miércoles, 14 de marzo de 2018

Lluvia roja


“Cayendo cada vez con más fuerza.
  Volviendo una y otra vez.
  Deja que la lluvia roja golpee sobre ti.
  Deja que la lluvia caiga sobre tu piel.”
Red Rain - Peter Gabriel


Hola, Omar.
¿Cómo estás, amigo?
Espero que te encuentres bien.
Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez. No sé por qué la gente deja de verse, pero como sea, espero que estés bien.
Yo acá en el Limbo, todavía esperando. Cada día un poco más confundido, sigo envuelto en esta neblina perlada sin ninguna voz que me atraiga o que al menos me distraiga.
A veces escucho voces que se aproximan y llego a entrever bultos y sombras que supongo se trata de gente en tránsito.
Así paso los días. Esperando pero también recordando, tratando de encontrar una explicación a lo que pasó.
¿Te acordás cómo pasábamos los días inmediatamente posteriores a la muerte del Gordo Javier?
Estábamos dolidos y confundidos.
Yo no conseguía dejar de pensar en lo que debe haber sido la llegada de sus padres llegando al departamento del Gordo, luego de haber estado tratando de comunicarse sin éxito por 3 días.
Me imaginaba a su madre llamándolo por su nombre apenas traspusieron la puerta. No la conocí ni tampoco conocí a su padre pero creo que esa es bien ansiedad de madre. 
Y la veo recorriendo los pocos metros que iban desde la puerta de entrada hasta su dormitorio, aproximándose a donde estaba el cuerpo del Gordo, desesperándose a medida que el olor le llevaba la mala noticia antes que llegara al cuarto y lo viera, con la ñata partida contra el parqué de su dormitorio allí donde lo había agarrado el infarto.
Fui la última persona que vio al Gordo con vida. Se despidió de mí con una sonrisa y el pulgar en alto como diciéndome "está todo bien, andá tranquilo".
 Apenas llegué a mi casa lo llamé pero ya no contestaba el teléfono.
Debe haber muerto apenas volvió al apartamento, mirando quizás su propio rostro en el espejo del cuarto, con la curiosidad morbosa que como buen estudiante de medicina tenía, a medida que el corazón se destruía.
Tenía apenas 23 años pero, Omar, vos sabés tanto como yo que se daba con todo el muy degenerado. 
Era un suicida encubierto. Si hasta lo habían echado de la farmacia de su barrio porque una vez compró 3 frascos de antitusígeno en el mismo día.
Estuvimos como perdidos durante todo el resto de ese año luego de su muerte, creo que intentábamos convencernos de que ese era el resultado que el Gordo había buscado y por otra parte nos negábamos a aceptar su partida.
Por eso yo le presté mis ojos y mis oídos.
Si veía una película de un director que sabía que al Gordo le gustaba entonces lo sentía dentro de mi cabeza, sintonizándome, asistiendo a la función. Dos espectadores por el precio de una entrada. Y hacía lo mismo con los cómics, la música.

