Empresa Dodero anuncia su embarque de pasajeros con destino a Carmelo de la hora 10:45 en el andén 37.
-¿Lleva equipaje, señora?
-No. Solo este bolso de mano.
-Si quiere ya puede ir subiendo. Asiento 14.
-Gracias.
Ojalá me toque del lado de la ventanilla, aunque igual el coche está tan vacío que creo que voy a poder cambiarme para donde quiera. No puedo dejar de pensar. Asusta perder el control de los pensamientos. Hace un momento estuve a punto de volver. A exigir explicaciones para poder perdonar y empezar de cero, otra vez. Pero está tan entreverado el asunto. Si hasta yo tengo dudas de qué es lo cierto en todo esto. Además sería muy humillante. Es increíble cómo la gente está dispuesta a creer cualquier cosa de una. Si fuera una de esas zalameras y le dijera a todo que sí, ahí capaz que me tenían en consideración. Pero yo no quiero ser una más, no me interesa ser uno de ellos. Yo soy derecha. Quizás sea por eso que prefieren creer lo que les conviene antes que acordarse de todo los que les ayudé. El chofer me pide el boleto y lo toma entre el índice y el pulgar, como si lo fuera a contagiar. Con esa mugre en sus uñas la que me tendría que cuidar soy yo. Qué fea es esta parte de la ciudad, con esos ranchos de lata. La gente que vive en ellos aprovecha los puentes que cruzan los accesos para apedrear a los ómnibus, lo leí hace tiempo. La nota decía que a una mujer una de esas piedras le había provocado hundimiento de rostro. No me puedo imaginar cómo debe verse una persona en ese estado, qué dolor, pobre. El chofer también salió lastimado. Los vecinos aprovecharon el momento para entrar al coche y les robaban las cosas que las personas habían comprado en Buenos Aires. Los que no estaban robando les tiraban piedras a las ambulancias. Hasta que no llegó la policía no pudieron atender a los heridos.
Qué lindo es el campo, ya me había olvidado. Parece todo tan limpio, tan puro. El ojo está demasiado acostumbrado a la mirada corta en la ciudad, acá en cambio se pierde. Aquellos montes de eucaliptos a lo lejos, qué hermosos son. Cada islote de árboles debe ser un mundo aparte, llenos de pájaros. Ojalá yo pudiera volar. Cambiarme de monte para no tener que aguantar el griterío. Se puede gritar sin alzar la voz, ciertas palabras tienen el mismo efecto que un alarido. Al fin y al cabo son una manga de bichos espantosos, mala gente. Si se vieran como los veo yo. Parece mentira, después de todo lo que hice por ellos. No parece: es mentira. Todo esto no está sucediendo, yo no estoy viajando lejos de mis cosas, de mi inofensiva rutina diaria, en cualquier momento voy a despertar y a levantarme, me tomaré un café con leche, comeré bizcochos. Pero ahora la que está tratando de mentir no puede hacerlo, soy muy mala para eso. Los otros pueden torcer las cosas hasta que la vida se hace insoportable y obliga a irse. Por una cuestión de orgullo, sí, pero también por higiene. Me siento sucia, opacada. Mamá siempre me contaba lo de Pedro y el lobo, que al final nadie le creía. Pobre mamá, como si la gente se preocupara por saber la verdad. Acá Pedro viviría feliz hasta el final de su vida, manipulando a la gente aunque sepan que nada de lo que dice es cierto. Pero es tan cómodo, tan fácil y conveniente dejarse llevar por lo que diga la mayoría. Quién precisa un lobo con gente así.
-¡Destino!
Me dormí. Nunca puedo dormir en los ómnibus pero se ve que estaba tan cansada que me dormí. Me duele el cuello. Estos asientos son muy incómodos por más que se puedan echar para atrás como hizo el de adelante, por poco me pega en el pecho. Hace calor en Carmelo. No conozco nada ni a nadie de acá. Sé que tiene un puente giratorio porque hace un par de años el noticiero lo mostró. Un barco se había desprendido de sus amarras y lo chocó. Estuvieron todo un día mostrando cómo remolcaban el barco. Siguieron al otro día, preguntándole a la gente cómo se las arreglaban para pasar de un lado al otro del puente rajado. Luego llegaron los primeros trabajos de reparación hasta que, por fin, un día el puente se reinauguró y Carmelo desapareció de las noticias. Quizás ese es el motivo por el que elegí venir acá. No tenía ningún destino pensado cuando llegué a Tres Cruces. Cuando vi el nombre compré un pasaje sin pensarlo dos veces.
