Voy a cruzar
una calle del centro (el semáforo me favorece).
Apenas pongo
un pie en el asfalto veo a un taxi acercándose por la calle perpendicular a la
calle por la que voy a cruzar y con el cuál no tendría nada relación alguna si
no fuera porque prendió su señalero derecho al llegar a la esquina.
El sol arde
desde el parabrisas delantero y me impide ver al cara del taxista, aunque lo
adivino canoso y con gorra (hace frío), nariz roja de bebedor, voz ronca y
pronunciada como las de los inmigrantes italianos.
Decido
entonces cruzar caminando rápidamente pero el taxi, creyendo que sólo estaba
fingiendo, acelera antes de darse cuenta que iba demasiado rápido para él. Es
decir, demasiado lento como para que no me agarrase el taxi que dobló demasiado
rápido.
Me tragan las
ruedas delanteras del vehículo, asombrado siento como crujen mis rodillas bajo
la rueda izquierda mientras la derecha revienta mi cráneo esparciendo mis sesos
en el pavimento calentado por el sol del mediodía.
Pero nada de
esto ha pasado, aún estoy en la mitad de la calle y tengo el semáforo a mi
favor.
Decido
entonces caminar más lento, como si no estuviera esperándome ningún escribano.
Camino
observando los edificios, el cielo azul, las hojas amarillas en los árboles
marrones.
Sin detener mi
marcha ni acelerar su ritmo calculo el número de hojas de cada árbol y a dicho
resultado lo multiplico por el número de árboles que hay en la plaza por la que
voy a cruzar y luego lo resto del total de hojas que ya han caído al suelo lo
que me da una cifra que tal vez pueda precisar en algún precioso momento en
que, estoy seguro, la olvidaré.
Mientras lo
hago, doy alguna mirada ocasional al taxista a quien no logro ver pero que presiento
impaciente.
Las luces de
los comercios y los faros de la calle comienzan a prenderse mientras la tarde
comienza a morirse.
Del aire
agitado por las toses del motor se desprende un calor sin atenuantes que me
hace sudar mientras me aproximo al taxi que aguarda vibrando en la esquina a
que yo finalice el cruce.
De otros autos
comienzan a escucharse palabras, pedidos, insultos.
Pero no, aún
estoy a mitad de camino y tengo el semáforo a mi favor.
Me trepo
insinuante sobre el capó del auto sin que mis manos despellejadas por el calor
de la chapa me molesten.
El olor a
motor recalentado, piel quemada y ropa chamuscada forman una mezcla que sube
hasta mis narices y me provoca gozosas naúseas.
En otro
momento vomitaría y me alejaría aullando por el dolor, avergonzado.
Pero ahora no,
el semáforo sigue estando a mi favor.
Me derrito, me
expando como plástico rosado sobre el techo y las ventanillas. Las tapo, busco
indecoroso las lúbricas gomas y entro en vergonzoso contacto con las partes más
íntimas del auto.
Dentro mío, el
italiano todavía tiene fuerzas para gritar y golpearme el estómago desde dentro
lo cual casi me obliga a perdonarle la vida, vomitándolo fuera como un niño al
cual la merienda le cayó mal.
Pero no, aún
tengo el semáforo a mi favor.
Y alcanzo la
vereda antes de que cambie donde, tras lanzar un eructo con gusto a gorra
sudada, salgo corriendo haciéndole muecas burlonas a los asombrados escribanos.
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