lunes, 10 de febrero de 2020

Destierro

Mi casa, en invierno, aún conserva algo de verano, atrapado entre sus paredes bajas, desconchadas de pintura por la humedad. Hace ya años que se llevaron los últimos muebles, es una sucesión de habitaciones vacías ahora. 
Yo me quedé. Me escondí, los bichos de la humedad me hicieron un lugar entre ellos, me taparon con sus cuerpos y pude pasar inadvertido. Mis padres, luego de una semana durante la que me buscaron, se resignaron. No se los escuchaba muy contentos, por cierto. Gruñían y lanzaban alaridos, desde mi escondite los veía morderse entre sí, la baba escapaba por las comisuras de sus bocas, cubriendo como un jarabe blanco las puntas de sus largos colmillos.
Entre mis nuevos amigos me senttía bien. Los bichos tienen las panzas calentitas, huelen como las tetas de una madre. Pero un día, el hambre logró que cometiera un error. Hurgué con mis dedos bajo el caparazón del que tenía más cerca hasta encontrar el punto de unión, entre su cuerpo y la quitina. Despacio, para que doliera lo menos posible, hundí las manos en un costado del abdomen y me introduje hasta desaparecer dentro de su cuerpo. Estuve un par de días navegando por su interior hasta que mi cabeza chocó con la parte inferior de su cobertura oscura y dura, que crujió. 
El aroma a herida fresca me acariciaba los pelos de la nariz. Por momentos sentía ganas de reir, de tan feliz que estaba. Dormí satisfecho, confiado.
El bicho se estira ahora, deja su posición de bola enrollada pues se apronta para moverse. Me agarro con fuerza a su interior para no caerme cuando sube por el zócalo y luego baja, se desliza por un sumidero que está en el medio del cuarto.
Al aferrarme, un poco de su carne se introdujo en mi boca. Es entonces cuando descubro que en el último movimiento brusco, cuando comenzó el descenso, lo mordí, y que tragué sin darme cuenta un poco de su carne.
Es deliciosa. Despierta un hambre insólita, aterradora. ¿Cuánto hace que no como?
Al bicho no parece importarle así que sigo masticándolo. A medida que avanza por la oscura cañería prosigue mi refrigerio y, cuando emerge por el otro lado, en el jardín delantero de la casa, ya es más yo que bicho, ya soy más bicho que yo. En lugar de espalda tengo una hermosa cubierta curvada que me hace cosquillas en las partes donde mis dentelladas dejaron ripios salientes. 
Me aparto de los demás bichos antes de que me descubran. Necesito estar solo para lo que voy a hacer. Seguro de haberme apartado lo suficiente, detengo mi carrera bajo las ramas bajas de una cretona. Sacudo el cuerpo hasta liberarme de la armadura que me ayudó a escapar.
Ahora, antes que nada, debo perdonarme esta traición y volver a ser hombre, mujer o niño. Hasta entonces, deberé cuidarme de las hormigas.

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