viernes, 14 de diciembre de 2018

Otro cuento de navidad

Es flaca, del tipo de flacura que uno no sabe si es así por voluntad propia o por el hambre que, desde niña, modeló esa silueta casi de aguja.

Es nerviosa. Se protege detrás de constantes estallidos de buen humor. Ríe a menudo y el sonido agrada, aunque a veces no sepa si creerle.

Hablamos de películas y libros. Le doy mis cuentos para leer y los comenta con inteligencia, sus apuntes me ayudan a mejorarlos.

Tiene extrañas alergias. Manchas rosadas que aparecen y desaparecen de su maxilar inferior, el cutis todavía conserva las imperfecciones de la adolescencia, como si jamás hubiera conocido una crema de limpieza, un tratamiento facial, la aspereza de un desfoliante.

Las fosas nasales parecen bocas abiertas en una eterna sorpresa, casi alcanzan el comienzo del puente nasal. El cabello castaño claro es fino y, sin tocarlo, lo adivino graso, tiende a agruparse en mechones, distinguibles desde donde estoy sentado escuchándola.

En los últimos días observo que baja esos ojos de niña dolida al hablar, mientras debajo el mundo continúa su rumbo hacia navidad.

Cuando se refiere a su familia la voz pierde matices, se opaca, se transforma en una pared gris, un límite que marca hasta donde está dispuesta a dejarme entrar.

Los hermanos son seis, los padres viven. Tiene un hijo ya adulto aunque ella todavía es joven.

Casi no los ve en todo el año. Mucho menos en navidad.

Las distancias, explica. Vivimos demasiado lejos para reunirnos, concluye, sin que yo me atreva a intentar ver que hay más alla del muro. A pedirle que diga si vivir lejos le provoca tristeza, indiferencia o alivio.

Juega con una tira de papel naranja entre sus dedos, sin mirarme, durante la confesión sobre el maldito diciembre.

Los papeles de regalo volarán en pedazos, el plástico colorido durará menos de un mes. La farsa escenificada para los niños, la comida expuesta como si fuera una exhibición. Todo pierde sentido cuando no hay niños, suspira.

La navidad solo los beneficia a ellos, comenta, pensativa.

Cuando mi hijo era chico, recuerda, con mi sueldo de maestra le compré un camión de plástico y él, muy orgulloso de su regalo, salió a la vereda donde se encontró con el niño de la casa vecina, a quien le habían regalado un auto a control remoto. Volvió a preguntarme por qué no tenía un regalo como ese si él había sido bueno todo el año. 

La navidad solo beneficia a los vendedores de juguetes, se corrige sin rencor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deje un comentario aquí.

Lombrices de cielo

Las tormentas eléctricas ocurren cuando un enjambre de lombrices de cielo cruza un área determinada, puede ser un área deshabitada –un campo...