-¿La llevo al Centro, señora?
-No, muchas gracias.
Y entonces me cae la idea.
-¿Me podría llevar al puente?
-Seguro, claro. Súbase que la llevo.
Es más grande de lo que pensaba Carmelo, pero no deja de ser una ciudad que se quedó a mitad de camino, sigue siendo un pueblo. Espanta, debe ser la falta de costumbre, la poca gente que veo mientras el taxi pasa cuadra tras cuadra de casas y negocios de un solo piso. La modestia se mantiene a ras del piso hasta que me deja en el famoso puente. Sobre la margen izquierda están haciendo un edificio de 3 pisos. Es tan poco imaginativa la arquitectura que podría ser un parking pero acá no tendría ningún sentido. Espacio para estacionar sobra y tampoco vi muchos autos cruzarse con mi taxi. El río que mostraba la televisión en realidad es un arroyo, apenas más ancho de lo habitual. El puente tampoco es gran cosa, durante sus quince móviles de fama parecía más importante. Dos hombres apoyados sobre la balaustrada de acceso toman mate y me observan sin disimulo. Soy La Extranjera. Acá todo el mundo se conoce. La parte central del puente es de metal, pintado con ese rojo sórdido de la pintura antióxido. A veces pasa algún vehículo pesado y se pone a temblar. Me inclino sobre la baranda, el agua barrosa corriendo bajo mis pies provoca un vértigo dulce, relajante. Había olvidado esto también, las cosquillas en la parte de atrás de los ojos, el sol del otoño reflejándose en el tejido infiel del agua. Estoy cansada, el río es demasiado atractivo. Alzo la mirada y un cartel sobre el edificio en construcción me muestra el camino.
“El agua que te separa te une”, dice.
Me alejo de la baranda y me aproximo a los hombres alertados por mi irrupción.
-Buenos días. ¿Conocen a alguien que haga el cruce del río?
La pregunta no los sorprende. Se miran entre ellos y luego de murmurar algo que no llego a escuchar, el más joven, un moreno de capucha amarilla, me responde. En su diastema ejemplar cabría fácilmente un diente extra.
-Antes lo hacía Cacciola al cruce, pero cerró hará un año o cosa así. Pero quedó gente que sale a pescar y capaz que si habla con uno de ellos la cruza. ¿La señora hasta dónde quería ir?
Me inquieta un poco escuchar que soy mencionada en pasado, como si el otro supiera que no lo voy a lograr. Estoy fuera de mi círculo habitual. No conozco a estas personas y estoy poniendo mi suerte en sus manos. Las crónicas policiales abundan en casos así. Los montes al costado del arroyo son cerrados, de tierra húmeda y fácil de cavar. Ideales para enterrar un cuerpo.
-Che moreno, ¿Y el Ruben? ¿Ya habrá salido? Hoy me crucé con la mujer y me dijo que se iba para el río.- tercia el otro, señalando hacia un punto indefinido atrás de nosotros con su mano grande de obrero.
Los dos hablan a los gritos, como sordos, pero la mención a una esposa me devuelve cierta confianza.
-¿Vos decís?
-Y sí, porque a esta hora la mayoría ya hicieron la pesca y volvieron. El Ruben no porque es medio dejado, vos sabés cómo es aquel.
Tranquila, me repito. La ansiedad puede jugarme en contra. Estuve a punto de decir “No se hable más, caballero. Lléveme con el noble conocedor de las criaturas subacuáticas”, pero me frené a tiempo.
-¿Me pueden decir cómo llegar a ese tal Ruben?, digo en cambio.
-Seguro.- responde el diastémico –Usted agarra para allá,- y señala algo detrás de mí, sin lograr que yo le dé la espalda – y sigue por la rambla durante una cuadra larga, ahí usted va a pasar una plaza muy linda con una fuente en el medio. Bueno, apenas pasa la plaza agarre a la izquierda y va a ver un muelle. Mire que si va para el otro lado se aleja del agua. Ahí ya es todo ciudad.
Estoy buscando un barco que me cruce el río, no un bar, idiota. Le agradezco y comienzo a caminar en la dirección indicada. Camino rápido, ansiosa de terminar esta parte del plan, pero también porque siento que las pastillas han dejado de hacer efecto y cada vez me cuesta más contenerme. La rambla es antigua e impecable, sin un solo papel en el suelo, pero paso al lado de un banco donde están sentados tres adolescentes aburridos y cuando me miran no tengo mejor idea que insultarlos.
