El
escote y la criatura luchaban por llamar mi atención. La
enfermera se inclinaba mientras buscaba el cuarto donde estaba mi amigo,
acción por la cual sus reconfortantes senos empujaban el liviano uniforme
veraniego. La criatura en la televisión, filmada por el celular de un testigo, no
parecía interesarle a nadie, en la sala de espera.
-¿Mario Abdola?- preguntó la boca rojiza. -Cuarto 203, segundo piso.- precisó mientras volvía a poner la ficha. Le divertía la situación. La delató el brillo en sus ojos.
Le agradecí y me alejé del mostrador rumbo al ascensor. Luego que salí del ascensor caminé por un corredor. Las imágenes cesaron cuando llegué ante el número dorado. Dentro, pensaba entonces, sorprenderé a mi amigo, que no espera mi visita.
-¿Mario Abdola?- preguntó la boca rojiza. -Cuarto 203, segundo piso.- precisó mientras volvía a poner la ficha. Le divertía la situación. La delató el brillo en sus ojos.
Le agradecí y me alejé del mostrador rumbo al ascensor. Luego que salí del ascensor caminé por un corredor. Las imágenes cesaron cuando llegué ante el número dorado. Dentro, pensaba entonces, sorprenderé a mi amigo, que no espera mi visita.
Con
Mario crecimos juntos, casa de por medio, hasta que me mudé. Nos volvimos a
cruzar en el patio de la Facultad, esperando para entrar a clase. Sus padres,
contó luego, murieron en un accidente cuando volvían de sus vacaciones. Me
salvé porque iba atrás con el cinturón puesto, dijo, pero vi sus cabezas cruzar
el parabrisas. Juntos. Luego todo se puso rojo.
Aunque
abandoné los estudios luego de ese semestre, cuando entré a trabajar, nunca
dejamos de vernos. La reunión semanal de amigos en el bar se volvió sagrada. Y
Marito no fallaba aunque estuviera tapado de trabajo. Excepto en la última, cuando
me enteré que estaba internado. Antonio el Mudo, aunque no pudo decirme qué le
pasaba, aportó que los médicos no estaban muy entusiasmados. Tenía que saber
qué le pasaba.
Qué
le pasa a esta gente, me pregunté mientras me deslizaba por los corredores del
hospital. Un fuerte murmullo de fondo inundaba los pasillos.
La
pieza donde lo tenían parecía un laboratorio. Una vía le entraba al brazo
izquierdo, cinco electrodos se repartían el pecho y otro dos tiraban un par de
cables desde su cabeza hasta uno de los tres monitores ubicados detrás de la
cama. En la pantalla, tres líneas de distinto color corrían sobre una
superficie cuadriculada.
Sus
facciones espantaban. La piel se hundía en cada hueco de su calavera sin
mejillas. Los labios eran dos líneas de carne descoloridas.
-¿Cómo
estás, viejo? ¿Anduviste haciendo macanas?- provoqué, fingiendo un ánimo que no
tenía. Su mirada siguió atenta a los pies de la cama.
-Marito.
¿Me reconocés?
Me
miró como en el bar. Con los monitores como testigos soltó “asesinaron un
comerciante en Malvín”. Como si dijera "las sábanas son blancas".
-¿Qué?
-Explotó
un cajero en Lagomar. Violan a una menor en Salinas. Mueren cuatro personas en
un accidente. La investigadora cierra por falta de pruebas. Un atentado en
Kabul deja decenas de víctimas. Brasil invade Venezuela.
Si
hubiera dicho “Estoy embarazado y voy a tener crías. ¿Querés una?”, no me
habría dejado más desconcertado.
Las
noticias eran de ayer, o de la semana o el mes anterior, tanto da. Siempre son
las mismas. Solo cambia el lugar y el número de muertos.
-Claro,
entiendo.- mentí.
-Me
muero, Cacho.- gimió – Me están matando.- sollozó quitándose las sábanas.
Se
me escapó un grito, atenuado por mi mano cerrada sobre la boca. La piel parecía
una excusa inventada por los huesos. No tenía carne. Había visto algo así
antes. Mi memoria demoró en ubicar dónde hasta que los encontré, recostados
contra los alambrados de Auschwitz.
-¡Macho!
¿Qué carajo tenés?
-Las
noticias, Cacho. Me están matando.
Reconozco
que soy medio lento. Iba a decirle que el televisor de la pieza estaba apagado
cuando recordé. Marito abandonó Antropología para entrar a trabajar en un
canal. Llegó a ser el productor general del noticiero. Por él pasaban las
noticias locales, de las cadenas, los virales, las zancadillas políticas.
Marito armaba el menú del show noticioso.
Porque
era un show, decía, despreciando su trabajo. Nadie que quiera informarse
debería ver un noticiero, aconsejaba.
Ese
flujo interminable lo traía mal. Las noticias me hablan, se confesó un día en
el bar. Sueño a los conductores anunciando que mataron un tipo en Belvedere por
resistir un atraco y ¡pám!, al otro día llega el parte con la noticia que
recibí en mi cama horas atrás.
Lo
dejé y salí a buscar al médico para que me explicara qué le pasaba a mi amigo.
Estaba en la recepción, coqueteando con la tetona.
Mencioné
que Mario estaba solo y que yo era lo más parecido a un familiar que tenía.
