250 bpm
La
licuefacción es la reina del mundo, dijo riendo.
La
humedad de tu vagina y de tus venas.
Mi
semen y tu saliva.
Sangre,
tejido, vestido, cuchillo, mantel, pared, mancha. Qué hago con esto en mis
manos, grito, chillo.
Con tu
carniza dibujo sobre la pared una frase obscena y luego duermo. Abandono tus
restos y escapo a través del sueño.
90 bpm
Gerardo,
hijo de Gerardo, salió de la casa en el balneario Buenos Aires con toda la
intención de llegar lo antes posible a Montevideo.
No era
simplemente apuro, necesitaba dejar atrás aquello que había sido creado durante
la noche por algo que no estaba dispuesto a aceptar pudiera ser él.
No
Gerardo, hijo de Gerardo, con un futuro incitante y excitante en el rubro de la
construcción de mansiones veraniegas, como la que albergaba el cuarto donde
todo había pasado.
Lo que
más le atormentaba era su rostro, cubierto por lo que parecían ser granos de
arroz rojos. Era su pesadilla más recurrente, perder la piel de adolescente que
había logrado conservar a través de tantos años.
Solo
que esta vez era real, el gran espejo en el dormitorio le mostraba las
petequias, los vasos capilares reventados por el prolongado esfuerzo del
vómito, aunque ya no tuviera nada más para expulsar.
Y sin
embargo, siguió arqueándose bajo la presión de una gigantesca mano invisible
durante un largo rato.
Por
alguna razón su vesícula le llenaba la boca de un líquido amarillo nauseabundo
y ello aumentaba la violencia de la próxima arcada, reventándole el rostro
andrógino.
Sobre
la cama, ensuciando las paredes, metidas en una olla, ocultas de forma
demencial en un chorreante cajón, se encontraban los restos de lo que había
empezado en un pub de José Ignacio.
Gerardo,
padre de Gerardo, seguramente sabría qué hacer.
Por
ello también quería llegar cuanto antes a Montevideo.
No era
algo que pudiera contarse por teléfono fijo ni por celular.
Así que
Gerardo, hijo de Gerardo, se subió al Audi y, en lugar de bordear la rambla de
Punta del Este, decidió que doblaría a su derecha por la 104 para así llegar a
la capital, una vez que alcanzara la ruta 9, reduciendo al mínimo las
posibilidades de encontrarse con un conocido.
Dentro
de las calles de Punta la velocidad tenía un límite demasiado bajo para la
potencia del motor de 6 cilindros de su auto.
Pero la
ruta, en cambio, tenía un solo carril de ida y otro de vuelta, que en su mayor
parte transcurría entre túneles de árboles con poco tránsito ya que todavía
faltaban varias horas para el amanecer.
0 km/h
Gerardo,
hijo de Gerardo, encendió el motor y lo sacó pisando levemente el acelerador,
el cambio automático en una posición casi inerte.
La
maquinaria de un RS 5 comienza a sentir que debe poner algo de fuerza extra
recién después de los 300 km/h.
Pero
Gerardo no quería, por primera vez en su vida, llamar la atención.
80 km/h
La 104
es una ruta paisajística, cuyo estado vial es de los más recomendables del
país.
Colabora
para que ello sea así el hecho de que es una ruta que se encuentra en la zona
turística de mayor importancia del país.
Por
ello es que la 104 es una ruta a la altura de las que se pueden encontrar en
países del Primer Mundo, con su trazado impecable, su pavimento en perfectas
condiciones y su visibilidad perfecta, lo que minimiza considerablemente el
riesgo de accidentes viales.
Aún de
noche.
100
km/h
Levantó
apenas la velocidad luego de pasar la intersección de las dos rutas, bajando
las ventanillas para que el aire que le azotaba lo despertara del todo.
140 km/h
Como
pensó, por la 104 no había nadie y hacia donde se dirigía solo se encontraban
las entradas a las chacras de veraneo de los millonarios y famosos argentinos.
La
mayoría estaban desocupadas ahora, pues el verano ya había terminado.
Durante
el día se veían las serranías de Piriápolis y de Lavalleja junto al horizonte.
Por
primera vez en horas sintió que tenía una posibilidad.
Comenzó
a disfrutar el viaje, cada más relajado, a medida que se alejaba del estrago.
Le duró
poco.
180
km/h
Comenzó
a incrementar la velocidad del auto.
El
vendedor, mientras firmaban los trámites de importación, le había asegurado que
este modelo podía acelerar de 0 a 100 km/h en tan solo 3.6 segundos.
Con 444
caballos de fuerza, el motor era lo suficiente poderoso para transmitir algo de
esa sensación al conductor, le aseguró. Pasó los 180 sin problemas.
El
efecto túnel también aumentó, estrechando los márgenes de su visión.
Volaba por
un tubo largo y verde, formado por altas paredes de árboles curvados encima de
su cabeza.
220
km/h
Afortunadamente
el Audi RS 5 acompaña su potencia con un diseño que le permite conservar la
estabilidad, sobre cualquier superficie y a cualquier velocidad.
De otra
forma su exquisita y muy reservada clientela se convertiría en picadillo de
carne tan a menudo que ni la mejor campaña de marketing, detallando todas y
cada una de las especificaciones técnica de avanzada, lograría que se vendiera
una sola unidad más.