Me acostumbré tanto a tenerlo de compañero de cuerpo que no me asombré para nada cuando el otro Javier, el Flaco, me contó que él había empezado a hacer algo parecido cuando iba manejando su camioneta hacia Colonia y en voz alta había retado al Gordo a que le diera alguna señal.
Cuando llegó a Colonia los fierros que había atado con varios elásticos al techo del auto habían desaparecido.
Me acuerdo que meses después, cuando ya empezaron a sentirse los primeros calorcitos, salimos a pasear con el Flaco Javier y nos echamos sobre el pastito que está en una de las bajadas a la rambla, cerca del Kibón.
Estábamos fumando un porro cuando aparecieron los primeros jinetes.
La paranoia. Incluso ella ha cambiado a lo largo de todo este tiempo.
Por aquellos años, si te agarraban fumando marihuana te llevaban al manicomio o, si tenías mala suerte, a la Dirección Nacional de Inteligencia donde te picaneaban las encías para que cantaras quién te había vendido el fumo.
Así que imaginate mi estado de ánimo cuando veo que el Flaco saca uno de sus groseros tronchos y lo prende así nomás, sin importarle una mierda la gente que bajaba hacia la playa.
Lo primero en que pensé fue que de un momento a otro, un grupo de policías con sus típicas barrigas se incorporaría trabajosamente desde abajo del banco de plaza que teníamos detrás, gritándonos que bajáramos leeentamente nuestros porros y nos tiráramos al piso mientras nos apuntaban con sus armas.
Era muy bueno el material que conseguía el Flaco Javier. 
Cada pareja de fumadores tiene un ritmo interno, un uso distinto de la experiencia. 
He conocido tipos a los que el fumo les pone frenéticos y te arrastran con ellos a una sucesión de movidas e interacciones que, para mi gusto, alteran lo que de otra forma debería ser una experiencia serena. 
El porrito es ideal para escuchar música (como hacía contigo) o para, como hacíamos ahora con el Flaco, contemplar desde una pacífica distancia la gente en la playa, a los autos que pasaban veloces rumbo al este apenas a unos metros de donde estábamos echados o al fantasma del Gordo que por aquellos días sobrevolaba como siempre encima nuestro.
Todo cambió de pronto cuando el cielo azul de verano se cubrió de amenazantes nubes grises. El aire se crispó,  cambió su estado de ánimo a aquel que uno supone debe tener la atmósfera momentos antes de descargar una tormenta de la gran puta.
Va a llover. - le dije al Flaco.
Su respuesta fue mirarme como si recién hubiésemos sido presentados y luego viró sus ojos enrojecidos en dirección al cielo.
Se va a aguantar. - respondió, apenas un instante antes de que las primeras gotas, grandes y frías, empezaran a caer.
La gente comenzó a dejar la playa. Las madres se apuraban a agarrar sus niños mientras los hombres iban detrás de ellas, recogiendo cansinamente las ropas y los juguetes tirados en la arena.
Yo estaba escuchando con atención el comentario del Flaco, quien apuntaba lo gracioso que era ver a la gente escapar de la lluvia como si en lugar de agua le cayese ácido encima, cuando vi los primeros caballos.
Eran rojos.
Había cientos, quizás miles de ellos surgiendo del interior de cada nube, llevando en sus monturas esqueletos armados con guadañas y lanzas. En las cabezas de los descarnados jinetes brillaban sangrientos yelmos adornados con astas de toros y venados.
Venían a todo galope hacia tierra pero, por un curioso efecto de la luz, su vertiginosa carrera parecía transcurrir en cámara lenta, como si hubiese sido filmada por un director especializado en pesadillas.
En la calle, los autos se habían detenido y sus conductores descendían de ellos, observando incrédulos aquel cielo guerrero. Algunos de ellos se arrodillaron y comenzaron a rezar. Otros se quedaron parados, gritando nomás. También estaban aquellos que, lentamente y sin quitar los ojos del cielo, encendían un cigarrillo con filosófica resignación y aguardaban la llegada de los jinetes.
Yo quería pero no podía hablar. Como cuando me dijiste que se había muerto el Gordo.
Cada vez más cerca de la indefensa bahía, los cascos de los terribles brutos golpeaban las nubes en su embestida. Un masivo relampaguear saluda su llegada.
El Flaco y yo solo atinamos a mirarnos y, sin decir una sola palabra, leímos en nuestros ojos la misma pregunta.
¿Aquello estaba pasando o era un muy mal viaje?
Como única y posible respuesta, me encogí de hombros. Algo parecido a lo que hiciste cuando, luego de enterarme de la muerte del Gordo, te pregunté estúpidamente sobre lo que íbamos a hacer.
Entretanto, la visión de las poderosas quijadas chorreando espuma sanguinolenta, los implacables ojos amarillos y las no menos inquietantes costillas que marcaban la piel de los caballos en un claro signo de descomposición, no hicieron más que ayudar a que el pánico de la gente aumentara visiblemente a juzgar por la forma en que empezaron a gritar y a correr sin mirar hacia dónde o contra quién se daban.
