Nunca escribas si no tienes nada que decir, me decía siempre
mi madre.
Para ella hacer eso era algo tan inadecuado como subirse al
sofá de una vecina en la primera visita. Por lo general, esperaba hasta la
segunda o tercera vez que iba para sacarse los zapatos y, agarrándose la falda
con una mano mientras con la otra se apoyaba en la pared para no caerse, saltar
una y otra vez, generalmente tirando una veladora o rompiendo un cuadro Prefería
los de marco dorado, si además tenían una foto del casamiento de la vecina era
mejor. A pesar de eso, a mi madre la querían mucho en el barrio
tradicionalmente enemigo del nuestro.
Todavía recuerdo como si fuese hoy con qué cariño la
instaban a bajarse del sofá ofreciéndole galletitas, hablándole con esa voz que
suele usar la gente con niños de corta edad cuando quiere ser amable y termina
sonando como un subnormal físicamente desarrollado.
Cuando nada de esto daba resultado entonces optaban por
sacar el sofá a la calle y dejarlo ahí, con mamá saltando sobre él haciendo
equilibrios para no caerse, sin hacer caso de las miradas de la gente que
pasaba caminando o corriendo dentro de un auto. Mis amiguitos de entonces ya
sabían que hablar del tema me entristecía por lo que me apartaban de aquel
espectáculo y me ofrecían bolitas de vidrio dulce o caramelos de colores.
Incluso me llevaban a la casa de algún vecino que estuviese agonizando con tal
de lograr que yo volviera a sonreír.
Pero era todo inútil, cuando papá llegaba del trabajo en el
Centro (por aquel entonces papá era hombre) tenía que acompañarlo a buscar a
mamá y entonces se repetía otra vez la historia de juntar clavos o romper
botellas para poder lastimar los pies de mamá y lograr así que mamá saltara del
sofá hacia el piso, liberando el sofá que para entonces apenas si servía para
ser lamido de noche por los vampiros sin suerte.
Lo único bueno de todo ello es que perdía tanta sangre en
ese saltar hincandose sobre los trozos de vidrios que por unos cuantos días no
jodía más.
Conservo hasta ahora el recuerdo de esa alegría intacta
propia de los niños y de los perros que mueven la cola esperanzados con el
humano que se acerca a ellos con un palo de quebracho, listo para matarlos a
golpes en sus hocicos húmedos.
Yo tenía entonces seis años y el codo derecho fracturado
cubierto por un yeso al que mis padres no dejaban que mis compañeros de clase
firmaran, tal y como era la costumbre, lo que no me dejaba disfrutar del todo
mi fractura.
Años después comprendí que era una bobada eso de andar firmando
yesos.
Lo esencial era el dolor de la fractura, la picazón que se
volvía insoportable cuando en verano el sudor de mi brazo encerrado por el yeso
era absorbido por el algodón que rellenaba la yesadura.
Podía sentir como la piel de mi brazo sufría por no tener
nada más para respirar que aquel aire viciado, mezcla de olores derivados de mi
sudor y el algodón sucio y mojado.
Aquello era vida.
Cuando me sacaron el yeso creí que me moría de la tristeza
que me dio pero pronto conocí a quien me daría nuevos motivos de alegría.
Su nombre era Angélica.
Recién había cumplido los siete cuando Angélica se mudó a la
casa de al lado. Ella tenía ochenta años y estaba sola. Sólo tenía una vieja
gata gorda a la cual muy pronto mis amiguitos entregaron a los ovejeros
alemanes de la otra cuadra.
La pobre pudo superar bastante bien la prueba de caminar con
un muslo de menos, pero a Angélica no le satisfizo del todo su actuación por lo
cual la gata tuvo un pacífico final.
Ella me enseñó una canción que cantamos mientras enterramos
a la gata:
"Louella
had a cat
a cat acat
acat acat.
She's
beatiful as the sun,
the sun in
your eyes
in the
middle of a desert.
Which one?
Whichever.
She's
trying to be bad,
so bad that
no one
could ever
live with her.
Why don't
you call her?
Why don't
you try again?
How dare
you to be so
BEATIFUL."
Ese día el sol caía a pico. Elegimos la peor hora, la del
mormazo, para ir con nuestros picos y azadas a romper la endurecida tierra del
jardín de Angélica.
Comenzamos la tarea con bríos pero a poco, a mí me latían
las sienes por el esfuerzo.
Angélica, pese a sus años y al grueso vestido con flores
violetas que se le pegaba al cuerpo, no parecía sufrir de igual manera.
Por suerte la gata no era muy grande. Luego de varios
intentos durante los cuales tuve que meter y sacar varias veces el cuerpo del
animal, depositamos su cuerpo que a esa altura se parecía mucho a una milanesa
de tierra en un hoyo no muy profundo.
Angélica me dejó solo para que terminara la tarea y se fue
caminando lentamente hasta la cocina para hacer té.
Cuando finalmente estuve seguro que la tierra cubría
totalmente al animal, me desabroché el pantalón y oriné sobre la tierra recién
removida para ablandar los terrones. y luego al secarse Luego al secarse sellarían
definitivamente la tumba del felino.
Cerré la bragueta y me encaminé hacia la cocina donde
tomamos el té con Angélica mientras afuera comenzó a llover mientras el sol
dejaba paso a la luna.
Luego de hacer el amor, volví a casa pero no encontré a
nadie.
La enfermera que me trajo el violín para que meara fue quien
me despertó.
Ahora recuerdo. Vivo en un hogar de ancianos.
La mujer me lleva hasta el baño y una vez allí saca con su
mano enguantada mi pene arrugado y casi inexistente.
La fuerza de la orina retenida ha hecho que el miembro
parezca semierecto y la atorranta se da cuenta.
Se ríe.
- ¡Ah pero qué pícaro resultó ser este abuelito! ¿Eh?
!Chanchito!
La situación enciende muy ligeramente una zona apagada hace
años.
Es apenas un rescoldo que bien sé durará menos que un
suspiro pero paso la lengua por mis resecos labios y mis caderas se bambolean
ligeramente, mientras trato de arquear mi espalda de tal forma que mi irreconocible
pija se proyecte en la noche.
Finalmente sueño que eyaculo en las manos de la enfermera
mientras orino unas pocas gotas con los ojos cerrados.
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