Lápiz
Poca gente tiene tan buena disposición como un lápiz. Permite escribir una novela digna del Nobel o servir como utensilio para remover la cera del oído. Y todo por el mismo precio.
Diligencia
La tormenta no había cerrado el desfiladero por lo que los pasajeros pudieron llegar a la vieja posada. Pasaron la noche escuchando cuentos terroríficos sobre las ánimas en pena que vagaban durante la noche por el cercano bosque, los niños desaparecidos del lado de sus madres, los cuerpos destripados que los campesinos encontraban por la mañana, como si una bestia se hubiera ensañado con ellos.
Cuando llegó el amanecer los pasajeros reanudaron el viaje, no sin antes cobrarle a los posaderos los derechos de autor por las narraciones efectuadas la noche anterior.
La posada cerró hace tiempo ya, pero desde entonces en la región se cuentan historias sobre una diligencia que vaga sempiterna por los oscuros caminos en busca de algún posadero incauto, llevando en su interior a un feroz grupo de recaudadores de impuestos.
La posada cerró hace tiempo ya, pero desde entonces en la región se cuentan historias sobre una diligencia que vaga sempiterna por los oscuros caminos en busca de algún posadero incauto, llevando en su interior a un feroz grupo de recaudadores de impuestos.
Duelo
Las lagartijas morían calcinadas en la única calle del pueblo. El indio en el saloon ya les había advertido a los vaqueros sobre los peligros de la ola térmica, pero se le habían reído en sus propias plumas.
Fue así que dos necios, empujados por el alcohol y una discusión nacida por una nadería, decidieron batirse a duelo en pleno mediodía.
Allí estaban ahora, en el medio de la calle, donde los rayos del sol caían a tierra como flechas de lava, rodeados por decenas de ojos que los observaban desde el prudente abrigo de las escasas edificaciones de aquel pueblo olvidado.
Sería sobre aquella arena mancillada por el olvido, tapizada por millones de lagartijas resecas, donde uno de ellos vería apagarse al otro.
McEnroe clavaba sus ojos en Tierney, quien tenía un blanco fácil en su rival. No solo era que el sol pegara sobre McEnroe, cegándole. Tampoco le ayudaba la columna de humo, elevándose desde el sombrero, incendiado por el mormazo, marcando el punto donde debía disparar Tierney para acabar con el trámite.
Fue así que dos necios, empujados por el alcohol y una discusión nacida por una nadería, decidieron batirse a duelo en pleno mediodía.
Allí estaban ahora, en el medio de la calle, donde los rayos del sol caían a tierra como flechas de lava, rodeados por decenas de ojos que los observaban desde el prudente abrigo de las escasas edificaciones de aquel pueblo olvidado.
Sería sobre aquella arena mancillada por el olvido, tapizada por millones de lagartijas resecas, donde uno de ellos vería apagarse al otro.
McEnroe clavaba sus ojos en Tierney, quien tenía un blanco fácil en su rival. No solo era que el sol pegara sobre McEnroe, cegándole. Tampoco le ayudaba la columna de humo, elevándose desde el sombrero, incendiado por el mormazo, marcando el punto donde debía disparar Tierney para acabar con el trámite.
Alguien contó hasta tres y los hombres llevaron sus manos a donde momentos antes estaban sus armas, retirándolas demasiado tarde, quemadas hasta el hueso por el metal fundido bajo el astro rey.
El indio, desde el saloon, sonrió al escuchar los alaridos de dolor. Luego pidió otro vaso de licor, antes de pasar por las mesas a levantar el dinero de la apuesta ganada.
Tiburón
Por desgracia, el encallecido marino se había vuelto vegano. Las condiciones demandadas al gobernador parecían inaceptables: O'hara no usaría cebo fabricado con otros animales ni le haría daño al depredador. La única esperanza parecía diluirse en el agua cuando el gobernador, presionado por los locales, aceptó las condiciones.
El encuentro se produjo veinte millas mar adentro. O'hara y sus precarios ayudantes observaron con impotencia como el gran blanco devoraba a su foca amaestrada como si fuera una aceituna y luego embestía contra la pequeña embarcación. La violencia del choque tiró al especialista en mandalas directo al mar, donde pronto pasó a ser molido concienzudamente por la sierra circular que tapizaba la boca del gran pez.
