viernes, 29 de junio de 2018

La novela vacía 4

Viernes 29/6
11:17

Muchas veces ocurre que estoy viajando en un ómnibus o me encuentro dentro de un salón, rodeado por otros alumnos y observo a otra persona desde un ángulo desde el que no estoy completamente a espaldas suya, sino que todavía puedo ver los rasgos de un lado de su cara.
Cuando fijo mi mirada en ella, porque casi siempre es una ella, observo que sus ojos, hasta el momento atentos a lo que tenga adelante, sea esto un libro, la calle corriendo hacia atrás o un profesor, parpadean.
Es decir, acusan recibo de que percibieron la mirada ajena.
Al principio lo tomaba como una coincidencia pero el patrón se repitió tantas veces que siempre representó una intriga no resuelta hasta la llegada de Internet.
Un día, leyendo una página de un sitio que no recuerdo, me encontré con la palabra que designa a esa sensación de estar siendo observado.
Escopaestesia.
Y no es que sea nada nuevo tampoco. La primera vez que se estudió el fenómeno fue en 1898, la primera que se editó un libro sobre la escopaestesia se entiende, el fenómeno en sí existe desde mucho antes que se imprimieran libros, existiera el latín e incluso los homo sapiens. 
El libro lleva el nombre poco creativo de  "La sensación de ser mirado" y fue escrito por un tal Edward Titchener, psicólogo de profesión para más datos.
Por supuesto que abundan las teorías que explican la escopaestesia y, como era de esperar, cada una lleva agua para su molino.
Así, los psicólogos la explican por una creencia errónea del yo exacerbado (la misma que por ejemplo alimenta la falsa sensación de que somos el centro de la mirada de otros, cuna de la paranoia o la vanidad); los parapsicólogos atribuyen ésta a la presencia de entidades de otros planos detrás nuestro, observándonos sin que se entienda muy bien porqué razón estas entidades deciden perder el tiempo de esa manera, y los científicos vinculados a la salud que la explican mediante la que es, para mí, la más acertada de todas estas teorías.
Según estos investigadores, la escopaestesia es un rasgo evolutivo, útil para detectar la presencia de depredadores acechándonos y es compartida con prácticamente todos los animales ya que de otra forma no hubieran logrado sobrevivir.
Pero hay una aplicación de la escopaestesia muy interesante y que es una teoría de mi propia cosecha.
La vincula al cine o, en realidad, a la actuación.
Sin que esto sea una fórmula podría decirse que cuanto mejor es el actor o actriz mejor es su capacidad de disfrazar su escopaestesia.
Tomen el ejemplo de Madonna.
Amo su música (al menos hasta 1998 o hasta el disco Music), fui a tres recitales de giras distintas, tengo mucho material sobre ella en mi casa y considero que es un caso único dentro del espectáculo que por muchas razones (cambio del modelo de distribución de la música, el principal) será la primera y última de su especie.
Pero actuando está lejos de ser una buena actriz.
De toda su producción cinematográfica apenas pueden rescatarse 3 o 4 títulos: Buscando desesperadamente a Susana, Dick Tracy, Sombras y nieblas (de Woody Allen) y Evita.
En el resto de las películas su actuación es despreciable (Snake Eyes, de Abel Ferrara, me olvidaba de esa gran película nihilista) porque no sabe ocultar su escopaestesia.
Sus ojos cambian su patrón de parpadeo de la misma forma en que lo hacen las pasajeras o las alumnas cuando yo las observo.
Todas, Madonna incluida, nos advierten que saben que están siendo miradas, sea por un par de ojos o por millones de ojos (representados por la cámara que la filma) y por ello el mal actor o la mala actriz no logra convencernos. 
Ese parpadeo rompe la "cuarta pared", de alguna forma también secciona el tiempo pues nuestro cerebro recibe ese acuse de recibo de nuestras miradas como si fuera en tiempo real, lo que es impropio del cine (pero una característica del teatro) y por ello desactiva la suspensión de la incredulidad necesaria para atender a la inverosímil trama que nace al calor de los focos y la edición de la sala de montaje.
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Hoy tuve un sueño muy erótico, pornográfico casi. Los detalles no los recuerdo casi nada.
Involucraban los corredores de una institución, alumnos que dejaban el aula, una profesora, maestra o directora de la institución que me atendía y a la que, luego de cierta señal con sus ojos (sigo con el tema de las miradas) que yo interpretaba habilitadora, desnudaba rápidamente y colocaba sobre un escritorio donde la penetraba con enérgicos movimientos de cadera.
Suelo despertarme con una erección debido a mi necesidad de ir al baño pero esta vez me desperté, por suerte sin que mi mujer hiciera lo propio, y me di cuenta de que en realidad tenía la pija parada y estaba garchándome a la almohada que coloco entre mis piernas para mantener la columna derecha ya que desde el 2009 tengo un problema en las vértebras cervicales.
Dormir de costado con una almohada fina y larga ("nonito", le dice mi esposa) fue producto del consejo que me dieron en la clínica del dolor a la que asistí para aprender a vivir con este mal incurable de la artrosis.
Cuando la fisiatra me dio el pase para algo llamado "Clínica del dolor" me invadió el impulso moméntaneo, desechado enseguida, de aclararle a la especialista que dolor ya tenía y no deseaba especializarme en él sino librarme de su presencia permanente.
Todo comenzó por una mala postura frente a la computadora y por tener la espalda expuesta a corrientes de aire.
La contractura de los músculos de la espalda fue tal que desplazó los discos entre las vértebras, protusionándolos (moviéndolos) con lo que las vértebras comenzaron a chocarse entre sí, aplastando en el proceso al nacimiento de los tendones, nervios, músculos, etctéra.
Estuve un mes y medio tirado en la cama. De noche dormía cada 20 minutos, el tiempo necesario para encontrar una posición en la que no sintiera dolor. Luego de ello dormía aproximadamente por el mismo tiempo, 20 minutos, hasta que el dolor se mudaba a esa área de apoyo y me despertaba.
Era un dolor nuevo, nunca había sentido algo así y se parecía mucho -supongo- al que debe sentir una persona a la que le enciendan una fogata sobre la espalda.
No podía siquiera vestirme solo, mucho menos hacer esto que estoy haciendo ahora (escribir), ni girar la cabeza para ver quién o qué estaba detrás mío, cuando la escopaestesia me estaba matando.

