jueves, 15 de marzo de 2018

Recuerdos de mi infancia


Nunca escribas si no tienes nada que decir, me decía siempre mi madre.

Para ella hacer eso era algo tan inadecuado como subirse al sofá de una vecina en la primera visita. Por lo general, esperaba hasta la segunda o tercera vez que iba para sacarse los zapatos y, agarrándose la falda con una mano mientras con la otra se apoyaba en la pared para no caerse, saltar una y otra vez, generalmente tirando una veladora o rompiendo un cuadro Prefería los de marco dorado, si además tenían una foto del casamiento de la vecina era mejor. A pesar de eso, a mi madre la querían mucho en el barrio tradicionalmente enemigo del nuestro.

Todavía recuerdo como si fuese hoy con qué cariño la instaban a bajarse del sofá ofreciéndole galletitas, hablándole con esa voz que suele usar la gente con niños de corta edad cuando quiere ser amable y termina sonando como un subnormal físicamente desarrollado.

Cuando nada de esto daba resultado entonces optaban por sacar el sofá a la calle y dejarlo ahí, con mamá saltando sobre él haciendo equilibrios para no caerse, sin hacer caso de las miradas de la gente que pasaba caminando o corriendo dentro de un auto. Mis amiguitos de entonces ya sabían que hablar del tema me entristecía por lo que me apartaban de aquel espectáculo y me ofrecían bolitas de vidrio dulce o caramelos de colores. Incluso me llevaban a la casa de algún vecino que estuviese agonizando con tal de lograr que yo volviera a sonreír.

Pero era todo inútil, cuando papá llegaba del trabajo en el Centro (por aquel entonces papá era hombre) tenía que acompañarlo a buscar a mamá y entonces se repetía otra vez la historia de juntar clavos o romper botellas para poder lastimar los pies de mamá y lograr así que mamá saltara del sofá hacia el piso, liberando el sofá que para entonces apenas si servía para ser lamido de noche por los vampiros sin suerte.

Lo único bueno de todo ello es que perdía tanta sangre en ese saltar hincandose sobre los trozos de vidrios que por unos cuantos días no jodía más.

Conservo hasta ahora el recuerdo de esa alegría intacta propia de los niños y de los perros que mueven la cola esperanzados con el humano que se acerca a ellos con un palo de quebracho, listo para matarlos a golpes en sus hocicos húmedos.

Yo tenía entonces seis años y el codo derecho fracturado cubierto por un yeso al que mis padres no dejaban que mis compañeros de clase firmaran, tal y como era la costumbre, lo que no me dejaba disfrutar del todo mi fractura.

Años después comprendí que era una bobada eso de andar firmando yesos.

Lo esencial era el dolor de la fractura, la picazón que se volvía insoportable cuando en verano el sudor de mi brazo encerrado por el yeso era absorbido por el algodón que rellenaba la yesadura.

Podía sentir como la piel de mi brazo sufría por no tener nada más para respirar que aquel aire viciado, mezcla de olores derivados de mi sudor y el algodón sucio y mojado.

Aquello era vida.

Cuando me sacaron el yeso creí que me moría de la tristeza que me dio pero pronto conocí a quien me daría nuevos motivos de alegría.

Su nombre era Angélica.

Recién había cumplido los siete cuando Angélica se mudó a la casa de al lado. Ella tenía ochenta años y estaba sola. Sólo tenía una vieja gata gorda a la cual muy pronto mis amiguitos entregaron a los ovejeros alemanes de la otra cuadra.

La pobre pudo superar bastante bien la prueba de caminar con un muslo de menos, pero a Angélica no le satisfizo del todo su actuación por lo cual la gata tuvo un pacífico final.

Ella me enseñó una canción que cantamos mientras enterramos a la gata:

"Louella had a cat

a cat acat acat acat.

She's beatiful as the sun,

the sun in your eyes

in the middle of a desert.

Which one? Whichever.

She's trying to be bad,

so bad that no one

could ever live with her.

Why don't you call her?

Why don't you try again?

How dare you to be so

BEATIFUL."

Ese día el sol caía a pico. Elegimos la peor hora, la del mormazo, para ir con nuestros picos y azadas a romper la endurecida tierra del jardín de Angélica.

Comenzamos la tarea con bríos pero a poco, a mí me latían las sienes por el esfuerzo.

Angélica, pese a sus años y al grueso vestido con flores violetas que se le pegaba al cuerpo, no parecía sufrir de igual manera.

Por suerte la gata no era muy grande. Luego de varios intentos durante los cuales tuve que meter y sacar varias veces el cuerpo del animal, depositamos su cuerpo que a esa altura se parecía mucho a una milanesa de tierra en un hoyo no muy profundo.

Angélica me dejó solo para que terminara la tarea y se fue caminando lentamente hasta la cocina para hacer té.

Cuando finalmente estuve seguro que la tierra cubría totalmente al animal, me desabroché el pantalón y oriné sobre la tierra recién removida para ablandar los terrones. y luego al secarse Luego al secarse sellarían definitivamente la tumba del felino.

Cerré la bragueta y me encaminé hacia la cocina donde tomamos el té con Angélica mientras afuera comenzó a llover mientras el sol dejaba paso a la luna.

Luego de hacer el amor, volví a casa pero no encontré a nadie.

La enfermera que me trajo el violín para que meara fue quien me despertó.

Ahora recuerdo. Vivo en un hogar de ancianos.

La mujer me lleva hasta el baño y una vez allí saca con su mano enguantada mi pene arrugado y casi inexistente.

La fuerza de la orina retenida ha hecho que el miembro parezca semierecto y la atorranta se da cuenta.

Se ríe.

- ¡Ah pero qué pícaro resultó ser este abuelito! ¿Eh? !Chanchito!

La situación enciende muy ligeramente una zona apagada hace años.

Es apenas un rescoldo que bien sé durará menos que un suspiro pero paso la lengua por mis resecos labios y mis caderas se bambolean ligeramente, mientras trato de arquear mi espalda de tal forma que mi irreconocible pija se proyecte en la noche.

Finalmente sueño que eyaculo en las manos de la enfermera mientras orino unas pocas gotas con los ojos cerrados.

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