“Cayendo cada vez con
más fuerza.
Volviendo una y otra vez.
Deja que la lluvia roja golpee sobre ti.
Deja que la lluvia caiga sobre tu piel.”
Red
Rain - Peter Gabriel
Hola, Omar.
¿Cómo estás, amigo?
Espero que te encuentres bien.
Espero que te encuentres bien.
Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez.
No sé por qué la gente deja de verse, pero como sea, espero que estés bien.
Yo acá en el Limbo, todavía esperando. Cada día un poco más
confundido, sigo envuelto en esta neblina perlada sin ninguna voz que me
atraiga o que al menos me distraiga.
A veces escucho voces que se aproximan y llego a entrever
bultos y sombras que supongo se trata de gente en tránsito.
Así paso los días. Esperando pero también recordando, tratando
de encontrar una explicación a lo que pasó.
¿Te acordás cómo pasábamos los días inmediatamente
posteriores a la muerte del Gordo Javier?
Estábamos dolidos y confundidos.
Yo no conseguía dejar de pensar en lo que debe haber sido la
llegada de sus padres llegando al departamento del Gordo, luego de haber estado
tratando de comunicarse sin éxito por 3 días.
Me imaginaba a su madre llamándolo por su nombre apenas
traspusieron la puerta. No la conocí ni tampoco conocí a su padre pero creo que
esa es bien ansiedad de madre.
Y la veo recorriendo los pocos metros que iban desde la
puerta de entrada hasta su dormitorio, aproximándose a donde estaba el cuerpo
del Gordo, desesperándose a medida que el olor le llevaba la mala noticia antes
que llegara al cuarto y lo viera, con la ñata partida contra el parqué de su
dormitorio allí donde lo había agarrado el infarto.
Fui la última persona que vio al Gordo con vida. Se despidió
de mí con una sonrisa y el pulgar en alto como diciéndome "está todo bien,
andá tranquilo".
Apenas llegué a mi
casa lo llamé pero ya no contestaba el teléfono.
Debe haber muerto apenas volvió al apartamento, mirando quizás
su propio rostro en el espejo del cuarto, con la curiosidad morbosa que como
buen estudiante de medicina tenía, a medida que el corazón se destruía.
Tenía apenas 23 años pero, Omar, vos sabés tanto como yo que
se daba con todo el muy degenerado.
Era un suicida encubierto. Si hasta lo habían echado de la
farmacia de su barrio porque una vez compró 3 frascos de antitusígeno en el
mismo día.
Estuvimos como perdidos durante todo el resto de ese año
luego de su muerte, creo que intentábamos convencernos de que ese era el resultado
que el Gordo había buscado y por otra parte nos negábamos a aceptar su partida.
Por eso yo le presté mis ojos y mis oídos.
Si veía una película de un director que sabía que al Gordo
le gustaba entonces lo sentía dentro de mi cabeza, sintonizándome, asistiendo a
la función. Dos espectadores por el precio de una entrada. Y hacía lo mismo con
los cómics, la música.
Me acostumbré tanto a tenerlo de compañero de cuerpo que no me asombré para nada cuando el otro Javier, el Flaco, me contó que él había empezado a hacer algo parecido cuando iba manejando su camioneta hacia Colonia y en voz alta había retado al Gordo a que le diera alguna señal.
Me acostumbré tanto a tenerlo de compañero de cuerpo que no me asombré para nada cuando el otro Javier, el Flaco, me contó que él había empezado a hacer algo parecido cuando iba manejando su camioneta hacia Colonia y en voz alta había retado al Gordo a que le diera alguna señal.
Cuando llegó a Colonia los fierros que había atado con
varios elásticos al techo del auto habían desaparecido.
Me acuerdo que meses después, cuando ya empezaron a sentirse
los primeros calorcitos, salimos a pasear con el Flaco Javier y nos echamos
sobre el pastito que está en una de las bajadas a la rambla, cerca del Kibón.
Estábamos fumando un porro cuando aparecieron los primeros
jinetes.
La paranoia. Incluso ella ha cambiado a lo largo de todo
este tiempo.
Por aquellos años, si te agarraban fumando marihuana te llevaban
al manicomio o, si tenías mala suerte, a la Dirección Nacional de Inteligencia donde
te picaneaban las encías para que cantaras quién te había vendido el fumo.
Así que imaginate mi estado de ánimo cuando veo que el Flaco
saca uno de sus groseros tronchos y lo prende así nomás, sin importarle una
mierda la gente que bajaba hacia la playa.