miércoles, 27 de junio de 2018

Hermanos


Sebastián, sentado sobre la mesada de la cocina, observa como su madre le ata los cordones de los zapatos a Ramiro, su hermano menor.
Ya es casi la hora de entrar en la escuela. Por suerte están cerca, no tienen más que cruzar la avenida frente al edificio donde viven. Los cientos de motores de autos y camiones circulando por ella se integran en un único gran sonido. Como cuando acerqué un caracol de mar a mi oído, piensa Sebastián, recordando la primera vez que vio el océano. Un silencio cargado de silbidos se desplazaba por el aire tibio. En la unión del cielo con el mar se refugiaba la pregunta que Sebastián no llegó a escuchar.
Hoy almorzaron polenta con abundante queso rallado. No es su plato preferido pero al menos no hizo berrinches como su hermano cuando la madre colocó el plato delante de sus narices.
La mujer tuvo que posponer el lavado de los platos para la noche y se sentó a pilotear la cuchara, sorteando el furioso molinete de brazos con cada vez menos paciencia. 
Luego de la escuela, todavía tiene que correr a tomar un ómnibus. Si lo pierde, llegará tarde otra vez al trabajo. Es una batalla extenuante esta de todos los días, piensa la madre. A veces extraño cuando solo éramos Diego y yo, antes de quedar embarazada de Sebastián. Y después vino Ramiro, todo fue tan distinto. Apenas si podía estar encima de los dos y seguir trabajando, siendo una esposa, ama de casa, buena vecina. Nadie puede con tanta cosa arriba. Después no quieren que pasen las cosas, reprocha, mientras hace el último nudo y se incorpora, satisfecha con el resultado. De todas formas, de qué me quejo. Antes tenía más trabajo. ¿no?
¿Vamos?- pregunta mientras descuelga la mochila escolar del perchero.
-Esperá, le pide Ramiro. Quiero despedirme de Sebastián.
-Bueno, pero apuráte.- contesta y se da vuelta. Sebastián salta de la mesada y abraza a Ramiro. Ella, mientras buscaba en su bolso las llaves, no vio a su hijo rodear el vacío para luego quedarse inmóvil por unos segundos, con sus brazos en bocajarro.
El psicólogo le advirtió que esta es una etapa pasajera, un juego inocente sin secuelas. Pero no se conforma. ¿Y si el niño enloquece y queda así para siempre? No se preocupe, dijo el especialista. A la edad de Ramiro es común que los niños tengan amigos imaginarios. Su hijo aprovecha ese mecanismo para adaptarse a la pérdida. Deje pasar el tiempo, es demasiado pronto.
Ojalá fuera tan simple, piensa.
Espera con la frente apoyada contra la puerta, los ojos cerrados y el cuerpo en tensión. Una mano infantil toma la suya, breve y sutil como una corriente de aire. Los espasmos de llanto sacudiéndola ahuyentan el gentil roce. Los ojos desbordantes de lágrimas solo se atreven a mirar cuando escucha a Ramiro preguntando “¿Vamos?”
Abre la puerta y salen tomados de la mano.
Antes tenía más trabajo.

