Si está leyendo esto debo suponer que, a excepción de las funciones orgánicas básicas, no está haciendo nada más.
Dependiendo
de por qué medio haya llegado a estas líneas (quiero decir: al momento
de escribirlas ignoro si han logrado ser impresas o continúan aún en el
blog, invisibles para el casi total número de lectores a quienes les podría interesar un texto como este, parecido a un espasmo), tendrá más o menos tiempo libre.
Por
lo general la gente que lee mi blog lo hace en un fuerte estado de
frustración y prefieren procastinar en Internet antes que retomar esa
tarea inconclusa de la que, tal vez, dependa su destino laboral o el de
su vida en pareja. Mientras, por el contrario, aquellos que leen mis
textos en forma impresa lo hacen a la noche, cuando la televisión está
muy sosa o su pareja muy picante. Yo les agradezco en todos los casos
pero, si no es mucho abuso, les solicitaré un esfuerzo extra.
Olvídese
ahora de ese trámite o ecuación que se le resiste, no preste atención a
los requerimientos de su pareja. Solo concéntrense en el texto, olvide
incluso que está leyendo letras. Relájese y deje que esta voz, a la que
le presto yo ojos y manos para que llegue hasta usted, despierte en su mente una imagen. Entre ella y usted se va a realizar un intercambio de información.
Ya llega.
Elefante rojo parado en el techo de una camioneta blanca.
Si
el vínculo funcionó, acaba de formarse en su mente la imagen de un
animal bastante grande, subido a una camioneta demasiado pequeña. Si la
voz me hubiese dictado "camión", entonces el elefante no estaría tan
preocupado pero en cambio tuve que escribir "camioneta" por lo que el
paquidermo flaquea en su intento de no caerse. Además, la pintura roja
le molesta, el sol del mediodía pica fuerte y el animal siente arder su piel.
Se preguntará entonces cómo el techo de la camioneta resiste el peso del elefante.
Bueno,
le tengo dos noticias. La primera es que no lo resiste. La chapa está
doblándose por el peso y el recubrimiento interno del vehículo se curva
hacia adentro mientras las primeras rajaduras aparecen. La segunda, es
que esto sucede porque usted lo ha decidido. Si no me cree haga la
prueba en contrario. Imagine cómo podría una simple camioneta de reparto
aguantar a un animal africano (ese es un detalle que omití a propósito
porque seguramente usted pensó que se trataba de un elefante asiático,
conocedor como sin duda lo es, de las diferencias entre ambas versiones;
pero no: es africano, más grande, más pesado, más agresivo). Por así
decirlo, el elefante está en sus manos.
¿Lo va a dejar caer así nomás?
Mientras
decide, tenga en cuenta que el animal, bastante disgustado ya por la
forma en que lo sacudieron mientras lo pintaban, ahora está irritado,
confuso, taquicárdico. Son bastante orgullosos los elefantes africanos,
ya lo sabe. Los asiáticos por lo general han mamado un poco de esa
postura local frente al Universo, y suelen tomarse las cosas con más
filosofía, sea por la influencia budista o porque sus dueños les recitan
máximas de Confucio desde pequeños. El africano en cambio es de tomarse
las cosas demasiado en serio. Son frecuentes los casos de fibromialgia
entre ellos, dato que tal vez poca gente sabe.
Este elefante africano pintado de rojo en particular, siente hundirse
el piso -literalmente-, bajo las patas mientras a su alrededor una masa
autoconvocada lo estigmatiza. Niños y adultos gritan como si quisieran
asustar más aún al animal. Ocultan el pavor que la bestia les provoca
insultándolo, burlándose como si estuvieran frente a un hombre.
El
pobre animal barrita, tan frustrado como usted, que todavía no ha
realizado esa tarea. No se distraiga, ahora, déjela para mañana.
Protesta, quise decir, barrita, grita con ese sonido tan característico
de los elefantes, aún de aquellos a los que no se les haya aplicado
pintura alguna, ni estén en situaciones de máximo stress. Además al
bicho le asiste algo de razón. No solo lo insultan. Algún voluntarioso
de esos que nunca faltan ha llamado a un cazador. Este despreciable
sujeto se aproxima al maltrecho vehículo por el corredor que le ha
abierto la multitud, impresionada por el tamaño del rifle de alta
potencia que carga sobre un hombro ligeramente más hundido que el otro.
Su
ropa, un atuendo de color beige claro lleno de bolsillos y pequeños
detalles cromáticos que optimizan su camuflaje con el entorno natural de
la sabana, provoca comentarios que los hombres susurran por lo bajo al
oído. "Es un excelente tirador", musitan, "ah, este tipo ya es otra
cosa, ahora sí", o "ese maldito elefante está perdido".
El
sujeto solicita a las madres que aparten a los niños. Los niños
protestan, pero las madres los quitan del medio entre sopapos y tirones
de orejas suspirando, atontadas ante los músculos y la autoridad que
denota el recién llegado. Este, ajeno al efecto, muerde el tupido bigote
que desciende por los lados de su boca y desliza hacia atrás el
sombrero, para que no se enganche con la mano cuando aloje la bala en la recámara ni se choque contra la mira telescópica.
Es
un viejo gesto que se ha transformado en un reflejo tranquilizador, y
precede al momento en que el asesino echa rodilla en tierra y levanta el
arma. Apunta y dispara. Mata al elefante. La bestia cae con su
gigantesco corazón, atravesado con la limpieza de un carnicero, aplastando en el acto al resto de la camioneta, tan víctima como él de las extrañas circunstancias.
El
dueño del vehículo forma parte de la multitud que observa desde una
distancia prudencial el derrumbe, y se lleva las manos a la cabeza
cuando ve desaparecer todas las esperanzas que tenía respecto a las
posibilidades de que el seguro le cubriera los daños. La póliza nada
dice de daños ocasionados por especies en peligro de extinción. Maldice a su pareja por haberle sugerido llamar al cazador.
Deje de leer. Ya llegamos al final.
Recuerde
esto el resto del día o mañana, si es que ahora va a dormir: si hubiera
dejado antes la lectura, tendría resuelta esa tarea de la que depende su suerte, o le hubiera dado placer a su pareja, evitando así la semilla del divorcio que acaba de plantar.
Y ese elefante seguiría vivo aunque, eso sí, muy enojado.