miércoles, 28 de marzo de 2018

Normalizadores

250 bpm
La licuefacción es la reina del mundo, dijo riendo.
La humedad de tu vagina y de tus venas.
Mi semen y tu saliva.
Sangre, tejido, vestido, cuchillo, mantel, pared, mancha. Qué hago con esto en mis manos, grito, chillo.
Con tu carniza dibujo sobre la pared una frase obscena y luego duermo. Abandono tus restos y escapo a través del sueño.

90 bpm
Gerardo, hijo de Gerardo, salió de la casa en el balneario Buenos Aires con toda la intención de llegar lo antes posible a Montevideo.
No era simplemente apuro, necesitaba dejar atrás aquello que había sido creado durante la noche por algo que no estaba dispuesto a aceptar pudiera ser él.
No Gerardo, hijo de Gerardo, con un futuro incitante y excitante en el rubro de la construcción de mansiones veraniegas, como la que albergaba el cuarto donde todo había pasado.
Lo que más le atormentaba era su rostro, cubierto por lo que parecían ser granos de arroz rojos. Era su pesadilla más recurrente, perder la piel de adolescente que había logrado conservar a través de tantos años.
Solo que esta vez era real, el gran espejo en el dormitorio le mostraba las petequias, los vasos capilares reventados por el prolongado esfuerzo del vómito, aunque ya no tuviera nada más para expulsar.
Y sin embargo, siguió arqueándose bajo la presión de una gigantesca mano invisible durante un largo rato.
Por alguna razón su vesícula le llenaba la boca de un líquido amarillo nauseabundo y ello aumentaba la violencia de la próxima arcada, reventándole el rostro andrógino.
Sobre la cama, ensuciando las paredes, metidas en una olla, ocultas de forma demencial en un chorreante cajón, se encontraban los restos de lo que había empezado en un pub de José Ignacio.
Gerardo, padre de Gerardo, seguramente sabría qué hacer.
Por ello también quería llegar cuanto antes a Montevideo.
No era algo que pudiera contarse por teléfono fijo ni por celular.
Así que Gerardo, hijo de Gerardo, se subió al Audi y, en lugar de bordear la rambla de Punta del Este, decidió que doblaría a su derecha por la 104 para así llegar a la capital, una vez que alcanzara la ruta 9, reduciendo al mínimo las posibilidades de encontrarse con un conocido.
Dentro de las calles de Punta la velocidad tenía un límite demasiado bajo para la potencia del motor de 6 cilindros de su auto.
Pero la ruta, en cambio, tenía un solo carril de ida y otro de vuelta, que en su mayor parte transcurría entre túneles de árboles con poco tránsito ya que todavía faltaban varias horas para el amanecer.

0 km/h
Gerardo, hijo de Gerardo, encendió el motor y lo sacó pisando levemente el acelerador, el cambio automático en una posición casi inerte.
La maquinaria de un RS 5 comienza a sentir que debe poner algo de fuerza extra recién después de los 300 km/h.
Pero Gerardo no quería, por primera vez en su vida, llamar la atención.

80 km/h
La 104 es una ruta paisajística, cuyo estado vial es de los más recomendables del país.
Colabora para que ello sea así el hecho de que es una ruta que se encuentra en la zona turística de mayor importancia del país.
Por ello es que la 104 es una ruta a la altura de las que se pueden encontrar en países del Primer Mundo, con su trazado impecable, su pavimento en perfectas condiciones y su visibilidad perfecta, lo que minimiza considerablemente el riesgo de accidentes viales.
Aún de noche.

100 km/h
Levantó apenas la velocidad luego de pasar la intersección de las dos rutas, bajando las ventanillas para que el aire que le azotaba lo despertara del todo.

140 km/h
Como pensó, por la 104 no había nadie y hacia donde se dirigía solo se encontraban las entradas a las chacras de veraneo de los millonarios y famosos argentinos.
La mayoría estaban desocupadas ahora, pues el verano ya había terminado.
Durante el día se veían las serranías de Piriápolis y de Lavalleja junto al horizonte.
Por primera vez en horas sintió que tenía una posibilidad.
Comenzó a disfrutar el viaje, cada más relajado, a medida que se alejaba del estrago.
Le duró poco.