lunes, 25 de junio de 2018

La novela vacía 3

Lunes 25/6
9:05

Antes que nada se necesario aclarar algo por lo evidente que es.
Esta serie de apuntes que he decidido llamar "La novela vacía" están profundamente influenciados y siguen el esquema de "La novela luminosa" de Mario Levrero.
Otra cosa que me parece necesario aclarar: esto ni siquiera es un Levrero falsificado, no es ni siquiera una mala copia.
He ido a talleres dictados por personas que han sido discípulas de Levrero, leí la N.L. y es por eso que acudo a ella cuando la necesidad de escribir se hace acuciante.
Deposita gotitas hasta hacer un mosaico de carne latiente que suspira y entibia lo que de otra manera sería un vacío ocupado apenas por el frío aire de la soledad.
Hoy soñé que era un indio lanzando flechas a un grupo humano sitiado (aunque quizás fuera una ciudad), manejando el caballo con las rodillas y uno de mis codos. 
Tenía un alto tocado de plumas como los que aparecen en las viejas historietas y películas del Hollywood clásico.
Lanzaba las flechas con gran habilidad, sin necesidad de siquiera mirar que mi caballo no se despeñanara o tropezara con alguna irregularidad del terreno.
Me ayudaba, creo que ya lo he dicho, con la presión que sobre él ejercía con mis rodillas sobre su lomo para dirigir su rumbo y mi codo se apoyaba sobre un costado de su cabeza cuando el giro era demasiado cerrado.
Ignoro si se puede llegar a tal grado de maestría en la equitación. Probablemente solo en los sueños, que suelen ser dar ideas bastante exageradas.
Como sea mientras me iba vistiendo para venir acá, estoy escribiendo en la burbuja que es mi trabajo, pensaba en el sueño.
El sitio asediado es nada menos que la literatura y las flechas que en apariencia son lanzadas con gran maestría de hecho jamás alcanzan su objetivo, ni matan ni hieren a nadie dentro de la gran ciudad amurallada.
Y así estoy condenado a reventar caballo tras caballo en mi asedio inútil. A dar vueltas sin parar ni pensar alrededor del gran objeto de mi deseo.
Algo parecido a lo que he estado viviendo últimamente con los cuentos.
Los mismos podría clasificarlos en dos grandes grupos.
Por un lado cuentos pequeños, basados en imágenes y sensaciones, más parecidos al resultado de una sesión de terapia que a una pieza literaria pensada.
El segundo grupo es el de aquellos cuya trama puede estar repleta de defectos pero es planeada de antemano, trata de ir en el camino que yo supongo debo tomar si algún día quiero alcanzar el dominio sobre este arte.
Entre una y otra forma de narrar me debato, animal polimórfico, pues he aquí que lo que me cuesta poco en la primera modalidad no logro llegar a quedar enteramente satisfecha en la segunda.
Al principio, cuando recién hago el esbozo de la trama, me siento satisfecho como después de una buena comida pero más tarde, cuando releeo lo que escribí y comienzo a corregirlo, mi ánimo decae a medida que el resultado de esas correciones corren el texto a un punto medio insatisfactorio.
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Ayer leí "compaña", un libro de cuentos de Helvecia Pérez, una de las dos profesoras o maestras o guías en esos talleres de escritura levreriana que mencionaba más arriba.
Son cuentos mínimos, de experiencias o mejor aún de sensaciones, historias basadas en microfracciones de tiempo, en los últimos restos de antiguos recuerdos... pero todos ellos, escritos desde la óptica de una niña pequeña en el interior de Lavalleja hace casi 5 décadas atrás (lo que para el interior uruguayo en términos reales equivale a mucho más que la cifra pues es sabido, sobre todo entonces, que allá los cambios en la ropa, las costumbres, la música, etc. llegaban bastante tiempo después que en la Capital), espantoso hacer un paréntesis tan largo, todos esos extractos de tiempo encierran una tibieza del alma, un sensible rescate de la niñez y de una época que ya no existe.
Uno solo de esos cuentos quizás no hubiera dado esa sensación pero todos juntos, y todos están conectados, me sumergieron en aquellos caminos terrosos de mi propia infancia, a no mucha distancia de allí pues yo me crié en el departamento vecino, en 33.
 

