Barro seco, tal vez, y el camino que no termina.
Tengo un tronco por pecho, una piedra por estómago, bolas de vidrio por ojos.
Soy un mueble sobre el que han depositado un solo pensamiento: llegar.
Pero no llego a tiempo y cuando me bajo del caballo entro en la casa para descubrir que los juguetes se llevaron a mi niña.
Se dejó llevar, pienso. No los tiró cuando debía y ahora está bajo su poder, a la deriva.
La estarán llevando al fuego eterno, allá, más allá del ombú.
¿Dónde diablos deambula el sentido que te llevó, juguetona, lejos de mí?
Tropiezo con cardos, tuerzo mis pies en huecos, trato de llegar al horizonte bajo un cielo prendido fuego y los encuentro a los tres.
El bebé y el oso tienen agarradas tus manos.
Te acercan a mí, bajo la luna que convierte en cenizas las pieles y abre la negrura en los pechos.
Qué espera la niña para salir.
Tela de sol, muñeco con voluntad.
Te quería ver a solas pero vinieron todos y no tú como yo quería.
Ahora me doy cuenta. Quizás deba agradecértelo, muñeco feroz.
Sin tus ojos de plástico las cosas no hubieran tenido este final, un atardecer cercano y sin viento me alivia la carga.
Estallan mis venas en homenaje a mi pasado.
Mi futuro será vagar en jardines desolados.
Te alejas, te lleva la corriente del tiempo y yo me quedo acá, vencido.
¿Quién contará nuestra historia?
viernes, 16 de marzo de 2018
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