jueves, 15 de marzo de 2018

Diamante negro


Diamante negro sobre el bosque, mujer brillando dentro del bosque.
Diamante negro sobre el monte, mujer brillando dentro del monte.
Corazón de matrero girando dentro del hombre, condición de eucalipto mecido por el viento. Tarde serena, luz filtrándose a través de las hojas.
Vestido de flores aguarda el lobo, acecha al paseante.
Ve a la niña agachada, bebiendo las flores.
El clavel del aire crece solo, en la intimidad del bosque. Pero la niña no lo sabe, el rosa azulado debe habitar en la oscuridad, piensa.
Tengo un techo abierto de hojas sobre mi cabeza, el pasto húmedo de rocío desata mis mocasines; tomo las suelas con mis manos; comienzo a co(da)bear sobre el pasto; chamusco las pistolas; eh! y a vos que te importa?
¡Eh!
La niña mira mi figura pero al figurársela la mirada encuentra a Schwarzenegger huyendo de una pared de llamas.
Arnold está tirado en el suelo, las manos sobre una de sus rodillas, la que está recogida. Respira de forma agitada, observando con temor la ardiente muralla que llega hasta el cielo, pero sólo hasta la mitad.
De pronto, para gran terror suyo, surjo de entre las llamas vestido de gaucho, sin que Schwarzenegger me reconozca.
Estoy rengo pues me falta una pierna, pero aún así mi único deseo es perseguirle, por lo que Arnold se levanta y comienza a correr; kilómetro tras kilómetro. Y yo atrás, dale que dale, rengueando a lo bobo mientras trato de alcanzarlo.
Corremos durante horas atravesando las islas de ucalitos hasta que siento como mi carne se desintegra, palmo a palmo, hasta dejar en su lugar a una especie de robot como el de Terminator 2, pero 3.
Por momentos la carrera se detiene, a medida que las partes expuestas de la maquinaria se van cayendo.
Arnold Schwarzenegger, nacido en Linz, Österreich, detiene su carrera y observa asombrado a una especie de gaucho androide que con una sola pierna intenta seguirle. La maldita cosa lleva todo su peso sobre una sola pierna como si fuera (yo que sé, para muchos sería como un barril rompepelotas, para mí era lamentable. Lamentable no, insufrible mejor). Gracias.
Por fin, el extraño invento cayó al suelo y con una gran explosión expelió una nube gris semejante a un pequeño hongo atómico.
El austríaco sonrió aliviado mostrando unos inmensos dientes insertados en una hermosa mandíbula de Neanderthal.
Revisó la bolsa cubierta de polvo que llevaba en la cintura. Tenía una brújula, un pequeño pico, un cepillo de tierra, un cuaderno y una lapicera, un carné con su foto y la leyenda “Asociación de Amigos Antropólogos” sobre el papel plastificado.
En ella Schwarzenegger vió su nombre; se llamaba Henry Morgan y por lo que él sabía debía ser entonces un reputado arqueólogo (o un disputado senador, depurado orador, refinado neón, luz de luna).
Pero Arnold no cayó en la trampa, siguió creyéndose Ethel Durango aunque no supiese lo que eso significare; pero le parecía más seguro.
Desde una de las dos islas de eucaliptos que rodeaban a Schwarzenegger emergió una diligencia pintada de negro.
Una hermosa morocha desnuda la dirigía y para cuando la llevó hasta donde Schwarzenegger, éste había quedado petrificado por el asombro, pues sentada en el pescante no estaba otra que Kate Jackson, en su papel de Sabina Duncan.
Él se aproximó grande y noble, observando la corta cabellera negro azulada, luego bajó su mirada y observó los desnudos hombros, los delicados senos, la cadera dorada por el sol, el sol reflejándose en los metales del banco donde ella estaba sentada y por fin, en sus pies
Estaba descalza, por supuesto, y desde el dedo gordo del pie que estaba más cerca de Schwarzenegger estaba cayendo lentamente una espesa gota de sudor.
Comprendió que algo importante residía en esa gota, en el hecho de su existencia; le recordó todas las mujeres que había conocido; las rubias, las morochas, las altas, las bajas, las audaces, las pícaras, las saladas, las azules, las marrones.
Cuando la gota cayó por fin en el escalón de madera del carruaje explotó, creando una ola expansiva que empujó a Schwarzenegger contra la muralla vegetal de otra isla de uculitos.
Ésta abrió una brecha en la fronda, se lo tragó y a continuación, cerró el hueco de tal forma que el paisaje lucía inocente como en el inicio, desde que alguien así lo dispusiera.

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