"Hay otros mundos, pero están en este." - Paul Eluard
Mi madre muerta me acosa en sueños. La encontré por primera vez hace ya unas cuantas noches. Me soñé despertando en un apartamento desconocido. No fue una alucinación ni un sueño normal, sentía ese otro mundo y podía moverme por él.
La encontré fuera del dormitorio adonde había abierto mis ojos, sentada en un sofá tapizado en cuero marrón. Me miraba y se reía. Dijo o me enteré, quizás ya lo sabía de sueños anteriores que había olvidado, que vivía en el apartamento al departamento del “mío”. Me miraba y entre risas me decía que había vuelto, que era una “viejita jode jode”.
Se veía igual a como estaba antes de que el Alzheimer la consumiera. Flaca y huesuda, la carne hundida, incómoda de observar. La única diferencia que noté es que nada le importaba. Todo era un motivo suficiente para hacerla hacía reír.
Volver, luego que había conseguido echarla, dentro del sueño, a pedirme un poco de azúcar le parecía el colmo de la comicidad. Si le decía que se llevara el quilo entero, argumentaba que si lo hacía no sería una viejita “jode jode”.
Otra noche me soñé abriendo la puerta solo para descubrirla dentro. Tenía una copia de las llaves. Me di cuenta apenas entré pues faltaba una de las sillas del juego de comedor.
Ella estaba sentada en el sillón del living, tomando una taza de té que hizo en mi cocina, a juzgar por los restos dejados en la pileta. No me miró. Seguramente esperaba que le preguntara por la silla faltante y así tomarme el pelo, pero en todas sus visitas evité hablar lo más que pude. Bebía y mirando el vacío delante suyo, como si la pared del pequeño recibidor tuviera algo. De a ratos extraía un pañuelito de su delantal y se lo pasaba por la nariz.
No quiero que se me malinterprete.
No me molestó ver a mi madre en sueños.
Desde que murió, hace casi dos años, fue la única forma de volver a verla. Al
menos creo que así no me olvidaré del sonido de su voz, como sí pasó con la de
mi padre.
Pero esto me supera. Lo siento como un acoso a mis horas de descanso. En una semana soñé al menos 3 veces con ella. Tres noches, tres sueños distintos con una sola cosa en común: mi madre irrumpiendo el curso normal del sueño, si es que existe algo anormal o normal en un sueño.
Empezó a preocuparme hasta que, a partir de un viernes, dejó de suceder. Fue un alivio pues, aunque siempre dije que ver a un fantasma me alegraría ya que sería la prueba definitiva de que hay algo después de la muerte, de que sí existe otro plano además de éste, me levantaba devastado, como si me hubieran dado una paliza desde dentro del cuerpo. Además pasaba el resto del día deprimido. Los malditos sueños me renovaban el duelo.
Sigo sin saber si hay otro plano después de la muerte, por ahora, pero al menos sé que si existe otro, además de este. Lo llamamos sueño. O pesadilla. Y lo descartamos como un subproducto cerebral. Restos del día. Pero no lo son. Si lo fueran, debería gozar de los favores sexuales de una mujer casada que deseo en silencio, en lugar de tener como cita a mi madre.
Que ayer volvió. Otra vez el mismo apartamento de las últimas veces. Al parecer cada sueño despliega su propia geografía. Imagino un mapa con grandes zonas oscuras, reveladas durante los sueños. Pequeñas iluminaciones del tejido onírico que se encienden sin que la voluntad intervenga.
Esta vez, en ese apartamento que sueño contra mi voluntad, todo estaba revuelto.
La mesa redonda de la cocina había sido movida al living y tapaba el sillón. Los platos y ollas, tirados por todos lados, hacían imposible caminar en silencio. Las frazadas y las sábanas brotaban como cascadas del ropero.
Comencé a ordenar aquel desastre cercano a una pesadilla. Puse la ropa en su sitio. Levanté los platos. Llevé las sillas una por una a la cocina y, cuando levanté la mesa sobre el sillón, casi se me escapó de las manos. Debajo estaba mi madre, tendida a lo largo. Ya no como “viejita jode jode” sino como un cadáver hecho y derecho, de mejillas hundidas y boca semiabierta, dientes postizos ausentes, lengua seca.
Los ojos agrisados tenían textura de medusa. No reflejaban luz, las pupilas habían desaparecido. El cadáver tenía días, pero no despedía olor. Me desesperé. En el sueño era de noche y estaba solo, pues en ese plano no tengo a nadie quien llamar.
Se me ocurrió ponerle un par de
monedas en los ojos para no verle al menos esa especie de gelatina blanca
grisácea en que se habían transformado. Así lo hice.
Apenas el sueño se terminó, y pude abrir los ojos, corrí a prender todas las
luces del apartamento que tenía por real. Estuve un rato largo, dudé hasta de
la textura de la camisa que me había puesto al levantarme.
Pensé, me aferré a la razón, mi última conexión, traté de calmarme apenas pasé el primer ataque de pánico. Pero las perspectivas eran pésimas.
Si hace unos meses mi madre muerta estaba viva, en el sueño, pero ahora también está muerta allí, hubo cierto desplazamiento del tiempo transcurrido en ese plano. Volví a su lado, de todos los lugares a los que podría haber ido, entré por segunda o tercera vez al apartamento vecino al suyo. Pero volví tarde.
Ella estuvo en el mío, esperándome este tiempo -durante el que soñé otras cosas-, debilitándose a medida que yo no volvía, hasta que ya no pudo seguirme a través de otras elaboraciones oníricas. Creyó que jamás iba a volver, y decidió echarse en el sillón, vencida, a dejarse morir. Dejó de ser la viejita “jode jode”.
Debía descartar entonces que ella hubiera montado la trampa, como pensé en un primer momento: los apartamentos tan inoportunamente vecinos, su constante intrusión, el asedio a mis sueños.
Pero, si no fue mi madre, ¿qué o quién nos llevó a esos lugares? Y, lo más importante para mí ahora. ¿Eso, sea lo que sea, me llevará de vuelta al apartamento? ¿En qué estado encontraré entonces a mi madre? Cuando suceda, si sucede, ¿habrá cambiado su cuerpo de la misma manera en que cambian los cadáveres en nuestro plano? ¿Intentará reírse con la lengua desintegrándose? ¿Recorrerán mi nuca sus dedos corruptos por la descomposición?
No fui a trabajar. Pasé el día en casa, obsesionado con esto, Ahora ya anocheció.
No me atrevo a dormir.
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