jueves, 5 de abril de 2018

Trabajo grupal domiciliario


A finales del semestre pasado, allá por noviembre, en la materia Economía nos pidieron que armáramos equipos para hacer el trabajo final del curso.
El tema quedaba a nuestra elección pero el trabajo tenía que ser realizado en grupos de por lo mínimo dos personas.
De por sí no me gusta trabajar en equipo. Es difícil compatibilizar los horarios y el ritmo de trabajo de cada integrante. Pero si además se trata de una materia tan opinable como Economía, mi natural tendencia a procastinar se encuentra con la excusa perfecta. Me dedico a disfrutar de la ansiedad que me genera aceptación a cumplir con la tarea.
Esa vez, sin embargo, no podía prolongar por mucho la retención ya que debía someterme a las directivas de los profesores si pretendía avanzar en la carrera.
Como ya escaseaban los conocidos debido a que la mayor parte de mi generación ya había egresado, terminé formando equipo con una chica a quien conocía mas no pertenecía a mi círculo más cercano, por desgracia.
Supongo que ante la escasez de opciones ella también fue práctica y se adaptó a las circunstancias.
Trabajaba de modelo de ropa interior para una conocida cadena de tiendas, por lo que ya tendría suficiente experiencia en ello.
No habíamos coincidido más que en encuentros casuales, la mayoría de los cuales se desarrollaban en medio de una gran tensión sexual -por mi parte- y la indiferencia de la persona acostumbrada a despertar la admiración, o el deseo, por su parte.
Admiraba su pelo negro y largo, rizado a la altura de sus hombros; los rosados labios, hinchados como los de un boxeador descuidado; el tono rosado bebé de la piel que dejaba ver. Su juventud, lejana ya para mí, me deprimía, pero a esa altura ya había aceptado mi rezagado papel.
En algo coincidíamos: éramos nuestras respectivas últimas oportunidades. Solo en lo que concernía a la maldita asignatura, por supuesto.
La fecha que elegimos para encontrarnos coincidió con una de esas tardes primaverales pesadas. El cielo era una amenaza constante y demorada de tormenta.
La humedad fétida inundaba el aire tibio. Respirar parecía una actividad exagerada. La vida misma se hacía insoportable, innecesaria, imposible de disfrutar. Caminábamos separando las piernas, como si nos envolviera una frazada ajustada al cuerpo por miles de pequeñas gotas de sudor, exhaladas sin interrupción. Todo hervía con encono. Desde el caldo maloliente que respirábamos hasta los pasamanos cubiertos de grasa de los ómnibus. Las botellas de refresco estaban tibias ya que la velocidad con que se consumían era más rápida que la capacidad de las heladeras de enfriarlas, los ventiladores apenas servían para circular las masas de aire caliente del punto A al punto B.
El edificio donde vivía entonces mi compañera de tareas, reconocí apenas estuve ante su puerta, chorreando, había sido realizado por Bello & Rebollati. En Montevideo hay decenas de ellos. Se los puede reconocer pues en casi todos, usaron piedra laja para recubrir la cara externa de la base y molduras dobles de yeso, en las terminaciones de los pisos superiores, con tal regularidad en sus diseños que surge, espontánea, la duda. Es un estilo personal y definido opor el contrario eran dos arquitectos con poca imaginación, tan solo dos tipos enamorados de una idea, de la única que tuvieron.
Pero no deseo ser injusto. Tal vez sus clientes, en el afán de imitar al vecino, siempre les pedían el mismo tipo de obra cuando en realidad, ellos soñaban palacios o mausoleos que jamás pudieron hacer ante la certeza de la ruina económica que les aguardaba. Sus conciudadanos los defenestrarían. En las reuniones sociales de la alta sociedad, crecería el rumor de que a Bello & Reboratti se les había pasado el cuarto de hora e incluso, añadiría alguien entre susurros, se decía que Bello se había peleado con Reboratti y que los últimos edificios corrían riesgo de derrumbe, por lo cual convenía no arriesgar la vida encargándoles nuevos trabajos.
Nunca se sabrá.