180 km/h
Comenzó a incrementar la velocidad del auto.
El vendedor, mientras firmaban los trámites de importación, le había asegurado que este modelo podía acelerar de 0 a 100 km/h en tan solo 3.6 segundos.
Con 444 caballos de fuerza, el motor era lo suficiente poderoso para transmitir algo de esa sensación al conductor, le aseguró. Pasó los 180 sin problemas.
El efecto túnel también aumentó, estrechando los márgenes de su visión.
Volaba por un tubo largo y verde, formado por altas paredes de árboles curvados encima de su cabeza.

220 km/h
Afortunadamente el Audi RS 5 acompaña su potencia con un diseño que le permite conservar la estabilidad, sobre cualquier superficie y a cualquier velocidad.
De otra forma su exquisita y muy reservada clientela se convertiría en picadillo de carne tan a menudo que ni la mejor campaña de marketing, detallando todas y cada una de las especificaciones técnica de avanzada, lograría que se vendiera una sola unidad más.
Por ello Gerardo, hijo de, apoyó su espalda en el respaldo ergónomico forrado en cuero y suspiró con alivio.
Estaba cada vez más cerca de la posibilidad de hacer que la horas pasadas fueran solo un recuerdo dudoso.
Hasta que suceda otra vez, pensó. Pero no, se corrigió, me estoy tirando tierra encima.
A ver. ¡Arriba!
La noche me ayudará a pasar sin que los guardias de seguridad en casa noten el estado de mi rostro.

240 km/h
Gerardo, hijo de Gerardo, sabía lo del efecto túnel.
Por su afición a la velocidad lo había experimentado muchas veces.
Pero ahora, producto del cansancio físico que le había dejado el vomitar o por el estado nervioso, vio algo más, dentro del túnel, cuando aceleró.
Otro auto.
Quizás estoy exagerando, pensó reduciendo apenas la velocidad. Hay apenas 15 quilómetros entre la rambla y la 9.
No estoy en la mejor forma para ir tan rápido y aquel auto está cerrándome el paso. Me voy a estrellar contra él si no rebajo la velocidad.
Y lo hizo.

180 km/h
Todas las leyes físicas apuntan a que, si hay dos objetos de los cuales uno despliega una velocidad mayor que el otro, el objeto más veloz impactará al más lento.
Y, antes de chocarlo, el objeto más lento se hará omnipresente, por así decirlo.
Primero en forma óptica y luego física, tal y como se ve en las videos de choques frontales a gran velocidad, donde el costillar del conductor A se desprende del cuerpo al que pertenecía y penetra, una vez que rompe ambos parabrisas, dentro del rostro de la pasajera B que viajaba en el asiento del acompañante del auto que iba en dirección opuesta.
La metamorfosis de dos vehículos y varios seres humanos culmina con un bulto de carne mezclada con vidrio y pedazos de plástico y metal, como si alguien tratara de envenenar un ovejero alemán de dimensiones gigantescas.
Lo que no prevé la física, es que si el objeto de mayor velocidad detiene o enlentece su marcha, el más lento desaparezca de la vista.
Aunque sea eso lo que sucedió.

0 km/h
Gerardo, hijo de Gerardo, olvidó por un momento su prisa, su cara arruinada, su futuro posiblemente tan arruinado como su cutis.
Aquello no tenía sentido.
¿Estaba volviéndose loco y debería llamar a alguien para que lo viniera a buscar antes de matarse manejando?
Había visto un auto delante suyo, lo suficientemente cerca para detenerse por temor a chocar.
Era un auto chino, celeste o marrón clarito, no recordaba.
Era del tipo camionetita, de los que, a la gente que va sentada atrás, solo se les ve solo sus perfiles.
Atrás iban dos niños, una nena y un varón, sentados uno frente a la otra.
Habían girado sus cabezas y lo miraban.
O eso parecía. No había llegado tan cerca.

260 km/h
Allí estaban. Dentro de la camioneta.
Los niños.
Gerardo, hijo, ya no tenía dudas.
¿Pero cómo podía esa camioneta ir más rápido que su Audi?
Redujo una vez más la velocidad.

