jueves, 15 de marzo de 2018

Taxi


Voy a cruzar una calle del centro (el semáforo me favorece).

Apenas pongo un pie en el asfalto veo a un taxi acercándose por la calle perpendicular a la calle por la que voy a cruzar y con el cuál no tendría nada relación alguna si no fuera porque prendió su señalero derecho al llegar a la esquina.

El sol arde desde el parabrisas delantero y me impide ver al cara del taxista, aunque lo adivino canoso y con gorra (hace frío), nariz roja de bebedor, voz ronca y pronunciada como las de los inmigrantes italianos.

Decido entonces cruzar caminando rápidamente pero el taxi, creyendo que sólo estaba fingiendo, acelera antes de darse cuenta que iba demasiado rápido para él. Es decir, demasiado lento como para que no me agarrase el taxi que dobló demasiado rápido.

Me tragan las ruedas delanteras del vehículo, asombrado siento como crujen mis rodillas bajo la rueda izquierda mientras la derecha revienta mi cráneo esparciendo mis sesos en el pavimento calentado por el sol del mediodía.

Pero nada de esto ha pasado, aún estoy en la mitad de la calle y tengo el semáforo a mi favor.

Decido entonces caminar más lento, como si no estuviera esperándome ningún escribano.

Camino observando los edificios, el cielo azul, las hojas amarillas en los árboles marrones.

Sin detener mi marcha ni acelerar su ritmo calculo el número de hojas de cada árbol y a dicho resultado lo multiplico por el número de árboles que hay en la plaza por la que voy a cruzar y luego lo resto del total de hojas que ya han caído al suelo lo que me da una cifra que tal vez pueda precisar en algún precioso momento en que, estoy seguro, la olvidaré.

Mientras lo hago, doy alguna mirada ocasional al taxista a quien no logro ver pero que presiento impaciente.

Las luces de los comercios y los faros de la calle comienzan a prenderse mientras la tarde comienza a morirse.

Del aire agitado por las toses del motor se desprende un calor sin atenuantes que me hace sudar mientras me aproximo al taxi que aguarda vibrando en la esquina a que yo finalice el cruce.

De otros autos comienzan a escucharse palabras, pedidos, insultos.

Pero no, aún estoy a mitad de camino y tengo el semáforo a mi favor.

Me trepo insinuante sobre el capó del auto sin que mis manos despellejadas por el calor de la chapa me molesten.

El olor a motor recalentado, piel quemada y ropa chamuscada forman una mezcla que sube hasta mis narices y me provoca gozosas naúseas.

En otro momento vomitaría y me alejaría aullando por el dolor, avergonzado.

Pero ahora no, el semáforo sigue estando a mi favor.

Me derrito, me expando como plástico rosado sobre el techo y las ventanillas. Las tapo, busco indecoroso las lúbricas gomas y entro en vergonzoso contacto con las partes más íntimas del auto.

Dentro mío, el italiano todavía tiene fuerzas para gritar y golpearme el estómago desde dentro lo cual casi me obliga a perdonarle la vida, vomitándolo fuera como un niño al cual la merienda le cayó mal.

Pero no, aún tengo el semáforo a mi favor.

Y alcanzo la vereda antes de que cambie donde, tras lanzar un eructo con gusto a gorra sudada, salgo corriendo haciéndole muecas burlonas a los asombrados escribanos.

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