Me
levanto con la sensación de que una banda de percusionistas ha elegido
el interior de mi cabeza como sala de ensayos. Desde el interior de mis
sienes alguien intenta huir, utilizando un picahielos para abrirse paso.
Es
la última vez, prometo, que le acepto una invitación a Steinway para
tomar una. El judío no respeta ese límite -después de la primera copa,
yo tampoco, para ser sincero-, y no me suelta hasta que estoy
arrastrándome. Linda forma de terminar un sábado. Y ahora tengo que
trabajar en estas condiciones por el resto del día; me moriría si
pudiera. No encuentro calzoncillos limpios, y estas medias, madre mía.
Espero que aguanten un día más porque no encuentro otro par que esté en
mejores condiciones.
El
café cargado y calentito me espera en la cocina. La cafetera
programable es una de las pocas cosas modernas con las que acepto
convivir. Me importa un pomo que mis compañeros me acusen de obsoleto y
de que debo actualizarme. Ni en pedo. Prefiero asumir mi edad. Ahora
todo es plástico. Use y tire. Antes uno tenía que luchar mucho, partirse
el lomo para cosechar la cantidad de grano suficiente para canjearlo
por una herramienta o algo para la casa. Una lámpara duraba mucho
tiempo. Se pasaba de generación en generación, si el propietario de la
hacienda no se la llevaba cuando había una mala cosecha, o alguna
partida de forajidos no saqueaba la aldea.
Hablando
de cosechas, la lista correspondiente a mi turno se acaba de
materializar sobre la mesa. No es muy extensa. Todo en el país que me
asignaron es así: mediano, como su geografía. No tiene grandes
catástrofes ni guerras que aumenten las horas de trabajo. Uno puede
salir por la mañana con la tranquilidad de cruzarse con el compañero de
la noche sin ningún tipo de sorpresas. Aun así es un número demasiado
alto para un país tan despoblado. Los uruguayos, aunque la mayoría no lo
sepa, mueren -en promedio-, más que en otros países. Por egoístas, o
por cobardes. Eligen no tener hijos o se les va la descendencia a otros
países. Escasean los jóvenes pero abundan los ancianos. Mis listas son
mucho más largas que, por ejemplo, las de mis colegas de Brasil.
La
primera cita del día es con un joven, tendido sobre el piso de una
cafetería. Tiene los sesos desparramados sobre el vinilo oscuro del
piso. Al costado un hombre mayor, con uniforme de policía, yace con el
pecho agujereado. No está en mi lista así que va tener que esperar un
rato más. El muchacho está confundido. Cuando me inclino sobre él y me
presento, comprende.
El
cielo está encapotado, el aire denso anuncia lluvia, de esa que dura
días y curva los pisos de madera en las casas de salud. Tengo que
aparecer en la otra punta de la ciudad para encontrarme con el siguiente
nombre en mi lista. La camilla con la anciana ya está saliendo del
aeropuerto, subo con ella a la ambulancia que vino a buscar su cuerpo.
Ella comprende lo que le está pasando. Todavía no murió, pero el infarto
la dejó en esa etapa intermedia que les hace ver el mundo como a través
de una ventana empañada. La oriento para que no se pierda, susurrando
su nombre al oído: Madelón, Madelón, hasta que finalmente encuentra el
camino y expira.
No
todas las personas mueren así de plácidas y conformes. Quieren durar un
poco más, así estén en condiciones imposibles. Como la mujer de Toledo.
Tenía el cráneo partido y le faltaban partes de su cuerpo que le habían
comido los perros pero aún insistía. "Quiero vivir. Déjeme un rato más,
hasta que me encuentren, quiero denunciar a mis asesinos", gritaba,
empeorando mi dolor de cabeza.