180 km/h
Habían desaparecido.
La larga cinta gris, iluminada por los potentes faros del auto, bajaba y volvía a subir hasta fundirse con la oscuridad sin que nada la interrumpiera.

260 km/h
Otra vez.
Apenas el velocímetro alcanzó los 260, Gerardo (h) vio como la parte trasera de la camioneta se materializaba delante del Audi, bajo las copas anormalmente inclinadas de los árboles.
Y se acercaba a ella.
Ahora sí estaba seguro.
Eran un niño y una niña, con sus pálidas caras dirigidas hacia él, observándolo.
Lo cual era imposible.
Tenían faros de automóvil en lugar de ojos.

320 km/h
La Audi es una marca alemana de automóviles de gama alta.
Como tal, cada unidad, antes de ser lanzada al mercado es sujeta a una abultada y exigente batería de pruebas con la finalidad de asegurar una experiencia de uso al nivel del precio que se le cobra a cada usuario final.
Los frenos de los autos Audi, por ejemplo.
En condiciones controladas, se lleva el auto a su velocidad máxima, que en el caso del RS 5 es de unos 708 km./h y luego se acciona el freno al máximo.
En el laboratorio, los autos se detienen con tanta firmeza que los responsables de los aditamentos de seguridad deben reforzar el diseño para que éste atenúe el impacto de la frenada. De lo contrario, el resultado sería una caja torácica pulverizada por la inercia.
Esa obsesión por la perfección brinda seguridad y, sobre todo, previsibilidad en el manejo. Así que cuando el Audi de G. (h) aumentó su velocidad sin que hubiera ejercido mayor presión sobre el acelerador, éste comprendió que su día había empeorado.
Y que iba a morir.

0 km/h
El Mercedes descapotable de M. apenas vibró al arrancar, solo el ladrido lejano de un perro quebró el silencio nocturno del balneario.
Bajo la luna todas las almas se veían igual de rotas. Las casas de veraneo blanqueaban la costa, como lápidas en un cementerio de arena.

120 km/h
La ruta.
No tiene fin ni principio.
Pisa el acelerador.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Momentos para volver a fumar