Luego de traspasar la pesada puerta de entrada seguí admirando aquel magnífico ejemplo del patrimonio arquitectónico nacional hasta que llegué al pie de la escalera.
Mi compañera vivía en el último piso de tres.
Y el maldito edificio no tenía ascensor.
Pisé el primer escalón y tomé impulso. Solo eran tres pisos, después de todo.
La escalera, sin embargo, estaba inclinada en un ángulo inusual por lo que a mitad del recorrido mis cuádriceps aullaban de dolor, sorprendidos por el castigo.
El corazón insistía en visitar el mundo exterior, a juzgar por cómo se asomaba desde el fondo de mi boca.
Pero además apenas entré al apartamento tuve la ocurrencia de hacer un ligero comentario sobre el calor y cómo, por ser un piso superior, éste se había concentrado en su apartamento. La chica admitió, en un tono de voz que no admitía observaciones, la exactitud de mi observacióno y se justificó, me dijo, en la presencia de "bichos", volando por ahí y que a ella la aterrorizaban los insectos.
Entomofobia, pensé. Un caso agudo, precisé.
Todas las ventanas del apartamento estaban cerradas a despecho del escaso oxígeno enrarecido.
La tormenta, me aseguró con lógica implacable, multiplicaba por cien la posibilidad de que los insectos invadieran el apartamento.
Estaba vestida con una prenda parecida a un camisón sutil y liviano como las alas de una mariposa. Una mariposa verde, en realidad. No revelaba nada, y por ello le permitía recibir visitas e incluso salir a hacer mandados.
De hecho, apenas me senté y comencé a sacar mi computadora de la mochila, me dijo con toda naturalidad que debíamos bajar a comprar pañitos ya que estaba menstruando.
Así que nuevamente recorría los empinado tramos de la escalera, rumbo al supermercadito de la esquina. Vagamos entre las góndolas hasta encontrar un paquete de paños femeninos de determinada marca, idéntico -en lo que a mí respecta- al paquete de otra marca que estaba al lado.
Volvimos a desafiar la escalera. El ángulo de inclinación de la escalera no violaba la ley de la gravedad por una mera formalidad.
Bello y Reboratti, par de sádicos adictos a las misas negras y a los rituales sadomasoquistas.
Ojalá se hayan fundido.
Cuando llegamos al apartamento yo estaba ardiendo. El apartamento, en cambio, no, a pesar de lo que su temperatura interna podía hacer creer.
Ese día me había vestido de short y camisa liviana, dado el pronóstico metereológico. Daba igual, me sentía como si llevara un juego doble de cada prenda.
Necesitaba con urgencia darme una ducha para bajar la temperatura corporal antes de empezar a despedir olores ofensivos.
Como no tenía confianza suficiente para solicitarle tal cosa le pedí que al menos abriera una ventana, lo que hizo a regañadientes dejando apenas un resquicio mientras murmuraba entre dientes “así no entran más bichos”.
Estuve a punto de preguntarle si se refería a mí.
Entre nosotros, ya no había dudas, se había establecido una fuerte corriente de mutuo rechazo.
Al menos ella suda a la par, pensé. Ojalá se deshidrate y se desmaye así puedo abrir las ventanas y ojalá cuando abra las ventanas las paredes amarilleen, marroneen, verdeen de bichos así puedo ir a bañarme sin tener que pedirle permiso y disfrutaré desde la ducha escucharla cuando se despierte y se desmaye, se despierte y se desmaye.
Abrí la notebook y comencé a buscar el archivo en el que debíamos trabajar. Por milagro la aplicación que marcaba la temperatura del procesador no se había suicidado.
No volvimos a tocar el tema de la ventana. De todas formas los insectos iban a entrar por el pequeño resquicio dejado entre las dos hojas. Lo más prudente era terminar con aquello y huir rumbo a mi bañera, antes que ella decidiera cerrar la única vía de oxígeno no contaminado.
Trabajábamos sin intercambiar otras palabras que no fueran un calco de los apuntes que como un matel de signos cubrían la mesa. Si el sopor permitía agregar alguna observación a lo ya sabido se incorporaba al texto en la pantalla, el resto del tiempo transcurría en un silencio apenas roto por el ruido a plástico golpeado de los teclados.
