jueves, 5 de abril de 2018
Trabajo grupal domiciliario
A finales del semestre pasado, allá por noviembre, en la materia Economía nos pidieron que armáramos equipos para hacer el trabajo final del curso.
El tema quedaba a nuestra elección pero el trabajo tenía que ser realizado en grupos de por lo mínimo dos personas.
De por sí no me gusta trabajar en equipo. Es difícil compatibilizar los horarios y el ritmo de trabajo de cada integrante. Pero si además se trata de una materia tan opinable como Economía, mi natural tendencia a procastinar se encuentra con la excusa perfecta. Me dedico a disfrutar de la ansiedad que me genera aceptación a cumplir con la tarea.
Esa vez, sin embargo, no podía prolongar por mucho la retención ya que debía someterme a las directivas de los profesores si pretendía avanzar en la carrera.
Como ya escaseaban los conocidos debido a que la mayor parte de mi generación ya había egresado, terminé formando equipo con una chica a quien conocía mas no pertenecía a mi círculo más cercano, por desgracia.
Supongo que ante la escasez de opciones ella también fue práctica y se adaptó a las circunstancias.
Trabajaba de modelo de ropa interior para una conocida cadena de tiendas, por lo que ya tendría suficiente experiencia en ello.
No habíamos coincidido más que en encuentros casuales, la mayoría de los cuales se desarrollaban en medio de una gran tensión sexual -por mi parte- y la indiferencia de la persona acostumbrada a despertar la admiración, o el deseo, por su parte.
Admiraba su pelo negro y largo, rizado a la altura de sus hombros; los rosados labios, hinchados como los de un boxeador descuidado; el tono rosado bebé de la piel que dejaba ver. Su juventud, lejana ya para mí, me deprimía, pero a esa altura ya había aceptado mi rezagado papel.
En algo coincidíamos: éramos nuestras respectivas últimas oportunidades. Solo en lo que concernía a la maldita asignatura, por supuesto.
La fecha que elegimos para encontrarnos coincidió con una de esas tardes primaverales pesadas. El cielo era una amenaza constante y demorada de tormenta.
La humedad fétida inundaba el aire tibio. Respirar parecía una actividad exagerada. La vida misma se hacía insoportable, innecesaria, imposible de disfrutar. Caminábamos separando las piernas, como si nos envolviera una frazada ajustada al cuerpo por miles de pequeñas gotas de sudor, exhaladas sin interrupción. Todo hervía con encono. Desde el caldo maloliente que respirábamos hasta los pasamanos cubiertos de grasa de los ómnibus. Las botellas de refresco estaban tibias ya que la velocidad con que se consumían era más rápida que la capacidad de las heladeras de enfriarlas, los ventiladores apenas servían para circular las masas de aire caliente del punto A al punto B.
El edificio donde vivía entonces mi compañera de tareas, reconocí apenas estuve ante su puerta, chorreando, había sido realizado por Bello & Rebollati. En Montevideo hay decenas de ellos. Se los puede reconocer pues en casi todos, usaron piedra laja para recubrir la cara externa de la base y molduras dobles de yeso, en las terminaciones de los pisos superiores, con tal regularidad en sus diseños que surge, espontánea, la duda. Es un estilo personal y definido opor el contrario eran dos arquitectos con poca imaginación, tan solo dos tipos enamorados de una idea, de la única que tuvieron.
Pero no deseo ser injusto. Tal vez sus clientes, en el afán de imitar al vecino, siempre les pedían el mismo tipo de obra cuando en realidad, ellos soñaban palacios o mausoleos que jamás pudieron hacer ante la certeza de la ruina económica que les aguardaba. Sus conciudadanos los defenestrarían. En las reuniones sociales de la alta sociedad, crecería el rumor de que a Bello & Reboratti se les había pasado el cuarto de hora e incluso, añadiría alguien entre susurros, se decía que Bello se había peleado con Reboratti y que los últimos edificios corrían riesgo de derrumbe, por lo cual convenía no arriesgar la vida encargándoles nuevos trabajos.
Nunca se sabrá.
Luego de traspasar la pesada puerta de entrada seguí admirando aquel magnífico ejemplo del patrimonio arquitectónico nacional hasta que llegué al pie de la escalera.
Mi compañera vivía en el último piso de tres.
