Me acuerdo (1)
Me acuerdo que en el barrio se decía que mi primo le había
cortado las patas a un pájaro con una Gillette. Éramos muy niños ambos y
nuestras respectivas familias estaban peleadas por lo que nunca supe, ni me
atreví a preguntarle aún siendo adultos, sobre la veracidad de la historia. Lo
que más me asombra hoy es que entonces la historia no me horrorizara como sí lo
hace ahora.
Me acuerdo de estar enamorado de Sean Connery. No en un
sentido sexual, sino en el mismo sentido que supongo la mayoría de los hombres
lo estaban. Enamorados de lo que significaba ser Sean Connery entonces.
Me acuerdo de los ojos de una mujer de la que me enamoré en
un sueño y jamás volví a ver.
Me acuerdo de uno de mis primeros recuerdos. Era un bebé
apenas y mi madre me alimentaba con un biberón (mamadera, en mi país). Mi
padre, sentado a su lado bajo la parra del jardín trasero, observaba la
pacífica escena. Mi diminuto dedo recorría las letras en relieve de la mamadera
mientras tomaba la leche escucho, y este es la primera frase que guardó mi
cerebro, que mi padre dice: “mirálo, está desesperado por empezar a leer”.
Me acuerdo de una persona que mis padres habían contratado
para cuidarme mientras trabajaban. Mi hermana era chica, apenas 12 años, y yo
era un bebé. A mi hermana esa persona le ponía queroseno en el café y a mí me
pinchaba con alfileres. La descubrió mi abuela un día que se hizo la dormida.
Mi cerebro todavía no había madurado por lo que no retuvo ningún detalle de su
rostro. Es el recuerdo de una foto o de un recuerdo de mis mayores.
Me acuerdo del robo de un paquete de salchichas en un
supermercado. El hombre, vestido con ropas humildes y tal vez no muy limpias,
tomó el paquete y cuidando que nadie lo viera, lo escondió bajo el buzo. Fui el
único que vio su flaco abdomen peludo.
Me acuerdo que frente a mi edificio un hombre en pleno
verano trepó descalzo y sin camisa un árbol de la calle hasta quedar casi a la misma altura que un
cuarto piso del edificio que tenía el árbol al lado. Se le había escapado el
pájaro de la casa. Cuando consiguió que el animal se posara en el hombro, inició
el descenso. Un par de turistas yanquis que estaban paseando observaron todo
sin dejar de tomar fotos y aplaudieron al hombre cuando volvió al suelo.
Me acuerdo que a mi padre, un hombre cuya infancia fue
rústica y humilde, le parecía demasiado femenino ese asunto de usar
desodorante. No es que oliera mal pues se bañaba al menos una vez al día. Pero
mi madre recién consiguió hacerle usar desodorante cuando nos mudamos a la
capital y tuvo que usar el transporte colectivo para llegar a su trabajo, que
quedaba mucho más lejos que en nuestra ciudad de origen. Quizás el olor
corporal ajeno, imposible de evitar en los ómnibus atestados, le convenció.
Me acuerdo que mi madre cosía. Primero para una tienda,
luego en forma independiente. Confeccionaba ropa de bebé: batitas, baberos, toallitas
decoradas. Tenía muy buen gusto. Los judíos alemanes, me dijo, piden que les
cosa mariquitas a la ropa de sus hijos, pues creen que dan suerte.
Me acuerdo del día que mi hermana trajo su primer novio a
casa. El pobre llegaba a un hogar dirigido por un descendiente de vascos y una
descendiente de castellanos y Vicente, así se llamaba, era descendiente de
italianos. Y se le notaba. Hasta el gato de la familia le bufaba desde debajo
del sofá. El pobre supongo que mediría, con sumo cuidado, la distancia mínima
permitida entre mi hermana y él.
Me acuerdo de aquel domingo a solas en casa cuando pensé que
habían entrado ladrones. La luz se fue de improviso y abajo, en la puerta de
entrada, se escuchó el ruido de un objeto al caer. Sentí como mi piel se arremangaba
alrededor de la nuca y mis orejas se tensaban hacia atrás. Cuando bajé vi que
era solo un fusible que había saltado.
Me acuerdo de lo angustiosamente bien que olía una muestra
de perfume que encontré revolviendo el cajón de la mesa de luz de mi hermana,
una noche de sábado en la que apenas podía aguantarme, pues la chica de la que
estaba enamorado se había ido con mi mejor amigo. Desde entonces, no puedo
sentir ese aroma sin sentirme herido.
Me acuerdo de una vez dentro del subte de Buenos Aires.
Íbamos con mi hija caminando rumbo a una escalera por la que descendían futuros
pasajeros de la fila de vagones detenidos en la estación que estábamos por
abandonar. En la prisa matinal por llegar a su trabajo, un hombre saltó del
último escalón al piso de la estación con tan mala suerte que su celular brincó
desde el bolsillo delantero de su camisa al piso y una vez allí al dar éste el
siguiente paso, no pudo evitar patearlo de tal forma que lo vimos deslizarse,
imparable, hasta caer entre el vagón y el borde del andén. El hombre apenas
pudo articular un "¡ah, no!", escuálido e impotente, antes de
continuar siendo arrastrado por la locura diaria de su vida. Vaya forma de
empezar el día.
Me acuerdo que en la escuela nos mandaban redactar un texto
sobre un tema que proponía la maestra. Luego cada uno lo leía frente a la
clase, apenas lo terminaba. Yo siempre era de los últimos, y mi texto era el
más elogiado pues hacía trampa. Observaba qué partes del texto de los otros
compañeros había causado mejor impresión y luego realizaba una suerte de
recopilación de los éxitos ajenos en mi propia “creación”. Por ello mi texto
siempre les gustaba a todos en la clase ya que en realidad estaba imitando sus propios
pensamientos. Supongo que así es el pop. O la política. Que es lo mismo.
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