-Manga de sucios, atorrantes, tendrían que estar trabajando, picando piedras al sol.
Abren los ojos, demasiado sorprendidos para responder, hasta que uno de ellos da inicio formal al collar de puteadas y me olvido del sol, el río, el sudor bajo las axilas. Me relaja comprobar que el odio de los demás sigue intacto. El famoso Ruben es lo más parecido a un águila que he visto, si las águilas no tuvieran alas y fueran gordas. El pelo sucio como un casco, pegado en mechones como plumas oscuras, la nariz en forma de pico. Un par de mofletes subidos esconden los ojos dentro de dos cuevas en cuyo fondo algo brillante se mueve. Aplaudiría con gusto si le diera por graznar, pero en cambio, negociamos una tarifa por pasarme al otro lado del río. No de este menguado arroyo sino del río Uruguay. El agua separa y une, como decía el letrero. Tiene sentido, y disuelve las últimas dudas que tenía.
La embarcación es demasiado robusta para un simple pescador, pienso. Luego, mientras doblamos el recodo final del arroyo, el hombre explica que se la compró a un argentino. Mucha gente del otro lado del río se dedica a la navegación por placer o deporte, aclara como quien pide disculpas. Y a nosotros que vivimos enfrente nos viene bárbaro. A veces ligamos alguna ganga como esta.
Me fastidia la falsa humildad del tipo.
-De hecho,- agrego para molestarlo -más que un bote de pescador como los que usan en Pajas Blancas, esto ya es un pequeño yate. Seguro que a ustedes la correntada no se los lleva, como a la gente que trabaja en mar abierto.
-No tanto, es cierto, pero tampoco es que con esto se pueda cruzar el océano, advierte Ruben, mirándome de una forma nueva, para eso se necesita un velero.
No te preocupes, Ruben, no te voy a matar ni a robar. Además, estoy demasiado vieja para seducirte. Con que me dejes en alguna de las islas dentro del Delta del Tigre será más que suficiente. Reviso mi cartera una vez más. Adentro tengo todo lo que necesito. Y aunque en este preciso momento necesitaría tomar algo, me resisto a buscar el blíster. Debo racionar los medicamentos hasta que decida volver. Con no desbocarme bastará.
El agua del Uruguay parece sucia pero no lo es. De niña, leí en una enciclopedia que la inusual mezcla de minerales del río puede petrificar la madera. Qué apropiado, pienso, un río que cambia la madera para que no flote. Madera mentirosa. El tiempo es bueno, insiste Ruben, pero podría estar lloviendo al norte y entonces la superficie estaría picada, o podría haber viento y el río estaría bravo y, si lloviera, las aguas nos harían imposible o peligroso el cruce, concluye. Sigue molesto porque lo contradije, pienso, pero no le contesto. Sé a qué se refiere. Las cosas se joden. Siempre, por alguna razón, se joden. Se agazapan, te dejan vivir tranquila hasta que un día todo te estalla en la cara y vos no podés ni siquiera obtener la calma para intentar explicarlo porque ya nadie escucha, a nadie le interesa. Se han internado demasiado en la trama para percibir el origen de todo el equívoco, han tomado el camino errado por las suyas o porque alguien los engañó y ahora no hay Cristo que les abra los ojos. No hay Cristo, no. Uno hay. Yo. Cargo con todos los pecados y es a mí a quien crucifican. Termino siendo la leprosa, la puta, la falsa.
Cómo habla este hombre, Dios mío. Es todo un desafío mantenerse callada. Ahora vamos hacia el sur. Pasamos pequeñas islas, demasiado inestables para hacer pie. A lo lejos se ve la costa edificada de Buenos Aires. Me pregunta qué va a hacer una señora de la Capital en parajes tan inhóspitos. Estaba preparada para este momento. Sé lo que debo decir para no llamar la atención gracias a un programa que vi en el verano sobre la gente que habita las islas del Delta. Algunos no las abandonan jamás. Esperan el bote del proveedor de enseres, medicamentos y alimentos, artículos que no encuentran en el Delta y los truecan por pieles o pagan con dinero, quizás el artículo más inútil de estos parajes. A veces reciben visitas. Llegan pescadores como Ruben, mochileros, cazadores, contrabandistas. Cualquier persona, si llega con el corazón sano –como el mío- es bienvenida y la dejan estar, son variaciones al tedio y la soledad habitual. En el programa entrevistaron a un tal García, un porteño que se hizo isleño luego que la tablita del 82 lo arrastrara junto a sus posesiones materiales. Pero García, aún viejo, se veía esperanzado, o al menos no miraba al conductor del programa como rogando que lo devolvieran a la civilización. Ya casi no tenía dientes ni pelo en la cabeza y su higiene dejaba mucho que desear, pero estoy segura que recibirá con gusto una presencia femenina. Me quedaré solo el tiempo necesario.
