sábado, 28 de noviembre de 2020

La boca, la voz

LA BOCA

 

A veces escribo como si gritara en el medio de la noche, otras el silencio me inunda la garganta y sólo consigo barbotar rugidos pero en el fondo sé que todo lo hago con el único fin de encontrar mi segunda boca.

Esto es, el aparato fonológico que me permita reír mientras lloro, sentir hambre mientras como, cantar mientras te amo.

 

MI VOZ

 

Esta es mi voz – dijo el jodedor de pura cepa a su ocasional oyente.

Y sin embargo – continuó – sólo puedo esperar oírla cuando el viento cambia, o quizás cuando vuelve la marea alta o tal vez dependa de un cambio en la frecuencia de los semáforos del Centro.

Lo cierto es que no la domino en absoluto sino que por el contrario ella, con su tono monótono, me toma por asalto en los momentos más imprevistos y lo que es peor, me deprime.

Me deprime su ausencia pero también lo hace su presencia, tan imperfecta, tan necesitada de alguien que la domine, que la seduzca hasta conseguir de ella la puntualidad, la fidelidad para transcribir los detalles. Ahora mismo quisiera decir que es ese carácter errante e imprevisible lo que la hace imposible de sujetarla el tiempo suficiente para pulir sus defectos y en realidad lo que estoy haciendo no es más que emitir una serie de confusos sonidos en nada parecidos a la angustiosa sensación de impotencia que me llena la cabeza.

Ahora que tengo voz quisiera usarla para gritar y tan sólo consigo quejarme como una mujer vieja y enferma.

 

Pantalla compartida

Hoy pagué mi boleto al infierno o, quizás, me gané un lugar en el cielo.

Fui al Shopping cerca de casa a pagar una tarjeta de crédito. Como todavía tenía tiempo decidí experimentar un poco, en preparación del gran golpe.

Frente a un local de esos repletos de televisores gigantes y costosos pusieron un banco largo de madera para que la gente descanse antes de seguir por esa calle discontinuada de una ciudad que algún día recorrerá toda la ciudad. Al menos me gusta pensarlo: vivir siempre bajo el nivel del suelo, salir a la calle y que esta sea el corredor peatonal de un shopping de varios quilómetros.

El caso es que me senté frente a la casa de electrodomésticos y encendí en mi celular la opción de "Compartir pantalla".

Al poco tiempo de buscar dispositivos compatibles, la imagen que usualmente tengo en la pantalla del celular cada vez que lo enciendo estaba en uno de los televisores, un LED de 55 pulgadas.

Entonces disparé el video que tenía preparado. Al principio es un video musical común y corriente. Se ve la imagen de una chica de pelo largo tocando la guitarra en una casa llena de telas colgantes y una gran ventana que da a un campo brotado de flores, repleto de árboles moviéndose con la brisa. La música continúa pero la escena cambia varias veces y se ve a la chica con un hombre besándose tiernamente en los labios; en el próximo cambio de escena el hombre la está desnudando; el siguiente la chica también lo ha desnudado y se muestra en primer plano una fellatio de la cantante al tipo; para cuando nuevamente cambia la escena ambos están teniendo sexo desenfrenado, explícito. El video no sugiere nada, muestra el pene del hombre entrando y saliendo como un animal furioso de la vagina y luego del ano de la chica.

Ya había hecho el truquito que pasar el video por la pantalla de uno de esos televisores pero la gente que pasaba por el corredor no se había dignado siquiera en mirar.

Esta vez, justo estaban dentro del local un par de mujeres y un niño.

El niño fue el primero en ver lo que estaba mostrando el televisor y, con su dedo índice extendido, se lo hizo saber a la madre al tiempo que se acercaba al aparato.

La mandíbula de la madre cayó floja, como si le hubieran pegado. Agarró a su hijo y lo apartó de tales imágenes con la misma rapidez que si el niño estuviera encaminándose a una abertura en un balcón.

Y luego de dejarlo con su amiga, la mujer se encaminó decidida al mostrador a quejarse de lo que estaban exhibiendo.

Tuve la suficiente presencia de ánimo para interrumpir la conexión con el televisor por lo que, cuando finalmente la mujer logró traer a uno de los empleados para que viera lo que estaba mostrando el televisor de enfrente, éste había vuelto a su video habitual: una señora en ropa de casa girando alegre en su cocina porque había logrado cambiar los electrodomésticos gracias al plan recambio de la empresa. Un institucional inofensivo y bastante tonto.

Las mujeres y el niño se fueron. El niño estoy seguro de que se olvidará pues era muy chico y ni siquiera debe haberse dado cuenta de qué fue lo que vio.

Pero me encantaría ser amigo de esa mujer para escucharle sus impresiones. Ver como insiste en que vio una pareja teniendo sexo salvaje y no una anciana bailando en su cocina, como le insistían a coro los tres empleados.

Hoy esa mujer ha dudado. Pisado en falso. Vio el abismo y luego vio que el abismo era un fantasma.

