miércoles, 21 de marzo de 2018

Momentos para volver a fumar

Pájaros.
Sonidos de pájaros sobre mi cabeza.
Aunque la mañana está fría ellos cantan como si ya fuera primavera.
Pájaros en una calle cerrada por los árboles que forman un túnel con sus ramas más altas.
Autos, motores encendidos pasando rugiendo a mi lado y por momentos interrumpen la sinfonía de las aves.
A veces escucho los pasos de alguien cuando me adelanta o me cruza en dirección opuesta a la que voy.
Huelo sus presencias.
Huelen a comida, a sudor, a prisa, a juventud, a decadencia. A comida.
En una mano llevo una vara larga con la que tanteo los bordes de las cosas al tiempo que voy trazando un semicírculo delante mío como modo de aviso.
De esa forma evito chocarme contra cualquier ser que esté delante mío y no se aparte a tiempo.
En mi otra mano apreto contra mi pecho una bandeja de huevos para mi nieto.
Amo sus cabellos dorados, el brillo de sus ojitos curiosos, sus movimientos juguetones.
Me basta recordar su llanto apremiante cuando tiene hambre basta para que yo avance sin importarme otra cosa que llegar a casa, donde me lo dejaron a mi cuidado.
No estaba así toda estropeada cuando salí a comprar comida. Algo parecido a un relámpago me golpeó los ojos y desde entonces quedé ciega.
Fue mientras salía del supermercado, apurada por llegar a prepararle el almuerzo a mi nieto.
Pero esta vieja no va a dejar que se la lleven y la maten. Porque yo me muero si me internan en una casa de ancianos. Antes me mato.
Así que mejor trato de llegar a casa y hacer las cosas sin que se den cuenta.
Finalmente alcanzo la puerta de mi casa. Reconozco sus molduras, el pestillo que me toma la mano como desde hace ya casi 50 años que vivo acá. Los últimos sola, desde que Ramón murió.
El llanto del niño en el comedor se detiene cuando entro, luego vuelve a sonar, demandante.
Pongo una olla sobre la cocina y enciendo la hornalla.
El aire entibiado por el fuego me devuelve la sensibilidad en mis dedos, ateridos por el frío que pasé cuando fui a buscar los huevos en esa mañana de invierno.
Los dejo reposando sobre la olla mientras en mi mente repaso lo sucedido hasta ese momento.
Mi hija trajo a mi nieto para que lo cuidara mientras ella trabaja, como todos los días. Todavía no había hecho los mandados porque tuve una mala noche, casi ni dormí.
Luego salí a buscar la comida para el niño y fue durante esa salida que se me jodió la vista.
Pero no importa, después que el niño coma y se duerma, me voy a echar un rato a ver si puedo pellizcar un poco de sueño. Capaz que cuando me despierte ya está todo bien de vuelta.
Los años no vienen solos, decía mi madre.
Si llega a venir mi hija, aunque no creo, ella igual tiene las llaves de casa así que no tendré que salir a abrirle.
Cualquier cosa me hago la dormida así no se da cuenta de mi ceguera.
Yo ya les dije: "ni loca voy a un hogar de ancianos, antes, voy hasta la rambla y me tiro al agua".
Y soy capaz de hacerlo, esta vieja vasca no va a dejar que le saquen lo único que tiene.
Si yo me arreglo bien sola.
Ah, el agua ya está hirviendo.
Ay, qué cosa!
Por pensar me olvidé que había dejado los dedos pegados a la olla.
Es que una vive distraída, ya está vieja, los años no vienen solos, decía mi madre.
Despegué despacito los dedos pero igual me quemé un poquito y dejé como unos pedacitos de piel sobre la olla.
Qué vieja boba.
A ver dónde dejé los huevos. Ay, no veo nada. Tengo que tantear con cuidado la mesada no sea cosa que los tire. Tranquila, Coca, tranquila, no te mandés cagadas ahora.
Acá están.
Pongo la media docena de huevos en el agua. Si quiero que mi nieto se calle lo tengo que llenar de comida.
Estoy muerta de sueño.
A ver, voy a ver cómo está.
Está llorando, pobrecito. Bueno, bueno, ya la abuelita le trae su comidida, pobrecito.
Sigue llorando. Claro, a esta hora yo ya lo tenía comido. Lo malacostumbré.
Debemos, los dos, esperar a que el agua hierva.
Hervir el agua, me enseñó mi madre, es llevarla al punto de ebullición, calentarla mediante fuego, decía mamita, hasta que comience a ser aire caliente. O agua caliente como para ablandar una superficie celular y cocinar su contenido, como decía mi padre.
Como le gustaba leer a mi padre. Tenía una biblioteca hermosa. Mi hermano cuando murió se la quedó toda.
Los huevos, me enseñó mi madre, deben estar en el agua hirviendo durante siete minutos.
Ay, me voy a sentar un poco mientras tanto.
A ver ahora. No, todavía no están.
Ay, che, casi me quemo otra vez por las burbujas estas que están tirando agua para todos lados.
Ya deben estar.

