jueves, 15 de marzo de 2018

La espera


Lo que voy a contar me sucedió en una lejana playa del este hace ya largo tiempo cuando aún era joven, siempre dispuesto a meterme en dificultades y a salvarlas gracias a mi rostro suave y duro como una roca.
Me hallaba sentado solo en la arena obervando como los rayos oblicuos del atardecer se mezclaban con las miles de pequeñas gotas que dejaban flotando las olas al romper en la playa, transformando a ésta en un lugar fantasmal, sobre cuya superficie parecía no haber caminado hombre alguno jamás.
A dicha soledad había acudido ávidamente llevado por el deseo de encontrar un sitio tranquilo donde pudiera poner mis pensamientos en orden, los cuales desde hace días giraban insistentemente en torno a C., cuya creciente imaginación acerca de lo que ella pensaba sería nuestro matrimonio ponía en peligro mi vida de playboy veraniego.
No podía rechazarla abiertamente según mi costumbre sin perder al mismo tiempo los beneficios de la protección de su padre, un estanciero embrutecido a quien su fortuna y un capricho le habían permitido darse el lujo de salvar momentáneamente de la bancarrota y la deshonra a un empedernido jugador como era yo. Su ganancia era evidentemente asegurarse un marido para su hija.
Yo debía salvar tal trampa, aunque la manera de llegar a un acuerdo con la hija-y través de ella con su padre-de forma tal que resultase satisfactorio para todos era aún un misterio para mí.
Así que cuando ví a una persona aparecer caminando por un codo de la playa me sentí profundamente fastidiado en mi propósito de hallar la calma y la privacidad indispensables para desarrollar mis planes.
A medida que el intruso se acercaba al lugar donde estaba sentado pude percibir que se trataba de una chica, alta y pálida-anormalmente pálida, pensé-, una delgada figura silueteada por una larga cabellera negra sobre el pálido azul del atardecer.
Caminaba lentamente por la orilla del agua, siguiendo la línea de espuma que dejaban las olas en su retirada hacia el mar.
Fijé desvergonzadamente mi mirada en ella con la esperanza que mi falta de delicadeza la molestase y le hiciese apurar el paso, dejándome de nuevo a solas con mis problemas.
Para mi sorpresa, no sólo no se molestó sino que abandonó el agua y vino hacia mí hasta quedar parada a mi lado, examinándome desde lo alto de sus oscuros ojos.
De su diminuto traje de baño colgaban restos de vegetación marina. Rápidamente, pero no lo suficiente para que yo no pudiera verlas, cubrió con su mano derecha una serie de extrañas heridas que a la altura de su cintura deformaban su hermoso cuerpo.
“Nada de lo que digas puede sorprenderme”. No podía estar más de acuerdo. En realidad que algo en su estado pudiera emitir sonido a mí sí lograba sorprenderme.
Ya era, por otra parte, la peor de las verdades.
“¿Quien dice que tiene que haber una razón o una respuesta para todo? Estás solo; eso es todo.”, continuó. El viento que soplaba desde el mar hacía que por momentos su rostro quedase oculto tras una enredadera de largo cabello negro y sucio. Daba miedo hasta que volvía a reaparecerle el rostro.
“¿Todo?” pregunté, aceptando el juego aunque probablemente le estuviese dirigiendo la palabra a una alucinación.
Como si pudiera adivinar lo que estaba pensando sonrió y luego, dobló su blanco cuerpo para sentarse en la arena a mi lado; silenciosa, la mirada fija en el oleaje.
Un doloroso escalofrío invadió todo mi ser pero por lo menos supe definitivamente que lo que estaba a mi lado era cualquier cosa menos una alucinación.
“Que frio y cruel es el mar cuando se une con el cielo.”, dijo sin mirarme; los apagados ojos, brillantes como dos inexpresivas gelatinas, añadieron un movimiento extra a la sinfonía de terror sonando como una alarma enloquecida en mi cabeza.
En la mejilla que daba a mi lado un tenue tinte rosado que en un primer momento había tomado estúpidamente por una mancha de carmín resultó ser una herida aún abierta, aunque de ella como del resto de su cuerpo sólo agua se escapaba.
