte para no tener que alimentar una boca más. Se rinde ante Memo echándose sobre el lomo, ofreciéndole la panza en señal de sumisión. El perro los perdona.
Por la sequía el agua escasea, cuando la encuentra la engulle con desesperación. La sequía demora en irse el primer año. El campo amarillea por la seca. Los pastos se vuelven quebradizos y no alcanzan para alimentar el ganado. Mueren muchos animales y en aquella pobreza generalizada el perro prospera. La carne en distintos grados de podredumbre abunda. Los trozos de carniza agusanada resultan ser un manjar.
Gracias a esos restos miserables Memo crece en fuerza y tamaño. Cuando llega el invierno ha crecido lo suficiente para que los demás prefieran no enfrentarlo. Un día se acerca al pueblo. Ahora son las jaurías las que deben cuidarse de ese animal solitario. Se aquerencia entre las chapas de una heladera abandonada junto a las vías. Allí guarda lo sabroso y lo curioso. Guarda huesos a medio roer junto a un leño que usa para engañar el hambre cuando la comida escasea.
Ningún humano baja hasta allí. Los regalos del mundo exterior vuelan por el aire y aterrizan a metros de la entrada a su guarida.
Excepto una tarde.
Dos hombres para una camioneta y luego bajan cargando un pequeño bulto envuelto. Lo depositan con cuidado entre los arbustos. El perro les deja invadir su espacio -cada uno lleva un tronco largo en cuyo extremo un rectángulo metálico brilla bajo el sol-, paralizado por un aroma cargado de oscuridad que emana del dúo. Usan los troncos para abrir la tierra y depositan allí el bulto, antes de subir en silencio al vehículo y desaparecer.
El perro espera. Cuando está seguro sale de la heladera y escarba el terreno donde trabajaron los hombres. Se encuentra con una tela dura, el cilindro oculta algo que el fino olfato del perro identifica. Es comida. Los hombres ocultaron comida dentro de la tela asegurada por dos cordones para que no se abra. Pero las piolas no son obstáculo para las quijadas endurecidas del animal. Pasa parte del día abriendo el inesperado obsequio, llega a su interior y encuentra un manantial de aromas. Está el conocido aroma de la carne en el inicio de la descomposición junto a otros más sutiles, que por alguna razón le despiertan imágenes de almohadones, ropa tendida, humanos reunidos alrededor de una mesa.
La primera dentellada le endulza la boca. Aquella no es la carne reseca de sus víctimas y tampoco tiene el sabor desvaído de los animales muertos hace días. Mantiene un matiz que el perro no alcanza a distinguir. La carne cede entre sus mandíbulas, un estallido de sangre desborda las quijadas, los huesos no resisten la presión de los músculos malares. Vuelve atontado a la guarida. Antes, se preocupó de ocultar bajo tierra el lugar con la ayuda de las patas traseras. Ahora la saciedad despierta un sueño insólito, se tira vencido entre los plásticos blancos de la heladera.
Se duerme. Llega la noche y con ella los otros perros, atraídos por el olor a carne fresca. Resiste la defensa durante varios ataques. No cede ningún frente. Cuando vuelve a quedar solo trota hasta el tesoro escondido y come un poco más. La carne ya no guarda recuerdos, es solo una materia débil, maloliente y excitante. Devora el manjar como si fuera la última comida. Ladea la cabeza para mejorar la presión sobre un nudo apretado de hueso, tendones y músculos. La articulación se parte, la extremidad se desgarra en dos partes. El animal dedica su atención a la parte que quedó suelta, dura en el extremo que la unía al cuerpo y blanda en el otro lado, donde están los dedos.
Regresa a la heladera más saciado que unos horas atrás. Duele el abdomen cuando está tan cargado. Es un dolor feliz, tranquilizador, hipnótico. Lo último que ve, antes de apagarse, es el ojo radioactivo de la luna, sobre las copas altas de los árboles, duplicándose sobre la superficie redonda de los ojos, exactamente igual a como lo hace en estos momentos sobre las esferas satisfechas de tigres, coyotes, lobos, leones, hienas. Como lo hizo siempre, desde el principio de los tiempos.
Sueña que corre sobre tela y madera lustrada. Un bosque de piedras rectas se interpone entre el exterior y él. De a ratos una mano gigante lo agarra y trata de hacerle beber de un círculo lleno de agua. La mano recorre su lomo y de tan poderosa él se deja hacer. El perro se queja entredormido, como si llorara. Las voces se engrosan, se multiplican en distintos tonos, ya no están dentro del sueño. El perro se despierta con el lomo erizado. El día apenas comenzó y el sol ya convierte en llagas la tierra empobrecida. Hay humanos sobre la carretera, allá arriba. Repiten sonidos, como si fueran una jauría decidida. Pero no hay amenaza en sus voces. Tienen miedo.
El perro abandona su escondite y se acerca a la procesión. Los humanos ejecutan una extraña forma para desplazarse. No caminan rectos y decididos sino que se entrecruzan entre ellos, rumbo al borde del camino y una vez allí vuelven al centro del camino, desde donde repiten la rutina.
El animal se tiende a la vera del camino y se quita los restos resecos del banquete de las patas. Mientras, disfruta del espectáculo. Los humanos se mueven del mismo modo que lo hacen los animales entrampados. De pronto, en el medio del improvisado salón de danza, el perro ve un fantasma. O dos. Uno es el suyo propio, más pequeño. El otro es un humano pero no ese, que ya alcanza la altura de un adulto, sino una versión más blanda y despreocupada. Juegan los dos fantasmas, como cuando eran pequeños, y la desgracia no los había manchado.
Se incorpora y ladra. Corre a su lado, como antes. Se tira sobre el pavimento caliente para que le rasque la panza. Solo entonces Marcelo reconoce a Memo, el olvidado. Memo, la pena menor comparado con el horror que ahora mueve al mundo. Memo el fugitivo, como dijo su padre con una pena adecuada.
-¡Memo!- exclama entre lágrimas. -¿Dónde estabas?- le pregunta, como si el perro pudiera hablarle de la jauría y del tren, de los montes oscuros al mediodía, de la noche estrellada llena de sonidos, de todas las cosas que ha conocido y comido.
La comida. Marcelo, el humano, debe conocer su guarida. Le agarra el borde de la ropa para arrastrarlo a la cañada. El joven se resiste al ver la pequeña selva de matorrales y basura donde el perro ha estado viviendo.
Encuentra una cuerda y se la pasa por el cuello al asombrado animal que, sin resistirse, deja que Marcelo lo aleje del otro mundo y lo reintegre a éste, el de las comidas limpias y agua a toda hora. Memo se une así a la danza que, no tiene cómo saberlo, es la búsqueda que los humanos realizan en honor a Lucía, la hija de Almeida, desaparecida el día anterior.
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