Lo primero en que pensé fue que de un momento a otro, un
grupo de policías con sus típicas barrigas se incorporaría trabajosamente desde
abajo del banco de plaza que teníamos detrás, gritándonos que bajáramos
leeentamente nuestros porros y nos tiráramos al piso mientras nos apuntaban con
sus armas.
Era muy bueno el material que conseguía el Flaco Javier.
Cada pareja de fumadores tiene un ritmo interno, un uso
distinto de la experiencia.
He conocido tipos a los que el fumo les pone frenéticos y te
arrastran con ellos a una sucesión de movidas e interacciones que, para mi
gusto, alteran lo que de otra forma debería ser una experiencia serena.
El porrito es ideal para escuchar música (como hacía
contigo) o para, como hacíamos ahora con el Flaco, contemplar desde una pacífica
distancia la gente en la playa, a los autos que pasaban veloces rumbo al este
apenas a unos metros de donde estábamos echados o al fantasma del Gordo que por
aquellos días sobrevolaba como siempre encima nuestro.
Todo cambió de pronto cuando el cielo azul de verano se
cubrió de amenazantes nubes grises. El aire se crispó, cambió su estado de ánimo a aquel que uno
supone debe tener la atmósfera momentos antes de descargar una tormenta de la
gran puta.
Va a llover. - le dije al Flaco.
Su respuesta fue mirarme como si recién hubiésemos sido
presentados y luego viró sus ojos enrojecidos en dirección al cielo.
Se va a aguantar. - respondió, apenas un instante antes de
que las primeras gotas, grandes y frías, empezaran a caer.
La gente comenzó a dejar la playa. Las madres se apuraban a
agarrar sus niños mientras los hombres iban detrás de ellas, recogiendo
cansinamente las ropas y los juguetes tirados en la arena.
Yo estaba escuchando con atención el comentario del Flaco,
quien apuntaba lo gracioso que era ver a la gente escapar de la lluvia como si
en lugar de agua le cayese ácido encima, cuando vi los primeros caballos.
Eran rojos.
Había cientos, quizás miles de ellos surgiendo del interior
de cada nube, llevando en sus monturas esqueletos armados con guadañas y
lanzas. En las cabezas de los descarnados jinetes brillaban sangrientos yelmos
adornados con astas de toros y venados.
Venían a todo galope hacia tierra pero, por un curioso
efecto de la luz, su vertiginosa carrera parecía transcurrir en cámara lenta,
como si hubiese sido filmada por un director especializado en pesadillas.
En la calle, los autos se habían detenido y sus conductores
descendían de ellos, observando incrédulos aquel cielo guerrero. Algunos de
ellos se arrodillaron y comenzaron a rezar. Otros se quedaron parados, gritando
nomás. También estaban aquellos que, lentamente y sin quitar los ojos del
cielo, encendían un cigarrillo con filosófica resignación y aguardaban la
llegada de los jinetes.
Yo quería pero no podía hablar. Como cuando me dijiste que
se había muerto el Gordo.
Cada vez más cerca de la indefensa bahía, los cascos de los
terribles brutos golpeaban las nubes en su embestida. Un masivo relampaguear
saluda su llegada.
El Flaco y yo solo atinamos a mirarnos y, sin decir una sola
palabra, leímos en nuestros ojos la misma pregunta.
¿Aquello estaba pasando o era un muy mal viaje?
Como única y posible respuesta, me encogí de hombros. Algo
parecido a lo que hiciste cuando, luego de enterarme de la muerte del Gordo, te
pregunté estúpidamente sobre lo que íbamos a hacer.
Entretanto, la visión de las poderosas quijadas chorreando
espuma sanguinolenta, los implacables ojos amarillos y las no menos
inquietantes costillas que marcaban la piel de los caballos en un claro signo
de descomposición, no hicieron más que ayudar a que el pánico de la gente
aumentara visiblemente a juzgar por la forma en que empezaron a gritar y a
correr sin mirar hacia dónde o contra quién se daban.
Pero el alboroto de la gente no fue nada comparado con la
respuesta que surgió al horrísono de las miles de gargantes resecas y
desdentadas de los jinetes: un único grito salvaje, una sola bola de aullidos y
rugidos que tapó con su cacofonía todo otro ruido.
Igual que en las tormentas, pensé. Primero llega el
relámpago y luego el trueno, recordando el poder del caos.
El aire que respirábamos ahora era pesado y maloliente. Como
cuando vos comías... no, dejá.
La lluvia había seguido cayendo pero las gotas que me mojaban
ya no eran frías y, por cierto, tampoco eran de agua.