No
me costó mucho convencerla. La elevé en el aire tibio del atardecer
para que viera el paquete corrupto en que se había convertido. Tuve que
esperar a que dejara de llorar antes de cosecharla. A la mayoría de mis
compañeros no les importa el estado emocional en que estén los suyos, a
mí no me gusta sacarlos en medio de una conmoción. Eso deja secuelas
importantes y no habla muy bien de uno como profesional.
Mi
siguiente visita estaba más dentro de los cánones normales. Era un
hombre ya mayor, internado en una sala de cuidados intermedios después
de estar un mes en el CTI. Un infarto agudo del miocardio le había
rajado el corazón como si el diablo se lo hubiera acariciado con su uña.
En estos casos los médicos saben que la persona ya está fuera de sus
posibilidades. Les aseguran los máximos cuidados y los embalsaman con
químicos, aunque en el fondo sepan que la última palabra la tiene el
churrasco herido del pecho.
Entré
por la puerta de Emergencias. Las enfermeras y dos médicos trataban de
calmar a una mujer. La sangre que los cubría era de la paciente. No
lograban controlar su agitación, los brazos cubiertos de heridas hendidas hasta dejar los huesos al aire salpicaban al personal. No paraba de gritar "¡Craven! ¡No cruces la calle! ¡No cruces la calle o me mato!"
No todavía, señora, no todavía.
El
hombre al que debía atender no tenía acompañante. La otra cama de la
habitación estaba vacía. Finos tubos de plástico entraban en su nariz,
el suero goteaba sin urgencia dentro de su brazo. Estaba dormido,
confiado como un bebé.
Este
tipo de casos presenta una complicación adicional pues todavía no
estaba técnicamente muerto. Debía esmerar entonces mi discurso,
convencerlo que ya no tenía nada más para hacer en el mundo de los
vivos. Suelo emplear la analogía de las gotas de lluvia, convertidas en
ríos hasta formar océanos que el sol evapora, formando nubes en el cielo
que luego dejarán caer su contenido sobre la tierra en un ciclo sin
fin, hasta que otra vez subirán a las nubes y una vez allí... en fin. La
mayoría se pacifica y acepta mi ayuda, pero de todos modos se demora un
tiempo mayor que con los muertos.
Me
quité el saco y lo colgué, arremangué las mangas de mi camisa, aflojé
la corbata y me di vuelta hacia la cama, dispuesto a despertar al
hombre.
Me
choqué contra su mirada. Había observado mis movimientos antes que me
anunciara. Una señal de alarma, pensé. Todo lo que se desvíe del
procedimiento, por mínimo que sea, indica que algo anda mal, había
insistido una y otra vez el instructor. Grábense eso con fuego, repetía.
-¿Ya es hora, verdad?- me dijo.-Menos mal. Tenía miedo que me obligaran a seguir.
-Buenos días, caballero.- me presenté, sin revelar todavía mi función. -¿Me esperaba?
El
hombre giró su cabeza hacia la ventana. La condensación sobre los
cristales convertía a la ciudad fuera del hospital en una nube.
-Desde
hace años.- me contestó. -Desde que me dejó mi familia hace trece años.
Pero usted no habría venido por mí entonces, ¿Verdad? Todavía era
demasiado temprano y nunca tuve el valor de suicidarme.
Bien, me dije, el trámtite quizás sea más ágil de lo que pensaba.
-¿Podemos irnos, entonces?- pregunté, ansioso por terminar el día.
-Como
le dije, estoy listo desde hace años. Solo quisiera saber algo antes de
irnos. ¿Volveré a ver a mi familia? A mis padres, a mi hermana. A mis
amigos, incluso. ¿Me espera algo del otro lado?
Maldición, la cosa se complica, pensé.
-Eso
es algo que no lo sé.- mentí. -Mi trabajo consiste en llevarlo usted
hasta cierto punto. Lo que sucede de allí en adelante lo ignoro.
Giró
la cabeza con una rapidez impensada para su estado. Las gruesas cejas
se juntaron. La mirada disparaba un cinismo disgustado y burlón.