Pero el alboroto de la gente no fue nada comparado con la respuesta que surgió al horrísono de las miles de gargantes resecas y desdentadas de los jinetes: un único grito salvaje, una sola bola de aullidos y rugidos que tapó con su cacofonía todo otro ruido.
Igual que en las tormentas, pensé. Primero llega el relámpago y luego el trueno, recordando el poder del caos.
El aire que respirábamos ahora era pesado y maloliente. Como cuando vos comías... no, dejá.
La lluvia había seguido cayendo pero las gotas que me mojaban ya no eran frías y, por cierto, tampoco eran de agua.
Me senté en el pasto con las piernas recogidas y resigné mi cabeza entre ellas, ofreciendo mi nuca al cielo.
Esperé con las manos tapando mis oídos. Cuando ya había pasado un tiempo, aparté mis manos y abrí lentamente mis ojos.
Mi ropa y la porción de pasto que alcanzaba a ver estaban empapadas en sangre que ya se coagulaba en oscuros bultos.
Me armé de valor y miré hacia arriba.
Las gotas seguían cayendo, tan rojas y cálidas como antes.
Los jinetes habían desaparecido. 
Con ellos, se había ido el azul del cielo.
Las nubes seguían allí pero parecían inmensos algodones empapados de sangre. El mar se asemejaba al resumidero de un gigantesco matadero. Las aguas eran oscuras y las olas que rompían en la playa dejaban una espuma rosada.
Aquello me tenía tan ensimismado que caí en la cuenta de la existencia del Flaco recién cuando éste tocó mi hombro y luego señaló algo a mi derecha con una mano que acompañaba el temblequeo general de su cuerpo.
Demoré en observar aquello que me señalaba debido a que la cara del Flaco, la de la gente que pasaba detrás suyo y, supongo que la mía también, tenía los cabellos empapados en sangre. Un líquido oscuro y espeso que bajaba por los rostros como si a todos nos hubieran hundido algo en el cráneo. 
Un mundo de cabezas partidas, pensé.
Luego me dí vuelta y miré lo que el Flaco me había señalado. Fue entonces cuando yo también comencé a temblar.
Como si el hijo de puta jamás se hubiera muerto, el Gordo nos miraba y hacía gestos obscenos que su propia risa le impedía completar, cagándose de la risa de nosotros.
No lo dejamos seguir. Lo abrazamos y durante un rato largo alternamos entre la risa y el llanto, tanto que al final ya lo hacíamos de gusto, como si estuviéramos en una película de los 3 chiflados.
Comenzamos el retorno a la casa del Flaco, que era la que estaba más cerca.
A nuestro alrededor estaba pasando de todo. 
En general la multitud había continuado en su estado de espanto pero ya no por la presencia de jinete alguno sino porque estaban siendo rodeados por sus padres y madres muertos por el Alzheimer, por sus parientes de todas las edades arrancados por el cáncer y, a juzgar por la tónica general, la perspectiva de volver a ser hijos o nietos de gente que habían tenido por muerta durante largo tiempo les fastidiaba bastante.
Había excepciones, como aquella pareja de ancianos que, arrodillados en una vereda, abrazaban a un niño muy chico mientras la mujer le decía entre sollozos "Chiquito, mi lindo chiquito."
Luego que por fin llegamos al apartamento nos turnamos para bañarnos y sacarnos aquella cosa apestosa que nos cubría. Al parecer el agua de los tanques del edificio no había sido afectada.
Como a mí me tocó ser el último salí al balcón y me puse a observar la calle. 
La vereda de enfrente estaba bastante cerca y pude ver que en la puerta de una casa estaba acumulándose más y más gente, tratando de forzar la puerta de entrada. La multitud reclamaba a gritos algo que no alcanzaba a distinguir.
¡Milico hijo de puta!- dijo el Flaco a mis espaldas, haciendo que mi corazón saltara dentro del pecho.
¿Eh? ¿Quién?- pregunté.
El sorete que vive ahí.-me respondió sin darle mucha importancia, mientras se daba la vuelta y me dejaba otra vez a solas.
A mis espaldas, un ruido a madera quebrada volvió mi atención hacia la casa de enfrente. La muchedumbre había logrado finalmente entrar a ella. En su interior sonaron unos disparos de ametralladora, pero el griterío que siguió a ese ruido no fue de miedo sino de salvaje alegría. Creí percibir también el grito de una mujer pidiendo socorro pero no estoy seguro.
Desde la bañera, el Gordo cantaba un tema de Tom Waits. Me senté en el sofá del comedor y, sobre la mesa ratona, me dispuse a armar un porro.
Era mi homenaje al Gordo. Y fue el que fumamos mientras esperábamos el Juicio Final.
Lo último que recuerdo es que mientras lo hacía, yo cantaba una canción de Peter Gabriel que en su final dice:
Lluvia roja cayendo.
Lluvia roja cayendo.
(Te lo estoy rogando.)
Lluvia roja cayendo en el rojo, rojo mar.
Sobre mí.
Sobre mí.
Lluvia roja.
Te quiero, amigo. Cuídate allí donde quiera que estés.
J.

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