Pocas cosas me molestan más que la
mentira. Incluso su hermana, la exageración, me violenta. Un amigo acude tanto
a una como a otra en cada encuentro. Trabaja en una radio. Bueno, en realidad
trabaja como encargado de depósito y despunta el vicio del periodismo en un
programa de radio que paga de su propio bolsillo.
Mi amigo usa el programa como
plataforma de sus fantasías mediáticas. En todas exagera su importancia. No
importa si los entrevistados son figuras consagradas o, como sucede en la
mayoría de los casos, perfectos desconocidos. Artistas de la mentira como él: aficionados
a las teorías conspirativas, figuras olvidadas del espectáculo, gremialistas al
inicio o al final de sus carreras políticas. A todos rescata mi amigo y alaba
cuando están juntos delante del micrófono. Con todos termina peleado cuando
descubren su falta de sinceridad.
No es un programa cultural sino un
circo de variedades y él es el tipo que grita en la entrada de la carpa.
La función continúa aunque no tenga
un micrófono delante, para un público único, es decir, compuesto por solo un
espectador. Ese soy yo. El único beneficiario, creo. Hablé sobre este punto con
otros amigos en común pero ellos reaccionaron como si no entendieran.
El requisito se lleva los primeros
30 minutos del encuentro. Él habla y yo escucho. No es difícil. Con el tiempo
aprendí que cualquier interrupción solo hace más largo el trámite. Entonces me
acomodo y escucho. Él mueve la boca pero está lejos, no le importo, Puede afirmar
que Natalia Oreiro probó suerte en Buenos Aires aconsejada por él, que fumó
porro con León Gieco y tomó ginebra con Charly García, que Fito Paéz le quiso
comprar el vinilo de “Del 63” cuando se lo llevó para que lo firmara, que bailó
con Kanela, que danzó con Prince, que enamoró a Dani Umpi, que es bisexual
aunque al día siguiente pregunte ¿y este trolo quién es? luego que un amigo
perteneciente a otro grupo se retire de mi casa.
Es el Ignacio Copani de la mentira.
Sus creaciones son igual de grasas y sensibleras que las del porteño. Esos 30
minutos agotan. ¿Por qué seguís con él? me pregunta el Jorge que me interroga
antes de dormirnos. Porque nos conocemos de hace mucho tiempo, le recuerdo,
porque pertenecimos a un grupo mucho mayor de amigos que la envidia segó. Es un
souvenir de tiempos mejores y, después de todo, pasada esa media hora se disipa
el hedor de la estafa y aparece mi amigo. Sin contar con que siempre es un consuelo
ver derrapar a otra persona por una vez.
O, dicho de otra forma, debe haber
poca cosa más inútil que la mentira. A todo complica ese artefacto inútil y
pretencioso. La verdad, o lo que cada uno toma como tal, será siempre
preferible, por más fea o dolorosa o inoportuna que sea. Es más sana. La
mentira en cambio envenena, disuelve familias, ahuyenta a las amistades,
condena el amor.
Zelig es el título de un falso
documental de Woody Allen sobre un hombre cuya enfermedad provocaba que si lo
ponían al lado de un chino él se transformaba en chino, si luego hacían lo
mismo con un negro sucedía lo mismo y entonces Zelig, de origen judío,
demostraba conocer mejor los bluegrass de los campos algodoneros del sur que el
negro original. Aunque nunca lo hice por un tiempo fantaseé con la idea de
llevar a mi camaleón humano hasta el barrio Sur para ver qué pasa.
Por otra parte pocas cosas hay más
seguras en este mundo que un mentiroso, su naturaleza los hace muy predecibles,
aunque es lo único que tienen para ofrecer al mundo. Detrás del grueso blindaje
con que se cubren reina un vacío que espanta. Una vez atravesada esa coraza queda
apenas un sujeto inerte y gris. Una criatura inofensiva sin su reserva de
veneno. Pero para entonces el engaño ha hecho su efecto y a uno se le acabaron
las fuerzas. La mentira tiene ese doble efecto. Se puede descubrir, sí, aunque
el resultado sea inútil. Uno se siente como esos felpudos sin suerte donde restriegan
sus zapatos los que pisan mierda en la calle. En el felpudo que ahora aún se lee
la palabra “Bienvenido”.
¿Me molesta? Sí, claro,
A tal punto que todo esto pertenece
al pasado. Un día me cansé y decidí enredarlo en su propio lazo. Sin mentir,
claro. La mentira nos está vedada a los distraídos y a los haraganes.
Usé una red social y una fecha
repetida y vacía del almanaque que los farsantes como él inundan de frases
vacías. Días así constituyen su zafra, durante veinticuatro horas pretenden que
todos crean que ellos son sensibles y populares. Si de adjetivos se trata ese
día fatiga leerl su enumeración: las gestas son gloriosas, las luchas dignas,
las demandas solidarias. Lo cual no tiene nada de malo, cada cual usa el
disfraz que le calza mejor, pero esas son palabras demasiado importantes para
usarlas como si fueran un calzoncillo, algo que uno ensucia y cambia sin
consecuencias.
