jueves, 12 de noviembre de 2020

Sobre unos cuentos que leí

Tengo que escribir esto ahora que todavía tengo el cerebro agudo, antes que los trajines bobos del día a día me lo desgasten.

Es sobre "La mentira de Cándida", un cuento de Belén Riguetti que figura en la antología "Mentira", una serie de historias cuyo eje temático es esa estrategia tan recurrida de ocultar la realidad tras un discurso infiel.

La "Mentira..." es un cuentazo, eso es lo primero que debo decir. Desde la elección del nombre de una de las protagonistas, Cándida, que da una pista no menor sobre el tono de la historia que está llena de esperanza en un lugar donde ya no puede haberla, hasta esa mezcla de autoficción o autobiografía (desconozco cuál de las dos variedades sea ya que no he hablado con la escritora) y su final que cruza géneros con la misma elegancia de un gato saltando entre las flores en el jardín de una casaquinta abandonada al caer la tarde.

Me llena de envidia, debo confesar, de luz, por suerte. Me recuerda a mi cuento "Ritos de paso". Ambos son similares, aunque solo en su estructura: un comienzo autobiográfico que deriva hacia la autoficción, pasa luego por un momento fantástico para declinar en otro más humano, existente -por ahora- solo en el texto, culminando con una declaración de intenciones que en mi caso es pesimista. En cambio la última palabra en "La mentira de Cándida" es un desafío, una voluntad manifiesta de vencer lo invencible.

La antología continúa con un cuento de Gabriel Sosa, "Poniendo el hombro en Colonia Orticoechea" y sirve de contraste con el cuento de Belén pues si aquel es luminoso este en cambio brilla bajo el oscuro sol que calienta ese pueblito de 450 habitantes. Sosa despeja el camino gracias a un uso casi fotográfico del habla rural cotidiano. Con sus pausas e interjecciones los tres protagonistas se encarnan en nuestra memoria acústica. Es la pintura que un montevideano hace de tres paisanos. El cuento en sí trata de una canallada mayúscula, aunque los actores sean tan insignificantes como el pueblo en el que viven.

Los dos cuentos demuestran una verdad: nada en un texto es casual. Suena borgiano y está bien que así sea pues el argentino (¿el universal?) fue quien tuvo la amabilidad de dejarnos esa pista. Todos los textos literarios son vástagos del Libro de Libros, de Homero, acaso de Cervantes o Shakespeare. Si lo eterno se manifestó en ellos es porque una instancia superior habitó la humanidad mientras fueron escritos, poseyó al afortunado escriba maldecido por la irrepetible luz. No debió ser fácil seguir con la orina, la tos, el olor de los propios excrementos. Quizás se sintió como una traición el deseo, la debilidad producto de los años, el mero acto de disfrutar una fruta fresca y el sonido de algún río deslizándose.

El primer cuento reseñado fue escrito por una mujer joven, experiente pero todavía optimista respecto al ser humano. Sus publicaciones en redes sociales así la muestran. El segundo autor, en cambio, es un hombre que se acerca a la vejez, lo conozco en persona. Es un hombre refugiado en el cinismo, en la ironía. Por ello escribe sobre la maldad minúscula, esa que multiplicada por millones hace del mundo un lugar miserable.

Cada autor, si lo logra, le impone a sus personajes un destino o una intención que, escondida, comparte. Haríamos lo mismo si nos tocara estar en el lugar de nuestro personajes. Belén violaría la realidad con tal de volver con Cándida, Sosa aprovecharía la oportunidad y yo, como mi personaje, terminaría esto, y  todo lo demás, con la misma palabra:

FIN 

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