Confesó que no tenía ni la más puta idea sobre su enfermedad. Con otras
palabras, claro. Le había aplicado el menú completo: radiografías, ecografías,
tomografías. No encontró nada.
-Ahora
todo depende de la capacidad de reacción de su organismo.-balbuceó. -Para mí,
es una enfermedad autoinmune.- susurró, como quien regala un pálpito para el
domingo.
Seguro,
Doc. Gana “Enfermedad Autoinmune”. No tiene cómo perder, pensé, mientras volvía
puteando a la habitación.
-Cacho.-susurró
cuando me senté.
-¿Qué
precisás Marito?
-¿Te
acordás que las noticias llegaban a mí antes que al trabajo?
-Claro.
Cómo me voy a olvidar.- respondí con una sonrisa, recordando mis carcajadas.
-No
me dejan dormir desde hace un mes.
-Tenés
que dejar el laburo, macho. Hasta que te recuperes.
-Imposible,
Cacho. No se puede.
-Se
puede, sí. Primero estás vos, el laburo que se las arregle.
-No
entendiste. No puedo dejarlo porque me sigue. Cometí el error de ir a Brasil.
No lo soporté. Río de Janeiro, ¿entendés?. Allá el crimen cuenta con un número
insólito de variantes, creéme. Ni toda la cachaça de la ciudad me ahorró el
constante goteo rojo.
-¡Andá
a un psiquiatra! Pedí una cura de sueño.
-Fui.
Y empeoró.
-¿Empeoró?
-Me
dio unas pastillas pero las dejé cuando lo del linchamiento en Toledo.
¿Te
acordás?
Me
acordaba. Una multitud atrapó a un ladrón y lo ahogó en un arroyo. Se filmaron
mientras lo hacían. Las ejecuciones posteriores aprendieron del error. La
policía investigaba para chocar siempre contra un muro de silencio.
-Toledo.
¿Qué hay con eso?
-Lo
causé yo.
Pestañeé
rápidamente. Sus ojos me esperaban.
-También
el incendio en la gasificadora. La camioneta de escolares secuestrada. Las
empleadas ametralladas. La bomba del cajero que explotó con una mujer dentro.
-¡Pará!
Estás delirando. La cosa está jodida pero vos, enloqueciste. ¿Qué sos ahora?
¿Dios?
-No
estoy loco.
-Te
parece que no estás loco. Dejáte de joder.
-Mirá.-
desafió.
El
monitor del cerebro de Mario se descontroló, disparando múltiples escenas
saturadas de sangre, delitos, caos generalizado. Por su parte el televisor del
cuarto se encendió solo, mostrando rápidamente cientos de imágenes robadas a
celulares y cámaras de seguridad. Gracias al monitor cardíaco pude ver el
momento en que alguien con el rostro oculto bajo una gorra con visera,
asesinaba de un disparo al cajero tras el mostrador de una pizzería. Bajé la
mirada a tiempo de ver como Mario moría en silencio, ostentando una descarada
sonrisa amarilla como resumen.
La
muerte me asusta. Mi vieja embroma con que no puede ser, que es una vergüenza y
que cualquier hombre, por más importante que se crea, en el fondo sigue siendo
un gurí cagón. Si le hubiera visto los ojos a mi amigo ella
también habría salido corriendo de ese cuarto.
Me
senté en el bar de la esquina del hospital y le pedí un cortado al mozo cuando
se acercó. Todavía estaba impresionado por la escena montada por mi amigo a
modo de despedida de este mundo. Por eso tardé en darme cuenta del detalle.
Los
televisores del bar bullían. Dos de los
tres mozos del bar se turnaban tocando los botones y tironeando de los
cables sin poder apagarlos. En el televisor ubicado a la entrada del baño se podía ver a Mario, reportando desde el lugar de un accidente de tránsito. Me di vuelta para ver el aparato ubicado al fondo del salón y allí estaba otra vez, el rompebolas, de traje, entrevistando a un político. Me levanté y fui hasta la otra tele en la mitad para cerciorarme.
A qué no adivinan. Mario. Haciendo un móvil de color desde una feria vecinal.
A qué no adivinan. Mario. Haciendo un móvil de color desde una feria vecinal.
Cuando
volví a mi mesa y me fijé en el televisor que tenía enfrente se me hizo un nudo
en el estómago. A esa corta distancia, el tamaño del aparato de 55 pulgadas
aumentaba las cosas al punto de causar naúseas. Marito parecía un gigante. Su
aspecto no había mejorado respecto a cómo estaba cuando huí de su pieza, al
noticiero del mediodía lo conducía un cadáver. Debajo, en un recuadro a su
derecha, la criatura que había visto en la entrada al hospital devolvía con
unos hermosos colores tornasolados los rayos del sol, reflejándose en su lomo
baboso.
La
cúpula del edificio sobre el que estaba había desaparecido. Un titular en
letras amarillas corriendo sobre sobre una franja roja bajo la imagen del
conductor (EN_VIVO_DESDE_EL_CENTRO) ahuyentaba toda confusión de que aquello fuese
una película de ciencia ficción clase Z como las que amaba mi amigo. El bicho que
estaba comiéndose al Palacio Salvo era tan real como mi codo.
¡Pero,
Mario!- estallé, abriendo mis brazos -¡Qué necesidad!