Diamante negro
sobre el bosque, mujer brillando dentro del bosque.
Diamante negro
sobre el monte, mujer brillando dentro del monte.
Corazón de matrero
girando dentro del hombre, condición de eucalipto mecido por el viento. Tarde serena,
luz filtrándose a través de las hojas.
Vestido de flores
aguarda el lobo, acecha al paseante.
Ve a la niña
agachada, bebiendo las flores.
El clavel del aire
crece solo, en la intimidad del bosque. Pero la niña no lo sabe, el rosa
azulado debe habitar en la oscuridad, piensa.
Tengo un techo
abierto de hojas sobre mi cabeza, el pasto húmedo de rocío desata mis
mocasines; tomo las suelas con mis manos; comienzo a co(da)bear sobre el pasto;
chamusco las pistolas; eh! y a vos que te importa?
¡Eh!
La niña mira mi
figura pero al figurársela la mirada encuentra a Schwarzenegger huyendo de una
pared de llamas.
Arnold está tirado
en el suelo, las manos sobre una de sus rodillas, la que está recogida. Respira
de forma agitada, observando con temor la ardiente muralla que llega hasta el
cielo, pero sólo hasta la mitad.
De pronto, para
gran terror suyo, surjo de entre las llamas vestido de gaucho, sin que
Schwarzenegger me reconozca.
Estoy rengo pues
me falta una pierna, pero aún así mi único deseo es perseguirle, por lo que
Arnold se levanta y comienza a correr; kilómetro tras kilómetro. Y yo atrás,
dale que dale, rengueando a lo bobo mientras trato de alcanzarlo.
Corremos durante
horas atravesando las islas de ucalitos hasta que siento como mi carne se
desintegra, palmo a palmo, hasta dejar en su lugar a una especie de robot como
el de Terminator 2, pero 3.
Por momentos la
carrera se detiene, a medida que las partes expuestas de la maquinaria se van
cayendo.
Arnold
Schwarzenegger, nacido en Linz, Österreich, detiene su carrera y observa
asombrado a una especie de gaucho androide que con una sola pierna intenta
seguirle. La maldita cosa lleva todo su peso sobre una sola pierna como si
fuera (yo que sé, para muchos sería como un barril rompepelotas, para mí era
lamentable. Lamentable no, insufrible mejor). Gracias.
Por fin, el
extraño invento cayó al suelo y con una gran explosión expelió una nube gris
semejante a un pequeño hongo atómico.
El austríaco
sonrió aliviado mostrando unos inmensos dientes insertados en una hermosa
mandíbula de Neanderthal.
Revisó la bolsa
cubierta de polvo que llevaba en la cintura. Tenía una brújula, un pequeño
pico, un cepillo de tierra, un cuaderno y una lapicera, un carné con su foto y
la leyenda “Asociación de Amigos Antropólogos” sobre el papel plastificado.
En ella
Schwarzenegger vió su nombre; se llamaba Henry Morgan y por lo que él sabía
debía ser entonces un reputado arqueólogo (o un disputado senador, depurado
orador, refinado neón, luz de luna).
Pero Arnold no cayó
en la trampa, siguió creyéndose Ethel Durango aunque no supiese lo que eso
significare; pero le parecía más seguro.
Desde una de las
dos islas de eucaliptos que rodeaban a Schwarzenegger emergió una diligencia
pintada de negro.
Una hermosa
morocha desnuda la dirigía y para cuando la llevó hasta donde Schwarzenegger,
éste había quedado petrificado por el asombro, pues sentada en el pescante no
estaba otra que Kate Jackson, en su papel de Sabina Duncan.
Él se aproximó
grande y noble, observando la corta cabellera negro azulada, luego bajó su
mirada y observó los desnudos hombros, los delicados senos, la cadera dorada
por el sol, el sol reflejándose en los metales del banco donde ella estaba
sentada y por fin, en sus pies
Estaba descalza,
por supuesto, y desde el dedo gordo del pie que estaba más cerca de Schwarzenegger
estaba cayendo lentamente una espesa gota de sudor.
Comprendió que
algo importante residía en esa gota, en el hecho de su existencia; le recordó
todas las mujeres que había conocido; las rubias, las morochas, las altas, las
bajas, las audaces, las pícaras, las saladas, las azules, las marrones.
Cuando la gota
cayó por fin en el escalón de madera del carruaje explotó, creando una ola
expansiva que empujó a Schwarzenegger contra la muralla vegetal de otra isla de
uculitos.
Ésta abrió una
brecha en la fronda, se lo tragó y a continuación, cerró el hueco de tal forma
que el paisaje lucía inocente como en el inicio, desde que alguien así lo
dispusiera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje un comentario aquí.