-¿Pero cómo? ¿Vos no sos la huesuda?
-Eh,
no precisamente. Soy solo un funcionario. Oiga, no se complique la
muerte. Soy el encargado de llevarlo y, creáme, va a ser mucho mejor
para usted si hacemos esto de forma amable. Piense en las gotas de
lluvia, en cómo ellas...
-Más
de diez años alimentando como a un canario este infarto para que al
final me manden a un cadete.- me interrumpió. -Así ha sido siempre mi
vida. ¿Los viajes a Europa? Para los demás. Una sola puta vez me subí a
un avión y eso fue todo.
¿Estaba ante una desviación del procedimiento? ¿Debía llamar al instructor?
-Cálmese, le va a hacer mal.
El espamos del hombre casi alcanzó la carcajada.
-Quiero decir, pensar así no le ayuda para lo que tiene que hacer ahora.- y, sobre todo, no me ayuda a mí, maldije.
Debía adoptar otra estrategia. Las gotas de lluvia mejor las dejaba para otra ocasión.
-A ver, cuénteme un poco cómo es eso de que estuvo alimentando como a un...
-Canario.- me aclaró.
-Eso, como a un canario su muerte. Explíquemelo.
-Sencillo.
Con mi mujer llevábamos casi 30 años de matrimonio, teníamos una hija
de 20 años, parecía que íbamos a pasar la vejez juntos, acostumbrados a
una plácida rutina cuando de pronto una tarde, como si hubiera estallado
una bomba, mi mujer se fue de casa. Me dejó.
-Ah... y eso lo hundió. Me imagino su depresión, la tristeza por los años de matrimonio. Le rompió el corazón.
-¿A
mí? No, en serio que no. Tuve algún episodio muy menor de depresión
pero en realidad me sentí liberado. Ella era alcohólica, sabe. De cada 7
noches, 4 estaba en pedo. Decía que era mi culpa.
-Usted tomaba también, me imagino.
-Nunca.
Tengo la desgracia de que nunca pude emborracharme ni aunque tomara
ocho vasos de whisky. Por supuesto, quedaba alegre, mareado, caminaba
chocándome contra las paredes pero no perdía la conciencia ni me ponía
agresivo. Además no llegaba a tomar ni 10 veces en un año. Era
asquerosamente sobrio. Ella en cambio...
-Entonces cuando ella lo dejó...
-Cuando
me dejó quedé con una mano atrás y otra adelante. Eso era lo que más me
jodía. Todos mis planes para la vejez se habían arruinado y allí estaba
yo, con casi 60 años y un sueldo de morondanga, teniendo que salir a
competir por un trabajo a una edad en que la gente se estaba ya
jubilando. Entonces decidí matarme pero no de la forma usual sino
simplemente dejé de cuidarme. En mi afán por evitar la muerte a los 51
años de mi padre me había pagado un estudio del que había salido que mis
arterias estaban limpias.- acá hizo una pausa y me observó a ver si yo
lo estaba siguiendo.
Lo estaba, el hijo de puta me había hecho olvidar el trabajo, la resaca, la mujer muerta por su pareja que debía pasar a buscar.
-Pero.-
continuó, -en la arteria femoral posterior tenía un ateroma. Una placa
de grasa. Inicié entonces una terapia química para transformar la grasa
en fibra, para desarmar el futuro proyectil que me iba a partir el
corazón como a mi viejo. Eso fue hasta que me separé. Entonces dejé de
tomar los remedios. Vendí un aparato de hacer gimnasia que tenía en casa
para evitar tentaciones y me dediqué a comer todo tipo de frituras y
bizcochos con grasas saturadas. Desayunaba embutidos. Para acelerar el
cambio en mi cuerpo usé mis ahorros para comprar un auto. De esa forma
me impedía la necesidad de caminar. Me levantaba de la cama para
desayunar. Tres sandwiches de salame con queso, una taza de café bien
cargado con leche espesa. De la mesa me levantaba hasta el auto.
