Cuesta arrancar la semana pero por suerte, voy a empezarla haciendo algo que me gusta: hoy tengo taller literario.
Espero con ansiedad ese momento durante todo el maldito lunes.
Me aligera. Me ayuda a caminar sobre el territorio minado que es mi trabajo en una oficina totalmente desahuciada por el espíritu.
El taller empieza a las 4 de la tarde y son ya las 15:30 así que apenas termine esto que estoy haciendo, marcaré la tarjeta y arrancaré.
Curioso.
La impresora con la que debía imprimir los formularios debería tener toner pues hace apenas una semana le cambié el cartucho. Sin embargo, la pantallita que marca los niveles muestra solo una barrita, señal de que solo le queda un resto. No entiendo.
Voy a hacer como vi en un programa sobre informática en el cable. A veces el toner queda depositado en el fondo del cartucho y sacudiéndolo horizontalmente se soluciona el problema.
Caramba.
El cartucho efectivamente estaba repleto. Me doy cuenta por las manchas violeta que dejó su contenido sobre mi camisa blanca luego de la primera sacudida.
Mis manos recogieron parte de ese polvo magenta así que ahora no puedo tocar nada sin ensuciar la mesa de trabajo, los formularios, el mouse de la computadora, el pestillo de la puerta.
Si lo hiciera luego demoraría mi salida mientras limpio lo que ensucie.
Así que mejor dejo el cartucho acá, sobre esta hoja en blanco y voy a lavarme al baño.
Por suerte no hay nadie dentro. El espejo del baño es alto, casi me llega a los pies.
Permite ver mis manos violeta, mi camisa blanca con detalles en violeta, mi pantalón negro-violeta y mis zapatos de varicela violeta.
Empezaré por la camisa. Si me la saco y la lavo rápidamente luego puedo secarla con el secamanos del baño.
Oh, qué contrariedad.
El secamanos del baño de los hombres no funciona.
Me arriesgaré a ser visto pero ya no tengo otra solución. Sostengo entre mis manos por los hombros la camisa empapada y voy con ella chorreando hasta el baño de las mujeres, en procura del otro secamanos.
Por suerte a esta hora el edificio está casí vacío por el horario de verano. Hay muy pocas posibilidades de encontrarme con alguien.
El secamanos.
Se lo robaron.
O, quizás, algún técnico lo extrajo para repararlo pues estaba roto al igual que su colega del baño de hombres. Podría haber empezado por ese o haberse llevado los dos, qué sentido tiene dejar una cosa que no funciona.
Tranquilo, me digo, has visto cosas como éstas durante la mayor parte de tu vida en este lugar.
¿Qué hora es?
Debo atender la hora, con esto del toner y la camisa voy a llegar tarde al taller.
El celular.
Lo dejé en la oficina.
Para llegar allá necesito pasar por delante de la oficina de la jefa, que según veo desde acá tiene la puerta abierta. Puedo escuchar su voz de matrona dictando órdenes al marido por teléfono. No es necesariamente una matrona desde el punto de vista físico pero tiene la voz de una. Su voz es tan fuerte y chillona que aún cuando pide un favor parece estar retándole a uno.
Solo espero que no me vea ahora, con el torso desnudo y mis manos extendidas hacia adelante como una momia del Hollywood antigüo, mientras camino torpemente chorreando agua violácea.
Me vio.
Puta madre.
La vieja me vio porque justo estaba saliendo cuando yo me cruzé con ella en la puerta y se pegó tal cagazo que se cayó.
Y ahora está ahí, en el suelo, sin levantarse.
No me animo a tocarla para ver si solo se desmayó o si debo ir pensando en conseguirme un abogado pero no puedo fingir que no pasó nada. Mañana tengo que volver acá.
Así que me arrodillo, dejo la camisa en el suelo que según veo todavía no barrieron y llevo mi mano hasta su cuello con la intención de sentirle el pulso en la carótida. Pero no llego.
Me vieron.
La bibliotecóloga y una funcionaria administrativa me vieron con la mano a medio camino de tal forma que las mujeres no saben si ese tipo semidesnudo que soy yo le tocó la carótida, una teta o lo que sea.
Y encima la gorda salíó de su desmayo solo para verme extendido sobre ella, con nuestros ojos reflejando cada uno el espanto del otro.
Que esté chorreando un líquido de dudoso color sobre su maquillaje corrido tampoco ayuda, por cierto.
Qué cagada, che.
Los dos milicos que me están dando una paliza en la comisaría no tienen ni idea de las cosas que tenía para decir hoy en el taller.
Al menos con esto el lunes se me hizo más corto.
jueves, 15 de marzo de 2018
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