Desciendo con cuidado la escalerilla y me trepo al gomón con el que Ruben me lleva hasta la orilla del sitio que elegí. No tiene nada distinto al resto de la ribera, pero al menos las copas semidesnudas de los árboles dejan pasar la luz.
-¿Está segura que acá va a estar bien?
-Sí, claro, no sea tonto. Ya le dije que me están esperando.
Se me hunden los tacos en el barro húmedo de la orilla mientras trato que Ruben me deje sola, asegurándole conocimientos que no poseo sobre gente que no conozco. Por fin, el otro se encoge de hombros y se despide. El rugido del motor será el último sonido humano que escuche hasta dentro de un rato, pero el silencio en la isla dura poco, las criaturas vuelven a hacerse sentir. Mis pasos sobre la alfombra de hojas húmedas no las alarma, aunque no veo ningún animal pasar de un tronco raquítico a otro. El islote es un barrial, trastabillo en busca de algún punto seco sin éxito. El imbécil me dejó en un islote tan bajo que debe pasar la mayoría del tiempo bajo el agua. Un río de sudor tibio corre dentro de mi trajecito de dos piezas, primorosamente compuesto en estos momentos por tela y hormigas; las hijas de puta nacen en mi nuca y corren por mi espalda hasta disolverse abajo, dentro de los pelos bajo la bombacha. Quisiera comer el sándwich que compré en Tres Cruces pero no encuentro un puto rincón más o menos seco y libre de hongos, gusanos u hormigas donde sentarme. ¿El Dr. Livingstone, supongo? El sol penetra a través de los árboles y clava su aguijón en el centro exacto de mi cráneo.
En casa mi hijo ya debe de haber encontrado y leído la carta. Ahora ya no tiene dudas de que su madre está loca. Mejor, así se toma la carta en serio. Después correrá a llamar al padre. Leerá mi carta salteándose los párrafos que le dediqué a él. El padre a su vez se comunicará con los demás egoístas y mentirosos que han estado haciéndome la vida imposible. Tenía quince años cuando a Cecilia, mi mejor amiga, sus padres le hicieron una fiesta divina. No se habló de otra cosa durante las semanas previas. Ya en aquel entonces la mentira se la agarró conmigo. Cecilia no me invitó. Alguien le contó que yo andaba diciendo que los padres gastaban tanto dinero en la fiesta porque era adoptada, y que de esa forma buscaban que les perdonara habérselo ocultado tanto tiempo. No era cierto, lo que yo contaba era exactamente lo contrario: elogiaba a sus padres porque a pesar de no ser su hija se habían endeudado hasta más no poder con tal de demostrar el cariño que le tenían. Pero siempre mis enemigos han hecho lo mismo. Retuercen mis palabras hasta hacerme decir cualquier cosa. Me pasé el sábado de la fiesta dentro de mi cuarto, llorando. Me veía muriendo, como si fuera una película proyectada sobre la pared a oscuras. Desde el cielo escuchaba los llantos de mis padres y de mi amiga, arrepentidos de haberme tratado tan mal y de no haberme invitado a la fiesta. Fue entonces cuando supe que era superior a ellos.
Por desgracia, descubrí la misma asimetría en mi actual familia. Fueron años duros, de aprendizaje. Ellos sucumbieron a la mentira. Yo permanecí firme, intacta. Sabía quién tenía la razón. Nunca me desperté sin ser feliz. Me rogaron que hiciera terapia. Seguro, así me acostumbraba a sus hipocresías. Por otra parte aquel tira y afloje tuvo su costo. Fui por mi cuenta con un psiquiatra para que me recetara algo contra los ataques de pánico y las ganas de terminar con todo. Me mandó antipsicóticos y un antidepresivo que jamás tomé. Los antipsicóticos sí, terminaron siendo mis vitaminas. Tenía varias cajas guardadas, por suerte. No sé cuánto tiempo deberé resistir acá, junto a García.