Conducía hasta mi trabajo donde me sentaba frente a la computadora
durante horas, hasta el almuerzo. Compraba la comida en una panadería de
las tradicionales, de esas que no escatiman manteca ni alimentos
ultraprocesados. Comía tres empanadas de carne gorda, o una milanesa del
tamaño de un plato con mucho huevo duro. Después regresaba a la silla
en la oficina hasta la hora de salida. De allí me sentaba otra vez en el
auto y conducía hasta la Facultad, donde pasaba el resto del día
escuchando las clases sin despegarme de mi silla. Era la mejor forma de
regatear mis movimientos al mínimo. Ni siquiera sacaba apuntes para no
gastar calorías. Siempre tuve buena memoria. Demasiada. Atendía a los
profesores y leía -acostado- las fotocopias para salvar los exámenes. Me
quedaba hasta última hora para regresar tarde a casa. Tan tarde que
luego de cenar algún chivito canadiense con huevo frito y papas que
compraba en el camino o una milanesa en dos panes, no me quedaba más
tiempo que el necesario para acostarme con un vaso de Coca Cola en la
mesita de luz. Engordé 24 quilos en seis meses. Cuando cumplí 60 años
pesaba más de 110 quilos. Dejé de ir a la Facultad porque no entraba en
los bancos. Tenía tales ataques de flatulencia que hasta mis compañeros
de oficina comenzaron a protestar. Me jubilaron antes de tiempo, por una
condición cardíaca que conseguí desarrollar. Entre los amigos que se
murieron y aquellos que dejaron de interesarles mi compañía me quedé
solo. Mi hija me contó, antes de desaparecer y no ir a verme nunca más,
que a mi ex estaba hecha un esqueleto, en las fases finales del
alcohlismo. Se pasaba espantando bichos inexistentes, justo ella que era
tan rompepelotas con la limpieza. Mi físico se fue achicando. Los panes
baratos y los embutidos de oferta solo conseguían mantener la panza
pero desapareció mi triple papada, los muslos dejaron de pasparse entre
sí, no conseguía cerrar las camisas en la parte de adelante pero los
hombros colgaban flojos a la altura de mis codos. Los pantalones en
invierno eran una tortura. Me quedaban tan anchos que ni usando
calzoncillo largo vencía el microclima helado guardado entre la tela y
mis escasas piernas. Y plata como para llevar la ropa a una modista no
tenía. Ni plata ni ánimo, dicha sea la verdad. ¿Alcánceme un poco de
agua, quiere?
-Sí, claro. ¿Le molesta si me sirvo un poco?
-No.-
dijo luego de tomar un sorbo. -dele nomás. Así que no tiene ni idea de
lo que pasa después... bueno, igual a esta altura ya estoy acostumbrado.
Seguro que en la medicina personalizada de los bancarios los va a
buscar un ángel. Sin ánimo de ofender.
-No se preocupe. ¿Nos vamos entonces?
-Dele. ¿Tengo que hacer algo?
-Para nada. Cierre los ojos. Piense en las gotas de lluvia...
Tiene una
mirada plácida, gracias a las toneladas de ansiolíticos que ha consumido
desde que dejó la adolescencia. Es el que va a la cabeza. Encabeza la
hilera de seres que esperan por el cuerpo frío que deposito sobre la
blanda superficie.
-Es
él.- dice a los otros. Y luego me explica. -A mí me creó sin saber
cómo, nunca entendió que fui hijo de su terror a quedar en la calle. Por
ello imaginó un mundo donde todos, no solo él, decidían bajar a vivir
en las veredas sin nadie que lo impidiera. Así es como él sentía que
había reaccionado su familia. Lo habían dejado sin límite ni contención.
En ese mundo, a los abandonados nos salva la gente del campo porque él
nació en Treinta y Tres, y nunca dejó de unir -en su pensamiento-, al
campo con la época más feliz y despreocupada de su vida.
