martes, 11 de febrero de 2020

Próximas adquisiciones



Mis primeros mil años


Escritos autobiográficos – Jesús de Nazareth


El dinosaurio y yo – A. Monterroso


Ciencia, iluminación y quemaduras


No es fácil ser yo (autobiografía) – A. Hitler


Mi lucha contra los opioides. Memorias de una persona quemada en la hoguera


Platón. Vida y obra de un aguafiestas


Cálculos y pesares. La biografía clínica de un matemático


Realidad compartida. La historia de las hermanas siamesas de Boston


Conversaciones con una cuchara (ocho tomos)


Los asesinos seriales más divertidos


La momificación. Secretos e ideas


El bricolaje y su función en el orgasmo


“Qué limones, mamá!” y otros piropos groseros. Edición comentada


100 formas de justificar una masacre


Manual para políticos estúpidos


La vida inmortal de un cadáver


Luces y sombras de un violador serial


El lenguaje inclusivo y sus efectos sobre el cerebro


Las reinas del asentamiento

"Podría ser peor" Memorias de un ladrón de cadáveres

lunes, 10 de febrero de 2020

Destierro

Mi casa, en invierno, aún conserva algo de verano, atrapado entre sus paredes bajas, desconchadas de pintura por la humedad. Hace ya años que se llevaron los últimos muebles, es una sucesión de habitaciones vacías ahora. 
Yo me quedé. Me escondí, los bichos de la humedad me hicieron un lugar entre ellos, me taparon con sus cuerpos y pude pasar inadvertido. Mis padres, luego de una semana durante la que me buscaron, se resignaron. No se los escuchaba muy contentos, por cierto. Gruñían y lanzaban alaridos, desde mi escondite los veía morderse entre sí, la baba escapaba por las comisuras de sus bocas, cubriendo como un jarabe blanco las puntas de sus largos colmillos.
Entre mis nuevos amigos me senttía bien. Los bichos tienen las panzas calentitas, huelen como las tetas de una madre. Pero un día, el hambre logró que cometiera un error. Hurgué con mis dedos bajo el caparazón del que tenía más cerca hasta encontrar el punto de unión, entre su cuerpo y la quitina. Despacio, para que doliera lo menos posible, hundí las manos en un costado del abdomen y me introduje hasta desaparecer dentro de su cuerpo. Estuve un par de días navegando por su interior hasta que mi cabeza chocó con la parte inferior de su cobertura oscura y dura, que crujió. 
El aroma a herida fresca me acariciaba los pelos de la nariz. Por momentos sentía ganas de reir, de tan feliz que estaba. Dormí satisfecho, confiado.
El bicho se estira ahora, deja su posición de bola enrollada pues se apronta para moverse. Me agarro con fuerza a su interior para no caerme cuando sube por el zócalo y luego baja, se desliza por un sumidero que está en el medio del cuarto.
Al aferrarme, un poco de su carne se introdujo en mi boca. Es entonces cuando descubro que en el último movimiento brusco, cuando comenzó el descenso, lo mordí, y que tragué sin darme cuenta un poco de su carne.
Es deliciosa. Despierta un hambre insólita, aterradora. ¿Cuánto hace que no como?
Al bicho no parece importarle así que sigo masticándolo. A medida que avanza por la oscura cañería prosigue mi refrigerio y, cuando emerge por el otro lado, en el jardín delantero de la casa, ya es más yo que bicho, ya soy más bicho que yo. En lugar de espalda tengo una hermosa cubierta curvada que me hace cosquillas en las partes donde mis dentelladas dejaron ripios salientes. 
Me aparto de los demás bichos antes de que me descubran. Necesito estar solo para lo que voy a hacer. Seguro de haberme apartado lo suficiente, detengo mi carrera bajo las ramas bajas de una cretona. Sacudo el cuerpo hasta liberarme de la armadura que me ayudó a escapar.
Ahora, antes que nada, debo perdonarme esta traición y volver a ser hombre, mujer o niño. Hasta entonces, deberé cuidarme de las hormigas.

