lunes, 9 de julio de 2018

La novela vacía 9

Lunes 9/7
9:50

El año pasado participé de unas Jornadas de Investigación en la Facultad de Información, donde me gradué de Licenciado en Ciencias de la Comunicación.
Para ellas escribí un mini ensayo sobre el concepto de objetividad a través de los años en el cine documental, basándome sobre todo en André Bazin, de quien en particular traté su "objetividad mecánica", siendo muy crítico con tal concepto pues entiendo que, por más mecánicos que sean los procesos empleados por los dispositivos utilizados para capturar imágenes fijas o en movimiento, éstos capturan apenas un recorte de la realidad (la que el realizador decide); que dicha realidad está alterada (por el conocimiento del sujeto registrado de que está siendo filmado y por la presencia del que registra); y que, sobre todas las consideraciones previas, nunca debe perderse de vista que toda narración (y el documental es otro tipo de narración) desarrolla un argumento.
La objetividad entonces, a diferencia de Bazin, no es para mí la ontología del cine sino exactamente lo opuesto: el cine es argumentación, siendo por lo tanto profundamente subjetivo.
Lo objetivo, si cabe, se encuentra en otro lugar del espacio semántico del término: lo objetivo como propósito, como fin.
El fin del documental, en mi concepción, es similar al de la retórica: demostrar lo acertado de un punto de vista, concitar la adhesión del espectador, denostar o ensalzar a una persona, etc.
Pero fue durante la investigación llevada a cabo para realizar el mencionado trabajo que encontré, una punta interesante, referida a las elecciones terminológicas preferidas a la hora de definir los fenónemos relativos al cine.
El propio aparato desarrollado por los Lumiére a finales del S. XIX, y que prevaleció sobre otros dispositivos contemporáneos de éste, fue bautizado "cinematógrafo".
Es curioso que no le llamaran, por ejemplo, "cronógrafo" o "cronoscopio", pues de ese modo se hubiera atendido no al movimiento de las imágenes allí retenido sino al tiempo.

Después de todo, poder ver imágenes en imágenes es poder ver y escuchar el pasado.
El propio Bazin, quien acuñó la feliz expresión "momificación del tiempo" y más tarde Roland Barthes, aunque en su caso se refiriera exclusivamente a la fotografía en su ensayo "La cámara lúcida", reflexionarían sobre esta propiedad del cine en cuanto preservador del tiempo.
Es así que en un porcentaje no determinado, pero con toda seguridad abrumadoramente mayoritario, asistimos al movimiento y el habla de los muertos cada vez que vemos una película.
Los escenarios y paisajes naturales que aparecen en las películas, junto con la gente que los habita, son ya menos que polvo.
Es por ello destacable que apenas los filósofos del cine y recién décadas más tarde de su invención, hayan reparado en ello.
Mi hipótesis es que la elección del término cinematógrafo es hija de una convicción positivista, fruto emergente de una época en que se creía que los artefactos derivados de la técnica iban a solucionar los problemas del mundo.
El uso del vapor para acelerar trenes y barcos, inició la Revolución Industrial con su consecuencia más importante aún que poder cubrir distancias mayores más rápidamente: acortó el tiempo, lo aceleró.
En los países centrales, el cinematógrafo fue desarrollado en uno de ellos, los cambios que antes tardaban varias generaciones en producirse pasaron a hacerlo en el transcurso de una sola, por primera vez en la historia.
Así, una persona nacida en 1800 podía encontrarse siguiendo las entregas semanales publicadas por la prensa en forma regular y llegando a todo el país de un tal Dickens. O, más tarde, un ciudadano londinense en 1889 viajaría por las entrañas de la tierra en el Metro, mientras leía en el Standard Tribune las noticias acerca de una escandalosa exhibición celebrada la semana pasada en París, en la que se habían proyectado imágenes en movimiento sobre una pared. 
Una vez en su casa, eficientemente iluminado por la novedosa luz eléctrica quizás leyera una novela titulada "Viaje al mundo en 80 días", sin que tal número de días le pareciera absurdo o insuficiente.
Tal aceleración entonces, según mi hipótesis, estuvo en la base para que los Lumiére eligieran la palabra griega "kinema" (movimiento) y no "cronos", la personificación del tiempo para los griegos presocráticos.

El semen de Cronos, por otra parte, produjo la primera generación de dioses ("gods of the silver screen") y, como el cine, devora al tiempo y a sus hijos. 

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