- Jefe. Vamos, jefe, no se rinda, no
ahora, que estamos tan cerca de la victoria sobre nuestros competidores.
El hermoso y alto rubio, de impecable
aspecto a pesar de los días que llevaba sin afeitarse, se dirigía a su
compañero de paseo, un hombre mucho mayor, a no tropezar con las piedras de
distinto tamaño que cubrían el piso de la estancia derruida donde se
encontraban.
El joven lo había ayudado a subir la
escalera hasta los restos de las ventanas, en el edificio principal de la gran
empresa multinacional, desde donde ahora contemplaban el exterior. El anciano
lo miró desde la profundidad de sus cuencas, en cuya oscuridad los mismos ojos
que en su momento habían convencido, amenazado, vencido y hechizado a millones
de sus enemigos, amantes y usuarios de sus productos, parecían ahora los faros
de un Volkswagen abandonado, sin esperanza ya de que algo o alguien los encendiera.
Escuchó sin creer ni una sola de las
palabras del joven, demasiado inexperto todavía para mentir con éxito sobre el
estado real de una mercadería, como sí sabía y había hecho el anciano en sus
mejores días. Ambos sabían que aquella era solo una mentira a la que todos en
las oficinas de abajo se aferraban, lo contrario sería abrazar una llama,
consentir que todo estaba perdido.
Abril terminaba ya, y sin embargo el
invierno todavía continuaba, con una crudeza como no se había sufrido en años. Desde
una abertura en el muro podía verse como la destrucción había arrancado hasta
las losas de las amplias avenidas que llegaban a unos escasos metros de ellos. Las
múltiples montañas de escombros y acero retorcido descartaban toda discusión.
Aquello era el final.
El anciano fundador se dio vuelta
sin dignarse siquiera a responderle al otro e inició el descenso. Ya había
visto lo necesario, ahora quería refugiarse en su oficina personal. Por primera
vez en su vida sentía que ya no tenía nada más que decirle a nadie. Dejo por
última vez, reconoció, el sol a mis espaldas, rodeado por el humo de los
incendios y los inenarrables horrores a los que las inmundas criaturas someten
a mis consumidores. Es el mismo sol que iluminó a César cuando cruzó, rumbo al
éxito, el Rubicón. La misma luz dorada que cubrió al corso en sus mejores
horas, el mismo astro que me negó sus rayos cuando mis agentes más lo
necesitaban.
En qué se ha convertido el mundo, cuánto ha avanzado la decadencia y el mal
gusto si el hombre común, se mortificó, no distingue la superioridad técnica de
nuestros productos. La nobleza y durabilidad de los materiales empleados, fruto
de años de investigación en laboratorios, de miles de pruebas de ensayo y error
hasta eliminar toda posibilidad de error, desperdicio o exceso.
La sinceridad de nuestros objetivos,
sin embargo, servirá de ejemplo, de faro inspirador, aunque ahora nuestros
rivales parezcan haber ganado.
Todo el trabajo de años yace en ruinas ahora, interrumpido antes de haber
alcanzado siquiera la mitad de sus metas. El masivo reordenamiento, el
revolucionario procesamiento y disposición ha quedado detenido, sin esperanzas
de reanudación, en las grandes plantas del este.
Si hubiéramos al menos alcanzado la
meta final, rezongó para sí mientras un nuevo empuje de los jugos gástricos
alcanzaba su esófago, el mundo comprendería lo acertado de nuestra empresa. La
historia tiene una manera extraña de desarrollarse, asumió con amargura al
dejar el último peldaño tras el titubeante descenso. Caminó bandeándose contra
el lado derecho del estrecho corredor que comunicaba la escalera con la
habitación central del complejo.
El personal le aguardaba allí, entre
los impersonales archivadores metálicos y los sobrios muebles con el logo de la
empresa tallado en cada respaldo, dorado en cada carpeta de cuero, decorando
cada lápiz. Así reunidos, mirándolo con una mezcla de respeto y temor, parecían
un grupo de alumnos esperando la palabra de su viejo profesor. Esperaban que el
jefe y fundador les dijera que la mentira continuaría todavía un tiempo más,
que si todos se empeñaban y ponían su mejor voluntad la empresa conseguiría
triunfar sobre la realidad que enfurecida masticaba pedazo a pedazo la ciudad
allá arriba.
Pero ya fue suficiente, había
decidido el viejo hace días, y ellos lo saben. Quieren o temen, pues sé que
entre ellos hay quienes no ven la hora que yo deje mi puesto, que revea mi
decisión. Pero no, ya está tomada y no soy hombre de negarse a sí mismo. No lo hice
ni siquiera cuando los riesgos era muchísimo mayores, no me arrepentí ni aun
cuando los informes señalaban que la pérdida de mercados se aceleraba
peligrosamente, acercándose al punto sin retorno.
No queda mucho tiempo además,
reconoció, mientras se despedía de cada uno de los hombres y mujeres que habían
trabajado hombro con hombro junto a él en los últimos años, unidos con alegría
en busca del éxito de la empresa. Consoló a quienes lo lloraban como si ya
fuera solo un triste recuerdo; acalló, antes que naciera, toda protesta por lo
que tenía pensado hacer. Son muchos. La ceremonia se estira más de lo
conveniente, evaluó irritado por lo innecesario del rito. Justo él, que había
edificado los más grandes rituales conocidos en toda la historia del comercio.
