miércoles, 4 de abril de 2018

Diferentes clases de danzas


La vida se basa en sobreponerse a la alternancia de períodos donde a veces caminamos por la vereda de la sombra y otros en que lo hacemos por la de la luz. Crucé entonces la calle hacia la vereda beneficiada por el sol confiando en la abundancia de toldos y salientes que como alas de sombreros brotaban en las centenarias casas, edificadas a principios del siglo veinte, cuando los albañiles no comenzaban su trabajo sin atiborrarse antes de vino.
El jugo de uva fermentado los enloquecía y ello se hacía evidente en los exagerados contornos de los balcones y las volutas innecesarias colgando en cada ángulo de la vivienda, como si los albañiles se hubieran enamorado de las piedras.
Extendían las molduras de los techos para protección de los peatones y refugio de las palomas sin que les importara un carajo el presupuesto de la obra. 
Aprovechaban las ausencias del arquitecto para reemplazar los gordos querubines por ninfas exhibicionistas desnudas. 
Alardeaban su maestría en esas formas forzando el encuentro de la piedra y el deseo para deleite de los adolescentes de la casa.
Aún hoy esos frontispicios son la perdición de cualquier ciudadano sensible a tal profusión de pezones y vulvas depiladas.
Pero no para mí. No ese día.
Lejana e imprecisa como una profecía, vibraba a través del aire caliente la figura de una chica caminando hacia mí desde la esquina más lejana.
Me observé, reflejado en la vidriera de la panadería bajo cuyo toldo me había protegido del brillo solar.
Ese día había peinado mi largo cabello al medio luego de recortar mi barba. Junto a mis anteojos redondos el conjunto ofrecía una visión que, incluso para mí, resultaba agradable a la vista.
Ella también llevaba el mismo peinado pero el largo de su pelo negro casi metálico, era menor al mío. Le llegaba apenas a los hombros. 
Se había puesto un liviano vestido de seda verde con grandes flores rojas que el viento hubiera movido gustoso.
Caminaba con una semisonrisa, deteniéndose a oler las flores que sobresalían por el abultado abdomen de herrería barroca con que se protegían los balcones bajos de esa calle.
No caminaba. Bailaba.
Sus pies apenas tocaban el suelo de baldosas amarillas. 
Era un placer verla detenerse ante cada planta, recoger con su delicada nariz el aroma de cada flor.
A ella no parecía importarle el sol a pesar de que las piernas torneadas y los delgados brazos que salían de su vestido no parecían haberse encontrado con la luz del día en mucho tiempo. 
El sol no tardaría en hacer estragos en una una piel como la suya, semejante al mármol en su palidez.
Sus pies no llevaban calzado, vagaban libres sobre la superficie hirviente de la vereda.
Abandonó la apreciación aromática de una dalia y continuó hasta el siguiente jardín, de cuyo perfil asomaban robustos rosales cargados de rojas rosas que la esperaban .
Yo también avancé unos pasos y me detuve como antes a beber la escena con mis ojos.
Tenía una curiosa manera de aproximarse a las flores.
Se ponía en puntas de pie y luego abría sus brazos que llevaba hacia atrás, al tiempo que inclinaba su torso hacia la planta.
Sus pechos acentuaban entonces su presencia, empujando la tela como flores escapadas esperando su oledor.
El cielo ya había perdido su azul mañanero, transformándose en un papel amarillento y reseco.
El calor, que antes sentía insoportable, ahora hacía crujir las piedras adoquinadas de la calle.
Por debajo de la ropa, pequeñas gotas de sudor corrían y me picaban como hormigas invisibles.
Mi compañera de vereda finalmente dejó las rosas y se aproximó a una maceta repleta de claveles blancos que escapaban de un balcón. 
Me pregunté cuánto estaría sudando ella.
Y en qué lugares.
A esta altura ella misma era un jardín, un universo de olores y sabores brotando en cada gota.
Estábamos mucho más cerca.
Sus ojos, oscuros y brillantes, solo se abrían mientras pasaba de un jardín a otro, desde un balcón florecido al próximo.
Miraba las cosas como si guardase una broma amable para cada una.
Reservaba todos sus sentidos para los capullos y los brotes.
Me sorprendió la flexibilidad de su cuerpo.
No solo se estiraba en esa curiosa reverencia.
Previamente, miraba hacia la calle y entonces se inclinaba antes de darse vuelta hacia las flores que tuviera a sus espaldas.
Comprimía todo el movimiento en una única secuencia de baile, bajo el influjo de una música que solo ella escuchaba.
Nuestros respectivos desplazamientos nos habían acercado y estábamos a punto de cruzarnos.
No nos separaban más que unos pocos metros.