El
muchacho se calla. Luego se inclina sobre el cuerpo y besa la frente.
La carne traslúcida del anciano recupera algo de opacidad. Quien ocupa
ahora el lugar es un hombre gordo, de cabello negro y grueso,
solidificado por toneladas de fijador en un rizo eterno. Apenas puede
moverse, embutido en un traje blanco de discutible gusto como los que
usaba Elvis en su última etapa. Se lleva las manos a la cabeza y oprime
los mofletes, convirtiendo su rostro en la máscara viva de la
desolación, si la desolación tuviera el aspecto y color del jamón.
-¡Padre!-grita -¡En los níveos castillos sobre las colinas intenté dejar tu mensaje!
-¿Podría
apurarse?- lo intima un hombre en bata detrás del gordo. A juzgar por
el cuidado en su barba y el monograma dorado que adorna el pañuelo sobre
el cuello se trata de alguien poderoso, acostumbrado a mandar.
-Un momento.- contesta molesto el gordo. -Quería homenajearlo cantand...
Toda
la fila rompe el silencio. Es tal la confusión que no llego a entender
sus palabras pero por el tono de protesta adivino que algún insulto
dirigido al gordo se ha colado. Este desiste y se aleja, tropezando
contra un obstáculo inexistente.
Es
el turno del hombre con la bata. Se arrodilla ceremoniosamente y
contribuye con su beso a que la corporización aumente un poco más. Pero
no le dedica una sola palabra.
Le
sucede un calvo en camiseta. Le brilla el cuerpo de tal manera que
cualquiera diría que el hombre está sudando pero es apenas un efecto de
la luz atravesando las capas de grasa exudadas por años de pedalear
entregando pizzas. Se detiene ante la figura caída. Busca en su memoria
alguna referencia literaria que le de sentido a la escena y no la
encuentra. La forma se vacía al no encontrar significado y ello, en el
fondo, la libera. Toma su lugar una figura femenina. Es morocha, una
línea sobre el centro divide el oscuro cabello, cortado a la altura de
los hombros. De las puntas todavía húmedas caen gotas de agua sobre los
hombros, bajan y se pierden dentro del vestido liviano como una excusa,
sujeto a los hombros por dos mínimos breteles. La chica se arrodilla y
el cabello le oculta por un momento la nariz angulada, los ojos
almendrados, los finos labios. Lo aparta con un movimiento sensual,
subdividido en tantos requiebres como su anatomía, pensada para dar
placer, se lo permite. Es la única que se atreve a tocar el cuerpo.
Extiende un brazo y cierra los ojos del caído, mientras susurra una
elegía. Las nubes se detienen. Las figuras que todavía quedan en la fila
se cubren los oídos para no escuchar la entonación ni el llamado.
Detrás de la chica todavía esperan su turno varias ancianas, un niño,
otra muchacha (bastante dañada a juzgar por sus amputaciones), un grupo
de amigos de aspecto juvenil a pesar de su evidente ancianidad y, al
final de la cola, una familia. Un padre, la madre y la hija, quienes
despertarán el cuerpo y lo recibirán como lo hicieron en el principio.
Los ojos gelatinosos y pálidos se mueven inquietos en las gastadas
órbitas al ver que la evocación de la muchacha borra los contornos del
hijo, se los sustrae, les roba el descanso eterno. No pueden alterar el
orden y correr a detenerla. Una vez más, la secuencia no los favorece.
Impotentes, observan con dolor que la fantasmal conversación anima al
cuerpo hasta que este se levanta. Observa la infiel oscuridad en los
ojos de la muchacha, que le extiende su mano. El recuperado la toma y se
deja llevar. Flota como un globo relleno de helio detrás de ella.
Desciende, deja atrás el hilo de protestas.
En la Tierra nacerá otra maldición, hija de la mentira.
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