Primero fue aquella pareja de varoncitos en el cerro San Cristóbal de Santiago. Yo bajaba como un ángel bobo en el teleférico de la ciudad cuando los ví allá abajo, en un sendero secundario del parque que circunvala el cerro. Probablemente hayan estado hablando de cualquier cosa antes, no lo sé porque llegué justo en el momento en que uno le estampaba tremendo beso en la boca al otro. Y se quedaba mirándolo, a ver si lo que seguía era una trompada, un insulto o un beso. En cambio, el otro lo atrajo y se fundieron los dos en un abrazo de alivio y reconocimiento. No pude ver más pues la cabina siguió rumbo hacia la plataforma donde me mezclé junto a los demás turistas.
La segunda vez tampoco fue en Uruguay sino en la calle Florida de Buenos Aires, un domingo de tarde en que caía una fina llovizna. De los músicos callejeros que trabajan en Florida se podría hablar mucho. Los hay excelentes, mucho mejores que artistas profesionales que son millonarios. Como siempre escucho música proveniente de algún parlante o instrumento ya no suelo prestar demasiada atención, aunque esta vez fue diferente. Estaba a una cuadra de Florida y Lavalle y ya podía escuchar la voz de una muchacha. No tenía un timbre ni un registro excepcional. Cantaba en inglés, sobre una base pregrabada. El golpe vino después, cuando la ví. Estaba vestida bajo la lluvia leve con lo que había sido su vestido para la fiesta de 15 años. Cantaba ayudada por un micrófono conectado a un reproductor que su padre, parado detrás, sostenía mediante una correa que le rodeaba el cuello. Sobre el pavimento mojado estaba la acostumbrada cajita para las monedas. Había algo extraño en la chica, en su postura corporal. Cantaba mirando hacia delante, sosteniendo el micrófono muy cerca de su boca y el cuerpo extrañamente rígido. Cuando estuve más cerca me di cuenta que no tenía pupilas. Los ojos de estatua hacían juego con el vestido blanco de su fiesta de 15 y su palidez. Un poco más allá estaban dos mendigas. Una de ellas con una niña durmiendo a pesar del agua, la otra en la vereda opuesta tenía una sola pierna. Ninguna de ellas prestaba atención a la gente que pasaba ni pedían dinero, se limitaban a observar a la cieguita.
La tercera vez fue cuando mi hermana ya había entrado en coma una vez que el tumor cerebral que la finalizaría en 4 días más la había enmudecido. Recorría a la inversa el sendero de un recién nacido, ya no abría sus ojos y se comunicaba conmigo a través del movimiento en los dedos de la mano que yo arropaba con la mía, como si así pudiera evitar que se fuera de este mundo.
Yo le decía qué suerte teníamos de que existieran los niños y ella movía su pulgar sobre la palma de mi mano en señal de asintimiento.
Habíamos estado peleados un par de años. Ni nos hablábamos.
Antes de que le descubrieran el asesino dentro de su cabeza, apenas un mes y medio atrás, nos reconciliamos en un viaje que hicimos a nuestra tierra natal, el departamento de Treinta y Tres.
Lo último que le dije antes de que entrara definitivamente en coma fueron dos cosas.
"Qué suerte que hicimos ese viaje, hermana"
"Te quiero mucho. Te veo luego."
Y a los pocos días se murió.
Yo tuve que darle la noticia a mi madre un domingo a la madrugada.
Nada une estas tres historias, ¿verdad?
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