Podía escuchar el frufrú de su tela mientras movía los brazos en aquel gesto de estatuilla antigua con que saludaba a cada habitante de los jardines de la cuadra.
Bajo cada axila una pequeña mancha de sudor había nacido, producto sin duda del calor y de la exagerada actividad gimnástica.
La cercanía me permitía ver ahora otros detalles.
Las pálidas y delgadas piernas brillaban debido al sudor que descendía bajo su falda.
Cada paso dejaba la marca de la planta y los dedos de sus pies sobre la vereda durante unos segundos, hasta que el sol la evaporaba. 
El cabello, que antes acompañaba graciosamente los giros y flexiones con gracias sensual, ahora se veía empapado. 
Se movía como un bloque compacto, pegado al cuero cabelludo por la cálida humedad.
Desde la punta de cada mechón el agua caía sobre el vestido y luego se abría paso hasta el borde de la falda, imprimiendo en ella una mancha larga y ancha. 
La ropa, pringada de sal, se le adhería al cuerpo por delante y por atrás.
Detuve mi camino bajo el alero de un kiosco, esperando su paso.
Se aproximaba a mí sin que mi presencia le hiciera abrir los ojos.
Me maldije por bañarme ese día.
Mi cerebro buscaba desesperado las palabras exactas para llamarle la atención, aparecer en su mundo. 
De pronto, ella tan solo chocó contra mí y luego, continuó su camino sin que ni siquiera me ofreciera una disculpa. 
Llegó a mis fosas nasales un hedor intenso a almizcle mezclado con cebolla.
A duras penas logré controlar mi estómago.
Comencé a respirar desesperado por la boca una atmósfera que se había vuelto agria.
Mi corazón aceleró su ritmo y por unos momentos quedé ciego.
Cuando el pulso se normalizó pude ver que la ceremonia seguía, a pocos metros del lugar de nuestro encuentro.
Restaban aún varios jardines antes de llegar a la otra esquina pero, aunque ya se notaban ciertas imperfecciones en el manejo de su cuerpo, mi poco habitual compañera de vereda insistía en su rito.
La primera vez que trastabilló, a sus espaldas había un macizo de hortensias.
Pensé que se iba a caer hacia la calle pero consiguió girar el cuerpo.
El saludo de todos modos se arruinó con el envión del movimiento, empujando su rostro dentro del macizo de flores con tal brusquedad que aquello más que un saludo pareció una violación.
Cuando se retiró, su cara estaba cubierta de pequeños pétalos multicolores, unidos a su cara por la grasa facial que el calor habría extraído de sus poros.
Caminó unos pasos más hasta la zona en que yo había subido, frente a la panadería.
Luego del local terminaba se encontraba una rampa para camiones.
No habían colocado baldosas sobre ella sino pedregullo irregular y puntiagudo mezclado con pequeños trozos de metal, pues los camiones en su tarea de carga y descarga necesitan moverse sobre un material resistente, capaz de sostener toneladas sin quebrarse ni transformarse en una pista resbaladiza cuando llueve.
Ese día, la temperatura alcanzada por la mezcla fue fatal para la piel desnuda de sus pies.
Caminaba a lo garza, levantando un pie para luego bajarlo despacio y enseguida llevar el otro con prisa lejos de la plancha hirviente tendida sobre el suelo.
Logró terminar el tramo sin alterar su ritmo pero cuando alcanzó la superficie un poco más fresca de las baldosas rengueaba en forma notoria.
Apoyaba una de sus manos sobre su cadera derecha y giraba hacia delante la pierna izquierda, sin apoyar del todo el pie, debido a las ampollas que sin duda había obtenido en su paso por la rampa.
Un hibisco amarillo le aguardaba en silencio.
La chica inició el movimiento habitual ofreciendo su saludo a la calle de adoquines y entonces, así agachada, giró su cuerpo pero al querer ponerse en punta de pie para la reverencia le fallaron los tobillos. 
Se golpeó la frente contra la rugosa pared que anunciaba el comienzo de la siguiente casa luego del jardín.
Se reincorporó tambaleando y, sin abrir sus ojos, movió la cabeza en un gesto de asentimiento como si quisiera tranquilizarme de que estaba bien.
Un hilillo de sangre bajaba desde el medio de su frente.
Completó el saludo floral como mejor pudo y luego siguió hasta el próximo jardín.
Mis ojos la abandonaron.
Me quedé unos minutos pensativo observando las impecables baldosas amarillas, como si éstas tuvieran algo que decirme.
Escuché una frenada súbita y un golpe sordo.
Luego un hombre mencionó algo sobre emergencias y hospitales pero no me quedé para ver lo que siguió. El sol había cambiado su posición.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje un comentario aquí.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...