La situación era tan ridículamente dramática que no pude evitar una risa histérica nacida de la profunda sensación de desamparo e indefensión en que me hallaba y que probablemente hubiese ido en aumento si ella no hubiese vuelto su rostro hacia mí, pidiendo que le hiciera el amor, quemándome con una mirada lejana como la edad del mundo. En ese momento tuve la extraña impresión de que no era su voz lo que estaba oyendo sino el sonido de la pena, empapándome como si yo fuese un castillo de arena a merced de la lluvia.
“Debes amarme, ¿Por qué no me amas? suplicó con ademán de estar ordenándome.
Del cielo oscurecido comenzó a caer una tenue llovizna. Me sentí un barco sometido a la furia de una tormenta, rodeado por el caos y la única seguridad de un naufragio inminente. Sus últimas palabras flotaban suspendidas yendo y viniendo entre las gotas de lluvia, empujadas por una calma desesperada y firme.
Coloqué mi mano bajo su nuca y la atraje hacia mí, besando aquellos labios grises y salados antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba haciendo. Mis manos descubrieron su pecho inmóvil temblando como un adolescente en su primera cita. Sus pezones helados me devolvieron por unos instantes al mundo cálido y sensual de las mujeres, cuando logré vencer el asco mi lengua besaba la suya, recorriendo huecos y hendiduras que nunca antes hubiera creído placenteros.
El extraño encantamiento no me abandonó. Cuando penetré en ella se apoderó en cambio de mí hundiéndome en un mundo silencioso y en penumbras.
La completa oscuridad que me rodeaba era interrumpida a ratos por la luz del sol reflejándose a través del agua sobre las escamas plateadas de un pez que acercaba tímidamente su boca sin labios a mi cuerpo mecido por la corriente y me arrancaba pedacitos de carne.
El animal estaba sobreviviendo gracias a la comida que le proporcionaba mi propio ser su comida. Por alguna razón yo deseaba que no se detuviera, que no acabara su tarea hasta hacerme desaparecer por completo.
También ví maderos unidos a roldanas de hierro cayendo rápidamente en las profundidades. Una de ellas hirió mi mejilla izquierda, abriendo un profundo surco.
Luego todo se tornó vago y rojo hasta que una viga de madera tropezó con mi cuerpo y me aplastó contra el suelo marino donde morí y renací, expiré y eyaculé.
Cuando volví al mundo de los vivos el sol caía sin compasión sobre mi cuerpo desnudo; la arena revuelta y mi traje de baño perdido entre ella fueron la confirmación.
Ese mismo día abrí mi corazón al estanciero y le pedí que se olvidase de mí. El otro se enfureció y me gritó muchas palabras ofensivas que en otra época se las hubiera hecho pagar caro; pero esa vez me limité a observar en silencio como su furia iba creciendo hasta que por fin tomó el teléfono y llamó al gerente del hotel para comunicarle que yo estaba en bancarrota y que él ya no se ocuparía más de mis deudas.
El poco dinero que obtuve por las ropas que llevaba en mis valijas apenas duró una o dos semanas más, luego tuve que acostumbrarme a comer porquerías y a dormir en las calles.
Hoy paso mis días peinando las playas, sobreviviendo de lo que la gente tira al mar y éste rechaza. Cuando cuento mi historia nadie me cree y casi todos coinciden en que estoy loco, que todo es una consecuencia de la vida disipada que llevaba antes. Podría haberme ido de acá a otro lugar en el que fuese menos conocido, pero ahora ya es demasiado tarde y de todos modos ya no me importa.
Cuando baja el sol y la playa queda vacía me acuesto desnudo a la orilla del océano y mientras se va haciendo la noche dejo que éste me bese el cuerpo hasta que mi piel queda arrugada como la de un recién nacido; entonces me levanto chorreando agua mocosa y camino hasta una cueva profunda, que me mantiene húmedo por horas mientras lloro, hasta que consigo sentirme como un enmohecido y entrañable recuerdo.

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