viernes, 7 de febrero de 2020

De los elefantes y sus consecuencias

Si está leyendo esto debo suponer que, a excepción de las funciones orgánicas básicas, no está haciendo nada más.
Dependiendo de por qué medio haya llegado a estas líneas (quiero decir: al momento de escribirlas ignoro si han logrado ser impresas o continúan aún en el blog, invisibles para el casi total número de lectores a quienes les podría interesar un texto como este, parecido a un espasmo), tendrá más o menos tiempo libre.
Por lo general la gente que lee mi blog lo hace en un fuerte estado de frustración y prefieren procastinar en Internet antes que retomar esa tarea inconclusa de la que, tal vez, dependa su destino laboral o el de su vida en pareja. Mientras, por el contrario, aquellos que leen mis textos en forma impresa lo hacen a la noche, cuando la televisión está muy sosa o su pareja muy picante. Yo les agradezco en todos los casos pero, si no es mucho abuso, les solicitaré un esfuerzo extra.
Olvídese ahora de ese trámite o ecuación que se le resiste, no preste atención a los requerimientos de su pareja. Solo concéntrense en el texto, olvide incluso que está leyendo letras. Relájese y deje que esta voz, a la que le presto yo ojos y manos para que llegue hasta usted, despierte en su mente una imagen. Entre ella y usted se va a realizar un intercambio de información.
Ya llega.
Elefante rojo parado en el techo de una camioneta blanca.
Si el vínculo funcionó, acaba de formarse en su mente la imagen de un animal bastante grande, subido a una camioneta demasiado pequeña. Si la voz me hubiese dictado "camión", entonces el elefante no estaría tan preocupado pero en cambio tuve que escribir "camioneta" por lo que el paquidermo flaquea en su intento de no caerse. Además, la pintura roja le molesta, el sol del mediodía pica fuerte y el animal siente arder su piel.
Se preguntará entonces cómo el techo de la camioneta resiste el peso del elefante.
Bueno, le tengo dos noticias. La primera es que no lo resiste. La chapa está doblándose por el peso y el recubrimiento interno del vehículo se curva hacia adentro mientras las primeras rajaduras aparecen. La segunda, es que esto sucede porque usted lo ha decidido. Si no me cree haga la prueba en contrario. Imagine cómo podría una simple camioneta de reparto aguantar a un animal africano (ese es un detalle que omití a propósito porque seguramente usted pensó que se trataba de un elefante asiático, conocedor como sin duda lo es, de las diferencias entre ambas versiones; pero no: es africano, más grande, más pesado, más agresivo). Por así decirlo, el elefante está en sus manos.
¿Lo va a dejar caer así nomás?
Mientras decide, tenga en cuenta que el animal, bastante disgustado ya por la forma en que lo sacudieron mientras lo pintaban, ahora está irritado, confuso, taquicárdico. Son bastante orgullosos los elefantes africanos, ya lo sabe. Los asiáticos por lo general han mamado un poco de esa postura local frente al Universo, y suelen tomarse las cosas con más filosofía, sea por la influencia budista o porque sus dueños les recitan máximas de Confucio desde pequeños. El africano en cambio es de tomarse las cosas demasiado en serio. Son frecuentes los casos de fibromialgia entre ellos, dato que tal vez poca gente sabe.

Este elefante africano pintado de rojo en particular, siente hundirse el piso -literalmente-, bajo las patas mientras a su alrededor una masa autoconvocada lo estigmatiza. Niños y adultos gritan como si quisieran asustar más aún al animal. Ocultan el pavor que la bestia les provoca insultándolo, burlándose como si estuvieran frente a un hombre. 
El pobre animal barrita, tan frustrado como usted, que todavía no ha realizado esa tarea. No se distraiga, ahora, déjela para mañana. Protesta, quise decir, barrita, grita con ese sonido tan característico de los elefantes, aún de aquellos a los que no se les haya aplicado pintura alguna, ni estén en situaciones de máximo stress. Además al bicho le asiste algo de razón. No solo lo insultan. Algún voluntarioso de esos que nunca faltan ha llamado a un cazador. Este despreciable sujeto se aproxima al maltrecho vehículo por el corredor que le ha abierto la multitud, impresionada por el tamaño del rifle de alta potencia que carga sobre un hombro ligeramente más hundido que el otro.
Su ropa, un atuendo de color beige claro lleno de bolsillos y pequeños detalles cromáticos que optimizan su camuflaje con el entorno natural de la sabana, provoca comentarios que los hombres susurran por lo bajo al oído. "Es un excelente tirador", musitan, "ah, este tipo ya es otra cosa, ahora sí", o "ese maldito elefante está perdido".
El sujeto solicita a las madres que aparten a los niños. Los niños protestan, pero las madres los quitan del medio entre sopapos y tirones de orejas suspirando, atontadas ante los músculos y la autoridad que denota el recién llegado. Este, ajeno al efecto, muerde el tupido bigote que desciende por los lados de su boca y desliza hacia atrás el sombrero, para que no se enganche con la mano cuando aloje la bala en la recámara ni se choque contra la mira telescópica. 
Es un viejo gesto que se ha transformado en un reflejo tranquilizador, y precede al momento en que el asesino echa rodilla en tierra y levanta el arma. Apunta y dispara. Mata al elefante. La bestia cae con su gigantesco corazón, atravesado con la limpieza de un carnicero, aplastando en el acto al resto de la camioneta, tan víctima como él de las extrañas circunstancias.
El dueño del vehículo forma parte de la multitud que observa desde una distancia prudencial el derrumbe, y se lleva las manos a la cabeza cuando ve desaparecer todas las esperanzas que tenía respecto a las posibilidades de que el seguro le cubriera los daños. La póliza nada dice de daños ocasionados por especies en peligro de extinción. Maldice a su pareja por haberle sugerido llamar al cazador.
Deje de leer. Ya llegamos al final.
Recuerde esto el resto del día o mañana, si es que ahora va a dormir: si hubiera dejado antes la lectura, tendría resuelta esa tarea de la que depende su suerte, o le hubiera dado placer a su pareja, evitando así la semilla del divorcio que acaba de plantar.
Y ese elefante seguiría vivo aunque, eso sí, muy enojado.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...