miércoles, 27 de junio de 2018

Hermanos


Sebastián, sentado sobre la mesada de la cocina, observa como su madre le ata los cordones de los zapatos a Ramiro, su hermano menor.
Ya es casi la hora de entrar en la escuela. Por suerte están cerca, no tienen más que cruzar la avenida frente al edificio donde viven. Los cientos de motores de autos y camiones circulando por ella se integran en un único gran sonido. Como cuando acerqué un caracol de mar a mi oído, piensa Sebastián, recordando la primera vez que vio el océano. Un silencio cargado de silbidos se desplazaba por el aire tibio. En la unión del cielo con el mar se refugiaba la pregunta que Sebastián no llegó a escuchar.
Hoy almorzaron polenta con abundante queso rallado. No es su plato preferido pero al menos no hizo berrinches como su hermano cuando la madre colocó el plato delante de sus narices.
La mujer tuvo que posponer el lavado de los platos para la noche y se sentó a pilotear la cuchara, sorteando el furioso molinete de brazos con cada vez menos paciencia. 
Luego de la escuela, todavía tiene que correr a tomar un ómnibus. Si lo pierde, llegará tarde otra vez al trabajo. Es una batalla extenuante esta de todos los días, piensa la madre. A veces extraño cuando solo éramos Diego y yo, antes de quedar embarazada de Sebastián. Y después vino Ramiro, todo fue tan distinto. Apenas si podía estar encima de los dos y seguir trabajando, siendo una esposa, ama de casa, buena vecina. Nadie puede con tanta cosa arriba. Después no quieren que pasen las cosas, reprocha, mientras hace el último nudo y se incorpora, satisfecha con el resultado. De todas formas, de qué me quejo. Antes tenía más trabajo. ¿no?
¿Vamos?- pregunta mientras descuelga la mochila escolar del perchero.
-Esperá, le pide Ramiro. Quiero despedirme de Sebastián.
-Bueno, pero apuráte.- contesta y se da vuelta. Sebastián salta de la mesada y abraza a Ramiro. Ella, mientras buscaba en su bolso las llaves, no vio a su hijo rodear el vacío para luego quedarse inmóvil por unos segundos, con sus brazos en bocajarro.
El psicólogo le advirtió que esta es una etapa pasajera, un juego inocente sin secuelas. Pero no se conforma. ¿Y si el niño enloquece y queda así para siempre? No se preocupe, dijo el especialista. A la edad de Ramiro es común que los niños tengan amigos imaginarios. Su hijo aprovecha ese mecanismo para adaptarse a la pérdida. Deje pasar el tiempo, es demasiado pronto.
Ojalá fuera tan simple, piensa.
Espera con la frente apoyada contra la puerta, los ojos cerrados y el cuerpo en tensión. Una mano infantil toma la suya, breve y sutil como una corriente de aire. Los espasmos de llanto sacudiéndola ahuyentan el gentil roce. Los ojos desbordantes de lágrimas solo se atreven a mirar cuando escucha a Ramiro preguntando “¿Vamos?”
Abre la puerta y salen tomados de la mano.
Antes tenía más trabajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje un comentario aquí.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...