A ratos miraba hacia afuera a través del avaro resquicio. Efluvios humo y vapor ascendían desde el atardecer echado sobre la ciudad, aplastada como un humeante pastel mal hecho. El aire caliente refractaba la agonizante luz, deformando los bordes de los edificios vecinos.
Mi compañera a menudo se levantaba y renovaba el contenido de su taza de té. En tales ocasiones se escuchaba el ruido a ventosa de su piel, despegándose del cuero de las silla.
Hermosos labios rosados, pelo enrulado.
Trataba de concentrarme en el trabajo y no en mis axilas bajo cuyo abrigo las gotas corrían a reunirse en pequeños grupos, dándose ánimo ante de iniciar la zambullida final, rumbo al interior de mis calzoncillos.
Fue entonces que entró una polilla.
Una simple y pequeña polilla.
La chica enloqueció. Me ordenó a los gritos que debía matar la polilla, antes de dominarse y reiterar el pedido en un tono un poco más normal, sin que por ello lograra ocultar su ansiedad.
Mientras, yo trataba de hacerla entrar en razón. Que solo era una polilla, no una araña ni una hormiga carnívora voladora (ignoro si tal bicho existe) pero entonces ella volvió al tono impaciente y descortés, gritando “¡Matála! ¡Matála!” con tal intensidad en su mirada que por un momento dudé si se refería exclusivamente a la polilla.
Maldita idea la mía de hacer Economía ese año.
Cuando la polilla, confundida respecto a su papel en la escala zoológica por la importancia que se le había dado, se fue, el ritmo de trabajo se había perdido. Ello le costaría la vida, a pocos metros del apartamento, cuando envalentonada creyó estar en condiciones de enfrentar a un murciélago.
Pero esa es otra historia.
Volvimos a nuestros lugares, redoblada la voluntad de ambos por terminar el trabajo, dado el vergonzoso incidente.
El cansancio se interponía entre la tarea y yo, no conseguía definir si era preferible la línea de pobreza al índice de Gini como método estadístico. A esa altura solo quería volver a casa y darme un largo baño. Secarme junto a la ventana abierta de par en par, imaginándome en el Sahara, sitio seguramente mucho más fresco que esta ciudad.
Cuando por fin retomé el ritmo de trabajo, mi compañera se levantó, anunciando con un tono neutro que enseguida volvía. Luego se perdió en la parte trasera del apartamento.
En el dormitorio, deduje, luego que sin levantarme de la silla inclinara apenas el cuerpo y viera la esquina de una cama.
Me levanté de la mesa y fui a sentarme en uno de los sillones, desprendiéndome los botones de la camisa a ver si de esa manera lograba refrescar un poco el torso.
Desde el dormitorio llegaba el sonido de los movimientos de mi socia en el maldito trabajo grupal.
La cama crujió. Se ha ido a acostar entonces, pensé.
Sentí que mis orejas se ponían tirantes, claro vestigio evolutivo. Me sucede a menudo cuando estoy solo en casa, y siento de pronto una presencia detrás mío.
Estar en el apartamento de una chica mientras ella está tirada en su cama a apenas unos metros, se parece bastante a la presencia de un fantasma, quizás.
De pronto comencé a escuchar pequeños quejidos.
Me pregunté si le estaría pasando algo.
Los quejidos sonaban a llanto acallado y eran regulares, uno igual al otro.
En determinado momento cambiaron el tono y volumen.
Se hicieron más fuertes e intercalados con suspiros fuertes, como quien se queja de un dolor en la espalda o algo por el estilo.
Los quejidos fueron acelerándose, al tiempo que conjugaban la letra “U” empleando una amplia gama de sonidos.
El vaivén quejido-respiración-quejido-respiración-quejido-respiración se aceleró.
Para cuando la “U” se transformó en una “A” abierta y estentórea, mi glande magnificado estaba a punto de ser aplastado contra el cierre de mi short. Por mi parte apenas atinaba a mirar un punto en el vacío delante del sofá, preguntándome qué diablos debía hacer.
Finalmente, luego del dúo fónico “a/A” todo volvió a quedar en silencio.
Excepto por las cucarachas, claro.
