miércoles, 9 de enero de 2019

Cualquiercosario

Lápiz
Poca gente tiene tan buena disposición como un lápiz. Permite escribir una novela digna del Nobel o servir como utensilio para remover la cera del oído. Y todo por el mismo precio.

Diligencia
La tormenta no había cerrado el desfiladero por lo que los pasajeros pudieron llegar a la vieja posada. Pasaron la noche escuchando cuentos terroríficos sobre las ánimas en pena que vagaban durante la noche por el cercano bosque, los niños desaparecidos del lado de sus madres, los cuerpos destripados que los campesinos encontraban por la mañana, como si una bestia se hubiera ensañado con ellos.
Cuando llegó el amanecer los pasajeros reanudaron el viaje, no sin antes cobrarle a los posaderos los derechos de autor por las narraciones efectuadas la noche anterior.
La posada cerró hace tiempo ya, pero desde entonces en la región se cuentan historias sobre una diligencia que vaga sempiterna por los oscuros caminos en busca de algún posadero incauto, llevando en su interior a un feroz grupo de recaudadores de impuestos.

Duelo
Las lagartijas morían calcinadas en la única calle del pueblo. El indio en el saloon ya les había advertido a los vaqueros sobre los peligros de la ola térmica, pero se le habían reído en sus propias plumas. 
Fue así que dos necios, empujados por el alcohol y una discusión nacida por una nadería, decidieron batirse a duelo en pleno mediodía.
Allí estaban ahora, en el medio de la calle, donde los rayos del sol caían a tierra como flechas de lava, rodeados por decenas de ojos que los observaban desde el prudente abrigo de las escasas edificaciones de aquel pueblo olvidado.
Sería sobre aquella arena mancillada por el olvido, tapizada por millones de lagartijas resecas, donde uno de ellos vería apagarse al otro.
McEnroe clavaba sus ojos en Tierney, quien tenía un blanco fácil en su rival. No solo era que el sol pegara sobre McEnroe, cegándole. Tampoco le ayudaba la columna de humo, elevándose desde el sombrero, incendiado por el mormazo, marcando el punto donde debía disparar Tierney para acabar con el trámite.
Alguien contó hasta tres y los hombres llevaron sus manos a donde momentos antes estaban sus armas, retirándolas demasiado tarde, quemadas hasta el hueso por el metal fundido bajo el astro rey.
El indio, desde el saloon, sonrió al escuchar los alaridos de dolor. Luego pidió otro vaso de licor, antes de pasar por las mesas a levantar el dinero de la apuesta ganada.


