domingo, 24 de junio de 2018

La novela vacía 1

Domingo 24/6
14:17

El hombre del tiempo acertó, hoy hace un día helado. El aire de la calle pincha la piel.
Me costó mucho despertarme, lo hice 5 minutos antes del mediodía.
Estaba soñando que estaba en un parque con muchos árboles y en uno de ellos había un abrigo gris que debía teñir de negro.
Para hacerlo contaba únicamente con el auxilio de mis manos. En una sostenía un tarro de una sustancia espesa y negra parecida al betún y con la otra extraía puñados que esparcía sobre la tela del abrigo gris.
Lo curioso es que sentía que por haber elegido el negro para teñir el abrigo de alguna forma ello me iba a traer problemas.
Me estaba autoexiliando de los demás. 
Razonándolo un poco superficialmente podrían encontrarse justificaciones racistas en la base de ese temor pero no conforme con esa explicación hurgué un poco más y creo haber encontrado la verdadera razón, o al menos la que me satisface más.
Estoy muy solo, desesperadamente necesitado de hablar con amigos, desarrollar una charla con otros seres humanos pero únicamente mis contactos se limitan a enviarnos mensajes, memes y videos a través de las distintas redes sociales.
No es algo para desarrollar acá pues me agobia, lo que importa es el resultado: estoy pasando por una fase depresiva.
Cada día que me levanto lo hago con la pesadumbre de saberme condenado a la soledad.  Me despego de la cama con dolor, sabiendo que las próximas horas deberán ser llenadas por mí, escribiendo o haciendo las despreciables tareas que no exigen ningún esfuerzo en mi trabajo.
Al mismo tiempo hay algo voluntario en ese exilio.
Siempre fui yo el que se acercaba a los demás, las llamadas o invitaciones a vernos o a reunirnos tenían en mi caso una sola dirección: de mí a ellos o a algunos de ellos.
En los últimos tiempos me hastié de esa desigualdad y decidí prescindir, guardarme un poco de tantas negativas y justificaciones para no encontrarse a tomar un simple café.
Ignoro que sienten los del otro lado. Quizás ya no quieren tener contacto conmigo. Son relaciones que llevan décadas y tal vez se han agotado o son tan ricas en su historia que las descuidan, las han museificado como esos objetos valiosos guardados entre las paredes de un edificio o los vidrios de una vitrina pero muertos para el mundo.
Contradictorio como todo humano, esta soledad entonces también es un clavo buscado, aunque no menos doloroso por ello.
Y es por ello que le encontré otra explicación a la sensación de estar perjudicándome por haber elegido el negro.
El color negro, creo, simboliza la soledad. El vacío social.
Me visto de vacío, entonces.
Me preparo para algo que solo empeorará a medida que todos nos volvamos más viejos.
Mientras untaba el abrigo con esa pasta negruzca pasaban por el parque personas que me gritaban cosas que, sin alcanzar a entender del todo, por el tono parecían burlas respecto a la tarea que estaba desempeñando y también burlas hacia mí por no poder dejar de hacer la tarea.
Yo los miraba pasar, jamás logré ver bien sus caras que veía desenfocadas o quizás tan solo estaban demasiado lejos, y seguía con mi tarea.
El barniz o betún ya se había terminado casi del todo pero uno de esos paseantes acudió en mi ayuda pues me gritó que abriera la mano. Esa fue la única frase que entendí, dicho sea de paso.
Efectivamente, al abrir mi mano vi que en mi palma apretada aún guardaba una gran cantidad de la mezcla y que con ese resto podría finalmente completar la tarea.
Luego ocurrió otra cosa.
Tratando de asegurarme que no quedaran zonas más claras que las otras moví el abrigo en el momento que deslizaba mi mano embetunada y manché un abrigo rojo que hasta ese momento había permanecido oculto.
El rojo vivo de la prenda había sido contrastado con los bordes de los puños, del cuello y los botones que eran de un negro más puro que aquel aplicado por mí.
Excepto en la zona donde mi mano lo había manchado, claro, pues el movimiento siguió cuando corrí el abrigo de arriba y así el rojo quedó con una gruesa huella de mi mano sobre su pecho.
Tuve que ir a orinar, la presión del líquido dentro de mi vejiga era tan dolorosa que probablemente haya arruinado un poco la de por sí bastante ruin prosa que produzco.

Si tuviera que explicar la presencia del abrigo rojo, pienso que lo asimilaría a la vida, a la alegría pero automáticamente desprecio esa asociación por evidente, propia de alguien que quiere salir del paso.
Aunque no puedo desecharla del todo.
El sentimiento va por ese lado, que esté tan pobremente expresado no lo invalida.
Este texto deshilachado, que no es nada más que una instantánea incompleta de mi estado de ánimo actual, termina pareciéndose a nada.
Hoy además se cumplen (¿es el término adecuado?), 17 años de la muerte de mi hermana.
Esa soledad actual, anuncio de una soledad mayor producto de las futuras muertes, tiene algo de renuncia o de martirio religioso.
Es una apuesta riesgosa.
Mi madre por ejemplo eligió, o fue forzada por su carácter difícil, a vivir sus últimos años en una soledad espantosa, inhumana.
No descubrí que tenía Alzheimer sino hasta un mes y medio antes de su muerte, cuando sus estrategias de supervivencia comenzaron a fallar y se hizo evidente que ya no era autosuficiente.
Pero todo eso es por ahora intocable.
Me quedo con esto último: mi insconciente me avisó que estoy a punto de vestirme de vacío y mi zona más consciente disfraza esa decisión forzada por las circunstancias objetivas (esto es: la ausencia de contactos humanos no virtuales) mediante la estrategia de hacerme creer que lo hago voluntariamente para dedicarme a la literatura.
Por hoy es todo, creo.

14:57
Actualización:

Horas después de tener el sueño del parque y el abrigo mi esposa e hija han tomado para sí el cuarto de baño pues están tiñendo el pelo de mi hija.
Por suerte no eligió teñirse de negro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje un comentario aquí.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...