Coincidiendo con la cima audible de mi compañera cientos de cucarachas comenzaron a correr desde su cuarto hasta la cocina, donde supongo encontraron alguna salida ya que luego no encontré rastro alguno de ellas.
Para entonces mi pene ya había dejado de hacerse notar y quien sufría de entomofobia era yo. Tenía mis pies atrapados entre mis manos, acurrucado a escasos centímetros del piso oscurecido por miles de cuerpos.
Retiré la vista de la repugnante corriente y quise evitar la naúsea cifrando la mirada en el paisaje nocturno pero las ventanas estaban completamente cubiertas de un collage de cuerpos verdes, color crema, marrón claro, rojos. Eran tanta la cantidad y de tantas formas y tamaños que la aglomeración se apretaba contra el escaso margen que la ventana apenas abierta les dejaba. A lo largo de la rendija bullía una masa cambiante de antenas y patas frustradas.
Estaba intentando contener el líquido que ascendía por mi garganta con fuerza cuando un movimiento brusco desde atrás del sofá casi me hace caer al piso.
Pensé que se trataba de la chica, volviendo del dormitorio, aunque muy dentro mío tenía la seguridad de que estaba siendo demasiado optimista.
Todavía sin incorporarme, sobre la sonora manta de bichos comencé a escuchar otros pasos. No eran de una sola persona o un solo par. Parecía que dos o quizás tres hombres gordos estuvieran caminando descalzos por el cuarto, reventando cucarachas como si fueran galletitas chinas de la suerte.
Miré por encima de mi hombro, todavía demasiado inseguro de querer moverme demasiado.
Rozando el sillón, estoy seguro que sin rozarme a mí y si me equivoco no quiero saberlo, seguía a sus hermanas menores una cucharacha amplia, tan grande como la mesa sobre la que estábamos trabajando hace apenas unos minutos atrás.
La quitina del lomo, insoportable en su detalle, estaba resquebrajada y brillaba de una forma poco habitual en una cucaracha. Tuve el suficiente valor para no apartar la visión durante el siglo que duró su desplazamiento.
Fue por ello que los vi, desperdigados por su caparazón, incrustados y nunca sabré si con odio o por amor: brazaletes metálicos y collares de cuentas, brillando bajo las luces ecológicas del comedor, un cepillo para el pelo clavaba sus puntas de tal forma que el negro cabello enredado en sus cerdas ondulaba con el bamboleo del animal. Con algo de envidia adiviné el propósito de un cilindro rosado, girando la desvergonzada cabeza brillosa sobre su base incrustada en la cumbre del lomo.
La criatura apenas pareció notar mi presencia. Detuvo una sola vez la marcha y azotó el aire con antenas gruesas como látigos. Luego reanudó la marcha.
Desde el cuarto, mi compañera había comenzado a llorar.
Mi única reacción fue bajar los pies al suelo, muy lentamente, sin dejar de mirarlo.
Pero no se arrastró ni voló nada más.
Luego de un rato volví a escuchar el crujido de la cama y ella pasó por mi lado como si yo no existiera. No hizo ningún comentario respecto a las decenas de cucarachas aplastadas, desperdigadas por el gran espacio entre el sillón y la entrada a la cocina.
Entró al baño y desde allí pude escuchar el sonido de la ducha, dejando caer agua, fresca, exquisita, vital.
El sonido se hizo irregular cuando ella entró en el torrente y yo deseé ser como los murciélagos, capaces de reconstruir la forma de los cuerpos a partir de los rebotes sonoros.
Para cuando salió, vestía la misma ropa, cada vez más parecida a una advertencia, cada vez menos amistosa.
Sin hacer ningún comentario trajo escoba y pala desde la cocina y barrió el suelo, como quien disuelve los restos de un sueño.
La ciudad, aún martirizada por el calor, brillaba en la noche a través de los vidrios libres de la ventana.
Luego de dejar sus cosas en la cocina volvió al comedor. Se sentó y miró desde la mesa mi descompuesta presencia en el sillón, apenas cubierta por una camisa abierta y un short manchado.
Con la boca fruncida en un gesto de disgusto, tan indiferente como quien pide la hora a un extraño, preguntó:
¿Seguimos?