Tiburón 

La pequeña embarcación había salido un par de días antes del puerto, llevando lo último en equipamiento para caza de tiburones. Hasta contaban con una foca amaestrada que cada tanto se deslizaba y nadaba un rato alrededor del barco para atraer al escualo. El gobernador del balneario finalmente había admitido que una bestia estaba devorando a los turistas. Para salvar la temporada reunió una considerable cantidad de dinero y contrató a O'hara, el único hombre capaz de llevar a cabo la empresa.
Por desgracia, el encallecido marino se había vuelto vegano. Las condiciones demandadas al gobernador parecían inaceptables: O'hara no usaría cebo fabricado con otros animales ni le haría daño al depredador. La única esperanza parecía diluirse en el agua cuando el gobernador, presionado por los locales, aceptó las condiciones.
El encuentro se produjo veinte millas mar adentro. O'hara y sus precarios ayudantes observaron con impotencia como el gran blanco devoraba a su foca amaestrada  como si fuera una aceituna y luego embestía contra la pequeña embarcación. La violencia del choque tiró al especialista en mandalas directo al mar, donde pronto pasó a ser molido concienzudamente por la sierra circular que tapizaba la boca del gran pez.
El barco se hundía. O'hara, contra su voluntad, decidió tomar acciones extremas: se reunió junto a los ayudantes que habían sobrevivido en la cabina, cada vez más sumergida y, entre todos, se concentraron.
El reiki colectivo creció como una cálida onda y fue absorbido por los millones de sensores que el gigante poseía en su piel. El grupo de hombres enviaba mensajes de paz y serenidad, renovaba la memoria genética de la magnífica bestia, perseguida por generaciones. La calmarían, convenciéndola de que nada debía temer, y de esa forma cesarían sus intentos de perforar la sentina del barco.
Ese verano la temporada fue un fracaso.
Almas más allá
Ruge el mar contra las rocas. Allá arriba, en el borde mismo del acantilado, una figura femenina enfrenta decidida a la tormenta.
No aparta su mirada del mar, de sombras embravecido.
Los elementos juegan con su vestido gris, azotándolo bajo el influjo de las grandes masas de aire girando a su alrededor.
Ceden lentamente las costuras bajo las fuerzas que acosan a la joven, aunque ella no cederá su puesto de observación cerca del abismo.
La lluvia transforma su pesado vestido en roca chorreante y ella decide ignorarla, atenta a la aparición del navío donde regresa el amado a sus brazos.
Cada tanto da un paso al costado, ante el gentil pedido de quienes desde toda Inglaterra han viajado hasta ese punto en la costa para lanzarse al mar. Como en todas las temporadas a esta altura del año, las decenas de suicidas destrozados se acumulan sobre las filosas rocas.
El viento penetra lujurioso las fosas nasales de la joven en un flujo constante, superior al que pueden procesar sus débiles pulmones, convalecientes tras una larga y penosa temporada en el infierno de la tisis. El aire frío y húmedo del mar le petrifica los alveólos, presagio lúgubre pues allá, en la Inglaterra romántica, no ha nacido aún Fleming, el bondadoso benefactor de la humanidad.
Las bacterias reinan. Deciden quién vive y quién muere.
Por lo general prefieren que la persona muera, razón por la cual Fleming dedicará toda su vida a encontrar una manera de combatirlas hasta el luminoso día que, en plena guerra de Secesión, durante un descanso de su investigación en el laboratorio, se distraerá.
Inclinado sobre su cuaderno de notas se distrae creando el personaje de James Bond, mientras el sandwich de pavo que la criada negra le ha traído al buen doctor permanece ignorado.
Colonizado en silencio por múltiples hongos luego Fleming, distraído con una línea de diálogo particularmente ingeniosa, ingerirá sin mayor cuidado.
El científico, luego de despedir a la criada, pasará una semana comiendo arroz y queso pero también reconocerá, asombrado, que se ha curado de su halitosis, que como todos sabemos es causada por las bacterias.
A partir de allí la investigación de Fleming adquiere un impulso fenomenal. Rodeado de un grupo de voluntarios, estos héroes pasarán semanas devorando sandwiches de pavo en mal estado, en un ingenuo intento de repetir el milagro.
La investigación permanecerá así estancada hasta que un día, Fleming reciba la visita proverbial de Churchill, quien le conmina a usar los hongos de una forma que no le obligue a entrevistarse con él en su gabinete higiénico mientras desagota su ya exhausto estómago.
El científico no puede negarse a la requisitoria ministerial y es así que un impensable jueves 12 de octubre, pero del año 1492, Cristóbal Colón llega a lo que él cree son las Indias, iniciando así una era de prosperidad y colaboración entre los europeos del este y los del oeste.

martes, 8 de enero de 2019

Der Untergang

- Jefe. Vamos, jefe, no se rinda, no ahora, que estamos tan cerca de la victoria sobre nuestros competidores.

El hermoso y alto rubio, de impecable aspecto a pesar de los días que llevaba sin afeitarse, se dirigía a su compañero de paseo, un hombre mucho mayor, a no tropezar con las piedras de distinto tamaño que cubrían el piso de la estancia derruida donde se encontraban.

El joven lo había ayudado a subir la escalera hasta los restos de las ventanas, en el edificio principal de la gran empresa multinacional, desde donde ahora contemplaban el exterior. El anciano lo miró desde la profundidad de sus cuencas, en cuya oscuridad los mismos ojos que en su momento habían convencido, amenazado, vencido y hechizado a millones de sus enemigos, amantes y usuarios de sus productos, parecían ahora los faros de un Volkswagen abandonado, sin esperanza ya de que algo o alguien los encendiera.