domingo, 24 de junio de 2018

La novela vacía 2

24/7
17:33

Yo siento la depresión como si me insuflaran aire tibio mediante una técnica que desconozco y por una brecha en mi piel que no alcanzo a ver y me separaran la piel del cuerpo.
Convivo así con dos superficies que tienen distintas velocidades, se sienten distintas entre sí. 
A veces no siento el cuerpo, a veces siento demasiado la piel, a cierta distancia de mi centro, moviéndose a distinta velocidad, generalmente un poco más lenta, que mi cuerpo.
La sensación es parecida a la misma que obtenía luego de estar sumergido en el agua tibia de la bañera, cuando niño, sin hacer caso de la voz de mi madre pidiéndome que saliera del baño o la de mi pobre padre que, me doy cuenta ahora, estaría meándose allá afuera pero como era muy educado se aguantaba hasta que no daba más o quizás sugería a mi madre que quizás era hora para que el nene le dejara el baño libre al resto de la familia.
Sea como sea es la misma sensación de piel arrugada, que molesta tocar porque se siente reseca aunque según leí por ahí el agua se arruga debajo del agua exactamente por la razón contraria, se arruga porque ya no puede absorber más agua y entonces ofrece ese panorama anticipatorio de la vejez, que la primera vez que vi me asustó porque pensé que me iban a quedar así las yemas de los dedos para siempre. 
Usualmente los antidepresivos que he tomado me eliminan ese distanciamiento de la propia piel, pero la contra es que me plastifican el alma. Aumentan la distancia respecto a las personas, a las cosas. Me ponen incómodamente insensible, al contrario de lo que dice la canción de Pink Floyd.
Otras veces la depresión se parece a una "U" mayúscula, es más, diría que se siente como una "Ú". 
El cuerpo aúlla, la mente protesta, uno se siente como si siempre fuera domingo a las 7 de la tarde.
(me pregunto cómo graficarán este mismo estado en otras lengüas).
De las dos veces que intenté suicidarme ninguna fue porque me encontrara en un estado depresivo.
Ya había pasado de grado, por así decirlo, y estaba realmente triste.
Elegí cortarme las muñecas, las dos veces, y en las dos me sucedió lo mismo: apenas empezaron a brotar las primeras gotas de una sangre bien oscura se separó de mí otra versión de mí mismo furiosa con lo que este imbécil había hecho y tomó el control de la situación.
No es que me haya sentido enojado como quien se molesta tiempo después por el recuerdo de lo que hizo. 
La furia me asombró, o asombró al que se había cortado las venas.
Supongo que será un último resorte destinado a reaccionar cuando la supervivencia está en riesgo.
Ahora, por ejemplo, tengo que lavar los platos, actividad que generalmente me relaja pero estoy fastidiado pero no pienso suicidarme por ello.
Solo espero que haya suficiente agua caliente. El placer reside en dejar pasar el agua por los platos enjabonados como si fuera un juego hasta terminar con los dedos como cuando era niño.