Me senté en el pasto con las piernas recogidas y resigné mi
cabeza entre ellas, ofreciendo mi nuca al cielo.
Esperé con las manos tapando mis oídos. Cuando ya había
pasado un tiempo, aparté mis manos y abrí lentamente mis ojos.
Mi ropa y la porción de pasto que alcanzaba a ver estaban
empapadas en sangre que ya se coagulaba en oscuros bultos.
Me armé de valor y miré hacia arriba.
Las gotas seguían cayendo, tan rojas y cálidas como antes.
Los jinetes habían desaparecido.
Con ellos, se había ido el azul del cielo.
Las nubes seguían allí pero parecían inmensos algodones empapados
de sangre. El mar se asemejaba al resumidero de un gigantesco matadero. Las
aguas eran oscuras y las olas que rompían en la playa dejaban una espuma
rosada.
Aquello me tenía tan ensimismado que caí en la cuenta de la
existencia del Flaco recién cuando éste tocó mi hombro y luego señaló algo a mi
derecha con una mano que acompañaba el temblequeo general de su cuerpo.
Demoré en observar aquello que me señalaba debido a que la
cara del Flaco, la de la gente que pasaba detrás suyo y, supongo que la mía
también, tenía los cabellos empapados en sangre. Un líquido oscuro y espeso que
bajaba por los rostros como si a todos nos hubieran hundido algo en el cráneo.
Un mundo de cabezas partidas, pensé.
Luego me dí vuelta y miré lo que el Flaco me había señalado.
Fue entonces cuando yo también comencé a temblar.
Como si el hijo de puta jamás se hubiera muerto, el Gordo
nos miraba y hacía gestos obscenos que su propia risa le impedía completar,
cagándose de la risa de nosotros.
No lo dejamos seguir. Lo abrazamos y durante un rato largo alternamos
entre la risa y el llanto, tanto que al final ya lo hacíamos de gusto, como si
estuviéramos en una película de los 3 chiflados.
Comenzamos el retorno a la casa del Flaco, que era la que
estaba más cerca.
A nuestro alrededor estaba pasando de todo.
En general la multitud había continuado en su estado de
espanto pero ya no por la presencia de jinete alguno sino porque estaban siendo
rodeados por sus padres y madres muertos por el Alzheimer, por sus parientes de
todas las edades arrancados por el cáncer y, a juzgar por la tónica general, la
perspectiva de volver a ser hijos o nietos de gente que habían tenido por
muerta durante largo tiempo les fastidiaba bastante.
Había excepciones, como aquella pareja de ancianos que,
arrodillados en una vereda, abrazaban a un niño muy chico mientras la mujer le
decía entre sollozos "Chiquito, mi lindo chiquito."
Luego que por fin llegamos al apartamento nos turnamos para
bañarnos y sacarnos aquella cosa apestosa que nos cubría. Al parecer el agua de
los tanques del edificio no había sido afectada.
Como a mí me tocó ser el último salí al balcón y me puse a
observar la calle.
La vereda de enfrente estaba bastante cerca y pude ver que
en la puerta de una casa estaba acumulándose más y más gente, tratando de
forzar la puerta de entrada. La multitud reclamaba a gritos algo que no
alcanzaba a distinguir.
¡Milico hijo de puta!- dijo el Flaco a mis espaldas,
haciendo que mi corazón saltara dentro del pecho.
¿Eh? ¿Quién?- pregunté.
El sorete que vive ahí.-me respondió sin darle mucha
importancia, mientras se daba la vuelta y me dejaba otra vez a solas.
A mis espaldas, un ruido a madera
quebrada volvió mi atención hacia la casa de enfrente. La muchedumbre había
logrado finalmente entrar a ella. En su interior sonaron unos disparos de
ametralladora, pero el griterío que siguió a ese ruido no fue de miedo sino de
salvaje alegría. Creí percibir también el grito de una mujer pidiendo socorro
pero no estoy seguro.
Desde la bañera, el Gordo cantaba
un tema de Tom Waits. Me senté en el sofá del comedor y, sobre la mesa ratona,
me dispuse a armar un porro.
Era mi homenaje al Gordo. Y fue
el que fumamos mientras esperábamos el Juicio Final.
Lo último que recuerdo es que mientras
lo hacía, yo cantaba una canción de Peter Gabriel que en su final dice:
Lluvia roja cayendo.
Lluvia roja cayendo.
(Te lo estoy rogando.)
Lluvia roja cayendo en el rojo, rojo mar.
Sobre mí.
Sobre mí.
Lluvia roja.
Te quiero, amigo. Cuídate
allí donde quiera que estés.
J.
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