miércoles, 4 de abril de 2018

Diferentes clases de danzas


La vida se basa en sobreponerse a la alternancia de períodos donde a veces caminamos por la vereda de la sombra y otros en que lo hacemos por la de la luz. Crucé entonces la calle hacia la vereda beneficiada por el sol confiando en la abundancia de toldos y salientes que como alas de sombreros brotaban en las centenarias casas, edificadas a principios del siglo veinte, cuando los albañiles no comenzaban su trabajo sin atiborrarse antes de vino.
El jugo de uva fermentado los enloquecía y ello se hacía evidente en los exagerados contornos de los balcones y las volutas innecesarias colgando en cada ángulo de la vivienda, como si los albañiles se hubieran enamorado de las piedras.
Extendían las molduras de los techos para protección de los peatones y refugio de las palomas sin que les importara un carajo el presupuesto de la obra. 
Aprovechaban las ausencias del arquitecto para reemplazar los gordos querubines por ninfas exhibicionistas desnudas. 
Alardeaban su maestría en esas formas forzando el encuentro de la piedra y el deseo para deleite de los adolescentes de la casa.
Aún hoy esos frontispicios son la perdición de cualquier ciudadano sensible a tal profusión de pezones y vulvas depiladas.
Pero no para mí. No ese día.
Lejana e imprecisa como una profecía, vibraba a través del aire caliente la figura de una chica caminando hacia mí desde la esquina más lejana.
Me observé, reflejado en la vidriera de la panadería bajo cuyo toldo me había protegido del brillo solar.
Ese día había peinado mi largo cabello al medio luego de recortar mi barba. Junto a mis anteojos redondos el conjunto ofrecía una visión que, incluso para mí, resultaba agradable a la vista.
Ella también llevaba el mismo peinado pero el largo de su pelo negro casi metálico, era menor al mío. Le llegaba apenas a los hombros. 
Se había puesto un liviano vestido de seda verde con grandes flores rojas que el viento hubiera movido gustoso.
Caminaba con una semisonrisa, deteniéndose a oler las flores que sobresalían por el abultado abdomen de herrería barroca con que se protegían los balcones bajos de esa calle.
No caminaba. Bailaba.
Sus pies apenas tocaban el suelo de baldosas amarillas. 
Era un placer verla detenerse ante cada planta, recoger con su delicada nariz el aroma de cada flor.
A ella no parecía importarle el sol a pesar de que las piernas torneadas y los delgados brazos que salían de su vestido no parecían haberse encontrado con la luz del día en mucho tiempo. 
El sol no tardaría en hacer estragos en una una piel como la suya, semejante al mármol en su palidez.
Sus pies no llevaban calzado, vagaban libres sobre la superficie hirviente de la vereda.
Abandonó la apreciación aromática de una dalia y continuó hasta el siguiente jardín, de cuyo perfil asomaban robustos rosales cargados de rojas rosas que la esperaban .
Yo también avancé unos pasos y me detuve como antes a beber la escena con mis ojos.
Tenía una curiosa manera de aproximarse a las flores.
Se ponía en puntas de pie y luego abría sus brazos que llevaba hacia atrás, al tiempo que inclinaba su torso hacia la planta.
Sus pechos acentuaban entonces su presencia, empujando la tela como flores escapadas esperando su oledor.
El cielo ya había perdido su azul mañanero, transformándose en un papel amarillento y reseco.
El calor, que antes sentía insoportable, ahora hacía crujir las piedras adoquinadas de la calle.
Por debajo de la ropa, pequeñas gotas de sudor corrían y me picaban como hormigas invisibles.
Mi compañera de vereda finalmente dejó las rosas y se aproximó a una maceta repleta de claveles blancos que escapaban de un balcón. 
Me pregunté cuánto estaría sudando ella.
Y en qué lugares.
A esta altura ella misma era un jardín, un universo de olores y sabores brotando en cada gota.
Estábamos mucho más cerca.
Sus ojos, oscuros y brillantes, solo se abrían mientras pasaba de un jardín a otro, desde un balcón florecido al próximo.
Miraba las cosas como si guardase una broma amable para cada una.
Reservaba todos sus sentidos para los capullos y los brotes.
Me sorprendió la flexibilidad de su cuerpo.
No solo se estiraba en esa curiosa reverencia.
Previamente, miraba hacia la calle y entonces se inclinaba antes de darse vuelta hacia las flores que tuviera a sus espaldas.
Comprimía todo el movimiento en una única secuencia de baile, bajo el influjo de una música que solo ella escuchaba.
Nuestros respectivos desplazamientos nos habían acercado y estábamos a punto de cruzarnos.