Qué curiosas son las formas dibujadas por la humedad sobre las hojas caídas. Mientras me embarro hasta las rodillas en busca de una piedra o algún tronco que no esté podrido, aplasto cientos de pequeños mapas, diminutos rostros, alas de mariposas masticadas por el clima. Del agotamiento que tengo acepto sentarme sobre un tronco que antes hubiera juzgado inaceptable, y la pollera que elegí pensando en García queda manchada por el musgo aplastado. Se me transparenta el culo. Siento como si cargara con un piropo obsceno. Las medias también están hechas un desastre, llenas de ramitas y bichos. Tengo un par de agujeros a la altura de la pantorrilla, pero no recuerdo haberme pinchado con rama alguna. Sangran apenas, sin dolerme. El sol alarga las sombras de los árboles. Los ruidos dentro del monte se multiplican a medida que decae el día. Me pregunto cómo hará García para encontrarme. Le traje desodorante, jabón y pasta de dientes. Como en el documental vi que le faltaba una patilla a sus lentes, llevo también una cinta para arreglárselos. Mientras lo espero les hablo a las caras que me miran desde el suelo. Pensar que apenas hoy de mañana, les digo, después que mi esposo se fue a trabajar, estaba tranquila en casa ordenando la ropa tirada sobre la silla de su lado de la cama. Es muy desordenado, como todos los hombres. Y estaba sacudiendo un pantalón para enderezarle las arrugas antes de guardarlo cuando de un bolsillo cayó una hoja. Como ustedes, pero distinta.
Un cuadrado negro sobre el parqué. Nada que ver con ustedes. Mi primera impresión fue que se trataba de una caja de fósforos. Lo cual es extraño, mi esposo no fuma desde hace años. Al agacharme para levantarla la confundí con un sobre vacío de esos chocolates ingleses con menta tan ricos. Recién cuando la tuve entre mis manos me di cuenta. Me incorporé y la examiné, buscando alguna señal que me desmintiera, pero no tuve suerte. Del otro lado, en letras doradas, tenía la marca. "Amor". Y, un poco más abajo, "Extrafino". El sobre estaba vacío. El papel planchadito e inmaculado, al menos hasta que lo rompí como quien deshace un contrato. Paré cuando las uñas me dolían por el esfuerzo. Ocho veces, dijeron en la tele, es el máximo de veces que se puede doblar un papel. Con mi marido no hacemos el amor desde hace no sé cuántos años. Ocho, tal vez. Pero, díganme la verdad. ¿A quién se le ocurre poner algo así en el pantalón de un hombre casado? ¿Verdad que no tiene gracia? Terminé de acomodar lo mejor que pude la casa, pero no pude aguantar mucho allí dentro. Me faltaba el aire de lo nerviosa que estaba. Me sentía vigilada, como si la ladrona fuese yo.
Debería haber pedido el día pero fui a trabajar como si no hubiera pasado nada. En la aseguradora no había mucho trabajo. Demasiado tiempo muerto. La cabeza se ocupa de llenarlo con lo primero que tiene a mano, y yo tenía rabia como para compartir. Beatriz, mi compañera de escritorio de toda la vida, me preguntó si me sentía bien.
-Claro.- le dije -qué te hace pensar que estoy mal.
-No sé, Alma. Tenés un aspecto muy demacrado. Y no es que te quiera asustar, pero estás blanca como un papel.
-¿En serio? Vos estás exagerando.- le respondí, mirándola a los ojos de vaca perdedora que tiene. Las nauseas que traía desde casa empeoraron. -Bea, hace tiempo que no te pregunto cómo está tu mamá. Disculpame, nena. Ayer justo pasé por un residencial que está cerca de casa y me acordé. Es que justo el otro día en el noticiero mostraron cómo maltrataban a unos viejitos en una casa de ancianos, terrible lo que les hacen. Los embuten a pastillas para que no les cuenten a los familiares, sabés. Pero por suerte el que está cerca de casa parece bueno. Aunque debe ser muy caro, nena. Qué suerte tuviste vos de ubicar a tu vieja en uno que seguro no es como el que mostraron en la tele.
Dejé a Bea en su lugar y me escabullí hasta el depósito donde acumulamos los expedientes vencidos. Saqué el espejo. Dentro todavía estaba yo, la esposa de Julián grande, la madre de Julián chico, la amiga y compañera dispuesta a dejarse pisotear con tal de no quedar sola. Pero Beatriz tenía razón. No tenía buen aspecto.
