La estufa arde.
A su alrededor la gente le veía girar los brazos como si fuese un molino en el medio de un huracán. Tenía la ropa desordenada y la mirada de un loco buscando en la nada. Todos lo observaban un rato y luego continuaban su camino, sin que nadie se atreviese a acercarsele.
La estufa arde.
Es una casa bajita, de las que
cientos en cualquiera de los barrios montevideanos, entre la siesta y el
atardecer, vigilan morosos discurrires, ocultan disimuladas alegrías. De un
amarillo desvaído la salvaba el jardín en el que dos o tres árboles se cargaban
de flores rojas en verano.
La estufa
arde.
El sol calentaba la espalda del
guerrero Masai hasta un punto intolerable para quien no estuviese acostumbrado
a las altas temperaturas del desierto africano.
La estufa
arde.
Había llegado temprano; llevaba
consigo un bidón de plástico azul repleto de nafta. La cortina que colgaba de
la puerta vidrio protegiendo la intimidad de miradas indiscretas ya no estaba,
en su lugar solo vio oscuridad solitaria a la que no le llegaba el sol matinal.
Pensó que el único culpable de aquel despojo de su pasado era el mismo vacío
que lo había arrebatado a él de la casa.
La estufa
arde.
La hubiera preferido morena pero
ella tenía el pelo teñido; la hubiese preferido esbelta y ella era regordeta;
trataba de frenar sus impulsos con monosílabos gruñidos mas ella insistía en
pasar el tiempo acariciándose. Le hubiera gustado conocer las razones por las
que ella era así pero acabó dejándole por uno al que no le importaban tanto los
detalles. Le hubiera gustado entrar a aquella casita pero ahora que lo necesitaba
más que nunca la hallaba irremediablemente vacía.
La estufa
arde.
El mismo deseo que le había llevado
hasta allí fue el que dio nacimiento a la idea; la misma curiosidad que había
puesto esa idea en su cabeza fue la que le hizo cometer el error de quedarse
observando las ventanas del frente.
La estufa
arde.
Las venganzas exoclánicas (sin el
permiso de los jefes) son poco frecuentes entre los Masai. En los casos en que
ello sucede el vengador debe derrotar y matar a su enemigo en algún lugar lejos
del poblado y de la mirada de sus mayores, mediante un ataque sorpresa o
haciéndole caer en una trampa.
Aún así las esperanzas del asesino son pocas:
tarde o temprano caerá ejecutado por los parientes de la víctima. El asesino no
tarda en traicionarse; abrumado por el peso que implica haber quebrado un tabú
que goza de fuerte presión social, acabará en el centro de la aldea acusándose
a los gritos mientras se golpea bruscamente el pecho.
La estufa
arde.
Jamás pensó que una persona tardase
tanto en morir consumida por el fuego. Todo había pasado demasiado rápido para
que alguien de la casa que parecía vacía consiguiera salvarse. De ahí al Centro
hubo un paso apenas, ejecutado al compás de su propio incendio interior.
La estufa
arde.
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