No nos separaban más que unos pocos metros.
Podía escuchar el frufrú de su tela mientras movía los brazos en aquel gesto de estatuilla antigua con que saludaba a cada habitante de los jardines de la cuadra.
Bajo cada axila una pequeña mancha de sudor había nacido, producto sin duda del calor y de la exagerada actividad gimnástica.
La cercanía me permitía ver ahora otros detalles.
Las pálidas y delgadas piernas brillaban debido al sudor que descendía bajo su falda.
Cada paso dejaba la marca de la planta y los dedos de sus pies sobre la vereda durante unos segundos, hasta que el sol la evaporaba. 
El cabello, que antes acompañaba graciosamente los giros y flexiones con gracias sensual, ahora se veía empapado. 
Se movía como un bloque compacto, pegado al cuero cabelludo por la cálida humedad.
Desde la punta de cada mechón el agua caía sobre el vestido y luego se abría paso hasta el borde de la falda, imprimiendo en ella una mancha larga y ancha. 
La ropa, pringada de sal, se le adhería al cuerpo por delante y por atrás.
Detuve mi camino bajo el alero de un kiosco, esperando su paso.
Se aproximaba a mí sin que mi presencia le hiciera abrir los ojos.
Me maldije por bañarme ese día.
Mi cerebro buscaba desesperado las palabras exactas para llamarle la atención, aparecer en su mundo. 
De pronto, ella tan solo chocó contra mí y luego, continuó su camino sin que ni siquiera me ofreciera una disculpa. 
Llegó a mis fosas nasales un hedor intenso a almizcle mezclado con cebolla.
A duras penas logré controlar mi estómago.
Comencé a respirar desesperado por la boca una atmósfera que se había vuelto agria.
Mi corazón aceleró su ritmo y por unos momentos quedé ciego.
Cuando el pulso se normalizó pude ver que la ceremonia seguía, a pocos metros del lugar de nuestro encuentro.
Restaban aún varios jardines antes de llegar a la otra esquina pero, aunque ya se notaban ciertas imperfecciones en el manejo de su cuerpo, mi poco habitual compañera de vereda insistía en su rito.
La primera vez que trastabilló, a sus espaldas había un macizo de hortensias.
Pensé que se iba a caer hacia la calle pero consiguió girar el cuerpo.
El saludo de todos modos se arruinó con el envión del movimiento, empujando su rostro dentro del macizo de flores con tal brusquedad que aquello más que un saludo pareció una violación.
Cuando se retiró, su cara estaba cubierta de pequeños pétalos multicolores, unidos a su cara por la grasa facial que el calor habría extraído de sus poros.
Caminó unos pasos más hasta la zona en que yo había subido, frente a la panadería.
Luego del local terminaba se encontraba una rampa para camiones.
No habían colocado baldosas sobre ella sino pedregullo irregular y puntiagudo mezclado con pequeños trozos de metal, pues los camiones en su tarea de carga y descarga necesitan moverse sobre un material resistente, capaz de sostener toneladas sin quebrarse ni transformarse en una pista resbaladiza cuando llueve.
Ese día, la temperatura alcanzada por la mezcla fue fatal para la piel desnuda de sus pies.
Caminaba a lo garza, levantando un pie para luego bajarlo despacio y enseguida llevar el otro con prisa lejos de la plancha hirviente tendida sobre el suelo.
Logró terminar el tramo sin alterar su ritmo pero cuando alcanzó la superficie un poco más fresca de las baldosas rengueaba en forma notoria.
Apoyaba una de sus manos sobre su cadera derecha y giraba hacia delante la pierna izquierda, sin apoyar del todo el pie, debido a las ampollas que sin duda había obtenido en su paso por la rampa.
Un hibisco amarillo le aguardaba en silencio.
La chica inició el movimiento habitual ofreciendo su saludo a la calle de adoquines y entonces, así agachada, giró su cuerpo pero al querer ponerse en punta de pie para la reverencia le fallaron los tobillos. 
Se golpeó la frente contra la rugosa pared que anunciaba el comienzo de la siguiente casa luego del jardín.
Se reincorporó tambaleando y, sin abrir sus ojos, movió la cabeza en un gesto de asentimiento como si quisiera tranquilizarme de que estaba bien.
Un hilillo de sangre bajaba desde el medio de su frente.
Completó el saludo floral como mejor pudo y luego siguió hasta el próximo jardín.
Mis ojos la abandonaron.
Me quedé unos minutos pensativo observando las impecables baldosas amarillas, como si éstas tuvieran algo que decirme.
Escuché una frenada súbita y un golpe sordo.
Luego un hombre mencionó algo sobre emergencias y hospitales pero no me quedé para ver lo que siguió. El sol había cambiado su posición.

