miércoles, 16 de diciembre de 2020

Presentación de Mentira

El domingo 8 de noviembre participé por primera vez como autor en la presentación de un libro colectivo. Fue durante la Feria del Libro que armó la Cámara este año ocupado por la pandemia con el propósito, a medias oculto, de asistir a los escasos libreros sobrevivientes en la noble tarea de aligerar los bolsillos de algún visitante descuidado. Los últimos años la feria ya daba lástima, y más de una vez me había ido con las manos vacías, por más ganas que tuviera de comprar un libro. Demasiadas ofertas repetidas y el mismo fondo editorial que se podía encontrar en cualquier librería los doce meses del año. Las mesas de saldo, por otra parte, constituyen una experiencia de cuidado para el montón de anormales enviciados con esta manía de inventar historias. Son un recordatorio de lo vanidosos que debemos ser los escritores si se piensa que cada libro demanda atención, además de prometer el aporte de algo importante que agregar al conocimiento del mundo. Y las mesas de saldos muestran el destino final de esos intentos de una forma descarnada. Autores a los que ni siquiera en nuestros raptos más agudos de megalomanía soñamos en parecernos se apilan bajo carteles de "3 x 2", "rebusques", "los mejores a los mejores precios" y otras insultantes expresiones. Si así han acabado los mejores entonces qué arrepentido se siente uno de haber aceptado este oficio.

Mantuve con éxito esta excusa durante años, logrando ahuyentar el deseo de escribir. Pero desde hace unos años cedí a la tentación y me autoedité. Desde entonces alterno con seres que están tan mal de la cabeza como yo, algunos incluso han vendido sus textos a los editores y recibido premios. Uno de ellos, Casullo, a quien llamo en secreto el aqueo debido a  su barba homérica, convocó a una horda de escritores inéditos. El desafío era tramar anécdotas y exageraciones veraces con destino a una antología de título falaz: Mentira, como si la literatura no fuera otra cosa. Más tarde, impreso el libro en tiempo récord, volvió a convocar a sus hoplitas para enfrentar la presentación del título. El lugar del evento no se desarrollaría dentro de la feria ya que el área prevista para tales actividades estaba destinada ese día para la presentación en sociedad del último opus de una escritora multipremiada. A nosotros nos destinaron al limbo, al entrepiso ubicado entre la portería y el primer piso de oficinas, dentro del Palacio Salvo.

Dentro de la carpa solo dejaban entrar a quienes tuvieran tapabocas, previa toma de temperatura y depósito en las manos de un gel transparente como semen de anciano. Además había que esperar la salida de un número equivalente de personas al de las que querían entrar. Llego con bastante tiempo de anticipación, pero la fila todavía es demasiado larga y no me entusiasma la idea de que me eyacularan las manos. Prefiero tantear antes el terreno, por lo que cruzo la calle rumbo al Salvo. Lo primero que obtengo es que el portero, de cabeza afeitada y gestos demasiado enérgicos, vierta sobre mí la dudosa textura del alcohol en gel antes de dejarme subir al entrepiso. Frente a una escalinata ubicaron treinta sillas separadas entre sí a una distancia que alguien supuso segura en caso de estornudo. El pelado no se aparta de mí e insiste en que llegué demasiado temprano. Agradezco la obviedad pero por un instante temo que el hombre esté mintiendo, y que en este momento la ceremonia se esté celebrando en otro lugar del laberíntico edificio.

El pensamiento surgió sin motivo ni lógica, pero me angustia. Ya no estoy de tan buen ánimo pero deslizo un Rivotril bajo la lengua mientras desciendo hacia la calle. Afuera el aire está frío y el sol está ocultándose. La papilla del antipsicótico se disuelve y dispara burbujas de paz en el torrente sanguíneo. Disfruto con la anticipación del evento. Este es el mundo al que quiero pertenecer, me digo. Estoy dispuesto a bancarme la consuetudinaria falta de guita con tal de poder estar en la tribu, me prometo con emoción. Experimento una epifanía dentro de la cual todo encuentra su fruto: la soledad, los malos humores, las depresiones. Es una sensación tierna, similar a la voz de mi madre cuando yo era niño y su aliento limpio ahuyentaba los peligros del mundo.

La hora en el celular indica que es un buen momento para entrar. Mi voluntad es firme, la sonrisa preparada, estoy sintonizado con el universo, pero siempre algún elemento inesperado permanece fuera del radar, esperando por el momento en que su aparición sea más disruptiva. Esta vez se trata de Omar, el padrino de mi hija. Lo encuentro apenas doy la vuelta a un kiosco abandonado. Me espera  bajo la galería que pasa delante de la entrada.