Pájaros.
Sonidos de pájaros sobre mi cabeza.
Aunque la mañana está fría ellos cantan como si ya fuera primavera.
Pájaros en una calle cerrada por los árboles que forman un túnel con sus ramas más altas.
Autos, motores encendidos pasando rugiendo a mi lado y por momentos interrumpen la sinfonía de las aves.
A veces escucho los pasos de alguien cuando me adelanta o me cruza en dirección opuesta a la que voy.
Huelo sus presencias.
Huelen a comida, a sudor, a prisa, a juventud, a decadencia. A comida.
En una mano llevo una vara larga con la que tanteo los bordes de las cosas al tiempo que voy trazando un semicírculo delante mío como modo de aviso.
De esa forma evito chocarme contra cualquier ser que esté delante mío y no se aparte a tiempo.
En mi otra mano apreto contra mi pecho una bandeja de huevos para mi nieto.
Amo sus cabellos dorados, el brillo de sus ojitos curiosos, sus movimientos juguetones.
Me basta recordar su llanto apremiante cuando tiene hambre basta para que yo avance sin importarme otra cosa que llegar a casa, donde me lo dejaron a mi cuidado.
No estaba así toda estropeada cuando salí a comprar comida. Algo parecido a un relámpago me golpeó los ojos y desde entonces quedé ciega.
Fue mientras salía del supermercado, apurada por llegar a prepararle el almuerzo a mi nieto.
Pero esta vieja no va a dejar que se la lleven y la maten. Porque yo me muero si me internan en una casa de ancianos. Antes me mato.
Así que mejor trato de llegar a casa y hacer las cosas sin que se den cuenta.
Finalmente alcanzo la puerta de mi casa. Reconozco sus molduras, el pestillo que me toma la mano como desde hace ya casi 50 años que vivo acá. Los últimos sola, desde que Ramón murió.
El llanto del niño en el comedor se detiene cuando entro, luego vuelve a sonar, demandante.
Pongo una olla sobre la cocina y enciendo la hornalla.
El aire entibiado por el fuego me devuelve la sensibilidad en mis dedos, ateridos por el frío que pasé cuando fui a buscar los huevos en esa mañana de invierno.
Los dejo reposando sobre la olla mientras en mi mente repaso lo sucedido hasta ese momento.
Mi hija trajo a mi nieto para que lo cuidara mientras ella trabaja, como todos los días. Todavía no había hecho los mandados porque tuve una mala noche, casi ni dormí.
Luego salí a buscar la comida para el niño y fue durante esa salida que se me jodió la vista.
Pero no importa, después que el niño coma y se duerma, me voy a echar un rato a ver si puedo pellizcar un poco de sueño. Capaz que cuando me despierte ya está todo bien de vuelta.
Los años no vienen solos, decía mi madre.
Si llega a venir mi hija, aunque no creo, ella igual tiene las llaves de casa así que no tendré que salir a abrirle.
Cualquier cosa me hago la dormida así no se da cuenta de mi ceguera.
Yo ya les dije: "ni loca voy a un hogar de ancianos, antes, voy hasta la rambla y me tiro al agua".
Y soy capaz de hacerlo, esta vieja vasca no va a dejar que le saquen lo único que tiene.
Si yo me arreglo bien sola.
Ah, el agua ya está hirviendo.
Ay, qué cosa!
Por pensar me olvidé que había dejado los dedos pegados a la olla.
Es que una vive distraída, ya está vieja, los años no vienen solos, decía mi madre.
Despegué despacito los dedos pero igual me quemé un poquito y dejé como unos pedacitos de piel sobre la olla.
Qué vieja boba.
A ver dónde dejé los huevos. Ay, no veo nada. Tengo que tantear con cuidado la mesada no sea cosa que los tire. Tranquila, Coca, tranquila, no te mandés cagadas ahora.
Acá están.
Pongo la media docena de huevos en el agua. Si quiero que mi nieto se calle lo tengo que llenar de comida.
Estoy muerta de sueño.
A ver, voy a ver cómo está.
Está llorando, pobrecito. Bueno, bueno, ya la abuelita le trae su comidida, pobrecito.
Sigue llorando. Claro, a esta hora yo ya lo tenía comido. Lo malacostumbré.
Debemos, los dos, esperar a que el agua hierva.
Hervir el agua, me enseñó mi madre, es llevarla al punto de ebullición, calentarla mediante fuego, decía mamita, hasta que comience a ser aire caliente. O agua caliente como para ablandar una superficie celular y cocinar su contenido, como decía mi padre.
Como le gustaba leer a mi padre. Tenía una biblioteca hermosa. Mi hermano cuando murió se la quedó toda.
Los huevos, me enseñó mi madre, deben estar en el agua hirviendo durante siete minutos.
Ay, me voy a sentar un poco mientras tanto.
A ver ahora. No, todavía no están.
Ay, che, casi me quemo otra vez por las burbujas estas que están tirando agua para todos lados.
Ya deben estar.

Saco la olla con cuidado del fuego. Lo apago antes, sí, uno puede estar vieja pero no boba.
Abro la canilla así los enfrío para poder pelarlos.
Frío, liso y redondo. Cada uno cabe en la palma de mi mano.
Blanco e inoloro, duro y frágil.
Coloco el primer huevo bajo el chorro de agua fría y con la punta del dedo voy levantando la cáscara.
Les voy quitando esa capa dura, quitina se llama según decía el viejo, que antes estaba dura como el yeso y ahora es reducida por mí dándola contra la superficie de mármol de la mesada.
Cuando termino, el interior blanco y blando queda expuesto.
Me gusta hacerlo girar sobre la mesada, apretándolo con cuidado de no romperlo. Me encanta su resistencia.
Después lo parto al medio con un cuchillo y sigo con el próximo.
Cuando termino con uno, lo corto y lo pongo en una fuente. Así hasta alcanzar doce mitades con su núcleo anaranjado expuesto.
El olor es repugnante. Debería haber una categoría específica para el sabor a huevo duro.
Una categoría ocupada por un único elemento. Así como hay alimentos dulces, salados, ácidos y amargos, el huevo duro ocupa la categoría del sabor a podrido.