domingo, 1 de abril de 2018

Un ascensor (protorelato)



Ese día a su reloj se le habían gastado las pilas justo a las 19:30 hs. de una tarde eterna.

Así que cuando penetró a su edificio y se encaminó a uno de los dos ascensores, tuvo que guiarse por el gran reloj de pared del bar en el que había comido dos fainás de orillo antes de ir a acostarse. El aparato, un reloj redondo y dorado, marcaba las cuatro de una madrugada que le resultaba particularmente angustiante: el nuevo día, había decidido, lo vería vencer sus temores para ponerle punto final a su relación de pareja con una vendedora de papel higiénico usado.

            Con el ánimo al nivel del piso pasó por delante de los dos guardias de seguridad sin saludar, la vista fija en el suelo como acostumbraba hacer cuando decidía que sus problemas lo eximían de toda convención social por mínima y poco comprometedora que ésta fuera.

            Los guardias, uno bajito y de rasgos aindiados y su compañero - alto, musculoso, ex policía de mirada irascible y bigote tupido - le observaron mientras penetraba en uno de los dos ascensores del edificio.

            Apretó el botón con el número de su piso y esperó a que las hojas se cerrasen, casi 10 segundos después la máquina inició el ascenso.

            Al parecer, algún sádico incompetente había arruinado la máquina, tan lenta en su ascenso como ruidosa, comparada con la quietud de la noche. Durante el viaje volvió a sentir la vieja sensación de encierro. Se apoyó contra una de las paredes de acrílico blanco, atento al zumbido de los motores y al rechinar de los cables, impaciente por la brusca sacudida que anunciaría el fin del viaje, el comienzo del ansiado aislamiento, 5 pisos por encima de la multitud.

            No había aparecido el número tres sobre el visor digital cuando el ascensor se detuvo de improviso, entre piso y piso, faltando aún tres más para llegar a su destino.

1) Tocó el timbre.

2) Aguardó en vano la ayuda.

3)Volvió a tocar el timbre preguntándose porque la ayuda demoraba tanto.

4) Comenzó a sentir claustrofobia.

5) Volvió a hacer sonar el timbre, esta vez con más insistencia.

6) Se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde el momento en que el ascensor se detuvo.

7) Escuchó que el otro ascensor se ponía en marcha. Volvió a tocar timbre mientras oía como en él subían un grupo de personas cantando a viva voz. Quizás  por eso nadie le había oído cuando tocó el timbre la vez anterior, pensó de pronto.

8) El aire enrarecido en el ascensor se enrareció un poco más.

9) Se dio cuenta que era imposible que los porteros no le hubieran escuchado aún y que tan sólo demoraban el momento para ir en su ayuda.

10) Pensó en que cuando lo liberaran les diría unas cuantas verdades y que se quejaría con el administrador a la primera oportunidad.

11) Tocó el timbre, una vez más. El gran espejo que ocupaba todo el fondo del ascensor le ofreció la imagen de un hombre confundido (asustado).

Luego:

12) Se dio cuenta que la ayuda no llegaría.

13) Aún no creía en lo que estaba sucediendo.

14) Intentó llamar la atención de los vecinos golpeando las paredes hasta que recordó que ese era un edificio de oficinas mayormente vacías en la noche (por esa misma soledad lo había elegido para vivir).

15) Pensó en su pareja, en las frases que había armado, duras, implacables, infalibles ("Cómo terminar con ella y salir bien parado"). Extrañó su cálida cadera, odió sus propios egoísmos y falta de confianza, no sólo en sí como en todo, en todos.

16) Las luces del ascensor se apagaron. El aire enrarecido adquirió un significado diferente.

17) Desechó un nuevo pensamiento pero no pudo evitar preguntarse cómo explicarían los porteros en la mañana la presencia de su cuerpo caído en el ascensor ("horror!  - se dijo - estoy evaluando mi muerte! previendo mi cadáver!").

18) Recordó como hace unos meses unas peculiares manchas marrones habían aparecido en los bordes de una de las puertas de uno de los ascensores.

19) Los porteros de los edificios, razonó, en su mayoría son policías retirados o policías que de noche realizan ese trabajo para redondear sus ingresos, en cualquier caso gente con mucha experiencia en formas y lugares para hacer desaparecer un cuerpo.

20) Aunque el calor y la falta de oxígeno lo tenían al borde del desmayo, creyó oír pasos en las escaleras y luego en el corredor junto a las puertas del ascensor.

21) Unos serie de golpes suaves pero insistentes acariciaron el ascensor desde fuera; imploró frenéticamente y luego gritó cada vez más débilmente hasta que oyó como los pasos se volvían a oír, alejándose.

22) Pidió perdón (varias veces) a la nada, por nada.

23) En la oscuridad la esfera fluorescente de su reloj volvió a mostrarle aquel tiempo inútil: las siete y media de una tarde que ahora se le antojaba hermosa, inalcanzable ya.

24) Con sus últimas fuerzas logró abrirse las venas. Al menos esta vez también deberían limpiar el piso.



NOTAS



NOTA I:

1) Tengo que observar detenidamente el ascensor de mi edificio.

2) Las partes en las que el personaje (o el narrador) habla deben ser cuidadosamente escritas, utilizando de mis experiencias personales la cuota mínima de realismo sin que por eso llegue a ser una especie de diario personal revelado.

3) Creo que las figuras de los dos porteros están excesivamente ajustadas a los de mi edificio. Tal vez debería cambiar al de ojo aindiados por un rubio de rasgos afilados (tipo nazi de los '40 ) con lo que agregaría un toque posmoderno al relato (¿o quedará mejor el rasgos aindiados?) y al expolicía por otro expolicía.

