viernes, 28 de diciembre de 2018

Lugares comunes de la vejez



Según un eneagrama, mis tríadas más relevantes son (de mayor a menor): pensamiento – intuición – afecto.
Supongo que eso explica ciertas ausencias afectivas que me rodean.
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Hoy me levanté y, al mirarme en el espejo del baño, noté que en el centro de mi calva rasurada nacía un largo mechón de cabello negro. Sale desde la parte delantera del cráneo y cubre la mitad de mi cara, incluidos los ojos. Se mete por una comisura dentro de la boca cuando estoy comiendo o hablando, por lo que estoy constantemente sacándome la trenza no sin que, absorto por la conversación o el sabor de la comida, me olvide y los tenga que sacar de apuro, antes que las arcadas me hagan vomitar.
Aún así he decidido conservarlo hasta que se vaya de la misma forma que vino. Creo que si lo arranco puede volver a nacer con más fuerza, como sucede con la barba o las canas.
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Últimamente he estado recibiendo mensajes de alguien que va a nacer dentro de 20 años, año más, año menos.
Sucede de esta forma: yo corro un trecho, bajo el sol, sobre el asfalto caliente, aprovechando las últimas horas del día, cuando la presencia del verano no es tan totalitaria. Me visto con ropa blanca bien liviana y salgo desde mi casa hacia la rambla, que tengo cerca.
Alterno las zancadas sin prisa, vacío de afectos y de presentimientos, obsesionado por alguna buena idea que seguramente trabajaré luego de cenar, cuando suelo revisar lo que he escrito en los últimos tiempos.
De pronto, el mensaje llega.
Es casi exactamente lo mismo que estaba pensando mientras corría. Y digo casi, pues de hecho el mensaje va más allá del punto en el que mi pensamiento lo dejó. Lo completa, lo enriquece. El problema es que faltan como 20 años para conocer a la persona que me completa las frases y sé que yo, por más que corra,  jamás voy a llegar.
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Novedades sobre el mechón de cabello negro. 
No hay, sigue allí. Todavía no he resuelto qué voy a hacer con él.
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Ahora también tengo alas.
Sí, alas.
Hechas con plumas, bien pedorras, estereotípicas.
Y dolorosas además, pues rompieron mi espalda y en este mismo momento, se aplastan contra el respaldo en la que me siento para escribir y se quejan por la presión.
¿Debería ir a un médico para me las ampute?
Quizás esta es la causa del dolor en mis omóplatos que he sufrido durante tanto tiempo. No la artrosis cervical ni una contractura. Alas, estaban naciéndome alas.
Qué al pedo.
Justo ahora.
Porque, cuando me siento como ahora, incompleto y a aumentado de manera tan bizarra, hago pie y al mismo tiempo me ahogo en algo que tal vez sea yo, tal vez sea el otro, tal vez me hundo dentro de un océano inmenso, que siempre estuvo acechando pero por fin, ahora que casi no tengo fuerzas, me devora.
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Creo que a todo ser le llega un momento en que no debería seguir creciendo.
No me refiero a envejecer, tan solo. Deberíamos poder impedir ciertas expresiones corporales excéntricas, inconvenientes, peligrosas. El cuerpo no sabe qué hacer, para dónde ir. Nos salen esquinas puntiagudas donde antes sólo había suaves curvas. Células felices y efectivas enloquecen. Extremidades que estaban sanas se enferman y caen porque debajo les está naciendo otra cosa, algo de mala calidad, generalmente.
Hoy mismo las alas que ayer me salieron ya se están pudriendo.
Eran blancas y ahora se llenaron de manchas marrones y en algunos lugares están oliendo feo. Lo peor es que después que se caigan, estoy seguro que mi cuerpo, encaprichado, hará crecer otras.
Por otra parte, si no vuelven a crecer, siempre me va a quedar la duda de si no he desaprovechado una oportunidad única pero, razono, uno nunca sabe; quizás me salvé de partirme la jeta contra si trataba de usarlas y estas cosas no funcionaban por la sencilla razón de ser tardías y modestas.
Tampoco es que sea un especialista en la materia.
Las otras veces en que, por algún motivo, he volado, me daba cuenta de ello recién cuando mis pies volvían a pisar el suelo.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Otro cuento de navidad

Es flaca, del tipo de flacura que uno no sabe si es así por voluntad propia o por el hambre que, desde niña, modeló esa silueta casi de aguja.