Escurro mis dedos mojados sobre la pileta y termino de secarlos con un trapo que paso una y otra vez.
Debe ser por eso que le dicen repasador.
Mi nieto come. Era lo que necesitaba, pobrecito.
Ay cómo come el nene!
De a ratos se atora, tose un poquito pero yo le doy unos golpecitos en la espaldita y luego sigue comiendo.
Con mis manos ubico su boquita y ni tiempo le doy a que la abra, con los dedos se la voy llenando lentamente y con cuidado de no ensuciarle la ropita pero sin parar, así la abuelita puede dormir un poco, mi amor!
Ay, qué pasó? Está llorando otra vez!
Quizás no quiera más pero tiene que comer, si no la abuelita no va a poder dormir así recupera sus ojos.
Le desmenuzo los huevos así, bien chiquitos para que los pueda comer mejor y de a pedacitos sigo introduciéndolos en la boquita.
La media docena.
Le siento los cachetes inflados a mi gordito. Ni los mueve de tan llenos que están.
Debe ocupado tragando, bien despacito, porque ya no llora.
Le doy un besito en esas mofletes que se los apretaría de tan llenos que están y me voy a la cocina donde dejo la fuente ya vacía.
Después me tiro en el sofá junto a la ventana del comedor, al lado de mi chiquito.

Todo está tan silencioso.
Ni siquiera se escuchan los pájaros y no pasa ningún auto.
Mi nieto todavía come porque tampoco lo escucho llamarme.
Está entrándome el sueño cuando de doy cuenta de una cosa.
Mierda.
Me he quedado sorda.

