domingo, 8 de diciembre de 2019

Muerte y nacimiento

Me levanto con la sensación de que una banda de percusionistas ha elegido el interior de mi cabeza como sala de ensayos. Desde el interior de mis sienes alguien intenta huir, utilizando un picahielos para abrirse paso.
Es la última vez, prometo, que le acepto una invitación a Steinway para tomar una. El judío no respeta ese límite -después de la primera copa, yo tampoco, para ser sincero-, y no me suelta hasta que estoy arrastrándome. Linda forma de terminar un sábado. Y ahora tengo que trabajar en estas condiciones por el resto del día; me moriría si pudiera. No encuentro calzoncillos limpios, y estas medias, madre mía. Espero que aguanten un día más porque no encuentro otro par que esté en mejores condiciones.
El café cargado y calentito me espera en la cocina. La cafetera programable es una de las pocas cosas modernas con las que acepto convivir. Me importa un pomo que mis compañeros me acusen de obsoleto y de que debo actualizarme. Ni en pedo. Prefiero asumir mi edad. Ahora todo es plástico. Use y tire. Antes uno tenía que luchar mucho, partirse el lomo para cosechar la cantidad de grano suficiente para canjearlo por una herramienta o algo para la casa. Una lámpara duraba mucho tiempo. Se pasaba de generación en generación, si el propietario de la hacienda no se la llevaba cuando había una mala cosecha, o alguna partida de forajidos no saqueaba la aldea.
Hablando de cosechas, la lista correspondiente a mi turno se acaba de materializar sobre la mesa. No es muy extensa. Todo en el país que me asignaron es así: mediano, como su geografía. No tiene grandes catástrofes ni guerras que aumenten las horas de trabajo. Uno puede salir por la mañana con la tranquilidad de cruzarse con el compañero de la noche sin ningún tipo de sorpresas. Aun así es un número demasiado alto para un país tan despoblado. Los uruguayos, aunque la mayoría no lo sepa, mueren -en promedio-, más que en otros países. Por egoístas, o por cobardes. Eligen no tener hijos o se les va la descendencia a otros países. Escasean los jóvenes pero abundan los ancianos. Mis listas son mucho más largas que, por ejemplo, las de mis colegas de Brasil.
La primera cita del día es con un joven, tendido sobre el piso de una cafetería. Tiene los sesos desparramados sobre el vinilo oscuro del piso. Al costado un hombre mayor, con uniforme de policía, yace con el pecho agujereado. No está en mi lista así que va tener que esperar un rato más. El muchacho está confundido. Cuando me inclino sobre él y me presento, comprende.
El cielo está encapotado, el aire denso anuncia lluvia, de esa que dura días y curva los pisos de madera en las casas de salud. Tengo que aparecer en la otra punta de la ciudad para encontrarme con el siguiente nombre en mi lista. La camilla con la anciana ya está saliendo del aeropuerto, subo con ella a la ambulancia que vino a buscar su cuerpo. Ella comprende lo que le está pasando. Todavía no murió, pero el infarto la dejó en esa etapa intermedia que les hace ver el mundo como a través de una ventana empañada. La oriento para que no se pierda, susurrando su nombre al oído: Madelón, Madelón, hasta que finalmente encuentra el camino y expira.
No todas las personas mueren así de plácidas y conformes. Quieren durar un poco más, así estén en condiciones imposibles. Como la mujer de Toledo. Tenía el cráneo partido y le faltaban partes de su cuerpo que le habían comido los perros pero aún insistía. "Quiero vivir. Déjeme un rato más, hasta que me encuentren, quiero denunciar a mis asesinos", gritaba, empeorando mi dolor de cabeza.
No me costó mucho convencerla. La elevé en el aire tibio del atardecer para que viera el paquete corrupto en que se había convertido. Tuve que esperar a que dejara de llorar antes de cosecharla. A la mayoría de mis compañeros no les importa el estado emocional en que estén los suyos, a mí no me gusta sacarlos en medio de una conmoción. Eso deja secuelas importantes y no habla muy bien de uno como profesional.
Mi siguiente visita estaba más dentro de los cánones normales. Era un hombre ya mayor, internado en una sala de cuidados intermedios después de estar un mes en el CTI. Un infarto agudo del miocardio le había rajado el corazón como si el diablo se lo hubiera acariciado con su uña. En estos casos los médicos saben que la persona ya está fuera de sus posibilidades. Les aseguran los máximos cuidados y los embalsaman con químicos, aunque en el fondo sepan que la última palabra la tiene el churrasco herido del pecho.