Escuchó sin creer ni una sola de las palabras del joven, demasiado inexperto todavía para mentir con éxito sobre el estado real de una mercadería, como sí sabía y había hecho el anciano en sus mejores días. Ambos sabían que aquella era solo una mentira a la que todos en las oficinas de abajo se aferraban, lo contrario sería abrazar una llama, consentir que todo estaba perdido.

Abril terminaba ya, y sin embargo el invierno todavía continuaba, con una crudeza como no se había sufrido en años. Desde una abertura en el muro podía verse como la destrucción había arrancado hasta las losas de las amplias avenidas que llegaban a unos escasos metros de ellos. Las múltiples montañas de escombros y acero retorcido descartaban toda discusión.

Aquello era el final.

El anciano fundador se dio vuelta sin dignarse siquiera a responderle al otro e inició el descenso. Ya había visto lo necesario, ahora quería refugiarse en su oficina personal. Por primera vez en su vida sentía que ya no tenía nada más que decirle a nadie. Dejo por última vez, reconoció, el sol a mis espaldas, rodeado por el humo de los incendios y los inenarrables horrores a los que las inmundas criaturas someten a mis consumidores. Es el mismo sol que iluminó a César cuando cruzó, rumbo al éxito, el Rubicón. La misma luz dorada que cubrió al corso en sus mejores horas, el mismo astro que me negó sus rayos cuando mis agentes más lo necesitaban.
En qué se ha convertido el mundo, cuánto ha avanzado la decadencia y el mal gusto si el hombre común, se mortificó, no distingue la superioridad técnica de nuestros productos. La nobleza y durabilidad de los materiales empleados, fruto de años de investigación en laboratorios, de miles de pruebas de ensayo y error hasta eliminar toda posibilidad de error, desperdicio o exceso.

La sinceridad de nuestros objetivos, sin embargo, servirá de ejemplo, de faro inspirador, aunque ahora nuestros rivales parezcan haber ganado. 
Todo el trabajo de años yace en ruinas ahora, interrumpido antes de haber alcanzado siquiera la mitad de sus metas. El masivo reordenamiento, el revolucionario procesamiento y disposición ha quedado detenido, sin esperanzas de reanudación, en las grandes plantas del este.

Si hubiéramos al menos alcanzado la meta final, rezongó para sí mientras un nuevo empuje de los jugos gástricos alcanzaba su esófago, el mundo comprendería lo acertado de nuestra empresa. La historia tiene una manera extraña de desarrollarse, asumió con amargura al dejar el último peldaño tras el titubeante descenso. Caminó bandeándose contra el lado derecho del estrecho corredor que comunicaba la escalera con la habitación central del complejo.

El personal le aguardaba allí, entre los impersonales archivadores metálicos y los sobrios muebles con el logo de la empresa tallado en cada respaldo, dorado en cada carpeta de cuero, decorando cada lápiz. Así reunidos, mirándolo con una mezcla de respeto y temor, parecían un grupo de alumnos esperando la palabra de su viejo profesor. Esperaban que el jefe y fundador les dijera que la mentira continuaría todavía un tiempo más, que si todos se empeñaban y ponían su mejor voluntad la empresa conseguiría triunfar sobre la realidad que enfurecida masticaba pedazo a pedazo la ciudad allá arriba.

Pero ya fue suficiente, había decidido el viejo hace días, y ellos lo saben. Quieren o temen, pues sé que entre ellos hay quienes no ven la hora que yo deje mi puesto, que revea mi decisión. Pero no, ya está tomada y no soy hombre de negarse a sí mismo. No lo hice ni siquiera cuando los riesgos era muchísimo mayores, no me arrepentí ni aun cuando los informes señalaban que la pérdida de mercados se aceleraba peligrosamente, acercándose al punto sin retorno.

No queda mucho tiempo además, reconoció, mientras se despedía de cada uno de los hombres y mujeres que habían trabajado hombro con hombro junto a él en los últimos años, unidos con alegría en busca del éxito de la empresa. Consoló a quienes lo lloraban como si ya fuera solo un triste recuerdo; acalló, antes que naciera, toda protesta por lo que tenía pensado hacer. Son muchos. La ceremonia se estira más de lo conveniente, evaluó irritado por lo innecesario del rito. Justo él, que había edificado los más grandes rituales conocidos en toda la historia del comercio.