sábado, 17 de marzo de 2018

Jorge

Mi asistente personal acaba de decírmelo.
Afuera hay por lo menos 40.000 personas esperándome.
Ese era un dato que en realidad no necesitaba, adivinaba el número por la magnitud del típico silencio, cargado de expectativas, previo al comienzo de un show.
Cuando dieron la señal el estadio quedó a oscuras y, simultáneo al griterío, surgieron tres decenas de varilites emitiendo rojo sangre sobre mí, que había llegado hasta el centro del escenario ayudado por la oscuridad.
A mi lado Omar Herrera había acusado bien el golpe de verse por primera vez ante el vacío poblado por los miles de ojos fijos en nosotros, atentos a nuestro sonido y a los cambios de las varilittes en cada golpe de percusión.
Aldo Bazika, mi baterista, acompañaba a Leonardo en el bajo en una sólida base rítmica sobre la cual Heráclito y Omar trazaban danzantes sonidos en teclados y guitarra, respectivamente.
Cada tanto los miraba y les veía sucios de colores, felices y tensos al mismo tiempo.
El técnico que estaba al mando de la consola de luces esa noche se estaba luciendo. Nuestras ropas iban del azul al blanco y enseguida se tenían de verde.
Para mí había sido casi imposible aguantar la tensión previa a la salida.
De hecho, me porté bastante histéricamente durante todo el día molestando a los demás, asegurándome de que todo saliera según mis deseos.
Ahora todo estaba saliendo bien. Mi garganta alcanzaba los tonos más altos sin esfuerzos y, aún cuando no lo hiciera, el ingeniero de sonido tenía ya preparada la pista de apoyo para cubrir cualquier hueco o desvío.
Esa noche, de todas las que he vivido arriba de un escenario, todo debía salir a la perfección.
Movidas por grúas sujetas a los andamios que constituían el escenario, las varilites qe habían comenzado el show  abandonaron el escenario y se precipitaron sobre la multitud que comenzó a gritar enloquecida de placer mientras las luces dibujaban figuras geométricas sobre ella, coincidiendo con el final de la primer canción.
Al mismo tiempo, tres filas más de varilites configuraban el escenario para la próxima canción.
Los láseres alcanzaban el cielo nublado de la ciudad y luego se abrían en abanico para caer hasta rebotar en espejos distribuidos estratégicamente entre el público. Ya no había un escenario sino que todo el estadio era uno. No brillaban unos pocos láseres sino cientos.
Comenzó de la segunda canción a una señal del baterista y el suelo del escenario se convirtió en un césped de gigantescas flores mezcladas con fotos micróscopicas de copos de nieve.
La multitud rugió al darse cuenta que todo en el escenario, piso incluido, estaba cubierto de pantallas LED de altísimo contraste.
Detrás mío, apareció un tablero de ajedrez con los casilleros blancos y negros entrecruzándose entre sí y, sobre el final de la canción, cambiando su forma a la de un tablero de backgammon.
Sabía que ella iba a estar esa noche entre el público.
Con su esposo, como siempre.
Pero esta era la prueba que ella y yo necesitábamos.
Aunque no lo supiera, estaba casándose y enviudando en la misma noche, mientras yo cantaba y bailaba dentro de paraísos artificiales generados por tecnología de punta puesta al servicio de la representación de mi ego.
Los rugidos del público eran nuestro coro nupcial.
Su estruendo tornó inútil el esfuerzo de su marido cuando gritó al sentirse agarrado por dos de mis guardaespaldas, mientras un tercero lo golpeaba hasta dejarlo insconciente ante la indiferencia del público que se hacía a un lado para no perderse el espectáculo.
Por esa noche sus ojos y oídos eran míos.
En algún momento del recital, quizás cuando se encontró sola y rodeada por desconocidos, debió darse cuenta de lo que había pasado.
De todas formas yo la ayudé a despabilarse. 
Durante la parte acústica del show, mientras cantaba una balada pretendidamente comprometida con los derechos humanos en la pantalla del fondo se pasaban imágenes muy crudas de personas asesinadas.
Mezclada entre ellas estaba la que mis guardaespaldas le habían tomado al cadáver de su esposo y alcanzado al responsable de la consola de videos.
Yo no lo la podía ver en ese mar de rostros a semioscuras pero, mientras le cantaba a la masa concentré mis sentidos en ella. La lista de canciones de esa noche, en su mayoría dedicadas al amor y a la pérdida de éste, era distinta a la de otras fechas de esa gira.
Digo que en algún momento se dio cuenta pero no sé si fueron las canciones, las maravillosas luces que bañaban su rostro o simplemente la artificial sensación de libertad que da esta clase de espectáculo lo que la decidió.
Solo sé que cuando todo terminó, me metieron sudoroso y satisfecho en mi limusina y ella estaba allí, con un extraño brillo en sus ojos.
- Jorge se ha ido. - me dice.

viernes, 16 de marzo de 2018

Juegos de niños

Barro seco, tal vez, y el camino que no termina.
Tengo un tronco por pecho, una piedra por estómago, bolas de vidrio por ojos.
Soy un mueble sobre el que han depositado un solo pensamiento: llegar.
Pero no llego a tiempo y cuando me bajo del caballo entro en la casa para descubrir que los juguetes se llevaron a mi niña.
Se dejó llevar, pienso. No los tiró cuando debía y ahora está bajo su poder, a la deriva.
La estarán llevando al fuego eterno, allá, más allá del ombú.
¿Dónde diablos deambula el sentido que te llevó, juguetona, lejos de mí?
Tropiezo con cardos, tuerzo mis pies en huecos, trato de llegar al horizonte bajo un cielo prendido fuego y los encuentro a los tres.
El bebé y el oso tienen agarradas tus manos.
Te acercan a mí, bajo la luna que convierte en cenizas las pieles y abre la negrura en los pechos.
Qué espera la niña para salir.
Tela de sol, muñeco con voluntad.
Te quería ver a solas pero vinieron todos y no tú como yo quería.
Ahora me doy cuenta. Quizás deba agradecértelo, muñeco feroz.
Sin tus ojos de plástico las cosas no hubieran tenido este final, un atardecer cercano y sin viento me alivia la carga.
Estallan mis venas en  homenaje a mi pasado.
Mi futuro será vagar en jardines desolados.
Te alejas, te lleva la corriente del tiempo y yo me quedo acá, vencido.
¿Quién contará nuestra historia?