Y el maldito edificio no tenía ascensor.
Pisé el primer escalón y tomé impulso. Solo eran tres pisos, después de todo.
La escalera, sin embargo, estaba inclinada en un ángulo inusual por lo que a mitad del recorrido mis cuádriceps aullaban de dolor, sorprendidos por el castigo.
El corazón insistía en visitar el mundo exterior, a juzgar por cómo se asomaba desde el fondo de mi boca.
Pero además apenas entré al apartamento tuve la ocurrencia de hacer un ligero comentario sobre el calor y cómo, por ser un piso superior, éste se había concentrado en su apartamento. La chica admitió, en un tono de voz que no admitía observaciones, la exactitud de mi observacióno y se justificó, me dijo, en la presencia de "bichos", volando por ahí y que a ella la aterrorizaban los insectos.
Entomofobia, pensé. Un caso agudo, precisé.
Todas las ventanas del apartamento estaban cerradas a despecho del escaso oxígeno enrarecido.
La tormenta, me aseguró con lógica implacable, multiplicaba por cien la posibilidad de que los insectos invadieran el apartamento.
Estaba vestida con una prenda parecida a un camisón sutil y liviano como las alas de una mariposa. Una mariposa verde, en realidad. No revelaba nada, y por ello le permitía recibir visitas e incluso salir a hacer mandados.
De hecho, apenas me senté y comencé a sacar mi computadora de la mochila, me dijo con toda naturalidad que debíamos bajar a comprar pañitos ya que estaba menstruando.
Así que nuevamente recorría los empinado tramos de la escalera, rumbo al supermercadito de la esquina. Vagamos entre las góndolas hasta encontrar un paquete de paños femeninos de determinada marca, idéntico -en lo que a mí respecta- al paquete de otra marca que estaba al lado.
Volvimos a desafiar la escalera. El ángulo de inclinación de la escalera no violaba la ley de la gravedad por una mera formalidad.
Bello y Reboratti, par de sádicos adictos a las misas negras y a los rituales sadomasoquistas.
Ojalá se hayan fundido.
Cuando llegamos al apartamento yo estaba ardiendo. El apartamento, en cambio, no, a pesar de lo que su temperatura interna podía hacer creer.
Ese día me había vestido de short y camisa liviana, dado el pronóstico metereológico. Daba igual, me sentía como si llevara un juego doble de cada prenda.
Necesitaba con urgencia darme una ducha para bajar la temperatura corporal antes de empezar a despedir olores ofensivos.
Como no tenía confianza suficiente para solicitarle tal cosa le pedí que al menos abriera una ventana, lo que hizo a regañadientes dejando apenas un resquicio mientras murmuraba entre dientes “así no entran más bichos”.
Estuve a punto de preguntarle si se refería a mí.
Entre nosotros, ya no había dudas, se había establecido una fuerte corriente de mutuo rechazo.
Al menos ella suda a la par, pensé. Ojalá se deshidrate y se desmaye así puedo abrir las ventanas y ojalá cuando abra las ventanas las paredes amarilleen, marroneen, verdeen de bichos así puedo ir a bañarme sin tener que pedirle permiso y disfrutaré desde la ducha escucharla cuando se despierte y se desmaye, se despierte y se desmaye.
Abrí la notebook y comencé a buscar el archivo en el que debíamos trabajar. Por milagro la aplicación que marcaba la temperatura del procesador no se había suicidado.
No volvimos a tocar el tema de la ventana. De todas formas los insectos iban a entrar por el pequeño resquicio dejado entre las dos hojas. Lo más prudente era terminar con aquello y huir rumbo a mi bañera, antes que ella decidiera cerrar la única vía de oxígeno no contaminado.
Trabajábamos sin intercambiar otras palabras que no fueran un calco de los apuntes que como un matel de signos cubrían la mesa. Si el sopor permitía agregar alguna observación a lo ya sabido se incorporaba al texto en la pantalla, el resto del tiempo transcurría en un silencio apenas roto por el ruido a plástico golpeado de los teclados.
A ratos miraba hacia afuera a través del avaro resquicio. Efluvios humo y vapor ascendían desde el atardecer echado sobre la ciudad, aplastada como un humeante pastel mal hecho. El aire caliente refractaba la agonizante luz, deformando los bordes de los edificios vecinos.