El protocolo no colaboraba con la
digestión de los ravioles de verdura que había almorzado. Un breve reflujo
ácido trepando por su garganta amenazaba con arruinar su última comida, por lo
que tragó saliva de la forma más discreta posible -no quería que nadie
interpretara ese gesto como una señal de debilidad-, y se metió torpemente,
tras acelerar los últimos saludos, en su oficina personal, resguardada de los
demás por dos puertas que cerró una tras otra.
Pasó el pequeño recibidor y entró en
la segunda habitación de la modesta oficina. Su mujer ya estaba sentada en el
largo sofá, vestida como si hubiera una fiesta en algún lado y ella estuviera
invitada. Le miró inquisitiva y el anciano respondió alzando apenas los
hombros, en un gesto que había aprendido de sus colegas italianos, cuando
querían demostrar desconcierto o resignación.
Luego se sentó en su sillón
personal, adornado con sus iniciales grabadas dentro del logo circular de la
empresa fundada en su juventud. Aún en ese momento al anciano se enorgullecía
frente a aquella expresión de su temprana juventud, cuando la existencia y
suerte de la empresa apenas era un sueño febril compartido por muy pocos.
Esa conjunción de elegantes colores y milenarias líneas me sobrevivirá, confió,
hablará en mi nombre más allá de las mentiras de mis enemigos. Más allá de los
balances finales, nadie podrá decir que he sido un títere de mis competidores,
se reivindicó.
Por un momento, pensó en descalzarse
para estar más cómodo pero enseguida rechazó tal posibilidad. La idea de que su
secretario le encontrara luego como si fuera un vulgar borracho, fuera de la
etiqueta que se había cuidado de guardar toda su vida, le escandalizó. Quería
ser recordado como un jefe exigente y justo, impecable hasta en los últimos
momentos.
Tales pensamientos lo distrajeron de
tal forma que se perdió el momento en que su mujer pasó al otro lado. Podría
pasar por dormida, se dijo mirándola tendida, excepto por la fina línea de
espuma blanca en la unión de los labios y el intenso olor a almendras flotando
en el ambiente. Afuera, encima de su cuarto, los truenos que demolían desde
hace meses la ciudad habían retomado su actividad. La cadencia, sin embargo,
era más rápida. Eso solo podía significar una cosa: las criaturas habían conquistado
las calles, disponían de ellas a su antojo pues no quedaba nadie que se lo
impidiera.
El anciano se sorprendió con el
hecho de que, mirada objetivamente, la elección del momento final era la única
decisión correcta que había tomado en los últimos meses. Las hordas inhumanas
jamás pondrían sus garras sobre él pues se les adelantaría, admitió con la
lúgubre alegría del condenado.
Dirigió una última mirada a su
alrededor. A la mujer en el sofá, al gran retrato de otro hombre de negocios
como él, anterior a su época, que también había fundado una empresa, exitoso
antecedente de la suya. Contempló irónico los escasos muebles que le rodeaban,
las manchas multiformes en las paredes detrás de ellos. En el rincón más lejano
a donde estaba, algo dentro del cono de sombras llamó su atención. Sin dejar de
sostener la pistola en una mano y la píldora en la otra forzó la mirada para
tratar de ver mejor.
La oscura mancha se agrandaba ante
sus ojos, como si se hubiera roto una tubería dentro de la pared. Pero aquello
era imposible. En todo el complejo las tuberías eran externas. Recorrían de una
punta a otra todas las oficinas. Además, las manchas no salían de las sombras.
Las manchas no usaban gruesos lentes de carey sobre una nariz ganchuda ni
tenían el cabello ensortijado de la raza enemiga. No miraban con tal odio
milenario reconcentrado.
Ni tampoco, nunca antes una mancha
me había dirigido la palabra, reconoció espantado mientras la sombra se
despegaba de la pared, acercándose hasta el sillón para saludarle.
-Shalom, goy. Estaba aguardándote.-
dijo, con una voz afilada como las vías de un tren.
Y eso fue todo.
El demonio no le concedió más tiempo
al asombro del anciano.
Tomó ambas manos con fuerza, sin dejar de mirarle a través de las gruesas
gafas, y aplastó la que acunaba la píldora de cianuro contra la boca seca del
viejo.
La última orden a su personal de seguridad se convirtió entonces en aire
traicionero, ayudando a que el veneno ingresara por la tráquea, franqueada
durante el abortado grito.
La criatura forzó entonces la mano con la pistola Beretta PPK contra la sien,
introduciendo un esquelético dedo sobre el índice del líder, antes de oprimir
el gatillo.
Gracias a un permiso especial, concedido tras una larga deliberación en
poderosos gabinetes, envolvió para sí la última fracción de vida y la extrajo
del tiempo, lejos del plano humano, atrapada en la agonía del último
segundo.
La pequeña fracción de conciencia del viejo pulsó aterrorizada, anticipando las
incontables muertes exactas que le aguardaban, mientras su captor lo sumergía
en la eternidad.
Y es por ello que tienen razón los
que dicen que Adolf Hitler no se suicidó en Berlín, el 30 de abril de 1945.