Fiebre

Hasta donde alcanzo a sentir, estoy en una cama.
Los dedos de mi pie rozan la sábana, una de mis uñas está rota y se engancha con uno de los hilos de la sábana.
Está atardeciendo o amaneciendo, no lo sé aún.
Mi pierna, mi única pierna, parece un bebé o quizás una serpiente gorda e inquieta que se desplaza bajo la superficie lisa de la cama creando arrugas y sombras.
Por momentos me desmayo, luego recobro la conciencia y sigo moviendo la pierna pues es lo único que puedo hacer.
Pasa el tiempo. Horas quizás y la media luz del cuarto en el que estoy no aclara ni oscurece.
Vuelvo a perder el conocimiento pero sigo despierto.
Perdí todo el conocimiento.
Ya no sé qué es esa cosa gruesa que cambia de forma debajo de algo que la cubre.
Solo sé que se enganchó y que cuando la esfuerzo, duele.

jueves, 15 de marzo de 2018

Taxi


Voy a cruzar una calle del centro (el semáforo me favorece).

Apenas pongo un pie en el asfalto veo a un taxi acercándose por la calle perpendicular a la calle por la que voy a cruzar y con el cuál no tendría nada relación alguna si no fuera porque prendió su señalero derecho al llegar a la esquina.

El sol arde desde el parabrisas delantero y me impide ver al cara del taxista, aunque lo adivino canoso y con gorra (hace frío), nariz roja de bebedor, voz ronca y pronunciada como las de los inmigrantes italianos.

Decido entonces cruzar caminando rápidamente pero el taxi, creyendo que sólo estaba fingiendo, acelera antes de darse cuenta que iba demasiado rápido para él. Es decir, demasiado lento como para que no me agarrase el taxi que dobló demasiado rápido.

Me tragan las ruedas delanteras del vehículo, asombrado siento como crujen mis rodillas bajo la rueda izquierda mientras la derecha revienta mi cráneo esparciendo mis sesos en el pavimento calentado por el sol del mediodía.

Pero nada de esto ha pasado, aún estoy en la mitad de la calle y tengo el semáforo a mi favor.

Decido entonces caminar más lento, como si no estuviera esperándome ningún escribano.

Camino observando los edificios, el cielo azul, las hojas amarillas en los árboles marrones.

Sin detener mi marcha ni acelerar su ritmo calculo el número de hojas de cada árbol y a dicho resultado lo multiplico por el número de árboles que hay en la plaza por la que voy a cruzar y luego lo resto del total de hojas que ya han caído al suelo lo que me da una cifra que tal vez pueda precisar en algún precioso momento en que, estoy seguro, la olvidaré.

Mientras lo hago, doy alguna mirada ocasional al taxista a quien no logro ver pero que presiento impaciente.

Las luces de los comercios y los faros de la calle comienzan a prenderse mientras la tarde comienza a morirse.

Del aire agitado por las toses del motor se desprende un calor sin atenuantes que me hace sudar mientras me aproximo al taxi que aguarda vibrando en la esquina a que yo finalice el cruce.

De otros autos comienzan a escucharse palabras, pedidos, insultos.

Pero no, aún estoy a mitad de camino y tengo el semáforo a mi favor.

Me trepo insinuante sobre el capó del auto sin que mis manos despellejadas por el calor de la chapa me molesten.

El olor a motor recalentado, piel quemada y ropa chamuscada forman una mezcla que sube hasta mis narices y me provoca gozosas naúseas.

En otro momento vomitaría y me alejaría aullando por el dolor, avergonzado.

Pero ahora no, el semáforo sigue estando a mi favor.

Me derrito, me expando como plástico rosado sobre el techo y las ventanillas. Las tapo, busco indecoroso las lúbricas gomas y entro en vergonzoso contacto con las partes más íntimas del auto.

Dentro mío, el italiano todavía tiene fuerzas para gritar y golpearme el estómago desde dentro lo cual casi me obliga a perdonarle la vida, vomitándolo fuera como un niño al cual la merienda le cayó mal.

Pero no, aún tengo el semáforo a mi favor.

Y alcanzo la vereda antes de que cambie donde, tras lanzar un eructo con gusto a gorra sudada, salgo corriendo haciéndole muecas burlonas a los asombrados escribanos.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...