Mi compañera a menudo se levantaba y renovaba el contenido de su taza de té. En tales ocasiones se escuchaba el ruido a ventosa de su piel, despegándose del cuero de las silla.
Hermosos labios rosados, pelo enrulado.
Trataba de concentrarme en el trabajo y no en mis axilas bajo cuyo abrigo las gotas corrían a reunirse en pequeños grupos, dándose ánimo ante de iniciar la zambullida final, rumbo al interior de mis calzoncillos.
Fue entonces que entró una polilla.
Una simple y pequeña polilla.
La chica enloqueció. Me ordenó a los gritos que debía matar la polilla, antes de dominarse y reiterar el pedido en un tono un poco más normal, sin que por ello lograra ocultar su ansiedad.
Mientras, yo trataba de hacerla entrar en razón. Que solo era una polilla, no una araña ni una hormiga carnívora voladora (ignoro si tal bicho existe) pero entonces ella volvió al tono impaciente y descortés, gritando “¡Matála! ¡Matála!” con tal intensidad en su mirada que por un momento dudé si se refería exclusivamente a la polilla.
Maldita idea la mía de hacer Economía ese año.
Cuando la polilla, confundida respecto a su papel en la escala zoológica por la importancia que se le había dado, se fue, el ritmo de trabajo se había perdido. Ello le costaría la vida, a pocos metros del apartamento, cuando envalentonada creyó estar en condiciones de enfrentar a un murciélago.
Pero esa es otra historia.
Volvimos a nuestros lugares, redoblada la voluntad de ambos por terminar el trabajo, dado el vergonzoso incidente.
El cansancio se interponía entre la tarea y yo, no conseguía definir si era preferible la línea de pobreza al índice de Gini como método estadístico. A esa altura solo quería volver a casa y darme un largo baño. Secarme junto a la ventana abierta de par en par, imaginándome en el Sahara, sitio seguramente mucho más fresco que esta ciudad.
Cuando por fin retomé el ritmo de trabajo, mi compañera se levantó, anunciando con un tono neutro que enseguida volvía. Luego se perdió en la parte trasera del apartamento.
En el dormitorio, deduje, luego que sin levantarme de la silla inclinara apenas el cuerpo y viera la esquina de una cama.
Me levanté de la mesa y fui a sentarme en uno de los sillones, desprendiéndome los botones de la camisa a ver si de esa manera lograba refrescar un poco el torso.
Desde el dormitorio llegaba el sonido de los movimientos de mi socia en el maldito trabajo grupal.
La cama crujió. Se ha ido a acostar entonces, pensé.
Sentí que mis orejas se ponían tirantes, claro vestigio evolutivo. Me sucede a menudo cuando estoy solo en casa, y siento de pronto una presencia detrás mío.
Estar en el apartamento de una chica mientras ella está tirada en su cama a apenas unos metros, se parece bastante a la presencia de un fantasma, quizás.
De pronto comencé a escuchar pequeños quejidos.
Me pregunté si le estaría pasando algo.
Los quejidos sonaban a llanto acallado y eran regulares, uno igual al otro.
En determinado momento cambiaron el tono y volumen.
Se hicieron más fuertes e intercalados con suspiros fuertes, como quien se queja de un dolor en la espalda o algo por el estilo.
Los quejidos fueron acelerándose, al tiempo que conjugaban la letra “U” empleando una amplia gama de sonidos.
El vaivén quejido-respiración-quejido-respiración-quejido-respiración se aceleró.
Para cuando la “U” se transformó en una “A” abierta y estentórea, mi glande magnificado estaba a punto de ser aplastado contra el cierre de mi short. Por mi parte apenas atinaba a mirar un punto en el vacío delante del sofá, preguntándome qué diablos debía hacer.
Finalmente, luego del dúo fónico “a/A” todo volvió a quedar en silencio.
Excepto por las cucarachas, claro.
Coincidiendo con la cima audible de mi compañera cientos de cucarachas comenzaron a correr desde su cuarto hasta la cocina, donde supongo encontraron alguna salida ya que luego no encontré rastro alguno de ellas.
Para entonces mi pene ya había dejado de hacerse notar y quien sufría de entomofobia era yo. Tenía mis pies atrapados entre mis manos, acurrucado a escasos centímetros del piso oscurecido por miles de cuerpos.