La novela vacía 1

Domingo 24/6
14:17

El hombre del tiempo acertó, hoy hace un día helado. El aire de la calle pincha la piel.
Me costó mucho despertarme, lo hice 5 minutos antes del mediodía.
Estaba soñando que estaba en un parque con muchos árboles y en uno de ellos había un abrigo gris que debía teñir de negro.
Para hacerlo contaba únicamente con el auxilio de mis manos. En una sostenía un tarro de una sustancia espesa y negra parecida al betún y con la otra extraía puñados que esparcía sobre la tela del abrigo gris.
Lo curioso es que sentía que por haber elegido el negro para teñir el abrigo de alguna forma ello me iba a traer problemas.
Me estaba autoexiliando de los demás. 
Razonándolo un poco superficialmente podrían encontrarse justificaciones racistas en la base de ese temor pero no conforme con esa explicación hurgué un poco más y creo haber encontrado la verdadera razón, o al menos la que me satisface más.
Estoy muy solo, desesperadamente necesitado de hablar con amigos, desarrollar una charla con otros seres humanos pero únicamente mis contactos se limitan a enviarnos mensajes, memes y videos a través de las distintas redes sociales.
No es algo para desarrollar acá pues me agobia, lo que importa es el resultado: estoy pasando por una fase depresiva.
Cada día que me levanto lo hago con la pesadumbre de saberme condenado a la soledad.  Me despego de la cama con dolor, sabiendo que las próximas horas deberán ser llenadas por mí, escribiendo o haciendo las despreciables tareas que no exigen ningún esfuerzo en mi trabajo.
Al mismo tiempo hay algo voluntario en ese exilio.
Siempre fui yo el que se acercaba a los demás, las llamadas o invitaciones a vernos o a reunirnos tenían en mi caso una sola dirección: de mí a ellos o a algunos de ellos.
En los últimos tiempos me hastié de esa desigualdad y decidí prescindir, guardarme un poco de tantas negativas y justificaciones para no encontrarse a tomar un simple café.
Ignoro que sienten los del otro lado. Quizás ya no quieren tener contacto conmigo. Son relaciones que llevan décadas y tal vez se han agotado o son tan ricas en su historia que las descuidan, las han museificado como esos objetos valiosos guardados entre las paredes de un edificio o los vidrios de una vitrina pero muertos para el mundo.
Contradictorio como todo humano, esta soledad entonces también es un clavo buscado, aunque no menos doloroso por ello.
Y es por ello que le encontré otra explicación a la sensación de estar perjudicándome por haber elegido el negro.
El color negro, creo, simboliza la soledad. El vacío social.
Me visto de vacío, entonces.
Me preparo para algo que solo empeorará a medida que todos nos volvamos más viejos.
Mientras untaba el abrigo con esa pasta negruzca pasaban por el parque personas que me gritaban cosas que, sin alcanzar a entender del todo, por el tono parecían burlas respecto a la tarea que estaba desempeñando y también burlas hacia mí por no poder dejar de hacer la tarea.
Yo los miraba pasar, jamás logré ver bien sus caras que veía desenfocadas o quizás tan solo estaban demasiado lejos, y seguía con mi tarea.
El barniz o betún ya se había terminado casi del todo pero uno de esos paseantes acudió en mi ayuda pues me gritó que abriera la mano. Esa fue la única frase que entendí, dicho sea de paso.
Efectivamente, al abrir mi mano vi que en mi palma apretada aún guardaba una gran cantidad de la mezcla y que con ese resto podría finalmente completar la tarea.
Luego ocurrió otra cosa.
Tratando de asegurarme que no quedaran zonas más claras que las otras moví el abrigo en el momento que deslizaba mi mano embetunada y manché un abrigo rojo que hasta ese momento había permanecido oculto.
El rojo vivo de la prenda había sido contrastado con los bordes de los puños, del cuello y los botones que eran de un negro más puro que aquel aplicado por mí.
Excepto en la zona donde mi mano lo había manchado, claro, pues el movimiento siguió cuando corrí el abrigo de arriba y así el rojo quedó con una gruesa huella de mi mano sobre su pecho.
Tuve que ir a orinar, la presión del líquido dentro de mi vejiga era tan dolorosa que probablemente haya arruinado un poco la de por sí bastante ruin prosa que produzco.

