lunes, 2 de septiembre de 2019

Forastero

Parado sobre el mostrador, el hombre grita. Tiene unos mostachos grises que alcanzan el mentón y una corona de cabello descuidado cae sobre los hombros. Está empapado. Advierto una túnica de sudor oscuro bajo la camisa, en otro tiempo blanca. Los botones cuelgan apenas agarrados a la tela o se han caído y a través de la abertura se le ve hasta el ombligo, una muesca profunda y estirada en el medio del abdomen, deformado por la hinchazón natural de la vejez. Parece ser del interior, a juzgar por el ancho cinto cubierto de monedas que sostiene los gastados pantalones de tela negra. El negro, desvaído por el uso o desmerecido por la mugre, se convirtió en un gris dudoso que invade y toma terreno según la zona de la prenda. Los bajos del pantalón, cubiertos de barro y sujetados con una pinza para colgar ropa, conservan el tinte original, como si el pantalón fuera nuevo. De alguna manera las altas botas de cuero marrón no desgastaron la tela. Cada bota tiene la puntera gastada, casi blanca. El espesor del cuero ha menguado debido al empuje interno de las uñas, abandonadas a su suerte hace meses. La misma falta de atención se evidencia en los bordes secos y agrietados que rodean las plantas de los pies. Las botas no han abandonado al hombre desde que comenzó a caminar; el sudor en los espacios internos entre los dedos de los pies se ha secado más de una vez, constituyendo una capa oleosa y espesa que se congela durante las largas noches pasadas en el campo, a cielo abierto. Las medias, por el uso prolongado, adquirieron una textura amaderada y un hedor a mulita muerta. Esto, sumado al calor y a que el hombre no se quita las botas ni siquiera para dormir ya que duerme en la calle como antes, durante el largo viaje hacia la Capital, dormía a campo abierto, ha creado un dinámico microcosmos habitados por familias de bacterias, hongos y gérmenes. Según sus propias estimaciones alcanzarán la masa crítica necesaria para adquirir conciencia en pocas horas más, y entonces saldrán al mundo, a la busca de su espacio vital. La piel del hombre es blanca, la carne enjuta se aferra a la armazón de huesos como mármol flexible. La actividad sexual ha desaparecido de su vida hace años y tal vez ello explique su enojo. Recuerda que tiene pene apenas cuando lo extrae para orinar, por el resto del día el miembro permanece relegado junto al escroto peludo y flácido, produciendo una inútil cuota diaria de semen que expulsa con la orina. Apenas a unos centímetros, los gamborimbos taponan los escasos lugares libres en la densa mata de vellos que cubren el ano. Por montaraz, el hombre no dispone de suficientes elementos para efectuar una higiene apropiada de zona tan comprometida. Si acaso, en un día de suerte, la hoja de algún diario recogido gracias a la distracción de algún parroquiano, en algún bar de los muchos pueblos por los que pasó. Tampoco colaboró el calor subiendo desde el pavimentado recalentado. Las partículas de diversos tamaños se secaron, endureciéndose hasta constituirse en una molesta paspadura en la unión de las nalgas, como si el hombre gustara de otros hombres y eligiera ser el pasivo en esa hipotética relación. No podría, aunque quisiera. La mata de pelo y los restos secos de sus excrementos han formado una barrera natural que impediría cualquier actividad de tal naturaleza. Por  si fuera poco, los últimos calzoncillos los perdió a las afueras de Minas, arruinados por una cagalera súbita y prepotente que apenas le dio tiempo para trepar el alambrado y bajarse la ropa. Evitó que el ómnibus de las 11:30 a Montevideo lo agarrara cagando en el medio de la ruta, pero la urgencia le impidió salvar aquel resto de ropa interior. Desde entonces algo se rompió en él. La soledad, el desamparo casi animal, la injusticia inherente a su vida que, como escrita sobre acero por algún dios burlón, le hizo abandonar la comodidad del hogar y la famila que tanto extraña. Los recuerdos despiertan ecos de algún estadio evolutivo muy superior al primitivo ser en que se convirtió. Desde que se vio obligado a huir fue perdiendo los rasgos mínimos de humanidad que aún guardaba. Se acostumbró al espanto que su paso causaba, con ese olor casi visible y esa mugre de monumento. La gente se aparta de él a medida que cruza sus pueblos y ese abandono lo hiere, lo empuja incluso fuera del habla pues sabe que no existió ni existirá un ser parecido en toda la creación. Gruñe un ronquido profundo en lugar de hablar. No existen verbos o adverbios, participios ni declinaciones. Sobre su pecho hundido cuelga una crucecita, irónico recuerdo de tiempos mejores, que sube y baja al ritmo de un discurso rabioso que nadie entiende. Ruega que lo ayudemos. Adivinamos su angustia, el sufrimiento que jamás experimentaremos. Vagamos ociosos por su biblioteca mental de recuerdos. Aquí se encuentra el desvaído recuerdo de una muchacha, lleva un vestido que dejó de usarse en el siglo pasado. Más allá una zona herida repite voces de niño. Hace un minuto cruzó el tejido neuronal la imagen de una niña. Pero ya se desvaneció, como una nube de algún lejano verano. La mansión de sus recuerdos se disuelve ante nuestros ojos.
El hombre baja de la mesa y nos observa como si pudiera entender algo de lo que alguna vez fue el mundo.
Los demás ven los objetos y extienden el brazo para tomar una botella, una porción de fainá, una servilleta para limpiarse la boca, a medida que el forastero se disuelve.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...