El protocolo no colaboraba con la digestión de los ravioles de verdura que había almorzado. Un breve reflujo ácido trepando por su garganta amenazaba con arruinar su última comida, por lo que tragó saliva de la forma más discreta posible -no quería que nadie interpretara ese gesto como una señal de debilidad-, y se metió torpemente, tras acelerar los últimos saludos, en su oficina personal, resguardada de los demás por dos puertas que cerró una tras otra.

Pasó el pequeño recibidor y entró en la segunda habitación de la modesta oficina. Su mujer ya estaba sentada en el largo sofá, vestida como si hubiera una fiesta en algún lado y ella estuviera invitada. Le miró inquisitiva y el anciano respondió alzando apenas los hombros, en un gesto que había aprendido de sus colegas italianos, cuando querían demostrar desconcierto o resignación.

Luego se sentó en su sillón personal, adornado con sus iniciales grabadas dentro del logo circular de la empresa fundada en su juventud. Aún en ese momento al anciano se enorgullecía frente a aquella expresión de su temprana juventud, cuando la existencia y suerte de la empresa apenas era un sueño febril compartido por muy pocos.
Esa conjunción de elegantes colores y milenarias líneas me sobrevivirá, confió, hablará en mi nombre más allá de las mentiras de mis enemigos. Más allá de los balances finales, nadie podrá decir que he sido un títere de mis competidores, se reivindicó.

Por un momento, pensó en descalzarse para estar más cómodo pero enseguida rechazó tal posibilidad. La idea de que su secretario le encontrara luego como si fuera un vulgar borracho, fuera de la etiqueta que se había cuidado de guardar toda su vida, le escandalizó. Quería ser recordado como un jefe exigente y justo, impecable hasta en los últimos momentos.

Tales pensamientos lo distrajeron de tal forma que se perdió el momento en que su mujer pasó al otro lado. Podría pasar por dormida, se dijo mirándola tendida, excepto por la fina línea de espuma blanca en la unión de los labios y el intenso olor a almendras flotando en el ambiente. Afuera, encima de su cuarto, los truenos que demolían desde hace meses la ciudad habían retomado su actividad. La cadencia, sin embargo, era más rápida. Eso solo podía significar una cosa: las criaturas habían conquistado las calles, disponían de ellas a su antojo pues no quedaba nadie que se lo impidiera.

El anciano se sorprendió con el hecho de que, mirada objetivamente, la elección del momento final era la única decisión correcta que había tomado en los últimos meses. Las hordas inhumanas jamás pondrían sus garras sobre él pues se les adelantaría, admitió con la lúgubre alegría del condenado.

Dirigió una última mirada a su alrededor. A la mujer en el sofá, al gran retrato de otro hombre de negocios como él, anterior a su época, que también había fundado una empresa, exitoso antecedente de la suya. Contempló irónico los escasos muebles que le rodeaban, las manchas multiformes en las paredes detrás de ellos. En el rincón más lejano a donde estaba, algo dentro del cono de sombras llamó su atención. Sin dejar de sostener la pistola en una mano y la píldora en la otra forzó la mirada para tratar de ver mejor.

La oscura mancha se agrandaba ante sus ojos, como si se hubiera roto una tubería dentro de la pared. Pero aquello era imposible. En todo el complejo las tuberías eran externas. Recorrían de una punta a otra todas las oficinas. Además, las manchas no salían de las sombras. Las manchas no usaban gruesos lentes de carey sobre una nariz ganchuda ni tenían el cabello ensortijado de la raza enemiga. No miraban con tal odio milenario reconcentrado.

Ni tampoco, nunca antes una mancha me había dirigido la palabra, reconoció espantado mientras la sombra se despegaba de la pared, acercándose hasta el sillón para saludarle.

-Shalom, goy. Estaba aguardándote.- dijo, con una voz afilada como las vías de un tren.

Y eso fue todo.

