Trabajo
en las oficinas de una biblioteca pública centenaria, que comparte la
planta física con un museo. Cada institución tiene una dirección propia,
ya que en la época de la dictadura los milicos crearon una dirección
extra para que la mujer de algún general tuviera trabajo.
Como
resultado, desde aquella época existe una pelea territorial entre las
sucesivas directoras que han estado al frente de ambas instituciones.
Si
la biblioteca organiza una conferencia en el gran salón de actos
compartido con el museo, a éste tal éxito le molesta y se queja ante la
inspectora, quien está jerarquicamente por encima de ellas.
Lo
mismo sucede a la inversa. La biblioteca, o mejor dicho quien esté
entonces en la dirección, se amarga y junta sus maestras y
administrativos en una demasiado larga reunión a puerta cerrada, en la
que por horas se escuchan sus quejas que al resto de los funcionarios le
tienen sin cuidado y traza en forma conspirativa la próxima actividad
cultural de la biblioteca, como quien prepara un atentado.
Un viernes de tarde llego a mi trabajo y paso al lado de una escalera que
conduce a la planta alta del edificio donde conviven de tal manera el museo y la biblioteca. En ese momento, baja por
una escalera que lleva al piso superior el fantasma de un niño.
Esperándolo en el tramo inferior, le aguarda otra aparición, la de su madre.
Ambos llevan ropas del siglo diecinueve, ya que el tema de la
exposición montada por el museo versa sobre la vida en el Montevideo de 1889, cuando este edificio fue
inaugurado.
Un cañón instalado en la pared enfrentada al hueco de las
escaleras proyecta las imágenes, tomadas de daguerrotipos escaneados. Las figuras, compuestas por la luz, alguna vez fueron niño y mujer. Ahora tan solo son entidades vacías, remedos de cómo creemos que se ven los fantasmas.
Son
de agradecer estas rupturas periódicas de la rutina. El museo las
organiza con mayor frecuencia que la biblioteca. En todos los años que
llevo acá he asistido a todo tipo de exposiciones, instalaciones de
video arte y obras de teatro, entre otras actividades de extensión
cultural, mientras mi institución parece correr siempre detrás.
Los artistas convocados cuentan con una
arquitectura decimónica generosa en fiorituras y excesos mobiliarios. Para
acrecentar el efecto, en las obras de teatro es frecuente ver a los protagonistas vistiendo ropa idéntica a la de la
gente que vivió y transitó estos mismos corredores hace casi dos
siglos. Invocan la vida de aquella sociedad extinguida.
A mí tales cosas me maravillan.
Como
ahora, por ejemplo, que no puedo evitar observar las imágenes en
escalas de grises, tan sutiles que se ven las imperfecciones de los
muros por los que la proyección les hace transitar.
El
niño, o mejor dicho su imagen, ha llegado ya junto a su madre y
ambos descienden el último tramo, abandonando el hueco de las escalera
antes de llegar hasta el lugar desde donde los he observado.
La
mujer me interroga, parpadeando sus ojos, como si esperase algo de
mí. Ante mi silencio, mueve sus labios en una protesta sin sonido y
luego se aleja, rumbo a
la salida, con el niño colgado de su brazo. El pequeño con traje de
marinerito me mira sin parpadear, mientras su madre lo lleva casi
arrastrándolo.
Qué bien logrado está el efecto, pienso, antes de retornar a mis tareas.
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