jueves, 15 de marzo de 2018

Vida nueva




Faltando 15 minutos para fin de año Raúl abrió la puerta y llevó su hijito a la azotea. Lo subió a sus hombros, para que viera los fuegos de colores y el infinito.

Su esposa, borracha, se burlaba de él desde el patio.
No importaba.
Esa noche plantearía la separación. Era lo mejor, no podían seguir juntos luego de tantas peleas.

El niño se iría con él.
No confiaba en ella a la que una sola copa de vino bastaba para ponerla  agresiva.

Comenzaron las primeras detonaciones. La voz de la mujer deformada por el alcohol le gritó que bajara a brindar pero él no se movió. Su separación nacería con el nuevo año. Ojalá así se terminen los problemas, deseó, con un ansia tan clara como una fecha en el almanaque.

El cielo se llenó con diamantes blancos, fuegos azules, estrellas rojas. Cada una arrancaba un aplauso de su hijo.

Raúl sintió que, de algún modo, ese ruido desordenado saludaba al nuevo hombre que ahora sentía ser.

Luego, apenas por un momento, pensó que había empezado a llover.

Recién cuando pasó su mano por la frente y vio lo que la mojaba se dio cuenta de la quietud del niño.

Comenzó a gritar cuando lo bajó y vio el profundo surco cruzando la frente.

Los bordes serrados del cráneo dejaban ver parte del cerebro desde donde el plomo incrustado de una bala le miraba como el ojo sin pupila de un antiguo dios.
Tambaleándose, su esposa subió al techo y luego, ella también se unió al ruido.

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