“Eso no es verdad, yo también estuve ahí y las
cosas no son como estás contándolas. Mientes, una vez más. Chanta se nace,
chanta se muere”, ese fue el comentario obvio, novedoso, bajo, rastrero, y
precipitó el final, tal y como sabía que sucedería mientras lo escribía. Su
fachada cayó como si fuera madera podrida. La respuesta en tono de protesta
vino por ese lado: lo había expuesto ante extraños, nada dijo sobre si tenía o
no razón. No estoy orgulloso del método, solo utilicé la primer rendija que vi.
Mientras escribo esto él desaparece en el pasado, como supongo hará conmigo.
Eso espero. Que se retire de mi vida hasta transformarse en un recuerdo leve.
Dicen que
las casas anuncian su derrumbe. Primero caen migas desde las paredes
cuarteadas. Todavía se puede vivir en ellas, un tipo descuidado lo haría sin
percibir que en realidad la casa ha muerto.
Yo soy ese
tipo. Me di cuenta cuando la relación entre los dos comenzó a apestar y yo, por
un pudor que el otro no tenía, me hice el distraído. Pero así como las casas
pasan de dejar caer revoque debilitado y polvillo hasta que se derrumba el
techo y las paredes se caen, así recibí yo la confirmación de su envidia. No me
lo dijo nadie, lo descubrí en una situación incómoda, digna de una comedia.
Lo invité a
ver una obra de teatro. En ella trabajaba un viejo conocido junto a Luis Orpi.
No era un monólogo, por lo tanto, sino un diálogo. Una obra armada por ellos
dos, sin mayor pretensión ni destino. Cuando terminó fui a saludar a mi
conocido y él me siguió con toda la excitación que puede caber en un tipo pasado
de maduro pero con la inteligencia emocional de un pendejo. Creo que era su
primera vez tras bastidores, no sé qué película se hizo.
O sí lo sé.
Zelig, llevé a Zelig tras bastidores.
Con mi
conocido tenemos un amigo en común, dueño de una disquería de culto en Buenos
Aires y otro, que ya es historia porque enloqueció y se peleó con todos antes
de irse a tocar blues en Atlanta. Más allá de nuestras historias en común ese
cabrón es la incógnita, la desilusión, el recuerdo maldito que nos mantiene a
los tres todavía en vilo.
Debido a ese
antecedente nuestra conversación giró, como siempre, en torno al guitarrista
furioso y al disquero que, fiel a su asertividad, ya lo había diagnosticado
como psicótico irrecuperable. Le contaba a Gerardo, el actor, de la última vez
que estuve en la disquería de Fernando, ese es su nombre, cuando reparo que detrás
de mí existía una suerte de eco, uno que repetía las últimas cuatro o cinco palabras
de la última frase, con la clara intención de ser incluido en una historia que
lleva décadas. De esa forma parecía que lo que yo afirmaba respecto a Fernando
y a Omar, así se llama el enajenado, también lo había vivido Zelig.
Gerardo hacía
lo posible por escucharme con atención pero de a ratos lo veía distraído por la
rutina estúpida a mis espaldas. La cosa empeoró cuando Gerardo aportó su parte
en el duelo que como viudas engañadas llevábamos por nuestro amigo en común.
El Zelig de
cuarta comenzó a repetir las últimas palabras de Gerardo y, si algo no tiene este,
es paciencia con los estúpidos. Lo que sí tiene es una altura apreciable ya que
fue jugador de básquetbol en su juventud.
Salí del
teatro seguido por el idiota. Era mi sombra, yo lo alimentaba, le presentaba
gente, lo nutría con películas y escritores a cambio de una imitación
insultante.
Algo debía
hacer. Así que, señor juez, esto es en esencia lo que quería contarle.
Reconozco que veinticinco puñaladas es algo excesivo y que puede llamar a
confusión pero le juro que no hubo ensañamiento. Si pudiera estar en ese
momento, su señoría, si llegara a escuchar el ruido húmedo de la hoja entrando
y saliendo, el golpe mudo cuando alcanzaba sin querer algún hueso, la explosión
amortiguada de los órganos internos.
Disculpe, no
fue mi intención asquearlo. Y sí, tiene razón. Con el veneno alcanzaba.
Cuando la gente despierta de una
operación, la anestesia suelta la lengua antes que a las otras partes del
cuerpo. En ese estado indefenso, con los ojos cerrados, se dicen muchas cosas.
La mayoría son disparates que el cerebro dispara mientras vuelve a la conciencia.
Otra veces, muy pocas, no, y lo que
se escucha es una confesión terrible, vergonzante, que nadie se hubiera
enterado si estuviéramos en posesión de nuestra capacidad para reprimirnos.
La consigna
de hoy entonces es: ¿de qué no quisieran estar hablando mientras vuelven de una
anestesia? ¿Cuál es ese secreto tan íntimo, tan definitivo que nunca se lo
contarían a otra persona?