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

Dedicado a...

 Pocas cosas me molestan más que la mentira. Incluso su hermana, la exageración, me violenta. Un amigo acude tanto a una como a otra en cada encuentro. Trabaja en una radio. Bueno, en realidad trabaja como encargado de depósito y despunta el vicio del periodismo en un programa de radio que paga de su propio bolsillo.

Mi amigo usa el programa como plataforma de sus fantasías mediáticas. En todas exagera su importancia. No importa si los entrevistados son figuras consagradas o, como sucede en la mayoría de los casos, perfectos desconocidos. Artistas de la mentira como él: aficionados a las teorías conspirativas, figuras olvidadas del espectáculo, gremialistas al inicio o al final de sus carreras políticas. A todos rescata mi amigo y alaba cuando están juntos delante del micrófono. Con todos termina peleado cuando descubren su falta de sinceridad.

No es un programa cultural sino un circo de variedades y él es el tipo que grita en la entrada de la carpa.

La función continúa aunque no tenga un micrófono delante, para un público único, es decir, compuesto por solo un espectador. Ese soy yo. El único beneficiario, creo. Hablé sobre este punto con otros amigos en común pero ellos reaccionaron como si no entendieran.

El requisito se lleva los primeros 30 minutos del encuentro. Él habla y yo escucho. No es difícil. Con el tiempo aprendí que cualquier interrupción solo hace más largo el trámite. Entonces me acomodo y escucho. Él mueve la boca pero está lejos, no le importo, Puede afirmar que Natalia Oreiro probó suerte en Buenos Aires aconsejada por él, que fumó porro con León Gieco y tomó ginebra con Charly García, que Fito Paéz le quiso comprar el vinilo de “Del 63” cuando se lo llevó para que lo firmara, que bailó con Kanela, que danzó con Prince, que enamoró a Dani Umpi, que es bisexual aunque al día siguiente pregunte ¿y este trolo quién es? luego que un amigo perteneciente a otro grupo se retire de mi casa.

Es el Ignacio Copani de la mentira. Sus creaciones son igual de grasas y sensibleras que las del porteño. Esos 30 minutos agotan. ¿Por qué seguís con él? me pregunta el Jorge que me interroga antes de dormirnos. Porque nos conocemos de hace mucho tiempo, le recuerdo, porque pertenecimos a un grupo mucho mayor de amigos que la envidia segó. Es un souvenir de tiempos mejores y, después de todo, pasada esa media hora se disipa el hedor de la estafa y aparece mi amigo. Sin contar con que siempre es un consuelo ver derrapar a otra persona por una vez.

O, dicho de otra forma, debe haber poca cosa más inútil que la mentira. A todo complica ese artefacto inútil y pretencioso. La verdad, o lo que cada uno toma como tal, será siempre preferible, por más fea o dolorosa o inoportuna que sea. Es más sana. La mentira en cambio envenena, disuelve familias, ahuyenta a las amistades, condena el amor.

Zelig es el título de un falso documental de Woody Allen sobre un hombre cuya enfermedad provocaba que si lo ponían al lado de un chino él se transformaba en chino, si luego hacían lo mismo con un negro sucedía lo mismo y entonces Zelig, de origen judío, demostraba conocer mejor los bluegrass de los campos algodoneros del sur que el negro original. Aunque nunca lo hice por un tiempo fantaseé con la idea de llevar a mi camaleón humano hasta el barrio Sur para ver qué pasa.

Por otra parte pocas cosas hay más seguras en este mundo que un mentiroso, su naturaleza los hace muy predecibles, aunque es lo único que tienen para ofrecer al mundo. Detrás del grueso blindaje con que se cubren reina un vacío que espanta. Una vez atravesada esa coraza queda apenas un sujeto inerte y gris. Una criatura inofensiva sin su reserva de veneno. Pero para entonces el engaño ha hecho su efecto y a uno se le acabaron las fuerzas. La mentira tiene ese doble efecto. Se puede descubrir, sí, aunque el resultado sea inútil. Uno se siente como esos felpudos sin suerte donde restriegan sus zapatos los que pisan mierda en la calle. En el felpudo que ahora aún se lee la palabra “Bienvenido”.

¿Me molesta? Sí, claro,

A tal punto que todo esto pertenece al pasado. Un día me cansé y decidí enredarlo en su propio lazo. Sin mentir, claro. La mentira nos está vedada a los distraídos y a los haraganes.

Usé una red social y una fecha repetida y vacía del almanaque que los farsantes como él inundan de frases vacías. Días así constituyen su zafra, durante veinticuatro horas pretenden que todos crean que ellos son sensibles y populares. Si de adjetivos se trata ese día fatiga leerl su enumeración: las gestas son gloriosas, las luchas dignas, las demandas solidarias. Lo cual no tiene nada de malo, cada cual usa el disfraz que le calza mejor, pero esas son palabras demasiado importantes para usarlas como si fueran un calzoncillo, algo que uno ensucia y cambia sin consecuencias.