Entré por la puerta de Emergencias. Las enfermeras y dos médicos trataban de calmar a una mujer. La sangre que los cubría era de la paciente. No lograban controlar su agitación, los brazos cubiertos de heridas hendidas hasta dejar los huesos al aire salpicaban al personal. No paraba de gritar "¡Craven! ¡No cruces la calle! ¡No cruces la calle o me mato!"
No todavía, señora, no todavía.
El hombre al que debía atender no tenía acompañante. La otra cama de la habitación estaba vacía. Finos tubos de plástico entraban en su nariz, el suero goteaba sin urgencia dentro de su brazo. Estaba dormido, confiado como un bebé.
Este tipo de casos presenta una complicación adicional pues todavía no estaba técnicamente muerto. Debía esmerar entonces mi discurso, convencerlo que ya no tenía nada más para hacer en el mundo de los vivos. Suelo emplear la analogía de las gotas de lluvia, convertidas en ríos hasta formar océanos que el sol evapora, formando nubes en el cielo que luego dejarán caer su contenido sobre la tierra en un ciclo sin fin, hasta que otra vez subirán a las nubes y una vez allí... en fin. La mayoría se pacifica y acepta mi ayuda, pero de todos modos se demora un tiempo mayor que con los muertos.
Me quité el saco y lo colgué, arremangué las mangas de mi camisa, aflojé la corbata y me di vuelta hacia la cama, dispuesto a despertar al hombre.
Me choqué contra su mirada. Había observado mis movimientos antes que me anunciara. Una señal de alarma, pensé. Todo lo que se desvíe del procedimiento, por mínimo que sea, indica que algo anda mal, había insistido una y otra vez el instructor. Grábense eso con fuego, repetía.
-¿Ya es hora, verdad?- me dijo.-Menos mal. Tenía miedo que me obligaran a seguir.

-Buenos días, caballero.- me presenté, sin revelar todavía mi función. -¿Me esperaba?
El hombre giró su cabeza hacia la ventana. La condensación sobre los cristales convertía a la ciudad fuera del hospital en una nube.
-Desde hace años.- me contestó. -Desde que me dejó mi familia hace trece años. Pero usted no habría venido por mí entonces, ¿Verdad? Todavía era demasiado temprano y nunca tuve el valor de suicidarme.
Bien, me dije, el trámtite quizás sea más ágil de lo que pensaba.
-¿Podemos irnos, entonces?- pregunté, ansioso por terminar el día.
-Como le dije, estoy listo desde hace años. Solo quisiera saber algo antes de irnos. ¿Volveré a ver a mi familia? A mis padres, a mi hermana. A mis amigos, incluso. ¿Me espera algo del otro lado?
Maldición, la cosa se complica, pensé.
-Eso es algo que no lo sé.- mentí. -Mi trabajo consiste en llevarlo usted hasta cierto punto. Lo que sucede de allí en adelante lo ignoro.
Giró la cabeza con una rapidez impensada para su estado. Las gruesas cejas se juntaron. La mirada disparaba un cinismo disgustado y burlón.
-¿Pero cómo? ¿Vos no sos la huesuda?
-Eh, no precisamente. Soy solo un funcionario. Oiga, no se complique la muerte. Soy el encargado de llevarlo y, creáme, va a ser mucho mejor para usted si hacemos esto de forma amable. Piense en las gotas de lluvia, en cómo ellas...
-Más de diez años alimentando como a un canario este infarto para que al final me manden a un cadete.- me interrumpió. -Así ha sido siempre mi vida. ¿Los viajes a Europa? Para los demás. Una sola puta vez me subí a un avión y eso fue todo.
¿Estaba ante una desviación del procedimiento? ¿Debía llamar al instructor?
-Cálmese, le va a hacer mal.
El espamos del hombre casi alcanzó la carcajada.
-Quiero decir, pensar así no le ayuda para lo que tiene que hacer ahora.- y, sobre todo, no me ayuda a mí, maldije.
Debía adoptar otra estrategia. Las gotas de lluvia mejor las dejaba para otra ocasión.
-A ver, cuénteme un poco cómo es eso de que estuvo alimentando como a un...
-Canario.- me aclaró.
-Eso, como a un canario su muerte. Explíquemelo.
-Sencillo. Con mi mujer llevábamos casi 30 años de matrimonio, teníamos una hija de 20 años, parecía que íbamos a pasar la vejez juntos, acostumbrados a una plácida rutina cuando de pronto una tarde, como si hubiera estallado una bomba, mi mujer se fue de casa. Me dejó.
-Ah... y eso lo hundió. Me imagino su depresión, la tristeza por los años de matrimonio. Le rompió el corazón.
-¿A mí? No, en serio que no. Tuve algún episodio muy menor de depresión pero en realidad me sentí liberado. Ella era alcohólica, sabe. De cada 7 noches, 4 estaba en pedo. Decía que era mi culpa.