Bueno, me dije, la comedia llega a su fin. Estaba tan cansada. Tan casada. Cómo hacía para volver a ocupar mi sitio. En casa. En el trabajo. Con mis padres. Yo que siempre había visto a mi marido como a un impotente. Y ahora todo el mundo se iba a enterar. Porque se los iba a decir yo misma, además. Me conozco. La idea de verlo sufrir me excitaba, pero era una alegría triste. Perdería a Julián grande y a Julián chico. La gente del trabajo me haría más llevadero el trámite, pero jamás dejaría de ser la guampuda; me convertiría en un trapo para limpiar su propia mugre. No sé cuánto tiempo pasé allí dentro. El clonazepam bajo la lengua ya se había disuelto pero no sabía si el adormecimiento bajo la lengua era efecto de la pastilla o estaba teniendo un infarto. Mis labios tenían el color de la tiza. Así los tenía mi padre cuando tuvo su primer infarto y se salvó de pedo. Salí del baño, caminando como si fuera de cristal, pero logré llegar hasta mi silla.
-¿Mejor?- me preguntó la entrometida de Beatriz.
-Sí, gracias.- la puta que te parió.
Pero miren quién llegó. Qué apropiada compañía. Al principio no te vi. Tiene unos dibujos preciosos en el lomo, ¿sabe? Si no se movía jamás la hubiera visto. Y qué ojitos preciosos, el atardecer se los deja del color de la miel. Disculpe si la pisé, ya le dije que es su culpa mijita, se camufla demasiado bien. A las mujeres nos comparan con ustedes. Y nosotras somos tan bobas que nos enorgullecemos, como si pudiéramos defendernos. Cuando venga García váyase para su casita. Como buen hombre de afuera que es va a querer matarla. No son malos, es por miedo que lo hacen. Sienten que ustedes les pueden quitar algo. Justo a ellos, a los dueños del mundo. Pero quédese conmigo, así me hace compañía mientras termino de contarles a todos ustedes cómo llegué acá y, sobre todo, por qué. Bueno, un poco eso ya lo saben pero tal vez algunos todavía no entendieron por qué no enfrenté a mi marido en lugar de tomarme todas estas molestias.
Tengo la boca reseca. Odio tener sed, puta madre. Y el bichicome este de García que no llega. Bueno, para hacerla corta. Mentí en el trabajo diciendo que iba a buscar algo para comer pero no volví, me fui directo a casa. Estaban los muebles, el olor a encierro y las moscas volando sobre los platos sucios de la cocina como si fuera un día normal. Pero faltaba de todo. El inútil de mi hijo llegaría en cualquier momento a almorzar en aquel lugar vacío. La mentira lo había tomado. A Julián chico, por ser la pieza más débil, le dejé la carga más pesada. En la carta le conté de los amoríos de su padre con Cecilia. No sé cómo se me ocurren esas cosas, supongo que será el instinto de supervivencia. Como no iba a creerme, finalicé la carta agregando que me iba para no volver y que ni él ni su padre me habían querido nunca y que cualquier cosa que me sucediera sería culpa de ellos. Después vine acá, al culo del mundo. Deben estar buscándome enloquecidos. Por la ciudad. Por todo el país, si ya hicieron la denuncia. Tarde o temprano a Julián grande la policía empezará a mirarlo de otra forma. Depende de mí, de que aguante acá lo más que pueda. Y de García.
¿El sol quedó quieto o los árboles brillan en la oscuridad? Los colores son hermosos, pero estoy muerta de sed y de cansancio. La pierna izquierda está hinchada como un jamón y me duele. La puta madre, García, que desconsiderado. Pensé que sería más fácil cruzármelo. No importa, tengo todo el tiempo del mundo. Y vos seguís ahí, enroscadita. ¿Cómo podés tener verdes los ojos y plateadas las escamas? Brillás como el metal. Me voy a echar un ratito aunque me cague el trajecito. Qué fresquito está acá bajo. No me había dado cuenta antes; en las hojas hay pequeños depósitos de agua. No tiene mal sabor, y alivia en algo esta sensación a pedregullo que tengo en la garganta. En cuanto al viejo este me tengo fe. Lo convenceré para que me deje vivir en su casucha sobre pilotes. Por lo menos el tiempo que juzgue necesario hasta que decida descender resucitada sobre los techos curvos de la terminal, cuando ya nadie me espere. Hay mentiras tan grandes que son imposibles de percibir desde el suelo.
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