Sebastián,
sentado sobre la mesada de la cocina, observa como su madre le ata los cordones
de los zapatos a Ramiro, su hermano menor.
Ya
es casi la hora de entrar en la escuela. Por suerte están cerca, no tienen más que
cruzar la avenida frente al edificio donde viven. Los cientos de motores de autos
y camiones circulando por ella se integran en un único gran sonido. Como cuando
acerqué un caracol de mar a mi oído, piensa Sebastián, recordando la primera
vez que vio el océano. Un silencio cargado de silbidos se desplazaba por el
aire tibio. En la unión del cielo con el mar se refugiaba la pregunta que
Sebastián no llegó a escuchar.
Hoy
almorzaron polenta con abundante queso rallado. No es su plato preferido pero
al menos no hizo berrinches como su hermano cuando la madre colocó el plato
delante de sus narices.
La
mujer tuvo que posponer el lavado de los platos para la noche y se sentó a pilotear
la cuchara, sorteando el furioso molinete de brazos con cada vez menos paciencia.
Luego
de la escuela, todavía tiene que correr a tomar un ómnibus. Si lo pierde,
llegará tarde otra vez al trabajo. Es una batalla extenuante esta de todos los
días, piensa la madre. A veces extraño cuando solo éramos Diego y yo, antes de quedar
embarazada de Sebastián. Y después vino Ramiro, todo fue tan distinto. Apenas
si podía estar encima de los dos y seguir trabajando, siendo una esposa, ama de
casa, buena vecina. Nadie puede con tanta cosa arriba. Después no quieren que
pasen las cosas, reprocha, mientras hace el último nudo y se incorpora, satisfecha
con el resultado. De todas formas, de qué me quejo. Antes tenía más trabajo. ¿no?
¿Vamos?-
pregunta mientras descuelga la mochila escolar del perchero.
-Esperá,
le pide Ramiro. Quiero despedirme de Sebastián.
-Bueno,
pero apuráte.- contesta y se da vuelta. Sebastián salta de la mesada y abraza a
Ramiro. Ella, mientras buscaba en su bolso las llaves, no vio a su hijo rodear el
vacío para luego quedarse inmóvil por unos segundos, con sus brazos en
bocajarro.
El
psicólogo le advirtió que esta es una etapa pasajera, un juego inocente sin secuelas.
Pero no se conforma. ¿Y si el niño enloquece y queda así para siempre? No se
preocupe, dijo el especialista. A la edad de Ramiro es común que los niños
tengan amigos imaginarios. Su hijo aprovecha ese mecanismo para adaptarse a la
pérdida. Deje pasar el tiempo, es demasiado pronto.
Ojalá
fuera tan simple, piensa.
Espera
con la frente apoyada contra la puerta, los ojos cerrados y el cuerpo en
tensión. Una mano infantil toma la suya, breve y sutil como una corriente de
aire. Los espasmos de llanto sacudiéndola ahuyentan el gentil roce. Los ojos desbordantes
de lágrimas solo se atreven a mirar cuando escucha a Ramiro preguntando “¿Vamos?”
Abre
la puerta y salen tomados de la mano.
Antes
tenía más trabajo.
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