4) Solucionar varios problemas:
a) ¿Qué canción cantan los del grupo que sube en el otro ascensor? b) Primero digo que el tipo vive en el 5º piso, luego aclaro que el ascensor se detiene en el 3º y a continuación indico que aún le faltan 3 pisos para llegar al suyo (solución: cambiar el 5º piso del comienzo por un 6º). Investigar modo. 
c) ¿Cömo introducir al personaje? No ya su "forma psíquica", cosa que está hecha desde el vamos (su estado de ánimo, la decisión de no saludar, la claustrofobia y el terror a la oscuridad, su decisión final de suicidarse, etc.) sino su forma física (cara, edad, complexión, etc.). Al respecto existen varias formas, pero sólo se me ocurre una y la he utilizado en demasiados cuentos (en realidad es un truco muy burdo), es algo así como:
"El espejo grande y sin defectos que casi en su totalidad ocupaba la pared del fondo del ascensor le devolvió la imagen de un hombre ya entrado en la madurez. Repasó como desde hace más de 8.500 amaneceres su rebelde cabello negro cada vez más disminuido; su boca nerviosa que parecía nunca colocaría sus gruesos labios en una posición definida; los huidizos ojos ocultos tras unos anteojos de metal con el laqueado azul saltado en algunas partes; la nariz inquieta y decidida, tal vez lo único decidido de que gozaba en todo su cuerpo."
Pero no acaba de convencerme, tal vez este parlamento podría colocarlo en boca de algún otro personaje pero esto implica inventar a alguien que debe ser definido con lo que volvería de nuevo al primer problema o sea: quién o de qué modo defino la apariencia física de un personaje.
d) ¿Cómo caracho se corta las venas? No es frecuente que alguien vaya por ahí con algo que le sirva para abrirse las muñecas. Pensaba hacerlo utilizando los eslabones de la malla del reloj lo que agregaría un claro simbolismo: el hombre muriendo en el desconocido tiempo (el reloj está parado, por eso es desconocido), pero luego me pareció una boludez.

e) ¿Dónde irá un escritor para que le informen acerca de cómo puede suicidarse una persona en un ascensor?

f) Considerar otros métodos.

g) Métodos desechables:

- ahorcamiento

- envenenamiento
- descuartizamiento
- asfixia por inmersió
n
- muerte por aburrimiento



NOTA II: He cometido un error de orden técnico. Por lo que sé es imposible apagar la luz de un ascensor desde fuera sin desconectar la energía del otro; por lo tanto, si los porteros buscaban aislar al individuo sin que nadie lo notase deberían haber estado dentro, junto a él. Como no fue esto lo que sucedió sólo queda una persona que estaba en condiciones de apagar las luces y esa persona es el mismo individuo. Investigar.


NOTA III:  Desarrollaré la trama en un lenguaje llano pero con múltiples resonancias auto-referentes sin que por eso se torne críptica.

Un ejemplo de cuento críptico:

"Obtuve el raro privilegio de observar como se oculta un píonodonte en la tierra. Sucedió al atardecer, en un desierto priscal.

El repitiente arañador de la tierra escondía sus repeladuras ante mis asombrados ojos.

Tergiversé mis antígenos eritrocitarios y por poco no me sumerjo junto a Él en su marasmo exagerado."


NOTA IV: Recorriendo el interior de mi cráneo hallé cuantiosas sumas debidas a muchas deudas sin pagar. Ésta es una de ellas y me pregunto si estoy haciéndolo o sólo pierdo el tiempo.


Descarto una versión fantástica:

1) Entró en el ascensor.

2) Oprimió el botón.

3) El visor ascendió el número en rojo hasta una altura inexistente en su edificio.

4) El ascensor se detuvo. Sobre su techo escuchó pasos, reconoció las voces que oyó como pertenecientes a las de sus progenitores.

1. Se masturbó (variante guaranga).

2. Se mutiló un dedo en señal de duelo (variante africana).

3. Las puertas del ascensor finalmente se abrieron. Más allá de la puerta se extendía la negra noche. Se asomó temeroso al borde y observó como la luz de la luna encantaba la ciudad allá abajo, a varios centenares de kilómetros.

5) Una cama vino en su ayuda.

6) Subió a ella.

7) Al otro día se despertó en su apartamento y no fue a trabajar.

8) Derrochó la jornada viajando con creciente locura en el ascensor sin que la singular experiencia se repitiese.

9) Al atardecer la policía lo internó en el manicomio.

10) Entrada ya la noche, los dos porteros volvieron a sus lugares de trabajo, esperando, echándole ocasionales miradas al ascensor ahora vacío.

11) A las dos y media de la madrugada un habitante del edificio entró en él.

12) Uno de los porteros le alcanzó un mate al otro.

           

¿FIN?

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...