-Usted tomaba también, me imagino.
-Nunca. Tengo la desgracia de que nunca pude emborracharme ni aunque tomara ocho vasos de whisky. Por supuesto, quedaba alegre, mareado, caminaba chocándome contra las paredes pero no perdía la conciencia ni me ponía agresivo. Además no llegaba a tomar ni 10 veces en un año. Era asquerosamente sobrio. Ella en cambio...
-Entonces cuando ella lo dejó...
-Cuando me dejó quedé con una mano atrás y otra adelante. Eso era lo que más me jodía. Todos mis planes para la vejez se habían arruinado y allí estaba yo, con casi 60 años y un sueldo de morondanga, teniendo que salir a competir por un trabajo a una edad en que la gente se estaba ya jubilando. Entonces decidí matarme pero no de la forma usual sino simplemente dejé de cuidarme. En mi afán por evitar la muerte a los 51 años de mi padre me había pagado un estudio del que había salido que mis arterias estaban limpias.- acá hizo una pausa y me observó a ver si yo lo estaba siguiendo.
Lo estaba, el hijo de puta me había hecho olvidar el trabajo, la resaca, la mujer muerta por su pareja que debía pasar a buscar.
-Pero.- continuó, -en la arteria femoral posterior tenía un ateroma. Una placa de grasa. Inicié entonces una terapia química para transformar la grasa en fibra, para desarmar el futuro proyectil que me iba a partir el corazón como a mi viejo. Eso fue hasta que me separé. Entonces dejé de tomar los remedios. Vendí un aparato de hacer gimnasia que tenía en casa para evitar tentaciones y me dediqué a comer todo tipo de frituras y bizcochos con grasas saturadas. Desayunaba embutidos. Para acelerar el cambio en mi cuerpo usé mis ahorros para comprar un auto. De esa forma me impedía la necesidad de caminar. Me levantaba de la cama para desayunar. Tres sandwiches de salame con queso, una taza de café bien cargado con leche espesa. De la mesa me levantaba hasta el auto. Conducía hasta mi trabajo donde me sentaba frente a la computadora durante horas, hasta el almuerzo. Compraba la comida en una panadería de las tradicionales, de esas que no escatiman manteca ni alimentos ultraprocesados. Comía tres empanadas de carne gorda, o una milanesa del tamaño de un plato con mucho huevo duro. Después regresaba a la silla en la oficina hasta la hora de salida. De allí me sentaba otra vez en el auto y conducía hasta la Facultad, donde pasaba el resto del día escuchando las clases sin despegarme de mi silla. Era la mejor forma de regatear mis movimientos al mínimo. Ni siquiera sacaba apuntes para no gastar calorías. Siempre tuve buena memoria. Demasiada. Atendía a los profesores y leía -acostado- las fotocopias para salvar los exámenes. Me quedaba hasta última hora para regresar tarde a casa. Tan tarde que luego de cenar algún chivito canadiense con huevo frito y papas que compraba en el camino o una milanesa en dos panes, no me quedaba más tiempo que el necesario para acostarme con un vaso de Coca Cola en la mesita de luz. Engordé 24 quilos en seis meses. Cuando cumplí 60 años pesaba más de 110 quilos. Dejé de ir a la Facultad porque no entraba en los bancos. Tenía tales ataques de flatulencia que hasta mis compañeros de oficina comenzaron a protestar. Me jubilaron antes de tiempo, por una condición cardíaca que conseguí desarrollar.  Entre los amigos que se murieron y aquellos que dejaron de interesarles mi compañía me quedé solo. Mi hija me contó, antes de desaparecer y no ir a verme nunca más, que a mi ex estaba hecha un esqueleto, en las fases finales del alcohlismo. Se pasaba espantando bichos inexistentes, justo ella que era tan rompepelotas con la limpieza. Mi físico se fue achicando. Los panes baratos y los embutidos de oferta solo conseguían mantener la panza pero desapareció mi triple papada, los muslos dejaron de pasparse entre sí, no conseguía cerrar las camisas en la parte de adelante pero los hombros colgaban flojos a la altura de mis codos. Los pantalones en invierno eran una tortura. Me quedaban tan anchos que ni usando calzoncillo largo vencía el microclima helado guardado entre la tela y mis escasas piernas. Y plata como para llevar la ropa a una modista no tenía. Ni plata ni ánimo, dicha sea la verdad. ¿Alcánceme un poco de agua, quiere?
-Sí, claro. ¿Le molesta si me sirvo un poco?
-No.- dijo luego de tomar un sorbo. -dele nomás. Así que no tiene ni idea de lo que pasa después... bueno, igual a esta altura ya estoy acostumbrado. Seguro que en la medicina personalizada de los bancarios los va a buscar un ángel. Sin ánimo de ofender.