 “Eso no es verdad, yo también estuve ahí y las cosas no son como estás contándolas. Mientes, una vez más. Chanta se nace, chanta se muere”, ese fue el comentario obvio, novedoso, bajo, rastrero, y precipitó el final, tal y como sabía que sucedería mientras lo escribía. Su fachada cayó como si fuera madera podrida. La respuesta en tono de protesta vino por ese lado: lo había expuesto ante extraños, nada dijo sobre si tenía o no razón. No estoy orgulloso del método, solo utilicé la primer rendija que vi. Mientras escribo esto él desaparece en el pasado, como supongo hará conmigo. Eso espero. Que se retire de mi vida hasta transformarse en un recuerdo leve.

 

 

 

Dicen que las casas anuncian su derrumbe. Primero caen migas desde las paredes cuarteadas. Todavía se puede vivir en ellas, un tipo descuidado lo haría sin percibir que en realidad la casa ha muerto.

Yo soy ese tipo. Me di cuenta cuando la relación entre los dos comenzó a apestar y yo, por un pudor que el otro no tenía, me hice el distraído. Pero así como las casas pasan de dejar caer revoque debilitado y polvillo hasta que se derrumba el techo y las paredes se caen, así recibí yo la confirmación de su envidia. No me lo dijo nadie, lo descubrí en una situación incómoda, digna de una comedia.

Lo invité a ver una obra de teatro. En ella trabajaba un viejo conocido junto a Luis Orpi. No era un monólogo, por lo tanto, sino un diálogo. Una obra armada por ellos dos, sin mayor pretensión ni destino. Cuando terminó fui a saludar a mi conocido y él me siguió con toda la excitación que puede caber en un tipo pasado de maduro pero con la inteligencia emocional de un pendejo. Creo que era su primera vez tras bastidores, no sé qué película se hizo.

O sí lo sé. Zelig, llevé a Zelig tras bastidores.

Con mi conocido tenemos un amigo en común, dueño de una disquería de culto en Buenos Aires y otro, que ya es historia porque enloqueció y se peleó con todos antes de irse a tocar blues en Atlanta. Más allá de nuestras historias en común ese cabrón es la incógnita, la desilusión, el recuerdo maldito que nos mantiene a los tres todavía en vilo.

Debido a ese antecedente nuestra conversación giró, como siempre, en torno al guitarrista furioso y al disquero que, fiel a su asertividad, ya lo había diagnosticado como psicótico irrecuperable. Le contaba a Gerardo, el actor, de la última vez que estuve en la disquería de Fernando, ese es su nombre, cuando reparo que detrás de mí existía una suerte de eco, uno que repetía las últimas cuatro o cinco palabras de la última frase, con la clara intención de ser incluido en una historia que lleva décadas. De esa forma parecía que lo que yo afirmaba respecto a Fernando y a Omar, así se llama el enajenado, también lo había vivido Zelig.

Gerardo hacía lo posible por escucharme con atención pero de a ratos lo veía distraído por la rutina estúpida a mis espaldas. La cosa empeoró cuando Gerardo aportó su parte en el duelo que como viudas engañadas llevábamos por nuestro amigo en común.

El Zelig de cuarta comenzó a repetir las últimas palabras de Gerardo y, si algo no tiene este, es paciencia con los estúpidos. Lo que sí tiene es una altura apreciable ya que fue jugador de básquetbol en su juventud.

Salí del teatro seguido por el idiota. Era mi sombra, yo lo alimentaba, le presentaba gente, lo nutría con películas y escritores a cambio de una imitación insultante.

Algo debía hacer. Así que, señor juez, esto es en esencia lo que quería contarle. Reconozco que veinticinco puñaladas es algo excesivo y que puede llamar a confusión pero le juro que no hubo ensañamiento. Si pudiera estar en ese momento, su señoría, si llegara a escuchar el ruido húmedo de la hoja entrando y saliendo, el golpe mudo cuando alcanzaba sin querer algún hueso, la explosión amortiguada de los órganos internos.

Disculpe, no fue mi intención asquearlo. Y sí, tiene razón. Con el veneno alcanzaba.

 

Cuando la gente despierta de una operación, la anestesia suelta la lengua antes que a las otras partes del cuerpo. En ese estado indefenso, con los ojos cerrados, se dicen muchas cosas. La mayoría son disparates que el cerebro dispara mientras vuelve a la conciencia.

Otra veces, muy pocas, no, y lo que se escucha es una confesión terrible, vergonzante, que nadie se hubiera enterado si estuviéramos en posesión de nuestra capacidad para reprimirnos.

La consigna de hoy entonces es: ¿de qué no quisieran estar hablando mientras vuelven de una anestesia? ¿Cuál es ese secreto tan íntimo, tan definitivo que nunca se lo contarían a otra persona?

 

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...