martes, 23 de junio de 2020

Celular sonando desde una toalla sobre la arena de una playa inexistente

Veníamos de discutir la noche entera y antes de dormirse Claudia amenazó una vez más con armar sus valijas. En la cocina el lavarropas había dejado de girar con nuestras toallas de playa adentro. A mi celular seguían cayendo mensajes del número ese, el origen de todo o al menos, de una parte de todo. Una explosión controlada, como la que se hace para cerrar un pozo de petróleo, emplea más energía pero causa menos daño que esto. Porque está controlada por especialistas, y es algo esperado, planeado.

La falta de sueño no me dejaba pensar con claridad. Al menos ahora había silencio. Claudia dormía, como si todo siguiera en su lugar. Yo no podía, me dolía la garganta de gritar y estaba sobregirado, tenía la adrenalina a mil. Lo peor era lo gratuito de todo aquello. Claudia no creyó que yo no conociera a Isabel, la autora de los mensajes. No podía culparla. Si le hubiera descubierto una serie de mensajes que describieran con lujo de detalles características personales de Claudia tampoco podría creer. ¿Pero quién era Isabel? La situación me tomó tan de sorpresa que tuve unos segundos fatales de duda. Solo logré profundizar la paranoia en Claudia. Pensaba que estaba ganando tiempo para elaborar una mentira mejor. En realidad estaba desconcertado y me urgía recuperar algún recuerdo que explicara todo, si es que lo había. Isabel. Isabel. ¿Conocí a alguna Isabel? Sí, claro, pero nunca de una forma que involucrara sudor y lágrimas. Los gritos de Claudia me impedían pensar con claridad pero si algo tenía claro era que la desconocida nos había arrojado a un pozo. Recién empezaban las vacaciones y  el apartamento que alquilamos era mínimo, no podíamos pagar algo mejor. Los días que faltaban para volver a casa iban a ser un infierno. Rogué por un infarto, ahogarme en la playa, no sé, cualquier cosa con tal de escabullirme de los próximos quince días. Dicen que sucede muy a menudo. Esto de los mensajes equivocados, mandados a la persona errada. Pero me asombra la insistencia: “Ricardo, te vi en la playa con otra mujer. No me dijiste nada que te habías casado, bandido.”; “Ricardo, cuando termines con esa loca pasame a buscar por el hotel. Estoy en el mismo de siempre, amor.”; “Holis, disculpá que insista pero estaba recordando cómo te mordía ese lunar en forma de corazón que tenés cerca del ombligo y me mojé toda. Te necesito, guacho.”… hasta que llegó el mensaje con la exacta ubicación de mi lunar pude contener a Claudia. Después se fue todo al carajo.

Esto no se levantaba con nada. O sí, con una cena en un lindo restaurant con vista al mar. Dar un pase con Claudia tomados de la mano por la rambla a medianoche, bajo la luna llena, rodeados por el cálido perfume del mar. Subir a nuestra 4x4 alquilada en una concesionaria de alta gama y llevarla a recorrer las dunas vacías, hacer el amor a la madrugada. Culminar el cortejo con un desayuno en la confitería del Casino antes de quedarnos dormidos en uno de las habitaciones del hotel, luego de un último polvo cansado y rápido como un beso de adolescente.

Pero ni eso, no con nuestro presupuesto.

En cambio Claudia me arrancó el celular de la mano y le respondió a Isabel. “A ver turra, porqué no venís acá, la “mujer” de Ricardo quiere comparar sensaciones contigo!!!” Mala cosa. La otra entonces se ensañó: “¿Así que ahora Ricardo deja que cualquiera le agarre el celular y escriba por él? Tan machito que era conmigo en la cama, mirá vos. ¿Le vigilás el celular para compensar algo que te falta, no? Querida…” En fin. Tal y como están las cosas, las vacaciones recién empiezan, mi esposa está furiosa conmigo y la tal Isabel seguirá escribiendo, enloqueciéndonos. Si por lo menos hubiera tenido el gusto de garcharla.

En mis sueños hay una mujer, es cierto, pero ignoro si se llama Isabel pues nunca hablamos. Es un sueño recurrente. Recorro un camino alto, entre una vegetación cerrada y un abismo que cae hasta el mar. El sendero baja hasta una rambla donde de un lado hay edificios y del otro una baranda, no hay playa. El mar es oscuro y está agitado. Las olas son más altas que los edificios pero jamás caen, se mantienen inmóviles como lenguas de vidrio verde dentro del cielo radiante. El sol atraviesa el vidrio, descubre a las decenas de criaturas gigantes y monstruosas que las habitan. La gente en la rambla permanece quieta, petrificada en distintos versiones del espanto. Los esquivo y penetro en uno de los edificios. Camino entre paneles de oscura madera fresca por corredores durante un largo rato sin cruzarme con nadie. La frescura del interior es un agradable cambio respecto al implacable calor del que vengo. Me detengo ante la misma puerta de siempre. Esta se abre. Da a un amplio recinto donde el piso, las paredes y el techo son blancos. El olor a pintura fresca me atrae y los arabescos del enduido crean un recuerdo falso, el de volar sobre una llanura helada. Estoy soñando dentro de un sueño y me observo desde mi posición de soñador. Pero no me despierto. La habitación apenas tiene muebles y sobre una cama redonda en el centro de la habitación está ella, esperándome. Abre las sábanas y se exhibe. Se acaricia mientras me desvisto, premia con gemidos y obscenidades cada prenda abandonada hasta que me recuesto a su lado y dejo que me cubra hasta más allá de la cabeza. La sábana de tan ligera se abre en un patrón regular de escaras por donde penetra el exterior penetra y forma un alfiletero de luz, transformándonos en hambrientos leopardos albinos. Lavo su cuerpo con mi lengua. Afuera, en la playa donde nunca oscurece, la ola espera y los monstruos observan. 

martes, 16 de junio de 2020

En la noche



El dormitorio (recinto dispuesto por los cónyuges para invocar la rutina) tenía un agradable regusto a patria (paraíso natural de los cretinos) esa noche (espacio temporal destinado al insomnio). La cama (altar donde se coloca al sexo para su sacrificio a manos del matrimonio) el amarradero, la almohada (receptáculo blando con el que se atenúan los gritos; hasta los cadáveres tienen una) el muelle. Dentro de su cabeza (hogar natural de la neurosis depresiva paranoide) algo lo rondaba, demorando el sueño (plano superior de la existencia; de naturaleza huidiza). El cansancio (estrategia adoptada por la depresión) tardó (aplicase a las cosas buenas, en general) en disolverse. Al cuerpo (repositorio de enfermedades; vehículo poco fiable) le dolió el día (amplio territorio dispuesto entre la primera desilusión y la penúltima derrota) un rato más. Antes de desaparecer entre los hilos (estructura lógica oculta durante el día) de las sábanas (cubre a los cuerpos; mantiene los gases en su sitio; hasta los cadáveres tienen una), el humano (primate con espasmos angélicos) encontró el núcleo agudo, la causa infatigable que lo preocupaba.  Seré estúpido (demasiado inteligente), se reprocha, dejé a una mujer (datos insuficientes) querible, y ahora no recuerdo (dícese de la imagen de lo vivido) por qué la dejé.


Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...