jueves, 15 de marzo de 2018

Después

La estufa arde.
A su alrededor la gente le veía girar los brazos como si fuese un molino en el medio de un huracán. Tenía la ropa desordenada y la mirada de un loco buscando en la nada. Todos lo observaban un rato y luego continuaban su camino, sin que nadie se atreviese a acercarsele.
La estufa arde.
Es una casa bajita, de las que cientos en cualquiera de los barrios montevideanos, entre la siesta y el atardecer, vigilan morosos discurrires, ocultan disimuladas alegrías. De un amarillo desvaído la salvaba el jardín en el que dos o tres árboles se cargaban de flores rojas en verano.
La estufa arde.
El sol calentaba la espalda del guerrero Masai hasta un punto intolerable para quien no estuviese acostumbrado a las altas temperaturas del desierto africano.
La estufa arde.
Había llegado temprano; llevaba consigo un bidón de plástico azul repleto de nafta. La cortina que colgaba de la puerta vidrio protegiendo la intimidad de miradas indiscretas ya no estaba, en su lugar solo vio oscuridad solitaria a la que no le llegaba el sol matinal. Pensó que el único culpable de aquel despojo de su pasado era el mismo vacío que lo había arrebatado a él de la casa.
La estufa arde.
La hubiera preferido morena pero ella tenía el pelo teñido; la hubiese preferido esbelta y ella era regordeta; trataba de frenar sus impulsos con monosílabos gruñidos mas ella insistía en pasar el tiempo acariciándose. Le hubiera gustado conocer las razones por las que ella era así pero acabó dejándole por uno al que no le importaban tanto los detalles. Le hubiera gustado entrar a aquella casita pero ahora que lo necesitaba más que nunca la hallaba irremediablemente vacía.
La estufa arde.
El mismo deseo que le había llevado hasta allí fue el que dio nacimiento a la idea; la misma curiosidad que había puesto esa idea en su cabeza fue la que le hizo cometer el error de quedarse observando las ventanas del frente.
La estufa arde.
Las venganzas exoclánicas (sin el permiso de los jefes) son poco frecuentes entre los Masai. En los casos en que ello sucede el vengador debe derrotar y matar a su enemigo en algún lugar lejos del poblado y de la mirada de sus mayores, mediante un ataque sorpresa o haciéndole caer en una trampa. 
Aún así las esperanzas del asesino son pocas: tarde o temprano caerá ejecutado por los parientes de la víctima. El asesino no tarda en traicionarse; abrumado por el peso que implica haber quebrado un tabú que goza de fuerte presión social, acabará en el centro de la aldea acusándose a los gritos mientras se golpea bruscamente el pecho.
La estufa arde.
Jamás pensó que una persona tardase tanto en morir consumida por el fuego. Todo había pasado demasiado rápido para que alguien de la casa que parecía vacía consiguiera salvarse. De ahí al Centro hubo un paso apenas, ejecutado al compás de su propio incendio interior.
La estufa arde.

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