Si tuviera que explicar la presencia del abrigo rojo, pienso que lo asimilaría a la vida, a la alegría pero automáticamente desprecio esa asociación por evidente, propia de alguien que quiere salir del paso.
Aunque no puedo desecharla del todo.
El sentimiento va por ese lado, que esté tan pobremente expresado no lo invalida.
Este texto deshilachado, que no es nada más que una instantánea incompleta de mi estado de ánimo actual, termina pareciéndose a nada.
Hoy además se cumplen (¿es el término adecuado?), 17 años de la muerte de mi hermana.
Esa soledad actual, anuncio de una soledad mayor producto de las futuras muertes, tiene algo de renuncia o de martirio religioso.
Es una apuesta riesgosa.
Mi madre por ejemplo eligió, o fue forzada por su carácter difícil, a vivir sus últimos años en una soledad espantosa, inhumana.
No descubrí que tenía Alzheimer sino hasta un mes y medio antes de su muerte, cuando sus estrategias de supervivencia comenzaron a fallar y se hizo evidente que ya no era autosuficiente.
Pero todo eso es por ahora intocable.
Me quedo con esto último: mi insconciente me avisó que estoy a punto de vestirme de vacío y mi zona más consciente disfraza esa decisión forzada por las circunstancias objetivas (esto es: la ausencia de contactos humanos no virtuales) mediante la estrategia de hacerme creer que lo hago voluntariamente para dedicarme a la literatura.
Por hoy es todo, creo.

14:57
Actualización:

Horas después de tener el sueño del parque y el abrigo mi esposa e hija han tomado para sí el cuarto de baño pues están tiñendo el pelo de mi hija.
Por suerte no eligió teñirse de negro.

