Cuando la gente despierta de una operación, la anestesia suelta la lengua antes que a las otras partes del cuerpo. En ese estado indefenso, con los ojos cerrados, se dicen muchas cosas. La mayoría son disparates que el cerebro dispara mientras vuelve a la conciencia.
Otra veces se escucha una confesión terrible.
En 1943 Alfonso Tizzo reveló, para espanto del personal médico y de sus hermanos de pandilla, nombres y números asociados a varias operaciones ilegales. Afortunadamente entre los asistentes que esperaban el regreso de Tizzo a la realidad se encontraba un agente del FBI quien anotó de forma inmejorable cada dato aportado por el insconciente del italoamericano. Desafortunadamente el agente, de nombre Frank Louis Martin, estaba solo, y el personal del hospital conocía los códigos de discreción aconsejable respecto a los asuntos de la mafia.
Esas cosas pueden suceder.
Algo socialmente inexcusable, un acto aberrante realizado, o apenas deseado, cuya enunciación provoca tal enojo que hace olvidar el contexto, a todas luces precario y temporal, similar al "mamado no vale", en que se emite la confesión. Una infamia irrecuperable de la que nadie se enteraría jamás si estuviéramos solos en la pieza.
Me operaron dos veces en mi vida.
La primera fue de niño. Nada grave. Cuando desperté, mi madre lloraba refugiada entre los brazos de mis padres. Mi hermana hacía lo mismo con su esposo mientras detrás de ellos, en el corredor de entrada a la habitación, un sacerdote arrojaba agua bendita hacia el techo, contra el cuerpo retorcido de una enfermera.
La segunda operación fue siendo ya adulto.
Para ese entonces comprendí que, debido a la edad y al uso prolongado de psicofármacos con los que demoro la realidad, cada me cuesta más sobreponerme a los efectos anestésicos. Esta vez me había salvado por poco de una peritonitis. Cuando volví en mí, tres enfermeras se turnaban para pegarme bofetadas en la cara. Las tres repetían mi nombre. Machado, Machado. Bueno, mi apellido, lo sé, pero con ellas apenas me unía esa potestad, circunstancial, de poder maltratarme sin estar casados. Menciono la institución matrimonial debido a que además de pegarme rogaban, ordenaban sería la palabra más exacta, que me callara.
Para ese entonces, la pared ubicada frente a mi cama lucía un agujero que no existía antes. Y los ladrillos con rastros de quemaduras habían provocado más de un resbalón, a juzgar por las manchas en los guardapolvos que me rodeaban. Dentro brillaban miles de estrellas, y un ser trataba de ingresar unos gruesos tentáculos de color morado a nuestra dimensión.
La consigna para escribir en el taller hoy entonces es: ¿de qué no quisieran estar hablando mientras vuelven de una anestesia? ¿Cuál es ese secreto tan íntimo, tan definitivo que jamás contarían?
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