El demonio no le concedió más tiempo al asombro del anciano.
Tomó ambas manos con fuerza, sin dejar de mirarle a través de las gruesas gafas, y aplastó la que acunaba la píldora de cianuro contra la boca seca del viejo.
La última orden a su personal de seguridad se convirtió entonces en aire traicionero, ayudando a que el veneno ingresara por la tráquea, franqueada durante el abortado grito.
La criatura forzó entonces la mano con la pistola Beretta PPK contra la sien, introduciendo un esquelético dedo sobre el índice del líder, antes de oprimir el gatillo.
Gracias a un permiso especial, concedido tras una larga deliberación en poderosos gabinetes, envolvió para sí la última fracción de vida y la extrajo del tiempo, lejos del plano humano, atrapada en la agonía del último segundo. 
La pequeña fracción de conciencia del viejo pulsó aterrorizada, anticipando las incontables muertes exactas que le aguardaban, mientras su captor lo sumergía en la eternidad.

Y es por ello que tienen razón los que dicen que Adolf Hitler no se suicidó en Berlín, el 30 de abril de 1945.

sábado, 5 de enero de 2019

Otros microrrelatos

Conocimiento

No soy muy aficionado al asado, pero tampoco soy un ignorante. No creo que las vacas estén hechas solo de milanesas. En algún lado deben de tener las papas fritas. 

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Depresión

Estar deprimido es como estar alegre pero para el otro lado.

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 Droga

Nada dicen de las drogas que nadie consume. De esas nada advierten. Podrían decir al menos dónde se consiguen.

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Dolor

El dolor causa más miedo antes de manifestarse. Cuando lo tenemos ni nos acordamos de ese miedo y cuando se va, ya no importa. Lo despedimos, sabiendo que en algún momento lo volveremos a encontrar. Conocí gente a la que eso no les importaba. Quizás ayudara el hecho de que estaban muertos.

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Tijeras

Amo a las tijeras. Esa superposición de metales tiene más firmeza de carácter que la mayoría de la gente que conozco. Es como el embudo o el colador. Perfectos en su simpleza. Al contrario de mucha gente que conozco.

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Tipos

Un tipo deja una huella cuando se lo golpea contra una hoja de papel al escribir o cuando se lo estrella contra una pared con el auto.

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Suicidio

Un vecino mío se tiró desde la azotea. Quiso asegurarse de que no sobreviviría así que antes se tomó un frasco de barbitúricos y en el momento en que saltó se voló la cabeza de un balazo. Antes, se envolvió dentro de una tela violeta. Era un tipo prolijo y comprensivo. No costó demasiado trabajo al que tuviera que despegarlo de las baldosas. La policía llamó al forense y a un crítico teatral. El forense todavía está examinando los restos. Para el crítico la obra, aunque tuvo un comienzo prometedor, acabó defraudando debido a lo predecible de su final.

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Bebidas

Ayer estaba apurado, tenía que comprar un par de bebidas para una cena con amigos y pasé al lado de una pareja en el super. La mujer, enojada, me empujó y casi me hace caer. Nos pusimos a discutir. Él se justificaba acusándome de ir demasiado rápido, ella me quería convencer que me faltaba tener más sexo; yo, que con una disculpa de todos bastaba. Mientras, mi problema con las bebidas seguía sin resolverse. ¿Tinto, blanco? ¿Carmenere, Syrah, Malbec? Finalmente me llevé un par de exquisitos Malbec mendocinos del año pasado. Me atrajo el sonido de las botellas.


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Auto

Tengo un auto chino al que cada tanto le rayan la chapa, le rompen el vidrio, le roban la nafta o las ruedas. Como medida precautoria lo electrifiqué y puse un letrero advirtiendo del peligro de muerte que porta. Hasta ahora he tenido un éxito relativo. Ya no lo vandalizan tanto, pero pierdo mucho tiempo cada mañana despegando suicidas.

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Cábala

Si ha perdido algo en su casa, supongo que ya sabe que terminará encontrando otra cosa, perdida mucho tiempo atrás, en lugar de lo que busca. Sugiero que busque un millón de dólares. Le prometo que aparecerá lo que estaba perdido. Si falla, y encuentra el millón de dólares, ya no le importará encontrar lo que estaba buscando.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...