El barco se hundía. O'hara, contra su voluntad, decidió tomar acciones extremas: se reunió junto a los ayudantes que habían sobrevivido en la cabina, cada vez más sumergida y, entre todos, se concentraron.
El reiki colectivo creció como una cálida onda y fue absorbido por los millones de sensores que el gigante poseía en su piel. El grupo de hombres enviaba mensajes de paz y serenidad, renovaba la memoria genética de la magnífica bestia, perseguida por generaciones. La calmarían, convenciéndola de que nada debía temer, y de esa forma cesarían sus intentos de perforar la sentina del barco.
Ese verano la temporada fue un fracaso.
Almas más allá
Ruge el mar contra las rocas. Allá arriba, en el borde mismo del acantilado, una figura femenina enfrenta decidida a la tormenta.
No aparta su mirada del mar, de sombras embravecido.
No aparta su mirada del mar, de sombras embravecido.
Los elementos juegan con su vestido gris, azotándolo bajo el influjo de las grandes masas de aire girando a su alrededor.
Ceden lentamente las costuras bajo las fuerzas que acosan a la joven, aunque ella no cederá su puesto de observación cerca del abismo.
La lluvia transforma su pesado vestido en roca chorreante y ella decide ignorarla, atenta a la aparición del navío donde regresa el amado a sus brazos.
Cada tanto da un paso al costado, ante el gentil pedido de quienes desde toda Inglaterra han viajado hasta ese punto en la costa para lanzarse al mar. Como en todas las temporadas a esta altura del año, las decenas de suicidas destrozados se acumulan sobre las filosas rocas.
La lluvia transforma su pesado vestido en roca chorreante y ella decide ignorarla, atenta a la aparición del navío donde regresa el amado a sus brazos.
Cada tanto da un paso al costado, ante el gentil pedido de quienes desde toda Inglaterra han viajado hasta ese punto en la costa para lanzarse al mar. Como en todas las temporadas a esta altura del año, las decenas de suicidas destrozados se acumulan sobre las filosas rocas.
El viento penetra lujurioso las fosas nasales de la joven en un flujo constante, superior al que pueden procesar sus débiles pulmones, convalecientes tras una larga y penosa temporada en el infierno de la tisis. El aire frío y húmedo del mar le petrifica los alveólos, presagio lúgubre pues allá, en la Inglaterra romántica, no ha nacido aún Fleming, el bondadoso benefactor de la humanidad.
Las bacterias reinan. Deciden quién vive y quién muere.
Por lo general prefieren que la persona muera, razón por la cual Fleming dedicará toda su vida a encontrar una manera de combatirlas hasta el luminoso día que, en plena guerra de Secesión, durante un descanso de su investigación en el laboratorio, se distraerá.
Inclinado sobre su cuaderno de notas se distrae creando el personaje de James Bond, mientras el sandwich de pavo que la criada negra le ha traído al buen doctor permanece ignorado.
Colonizado en silencio por múltiples hongos luego Fleming, distraído con una línea de diálogo particularmente ingeniosa, ingerirá sin mayor cuidado.
Inclinado sobre su cuaderno de notas se distrae creando el personaje de James Bond, mientras el sandwich de pavo que la criada negra le ha traído al buen doctor permanece ignorado.
Colonizado en silencio por múltiples hongos luego Fleming, distraído con una línea de diálogo particularmente ingeniosa, ingerirá sin mayor cuidado.
El científico, luego de despedir a la criada, pasará una semana comiendo arroz y queso pero también reconocerá, asombrado, que se ha curado de su halitosis, que como todos sabemos es causada por las bacterias.
A partir de allí la investigación de Fleming adquiere un impulso fenomenal. Rodeado de un grupo de voluntarios, estos héroes pasarán semanas devorando sandwiches de pavo en mal estado, en un ingenuo intento de repetir el milagro.
La investigación permanecerá así estancada hasta que un día, Fleming reciba la visita proverbial de Churchill, quien le conmina a usar los hongos de una forma que no le obligue a entrevistarse con él en su gabinete higiénico mientras desagota su ya exhausto estómago.
El científico no puede negarse a la requisitoria ministerial y es así que un impensable jueves 12 de octubre, pero del año 1492, Cristóbal Colón llega a lo que él cree son las Indias, iniciando así una era de prosperidad y colaboración entre los europeos del este y los del oeste.
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