Lo que voy a
contar me sucedió en una lejana playa del este hace ya largo tiempo cuando aún
era joven, siempre dispuesto a meterme en dificultades y a salvarlas gracias a
mi rostro suave y duro como una roca.
Me hallaba sentado
solo en la arena obervando como los rayos oblicuos del atardecer se mezclaban
con las miles de pequeñas gotas que dejaban flotando las olas al romper en la
playa, transformando a ésta en un lugar fantasmal, sobre cuya superficie
parecía no haber caminado hombre alguno jamás.
A dicha soledad
había acudido ávidamente llevado por el deseo de encontrar un sitio tranquilo
donde pudiera poner mis pensamientos en orden, los cuales desde hace días
giraban insistentemente en torno a C., cuya creciente imaginación acerca de lo
que ella pensaba sería nuestro matrimonio ponía en peligro mi vida de playboy
veraniego.
No podía
rechazarla abiertamente según mi costumbre sin perder al mismo tiempo los
beneficios de la protección de su padre, un estanciero embrutecido a quien su
fortuna y un capricho le habían permitido darse el lujo de salvar
momentáneamente de la bancarrota y la deshonra a un empedernido jugador como
era yo. Su ganancia era evidentemente asegurarse un marido para su hija.
Yo debía salvar
tal trampa, aunque la manera de llegar a un acuerdo con la hija-y través de
ella con su padre-de forma tal que resultase satisfactorio para todos era aún
un misterio para mí.
Así que cuando ví
a una persona aparecer caminando por un codo de la playa me sentí profundamente
fastidiado en mi propósito de hallar la calma y la privacidad indispensables
para desarrollar mis planes.
A medida que el
intruso se acercaba al lugar donde estaba sentado pude percibir que se trataba
de una chica, alta y pálida-anormalmente pálida, pensé-, una delgada figura
silueteada por una larga cabellera negra sobre el pálido azul del atardecer.
Caminaba
lentamente por la orilla del agua, siguiendo la línea de espuma que dejaban las
olas en su retirada hacia el mar.
Fijé
desvergonzadamente mi mirada en ella con la esperanza que mi falta de
delicadeza la molestase y le hiciese apurar el paso, dejándome de nuevo a solas
con mis problemas.
Para mi sorpresa,
no sólo no se molestó sino que abandonó el agua y vino hacia mí hasta quedar
parada a mi lado, examinándome desde lo alto de sus oscuros ojos.
De su diminuto
traje de baño colgaban restos de vegetación marina. Rápidamente, pero no lo
suficiente para que yo no pudiera verlas, cubrió con su mano derecha una serie
de extrañas heridas que a la altura de su cintura deformaban su hermoso cuerpo.
“Nada de lo que
digas puede sorprenderme”. No podía estar más de acuerdo. En realidad que algo
en su estado pudiera emitir sonido a mí sí lograba sorprenderme.
Ya era, por otra
parte, la peor de las verdades.
“¿Quien dice que
tiene que haber una razón o una respuesta para todo? Estás solo; eso es todo.”,
continuó. El viento que soplaba desde el mar hacía que por momentos su rostro
quedase oculto tras una enredadera de largo cabello negro y sucio. Daba miedo
hasta que volvía a reaparecerle el rostro.
“¿Todo?” pregunté,
aceptando el juego aunque probablemente le estuviese dirigiendo la palabra a
una alucinación.
Como si pudiera
adivinar lo que estaba pensando sonrió y luego, dobló su blanco cuerpo para sentarse
en la arena a mi lado; silenciosa, la mirada fija en el oleaje.
Un doloroso
escalofrío invadió todo mi ser pero por lo menos supe definitivamente que lo
que estaba a mi lado era cualquier cosa menos una alucinación.
“Que frio y cruel
es el mar cuando se une con el cielo.”, dijo sin mirarme; los apagados ojos, brillantes
como dos inexpresivas gelatinas, añadieron un movimiento extra a la sinfonía de
terror sonando como una alarma enloquecida en mi cabeza.
En la mejilla que
daba a mi lado un tenue tinte rosado que en un primer momento había tomado
estúpidamente por una mancha de carmín resultó ser una herida aún abierta,
aunque de ella como del resto de su cuerpo sólo agua se escapaba.