lunes, 11 de junio de 2018

Playa de estacionamiento

Tendido en la playa recuerdo un sueño recurrente que tenía en la infancia y que por lo menos desde la adolescencia no he vuelto a sufrir.
Transcurría en una playa también, pero no como esta, de arena amarilla y fina sino que en la de mi sueño el suelo estaba compuesto por pequeñísimos cantos rodados de un color indefinido, entre gris y azul.
No hacía frío o calor pero no parecía ser una playa turística. De alguna forma me sentía en peligro allí.
La playa estaba rodeada por altos alcantilados de piedra gris y el agua que la bañaba era oscura. 
Las olas dejaban una espuma gris al morir a mis pies y sentía respecto a ellas lo mismo que la primera vez que ví un balcón, siendo muy niño.
Quiero decir que me atraían con el vértigo del abismo. 
Cada ola extendía su cola lo más que podía, o al menos eso me parecía, tratando de agarrarme.
El mar en los sueños siempre me ha amenazado.
Otra vez estaba vagando entre la arena dorada de un canalón que llegaba hasta la playa, luego de abandonar el terreno cubierto de pasto que limitaba la playa.
La playa era mínima. Se parecía más a un lento derrumbe del terreno sobre el agua que una formación típica dejada por el agua de tan exiguo que era.
Mi padre me pedía que mirara debajo del agua y yo iba y lo hacía.
Para mi terror, la profundidad del agua no era menos que la del cielo.
Allí nomás, al terminar el canalón, el terreno caía a pico y no llegaba a verse el fondo. 
El gradiente del agua  que comenzaba dentro de la gama del verde oscuro se tornaba súbitamente negro. El comienzo del abismo se hallaba a pocos pasos.
Y estaba el tiburón, claro. Como el agua era muy opaca (¿producto de una concentración inusitada de algas?), no se lo veía más que cuando uno hundía la cabeza, y era imposible hacerlo sin que el gigantesco animal nadara de forma tan rápida que si uno no sacaba enseguida la cabeza del agua corría el riesgo de ser atrapado entre sus mandíbulas, por cuyos bordes sobresalían gigantescos dientes con forma de espinas.
Nunca entendí el mar, es un interrogante sin respuesta. Incluso el viento que viene del mar susurra palabras en mi oído que no alcanzo a entender.
De hecho suelo ponerme nervioso al cabo de un tiempo en la playa. No soporto su página en blanco. Me irrita no saber qué debo hacer pues nunca conseguí acostumbrarme a que todo lo que se debe hacer en la playa es exactamente nada.
Como por ejemplo tirarse, como estoy ahora, y jugar a mirar el mundo a través del velo rosado de los párpados, iluminados a través de millones de quilómetros por el sol.
Al cabo de unos pocos minutos mi mente vacía busca huir de ese estado casi zen y se pone a jugar con lo que yo llamo "pequeños animales plateados" y que según leí son trozos del humor vítreo que rellena los globos oculares y que se han solidificado.
La luz que penetra hasta mi retina, ilumina esos pequeñísimos restos, vagando despreocupados entre el fondo del ojo y la frágil barrera que aísla los ojos del mundo exterior.
Me entretengo moviendo los ojos pues entonces también se mueven los pequeños animales (prefiero llamarlos así) como si se persiguieran entre ellos.
Mis pupilas los siguen hasta que se pierden de vista dentro del rabillo y, si insisto en perseguirlos con la mirada, brotan desde allí relámpagos mudos que rehuyo con temor.
La presión del sol sobre la piel de mi cara seca mis labios.
Los globos oculares protestan con un dolor leve que se vuelve agudo durante pequeños lapsos de tiempo.
Generalmente basta que ponga mi brazo sobre los ojos para que la sensación desaparezca pero puedo hacer lo mismo frunciendo la nariz.
Aunque quisiera abrir los ojos no podría. Antes debería rodar sobre mí para evitar el brutal shock lumínico sobre el cristalino desprotegido.
El ruido del mar, alterado por las olas, se ha estabilizado ahora, bajando drásticamente su intensidad. Apenas se escucha como si fuera una estática de fondo, un silbido tímido.
Es más fácil prescindir de él, ya no molesta, puedo concentrarme en esta sinestesia erótica que he alcanzado entre el rosado de mis párpados - tan similar al de una vagina-, la tibieza reseca que altera todo mi cuerpo expuesto como si lo tocara la mano de una gigante y el excitante olor a salitre que abre mis fosas nasales como si una lengua las recorriera.
Algo le pasa al sol, sin embargo.
Mis párpados se apagaron. Volvieron a estar negros.
Trato de abrir los ojos. Quiero frotarlos pero mis manos no se mueven.
Me sentaría para salir de esta posición tan parecida a un calambre indoloro pero no siento mi cuerpo.
El ruido del mar, muy por detrás del de mi respiración, se acerca y se aleja rítmicamente.
Alguien se acerca.
Aplaudiendo.
Tiene algo de metal o madera en sus manos a juzgar por el ruido que hace, como el de una mujer caminando sobre baldosas. 
El sonido aumenta y cuando está a punto de hacerse ensordecedor se detiene.
Es entonces cuando escucho una voz de mujer, diciendo:
"Rosita, cuando quedes libre vení a darme una mano con el de la cama 10. Hace rato que está en la misma posición."

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...