Por
ello Gerardo, hijo de, apoyó su espalda en el respaldo ergónomico forrado en
cuero y suspiró con alivio.
Estaba
cada vez más cerca de la posibilidad de hacer que la horas pasadas fueran solo
un recuerdo dudoso.
Hasta
que suceda otra vez, pensó. Pero no, se corrigió, me estoy tirando tierra
encima.
A ver. ¡Arriba!
La
noche me ayudará a pasar sin que los guardias de seguridad en casa noten el
estado de mi rostro.
240 km/h
Gerardo,
hijo de Gerardo, sabía lo del efecto túnel.
Por su
afición a la velocidad lo había experimentado muchas veces.
Pero
ahora, producto del cansancio físico que le había dejado el vomitar o por el
estado nervioso, vio algo más, dentro del túnel, cuando aceleró.
Otro
auto.
Quizás
estoy exagerando, pensó reduciendo apenas la velocidad. Hay apenas 15
quilómetros entre la rambla y la 9.
No
estoy en la mejor forma para ir tan rápido y aquel auto está cerrándome el
paso. Me voy a estrellar contra él si no rebajo la velocidad.
Y lo
hizo.
180
km/h
Todas
las leyes físicas apuntan a que, si hay dos objetos de los cuales uno despliega
una velocidad mayor que el otro, el objeto más veloz impactará al más lento.
Y,
antes de chocarlo, el objeto más lento se hará omnipresente, por así decirlo.
Primero
en forma óptica y luego física, tal y como se ve en las videos de choques
frontales a gran velocidad, donde el costillar del conductor A se desprende del
cuerpo al que pertenecía y penetra, una vez que rompe ambos parabrisas, dentro
del rostro de la pasajera B que viajaba en el asiento del acompañante del auto
que iba en dirección opuesta.
La
metamorfosis de dos vehículos y varios seres humanos culmina con un bulto de
carne mezclada con vidrio y pedazos de plástico y metal, como si alguien
tratara de envenenar un ovejero alemán de dimensiones gigantescas.
Lo que
no prevé la física, es que si el objeto de mayor velocidad detiene o enlentece
su marcha, el más lento desaparezca de la vista.
Aunque
sea eso lo que sucedió.
0 km/h
Gerardo,
hijo de Gerardo, olvidó por un momento su prisa, su cara arruinada, su futuro
posiblemente tan arruinado como su cutis.
Aquello
no tenía sentido.
¿Estaba
volviéndose loco y debería llamar a alguien para que lo viniera a buscar antes
de matarse manejando?
Había
visto un auto delante suyo, lo suficientemente cerca para detenerse por temor a
chocar.
Era un
auto chino, celeste o marrón clarito, no recordaba.
Era del
tipo camionetita, de los que, a la gente que va sentada atrás, solo se les ve
solo sus perfiles.
Atrás iban
dos niños, una nena y un varón, sentados uno frente a la otra.
Habían
girado sus cabezas y lo miraban.
O eso
parecía. No había llegado tan cerca.
260 km/h
Allí
estaban. Dentro de la camioneta.
Los
niños.
Gerardo,
hijo, ya no tenía dudas.
¿Pero
cómo podía esa camioneta ir más rápido que su Audi?
Redujo
una vez más la velocidad.
180
km/h
Habían
desaparecido.
La
larga cinta gris, iluminada por los potentes faros del auto, bajaba y volvía a
subir hasta fundirse con la oscuridad sin que nada la interrumpiera.
260 km/h
Otra
vez.
Apenas
el velocímetro alcanzó los 260, Gerardo (h) vio como la parte trasera de la
camioneta se materializaba delante del Audi, bajo las copas anormalmente
inclinadas de los árboles.
Y se
acercaba a ella.
Ahora
sí estaba seguro.
Eran un
niño y una niña, con sus pálidas caras dirigidas hacia él, observándolo.
Lo cual
era imposible.
Tenían
faros de automóvil en lugar de ojos.
320
km/h
La Audi
es una marca alemana de automóviles de gama alta.
Como
tal, cada unidad, antes de ser lanzada al mercado es sujeta a una abultada y
exigente batería de pruebas con la finalidad de asegurar una experiencia de uso
al nivel del precio que se le cobra a cada usuario final.
Los
frenos de los autos Audi, por ejemplo.
En
condiciones controladas, se lleva el auto a su velocidad máxima, que en el caso
del RS 5 es de unos 708 km./h y luego se acciona el freno al máximo.
En el
laboratorio, los autos se detienen con tanta firmeza que los responsables de
los aditamentos de seguridad deben reforzar el diseño para que éste atenúe el
impacto de la frenada. De lo contrario, el resultado sería una caja torácica
pulverizada por la inercia.
Esa
obsesión por la perfección brinda seguridad y, sobre todo, previsibilidad en el
manejo. Así que cuando el Audi de G. (h) aumentó su velocidad sin que hubiera
ejercido mayor presión sobre el acelerador, éste comprendió que su día había
empeorado.
Y que
iba a morir.
0 km/h
El
Mercedes descapotable de M. apenas vibró al arrancar, solo el ladrido lejano de
un perro quebró el silencio nocturno del balneario.
Bajo la
luna todas las almas se veían igual de rotas. Las casas de veraneo blanqueaban
la costa, como lápidas en un cementerio de arena.
120
km/h
La
ruta.
No
tiene fin ni principio.
Pisa el acelerador.