Retiré la vista de la repugnante corriente y quise evitar la naúsea cifrando la mirada en el paisaje nocturno pero las ventanas estaban completamente cubiertas de un collage de cuerpos verdes, color crema, marrón claro, rojos. Eran tanta la cantidad y de tantas formas y tamaños que la aglomeración se apretaba contra el escaso margen que la ventana apenas abierta les dejaba. A lo largo de la rendija bullía una masa cambiante de antenas y patas frustradas.
Estaba intentando contener el líquido que ascendía por mi garganta con fuerza cuando un movimiento brusco desde atrás del sofá casi me hace caer al piso.
Pensé que se trataba de la chica, volviendo del dormitorio, aunque muy dentro mío tenía la seguridad de que estaba siendo demasiado optimista.
Todavía sin incorporarme, sobre la sonora manta de bichos comencé a escuchar otros pasos. No eran de una sola persona o un solo par. Parecía que dos o quizás tres hombres gordos estuvieran caminando descalzos por el cuarto, reventando cucarachas como si fueran galletitas chinas de la suerte.
Miré por encima de mi hombro, todavía demasiado inseguro de querer moverme demasiado.
Rozando el sillón, estoy seguro que sin rozarme a mí y si me equivoco no quiero saberlo, seguía a sus hermanas menores una cucharacha amplia, tan grande como la mesa sobre la que estábamos trabajando hace apenas unos minutos atrás.
La quitina del lomo, insoportable en su detalle, estaba resquebrajada y brillaba de una forma poco habitual en una cucaracha. Tuve el suficiente valor para no apartar la visión durante el siglo que duró su desplazamiento.
Fue por ello que los vi, desperdigados por su caparazón, incrustados y nunca sabré si con odio o por amor: brazaletes metálicos y collares de cuentas, brillando bajo las luces ecológicas del comedor, un cepillo para el pelo clavaba sus puntas de tal forma que el negro cabello enredado en sus cerdas ondulaba con el bamboleo del animal. Con algo de envidia adiviné el propósito de un cilindro rosado, girando la desvergonzada cabeza brillosa sobre su base incrustada en la cumbre del lomo.
La criatura apenas pareció notar mi presencia. Detuvo una sola vez la marcha y azotó el aire con antenas gruesas como látigos. Luego reanudó la marcha.
Desde el cuarto, mi compañera había comenzado a llorar.
Mi única reacción fue bajar los pies al suelo, muy lentamente, sin dejar de mirarlo.
Pero no se arrastró ni voló nada más.
Luego de un rato volví a escuchar el crujido de la cama y ella pasó por mi lado como si yo no existiera. No hizo ningún comentario respecto a las decenas de cucarachas aplastadas, desperdigadas por el gran espacio entre el sillón y la entrada a la cocina.
Entró al baño y desde allí pude escuchar el sonido de la ducha, dejando caer agua, fresca, exquisita, vital.
El sonido se hizo irregular cuando ella entró en el torrente y yo deseé ser como los murciélagos, capaces de reconstruir la forma de los cuerpos a partir de los rebotes sonoros.
Para cuando salió, vestía la misma ropa, cada vez más parecida a una advertencia, cada vez menos amistosa.
Sin hacer ningún comentario trajo escoba y pala desde la cocina y barrió el suelo, como quien disuelve los restos de un sueño.
La ciudad, aún martirizada por el calor, brillaba en la noche a través de los vidrios libres de la ventana.
Luego de dejar sus cosas en la cocina volvió al comedor. Se sentó y miró desde la mesa mi descompuesta presencia en el sillón, apenas cubierta por una camisa abierta y un short manchado.
Con la boca fruncida en un gesto de disgusto, tan indiferente como quien pide la hora a un extraño, preguntó:
¿Seguimos?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Lombrices de cielo
Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...
-
16/10/2018 pornografía De pornógrafo. 1. f. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación. 2. f. E...
-
18/10/2018 Un día, releí las partes de La novela vacía. Y ese fue su fin. FIN DE LA NOVELA VACÍA
-
Lunes 25/6 9:05 Antes que nada se necesario aclarar algo por lo evidente que es. Esta serie de apuntes que he decidido llamar "La n...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje un comentario aquí.