Es nerviosa. Se protege detrás de constantes estallidos de buen humor. Ríe a menudo y el sonido agrada, aunque a veces no sepa si creerle.

Hablamos de películas y libros. Le doy mis cuentos para leer y los comenta con inteligencia, sus apuntes me ayudan a mejorarlos.

Tiene extrañas alergias. Manchas rosadas que aparecen y desaparecen de su maxilar inferior, el cutis todavía conserva las imperfecciones de la adolescencia, como si jamás hubiera conocido una crema de limpieza, un tratamiento facial, la aspereza de un desfoliante.

Las fosas nasales parecen bocas abiertas en una eterna sorpresa, casi alcanzan el comienzo del puente nasal. El cabello castaño claro es fino y, sin tocarlo, lo adivino graso, tiende a agruparse en mechones, distinguibles desde donde estoy sentado escuchándola.

En los últimos días observo que baja esos ojos de niña dolida al hablar, mientras debajo el mundo continúa su rumbo hacia navidad.

Cuando se refiere a su familia la voz pierde matices, se opaca, se transforma en una pared gris, un límite que marca hasta donde está dispuesta a dejarme entrar.

Los hermanos son seis, los padres viven. Tiene un hijo ya adulto aunque ella todavía es joven.

Casi no los ve en todo el año. Mucho menos en navidad.

Las distancias, explica. Vivimos demasiado lejos para reunirnos, concluye, sin que yo me atreva a intentar ver que hay más alla del muro. A pedirle que diga si vivir lejos le provoca tristeza, indiferencia o alivio.

Juega con una tira de papel naranja entre sus dedos, sin mirarme, durante la confesión sobre el maldito diciembre.

Los papeles de regalo volarán en pedazos, el plástico colorido durará menos de un mes. La farsa escenificada para los niños, la comida expuesta como si fuera una exhibición. Todo pierde sentido cuando no hay niños, suspira.

La navidad solo los beneficia a ellos, comenta, pensativa.

Cuando mi hijo era chico, recuerda, con mi sueldo de maestra le compré un camión de plástico y él, muy orgulloso de su regalo, salió a la vereda donde se encontró con el niño de la casa vecina, a quien le habían regalado un auto a control remoto. Volvió a preguntarme por qué no tenía un regalo como ese si él había sido bueno todo el año. 

La navidad solo beneficia a los vendedores de juguetes, se corrige sin rencor.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Rodeos y máximas



Anfitriona
Conozco a una mujer que tiene la costumbre de ofrecer servicios sexuales a las amistades de su esposo. Lo hace durante la cena, disponiendo en poses dudosas la comida que sirve sobre los platos. Aunque uno tampoco es de fierro. De buena gana me garcharía un par de ravioles.

Comienzo
Pocas cosas arruinan más el despertar que recordar el éxito de un amigo.

Sencillo
Dentro del parque el mundo parece más sencillo, menos confuso. Alcanza la mierda de perro incrustada dentro del calado de una suela para resumirlo a la perfección.

Caballeresco
Pocas cosas deciden más el futuro de una pareja que la actitud del hombre luego de hacer el amor. Limpiarse el glande con las cortinas del dormitorio, por ejemplo, está desaconsejado.

Prudencia
Nunca digas nunca. Especialmente si estás perdido en el desierto y un beduino te exige favores sexuales a cambio de un sorbo de agua.

Evento
Ayer choqué el auto contra un grupo de señoras. Tomaban el té en unas coquetas mesas dispuestas sobre la terraza de una confitería que da a la rambla. Fue un suceso colorido y muy aromático.

Recuerdos
El traumatólogo quería perforarme el codo para soldar la articulación fracturada. Le dije que no se molestara y lo dejara así, colgando. Cuando tenga nietos voy a conquistarlos lamiéndolo.

Coima
Demorar una decisión es injusto para quienes dependen de ella y gozoso para quien los observa.

