domingo, 24 de junio de 2018

La novela vacía 2

24/7
17:33

Yo siento la depresión como si me insuflaran aire tibio mediante una técnica que desconozco y por una brecha en mi piel que no alcanzo a ver y me separaran la piel del cuerpo.
Convivo así con dos superficies que tienen distintas velocidades, se sienten distintas entre sí. 
A veces no siento el cuerpo, a veces siento demasiado la piel, a cierta distancia de mi centro, moviéndose a distinta velocidad, generalmente un poco más lenta, que mi cuerpo.
La sensación es parecida a la misma que obtenía luego de estar sumergido en el agua tibia de la bañera, cuando niño, sin hacer caso de la voz de mi madre pidiéndome que saliera del baño o la de mi pobre padre que, me doy cuenta ahora, estaría meándose allá afuera pero como era muy educado se aguantaba hasta que no daba más o quizás sugería a mi madre que quizás era hora para que el nene le dejara el baño libre al resto de la familia.
Sea como sea es la misma sensación de piel arrugada, que molesta tocar porque se siente reseca aunque según leí por ahí el agua se arruga debajo del agua exactamente por la razón contraria, se arruga porque ya no puede absorber más agua y entonces ofrece ese panorama anticipatorio de la vejez, que la primera vez que vi me asustó porque pensé que me iban a quedar así las yemas de los dedos para siempre. 
Usualmente los antidepresivos que he tomado me eliminan ese distanciamiento de la propia piel, pero la contra es que me plastifican el alma. Aumentan la distancia respecto a las personas, a las cosas. Me ponen incómodamente insensible, al contrario de lo que dice la canción de Pink Floyd.
Otras veces la depresión se parece a una "U" mayúscula, es más, diría que se siente como una "Ú". 
El cuerpo aúlla, la mente protesta, uno se siente como si siempre fuera domingo a las 7 de la tarde.
(me pregunto cómo graficarán este mismo estado en otras lengüas).
De las dos veces que intenté suicidarme ninguna fue porque me encontrara en un estado depresivo.
Ya había pasado de grado, por así decirlo, y estaba realmente triste.
Elegí cortarme las muñecas, las dos veces, y en las dos me sucedió lo mismo: apenas empezaron a brotar las primeras gotas de una sangre bien oscura se separó de mí otra versión de mí mismo furiosa con lo que este imbécil había hecho y tomó el control de la situación.
No es que me haya sentido enojado como quien se molesta tiempo después por el recuerdo de lo que hizo. 
La furia me asombró, o asombró al que se había cortado las venas.
Supongo que será un último resorte destinado a reaccionar cuando la supervivencia está en riesgo.
Ahora, por ejemplo, tengo que lavar los platos, actividad que generalmente me relaja pero estoy fastidiado pero no pienso suicidarme por ello.
Solo espero que haya suficiente agua caliente. El placer reside en dejar pasar el agua por los platos enjabonados como si fuera un juego hasta terminar con los dedos como cuando era niño.

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