Saco la olla con cuidado del fuego. Lo apago antes, sí, uno puede estar vieja pero no boba.
Abro la canilla así los enfrío para poder pelarlos.
Frío, liso y redondo. Cada uno cabe en la palma de mi mano.
Blanco e inoloro, duro y frágil.
Coloco el primer huevo bajo el chorro de agua fría y con la punta del dedo voy levantando la cáscara.
Les voy quitando esa capa dura, quitina se llama según decía el viejo, que antes estaba dura como el yeso y ahora es reducida por mí dándola contra la superficie de mármol de la mesada.
Cuando termino, el interior blanco y blando queda expuesto.
Me gusta hacerlo girar sobre la mesada, apretándolo con cuidado de no romperlo. Me encanta su resistencia.
Después lo parto al medio con un cuchillo y sigo con el próximo.
Cuando termino con uno, lo corto y lo pongo en una fuente. Así hasta alcanzar doce mitades con su núcleo anaranjado expuesto.
El olor es repugnante. Debería haber una categoría específica para el sabor a huevo duro.
Una categoría ocupada por un único elemento. Así como hay alimentos dulces, salados, ácidos y amargos, el huevo duro ocupa la categoría del sabor a podrido.

Escurro mis dedos mojados sobre la pileta y termino de secarlos con un trapo que paso una y otra vez.
Debe ser por eso que le dicen repasador.
Mi nieto come. Era lo que necesitaba, pobrecito.
Ay cómo come el nene!
De a ratos se atora, tose un poquito pero yo le doy unos golpecitos en la espaldita y luego sigue comiendo.
Con mis manos ubico su boquita y ni tiempo le doy a que la abra, con los dedos se la voy llenando lentamente y con cuidado de no ensuciarle la ropita pero sin parar, así la abuelita puede dormir un poco, mi amor!
Ay, qué pasó? Está llorando otra vez!
Quizás no quiera más pero tiene que comer, si no la abuelita no va a poder dormir así recupera sus ojos.
Le desmenuzo los huevos así, bien chiquitos para que los pueda comer mejor y de a pedacitos sigo introduciéndolos en la boquita.
La media docena.
Le siento los cachetes inflados a mi gordito. Ni los mueve de tan llenos que están.
Debe ocupado tragando, bien despacito, porque ya no llora.
Le doy un besito en esas mofletes que se los apretaría de tan llenos que están y me voy a la cocina donde dejo la fuente ya vacía.
Después me tiro en el sofá junto a la ventana del comedor, al lado de mi chiquito.

Todo está tan silencioso.
Ni siquiera se escuchan los pájaros y no pasa ningún auto.
Mi nieto todavía come porque tampoco lo escucho llamarme.
Está entrándome el sueño cuando de doy cuenta de una cosa.
Mierda.
Me he quedado sorda.

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