Final
Pocas cosas provocan más insomnio que recordar las mentiras descubiertas.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Juguetes desatendidos

De niño viví en una casa nueva. Mi padre la había mandado construir desde los cimientos; mi madre quiso que su cocina fuera igual a una fotografía que apareció en un número de la Para Tí y así fue. Las amigas le decían que tenía una cocina de película,  aunque para mí se equivocaban. Nuestra cocina era de revista. Los vecinos llamaban a nuestra casa "la bonita", como si sus casas no lo fueran.
Mi padre era empleado judicial y además tenía un segundo trabajo, recorría la zona este del país vendiendo levaduras y otros productos de la Fleischmann en su auto. Partía los sábados bien temprano, dejando que mi madre se ocupara de levantarnos de la cama a mi hermana y a mí. Podría habernos dejado dormir hasta el mediodía pero creía que tal hábito nos echaría a perder, y que luego no podríamos andar de pie por la vida. En aquella época las personas se dividían en honestos y en sinvergüenzas. No existían tantos matices como ahora.
La casa limitaba al oeste con la plaza principal de Treinta y Tres y al este con la puerta del cuartel, desde donde todos los sábados partía el desfile de la banda militar. Marchaban tocando sus instrumentos detrás de un hombre que sacudía un largo bastón envuelto en hilos metálicos de colores. Lo tiraba al aire y al recogerlo -nunca vi que se le cayera-, giraba sobre sí y con un movimiento brusco lo chocaba contra el pecho, de frente a la banda. Luego se daba vuelta y retomaba la rutina. El desfile terminaba en la plaza 19 de abril, el centro de nuestra ciudad. La tropa subía la escalinata en el monumento de mármol rosado que albergaba los restos de Juan Rosas, uno de los 33 orientales, y ofrecía un poutpourrí de canciones populares de mitad de los 60, adaptados a la sensibilidad militar. No fueron pocos los romances concretados bajo el aire sacudido por los bronces de la sección de vientos.
Los niños nos reuníamos sobre los adoquines al borde de la vereda amarilla, el límite máximo permitido. Los adultos nos habían dicho que tuviéramos cuidado con el profundo río de asfalto. Ningún niño que se aventurara por su cuenta en él volvía, ya que lo devoraban los veloces tiburones metálicos ocultos en los baches. Por ello estirábamos nuestros cuellos para no perder ningún detalle de aquella formación de extraños soldados músicos, que en lugar de armas empuñaban instrumentos.
Espinas de sol brotaban desde los metales. Aunque no conocíamos sus nombres, nos deslumbraban la trompeta con su voz urgente, el trombón que sonaba como un tío borracho y sobre todo, la tuba, ese elefante dorado que cuando el hombre apoyaba su boca en vaya a saber qué parte de su cuerpo y soplaba, nos levantaba del suelo solo con el sonido.
El río gris de la calle se ubicaba al sur de mi casa y era la compañía perfecta del lado norte, el fondo de casa. La mayor parte estaba cubierto bajo un espinoso piso de portland, interrumpido a intervalos regulares por canteros rectangulares de rosas, campanillas, hortensias, claveles, bocas de sapo, plantas de maíz, de tomate, limoneros, pitangueros, una higuera y una gata esquiva bautizada Floribella por mi madre, que se pasaba el día oculta en su jungla particular. Se la podía ubicar por las pirámides gemelas de sus orejas, apareciendo y desapareciendo desde distintos canteros sin que en ningún momento se la viera pisar el portland, como si hubiera encontrado pasadizos secretos que conectaran una pieza de tierra con otra.
La mitad del fondo lo cubría una parra, bajo cuyas cepas apoyadas sobre  una armazón de hierro y columnas de portland, se sentaba mi padre a tomar mate cuando volvía de alguno de sus trabajos. Las columnas también eran útiles para otras tareas. Yo por ejemplo las usé una tarde para romperme un diente, cuando até una cuerda entre dos de ellas e intenté saltarla, sin éxito.
Adentro la casa adentro era fresca en verano y helada en invierno pues había sido construida con lajas, mezcla y mármol. No tenía madera que la moderara. Los pisos embaldosados abundaban en texturas, pero dependían de la gran estufa a leña ubicada a la entrada de la cocina.
Había un gran garaje, lo suficientemente ancho y ordenado para que el cascarudo gigante que usaba entonces mi padre para hacer sus corretajes y nuestros paseos entrara sin rayarse.
De una de sus paredes colgaba una bolsa de tela azul, que para mi mirada de niño era grande como la almohada de un gigante. Mis padres nunca quisieron decirme lo que tenía adentro. Cambiaban de tema con sospechosa habilidad o se enojaban si repetía la pregunta.