-No se preocupe. ¿Nos vamos entonces?
-Dele. ¿Tengo que hacer algo?
-Para nada. Cierre los ojos. Piense en las gotas de lluvia...

Tiene una mirada plácida, gracias a las toneladas de ansiolíticos que ha consumido desde que dejó la adolescencia. Es el que va a la cabeza. Encabeza la hilera de seres que esperan por el cuerpo frío que deposito sobre la blanda superficie.
-Es él.- dice a los otros. Y luego me explica. -A mí me creó sin saber cómo, nunca entendió que fui hijo de su terror a quedar en la calle. Por ello imaginó un mundo donde todos, no solo él, decidían bajar a vivir en las veredas sin nadie que lo impidiera. Así es como él sentía que había reaccionado su familia. Lo habían dejado sin límite ni contención. En ese mundo, a los abandonados nos salva la gente del campo porque él nació en Treinta y Tres, y nunca dejó de unir -en su pensamiento-, al campo con la época más feliz y despreocupada de su vida.
El muchacho se calla. Luego se inclina sobre el cuerpo y besa la frente. La carne traslúcida del anciano recupera algo de opacidad. Quien ocupa ahora el lugar es un hombre gordo, de cabello negro y grueso, solidificado por toneladas de fijador en un rizo eterno. Apenas puede moverse, embutido en un traje blanco de discutible gusto como los que usaba Elvis en su última etapa. Se lleva las manos a la cabeza y oprime los mofletes, convirtiendo su rostro en la máscara viva de la desolación, si la desolación tuviera el aspecto y color del jamón.
-¡Padre!-grita -¡En los níveos castillos sobre las colinas intenté dejar tu mensaje!
-¿Podría apurarse?- lo intima un hombre en bata detrás del gordo. A juzgar por el cuidado en su barba y el monograma dorado que adorna el pañuelo sobre el cuello se trata de alguien poderoso, acostumbrado a mandar.
-Un momento.- contesta molesto el gordo. -Quería homenajearlo cantand...
Toda la fila rompe el silencio. Es tal la confusión que no llego a entender sus palabras pero por el tono de protesta adivino que algún insulto dirigido al gordo se ha colado. Este desiste y se aleja, tropezando contra un obstáculo inexistente.
Es el turno del hombre con la bata. Se arrodilla ceremoniosamente y contribuye con su beso a que la corporización aumente un poco más. Pero no le dedica una sola palabra.
Le sucede un calvo en camiseta. Le brilla el cuerpo de tal manera que cualquiera diría que el hombre está sudando pero es apenas un efecto de la luz atravesando las capas de grasa exudadas por años de pedalear entregando pizzas. Se detiene ante la figura caída. Busca en su memoria alguna referencia literaria que le de sentido a la escena y no la encuentra. La forma se vacía al no encontrar significado y ello, en el fondo, la libera. Toma su lugar una figura femenina. Es morocha, una línea sobre el centro divide el oscuro cabello, cortado a la altura de los hombros. De las puntas todavía húmedas caen gotas de agua sobre los hombros, bajan y se pierden dentro del vestido liviano como una excusa, sujeto a los hombros por dos mínimos breteles. La chica se arrodilla y el cabello le oculta por un momento la nariz angulada, los ojos almendrados, los finos labios. Lo aparta con un movimiento sensual, subdividido en tantos requiebres como su anatomía, pensada para dar placer, se lo permite. Es la única que se atreve a tocar el cuerpo. Extiende un brazo y cierra los ojos del caído, mientras susurra una elegía. Las nubes se detienen. Las figuras que todavía quedan en la fila se cubren los oídos para no escuchar la entonación ni el llamado. Detrás de la chica todavía esperan su turno varias ancianas, un niño, otra muchacha (bastante dañada a juzgar por sus amputaciones), un grupo de amigos de aspecto juvenil a pesar de su evidente ancianidad y, al final de la cola, una familia. Un padre, la madre y la hija, quienes despertarán el cuerpo y lo recibirán como lo hicieron en el principio. Los ojos gelatinosos y pálidos se mueven inquietos en las gastadas órbitas al ver que la evocación de la muchacha borra los contornos del hijo, se los sustrae, les roba el descanso eterno. No pueden alterar el orden y correr a detenerla. Una vez más, la secuencia no los favorece. Impotentes, observan con dolor que la fantasmal conversación anima al cuerpo hasta que este se levanta. Observa la infiel oscuridad en los ojos de la muchacha, que le extiende su mano. El recuperado la toma y se deja llevar. Flota como un globo relleno de helio detrás de ella. Desciende, deja atrás el hilo de protestas.
En la Tierra nacerá otra maldición, hija de la mentira.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...