La situación era
tan ridículamente dramática que no pude evitar una risa histérica nacida de la
profunda sensación de desamparo e indefensión en que me hallaba y que
probablemente hubiese ido en aumento si ella no hubiese vuelto su rostro hacia
mí, pidiendo que le hiciera el amor, quemándome con una mirada lejana como la
edad del mundo. En ese momento tuve la extraña impresión de que no era su voz
lo que estaba oyendo sino el sonido de la pena, empapándome como si yo fuese un
castillo de arena a merced de la lluvia.
“Debes amarme, ¿Por
qué no me amas? suplicó con ademán de estar ordenándome.
Del cielo
oscurecido comenzó a caer una tenue llovizna. Me sentí un barco sometido a la
furia de una tormenta, rodeado por el caos y la única seguridad de un naufragio
inminente. Sus últimas palabras flotaban suspendidas yendo y viniendo entre las
gotas de lluvia, empujadas por una calma desesperada y firme.
Coloqué mi mano
bajo su nuca y la atraje hacia mí, besando aquellos labios grises y salados
antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba haciendo. Mis manos descubrieron
su pecho inmóvil temblando como un adolescente en su primera cita. Sus pezones helados
me devolvieron por unos instantes al mundo cálido y sensual de las mujeres,
cuando logré vencer el asco mi lengua besaba la suya, recorriendo huecos y
hendiduras que nunca antes hubiera creído placenteros.
El extraño
encantamiento no me abandonó. Cuando penetré en ella se apoderó en cambio de mí
hundiéndome en un mundo silencioso y en penumbras.
La completa
oscuridad que me rodeaba era interrumpida a ratos por la luz del sol
reflejándose a través del agua sobre las escamas plateadas de un pez que
acercaba tímidamente su boca sin labios a mi cuerpo mecido por la corriente y
me arrancaba pedacitos de carne.
El animal estaba
sobreviviendo gracias a la comida que le proporcionaba mi propio ser su comida.
Por alguna razón yo deseaba que no se detuviera, que no acabara su tarea hasta
hacerme desaparecer por completo.
También ví maderos
unidos a roldanas de hierro cayendo rápidamente en las profundidades. Una de
ellas hirió mi mejilla izquierda, abriendo un profundo surco.
Luego todo se
tornó vago y rojo hasta que una viga de madera tropezó con mi cuerpo y me
aplastó contra el suelo marino donde morí y renací, expiré y eyaculé.
Cuando volví al
mundo de los vivos el sol caía sin compasión sobre mi cuerpo desnudo; la arena
revuelta y mi traje de baño perdido entre ella fueron la confirmación.
Ese mismo día abrí
mi corazón al estanciero y le pedí que se olvidase de mí. El otro se enfureció
y me gritó muchas palabras ofensivas que en otra época se las hubiera hecho
pagar caro; pero esa vez me limité a observar en silencio como su furia iba
creciendo hasta que por fin tomó el teléfono y llamó al gerente del hotel para
comunicarle que yo estaba en bancarrota y que él ya no se ocuparía más de mis
deudas.
El poco dinero que
obtuve por las ropas que llevaba en mis valijas apenas duró una o dos semanas
más, luego tuve que acostumbrarme a comer porquerías y a dormir en las calles.
Hoy paso mis días
peinando las playas, sobreviviendo de lo que la gente tira al mar y éste
rechaza. Cuando cuento mi historia nadie me cree y casi todos coinciden en que
estoy loco, que todo es una consecuencia de la vida disipada que llevaba antes.
Podría haberme ido de acá a otro lugar en el que fuese menos conocido, pero
ahora ya es demasiado tarde y de todos modos ya no me importa.
Cuando baja el sol
y la playa queda vacía me acuesto desnudo a la orilla del océano y mientras se
va haciendo la noche dejo que éste me bese el cuerpo hasta que mi piel queda
arrugada como la de un recién nacido; entonces me levanto chorreando agua mocosa
y camino hasta una cueva profunda, que me mantiene húmedo por horas mientras
lloro, hasta que consigo sentirme como un enmohecido y entrañable recuerdo.
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