Una tarde -tiene que haber sido cerca de Navidad pues recuerdo que hacía calor-, mis padres se fueron. Seguro que a comprar los regalos. Mi hermana, once años mayor que yo, todavía estaba con nosotros y, por suerte para mí, a ella siempre le había parecido injusto ese silencio alrededor de la bolsa.
Quizás tuve suerte cuando le pedí ver el interior de la bolsa y ella accedió a bajarla; tal vez se trató simplemente de que me amaba tanto que jamás se le ocurrió darme un zapatillazo para que la dejara seguir estudiando.
La bolsa estaba repleta de juguetes. Completos, sanos, nuevos. Autos, muñequitos, ladrillos de plástico.
Coloqué los autos a escala (coches rojos de bomberos; patrulleros de lata; camiones conducidos por figuras pintadas en las falsas ventanas; ambulancias tan pequeñas que solo podrían trasladar insectos), en filas perfectas, guiadas por las líneas de las baldosas oscuras del garage, ante un atento público, compuesto por flamantes muñecos, apenas más grandes que mi mano.
Treinta y Tres es una ciudad pequeña del interior. Como tal, no se necesita ir muy lejos para completar las compras de los regalos que se darán en Nochebuena. Por eso mis padres volvieron tan pronto.
Cuando mi madre vio los juguetes en el piso hizo dos cosas: me llevó de una oreja en penitencia al cuarto y se encerró en el suyo a llorar. Mientras, mi padre levantaba los juguetes del suelo y devolvía la bolsa a su lugar. Luego entró al dormitorio donde estaba su mujer, cerrando la puerta.
Mi madre era muy pasional, mi padre muy razonable. Él me advertía de los peligros del mundo pues los había sufrido desde muy chico; mi madre en cambio me contaba la fábula de la competencia entre el viento y el sol para desvestir al paisano que cruzaba el campo arriba de su caballo. Ganaba el sol, que con su calor obligaba al hombre a deshacerse del poncho para frustración del viento, que cuanto más soplaba lo único que lograba era que el hombre se aferrara a su poncho con más fuerza. En la vida, concluía mi madre, más se obtiene de buenos maneras que por la fuerza.
Pero allí estaba yo, con la oreja ardiendo por la acción de los dedos maternos y por las palabras que se escapaban desde el dormitorio cerrado. Mi padre intentaba convencer a mi madre de algo y ella le decía que no podía ser.
Al principio.
Después se fue calmando y, como solía pasar, los dos llegaron al mismo punto. El resto de la conversación la imaginé muchos años después, cuando mi padre ya había muerto y mi madre finalmente me contó de cosas que había llevado mucho tiempo encerradas dentro suyo.
Mi primer hijo nació muerto, me dijo. Le habíamos preparado todo: la ropita, la camita con barrotes para que no se cayera. Los juguetes. Muchos, pues mi tía-madrina tenía un bazar y se le había ido la mano con el entusiasmo ante el nacimiento del primer sobrino. Juguetes que no habían sido tocados jamás por niño alguno, hasta que distrajeron su vigilia y yo le pedí a mi hermana que me bajara la bolsa.
La siguiente mañana después del incidente, mi padre inició uno de sus rituales favoritos, propios de esa época del año. Alteró la vida de quién sabe cuanto bicho vivía allá detrás, al fondo de la despensa, antes de poder sacar con mucho trabajo el gigantesco árbol de Navidad de nuestra familia, tan alto que llegaba a rozar el techo del garage. Luego dispuso varias cajas alrededor del macetón que le servía de base, reclutándome como su ayudante.
Yo quitaba el papel de diario alrededor de las bolas y bochas torneadas y las transportaba como podía entre mis pequeñas manos hasta las suyas, que desde la mitad de la escalera ubicaba los globos dorados y los rojos metálicos de forma más o menos simétrica en las ramas de falsa pinocha. Luego de agregarle nieve sintética y guardas con brillantina la ceremonia terminaba con la colocación del puntero, la estrella de Belén, en lo más alto.
Ocupaba toda una caja ella sola, con su brillo de lágrima congelada.
La extraje con mucho cuidado y la trasladé hasta donde estaba mi padre, que para entonces había dejado la escalera, atento a cualquier movimiento en falso de mi parte. Luego, volvió a subir hasta el último escalón, desde donde colocó la estrella en la punta, como un mensaje de que todo iba a estar bien, que siempre íbamos a estar juntos.
Cuando pasó la Navidad y llegó el verano, la bolsa había desaparecido y nunca más volví a verla ni a saber de ella.
Esto pasó cuando yo era niño y, lo juro, existía más de un universo.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...