Tendido en la playa recuerdo un sueño recurrente que tenía en la infancia y que por lo menos desde la adolescencia no he vuelto a sufrir.
Transcurría en una playa también, pero no como esta, de arena amarilla y fina sino que en la de mi sueño el suelo estaba compuesto por pequeñísimos cantos rodados de un color indefinido, entre gris y azul.
No hacía frío o calor pero no parecía ser una playa turística. De alguna forma me sentía en peligro allí.
La playa estaba rodeada por altos alcantilados de piedra gris y el agua que la bañaba era oscura.
Las olas dejaban una espuma gris al morir a mis pies y sentía respecto a ellas lo mismo que la primera vez que ví un balcón, siendo muy niño.
Quiero decir que me atraían con el vértigo del abismo.
Cada ola extendía su cola lo más que podía, o al menos eso me parecía, tratando de agarrarme.
El mar en los sueños siempre me ha amenazado.
Otra vez estaba vagando entre la arena dorada de un canalón que llegaba hasta la playa, luego de abandonar el terreno cubierto de pasto que limitaba la playa.
La playa era mínima. Se parecía más a un lento derrumbe del terreno sobre el agua que una formación típica dejada por el agua de tan exiguo que era.
Mi padre me pedía que mirara debajo del agua y yo iba y lo hacía.
Para mi terror, la profundidad del agua no era menos que la del cielo.
Allí nomás, al terminar el canalón, el terreno caía a pico y no llegaba a verse el fondo.
El gradiente del agua que comenzaba dentro de la gama del verde oscuro se tornaba súbitamente negro. El comienzo del abismo se hallaba a pocos pasos.
Y estaba el tiburón, claro. Como el agua era muy opaca (¿producto de una concentración inusitada de algas?), no se lo veía más que cuando uno hundía la cabeza, y era imposible hacerlo sin que el gigantesco animal nadara de forma tan rápida que si uno no sacaba enseguida la cabeza del agua corría el riesgo de ser atrapado entre sus mandíbulas, por cuyos bordes sobresalían gigantescos dientes con forma de espinas.
Nunca entendí el mar, es un interrogante sin respuesta. Incluso el viento que viene del mar susurra palabras en mi oído que no alcanzo a entender.
De hecho suelo ponerme nervioso al cabo de un tiempo en la playa. No soporto su página en blanco. Me irrita no saber qué debo hacer pues nunca conseguí acostumbrarme a que todo lo que se debe hacer en la playa es exactamente nada.
Como por ejemplo tirarse, como estoy ahora, y jugar a mirar el mundo a través del velo rosado de los párpados, iluminados a través de millones de quilómetros por el sol.
Al cabo de unos pocos minutos mi mente vacía busca huir de ese estado casi zen y se pone a jugar con lo que yo llamo "pequeños animales plateados" y que según leí son trozos del humor vítreo que rellena los globos oculares y que se han solidificado.
La luz que penetra hasta mi retina, ilumina esos pequeñísimos restos, vagando despreocupados entre el fondo del ojo y la frágil barrera que aísla los ojos del mundo exterior.
Me entretengo moviendo los ojos pues entonces también se mueven los pequeños animales (prefiero llamarlos así) como si se persiguieran entre ellos.
Mis pupilas los siguen hasta que se pierden de vista dentro del rabillo y, si insisto en perseguirlos con la mirada, brotan desde allí relámpagos mudos que rehuyo con temor.
La presión del sol sobre la piel de mi cara seca mis labios.
Los globos oculares protestan con un dolor leve que se vuelve agudo durante pequeños lapsos de tiempo.
Generalmente basta que ponga mi brazo sobre los ojos para que la sensación desaparezca pero puedo hacer lo mismo frunciendo la nariz.
Aunque quisiera abrir los ojos no podría. Antes debería rodar sobre mí para evitar el brutal shock lumínico sobre el cristalino desprotegido.
El ruido del mar, alterado por las olas, se ha estabilizado ahora, bajando drásticamente su intensidad. Apenas se escucha como si fuera una estática de fondo, un silbido tímido.
Es más fácil prescindir de él, ya no molesta, puedo concentrarme en esta sinestesia erótica que he alcanzado entre el rosado de mis párpados - tan similar al de una vagina-, la tibieza reseca que altera todo mi cuerpo expuesto como si lo tocara la mano de una gigante y el excitante olor a salitre que abre mis fosas nasales como si una lengua las recorriera.
Algo le pasa al sol, sin embargo.
Mis párpados se apagaron. Volvieron a estar negros.
Trato de abrir los ojos. Quiero frotarlos pero mis manos no se mueven.
Me sentaría para salir de esta posición tan parecida a un calambre indoloro pero no siento mi cuerpo.
El ruido del mar, muy por detrás del de mi respiración, se acerca y se aleja rítmicamente.
Alguien se acerca.
Aplaudiendo.
Tiene algo de metal o madera en sus manos a juzgar por el ruido que hace, como el de una mujer caminando sobre baldosas.
El sonido aumenta y cuando está a punto de hacerse ensordecedor se detiene.
Es entonces cuando escucho una voz de mujer, diciendo:
"Rosita, cuando quedes libre vení a darme una mano con el de la cama 10. Hace rato que está en la misma posición."
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