Ramo a Omar. Somos dos caras de una misma persona y con nadie me siento tan a gusto como con él. Pero ese mismo afecto me pierde. Me convierto en su sombra, lo sigo y repito sus desastres. Incluso superándolo. El maldito quiere festejar este día y declama, mientras el resto de los participantes pasa camino al entrepiso, que su compadre va a ser homenajeado. Un día, jura elevando un brazo afilado por una mano coronado por un índice admonitorio, que será histórico, una presentación que envidiarán las futuras generaciones. Qué digo futuras, se corrige: las de ahora, sí, escúchame bien. ¿Por qué no? Que lo sepan bien estos caracagadas, porque este es mi hermanito, el mejor escritor del país y los que tienen que estar orgullosos son ellos. 

Creo que me sangra la lengua, tengo la boca llena de un líquido tibio, producto tal vez de las convulsiones que reprimo mientras saludo a la gente con una mano y con la otra trato de detener el torrente de elogios. Está pasado de algo, por lo general hace esas cosas cuando toma mucho alcohol acompañado de alguna otra cosita. Pero se da cuenta, demasiado tarde pero termina pidiendo disculpas a una cuadra de la entrada, lo más lejos que pude arrastrarlo. Mi pulso comienza a normalizarse. Escuchame anormal cómo te vas a poner a gritar esas bestialidades no ves que me estás dejando pegado, suelto en una sola exhalación.

Ahora estamos mejor. Luego de la despresurización compartimos la misma atmósfera aunque mi estado nirvánico anterior se haya apagado como el sol. El frío se apodera de la noche. Tengo biromes congeladas en lugar de huesos.

Vamos a entrar, le pido. No, antes vamos a hacer un finito, me exige y sin esperar respuesta enciende un porrito fino pero cargado con vaya a saber qué explosivo. Está bien, respondo aunque tenga mi cabeza centrada en lo que está sucediendo a una cuadra de distancia. Cedo con tal de no provocar otra alteración. Pero vamos a hacer una paulista o no llego, le ruego. Ah putito, ríe, todavía te acordás de la paulista.

Sí, no jodas, dale, dame, lo apuro, y me encuentro usando los fuelles de mis pulmones para acopiar un humo picante que duele. La jaula del costillar se expande como el buche de una paloma. Así es la paulista, un resabio de las viejas épocas cuando la marihuana era ilegal y escasa: el porro debe pasar rápido de boca en boca y los participantes tienen que aguantar lo más que puedan el humo dentro de los pulmones. De esa forma se aseguran de que el THC llegue hasta el último alvéolo y, en consecuencia, que pegue más.

Una tos repentina e inevitable suele ser la señal. Si los pulmones se asoman desde el fondo de la garganta es que uno está haciéndolo bien. Cuando termino, camino rígido como un juguete sobre el colchón de plumas en que se ha transformado la vereda y subo los turrones fijados al  suelo con barras de chocolate negro coronadas por una brillante barra de miel que guía mi mano.

Pero cometo un error equivalente al del montañista novato: mirar hacia abajo, darme cuenta de lo loco que estoy, y recibo de lleno al ataque de pánico. Tengo seca la garganta y galopa el corazón en lo que sin dudas es un infarto masivo al miocardio. Todavía me falta recorrer el salón antes de poder retorcerme tranquilo sobre el escalón detrás de las amplias espaldas de Casullo, quien en este momento comienza la introducción. Mi esfuerzo en ocultar mi ruinoso estado mental tiene consecuencias peligrosas. La palabra infarto retumba y el psicótico en crisis en que me he convertido decide que el infarto es real. Como además no me permito rodar por el suelo ni pedir auxilio me dejo llevar por la paranoia. Sospecho que todos en el salón se dieron cuenta pero disimulan y que cuando caiga muerto por el infarto –ahí está de vuelta la palabra- van a odiarme.

Por suerte al arquitecto del Salvo se le ocurrió que sería una buena idea colocar un baño en el entrepiso del edificio y me dirijo hacia su puerta en busca de paz, privacidad y agua para apagar mi garganta en llamas. Si tuviera un bombón o algo de azúcar sería perfecto. Tengo la presencia de ánimo suficiente para borbotear un “enseguida vengo”, dirigido a todos y a nadie en el salón, antes de abrir la puerta. Al entrar culeo sin querer a otro participante de la antología que se estaba jalando una línea apoyado sobre la pileta.

Nos conocemos, pero por suerte el tapabocas me oculta y no me reconoce. En un gesto tardío él también procede a taparse el rostro. Usa un barbijo inclusivo, de esos que tienen plástico sobre la zona de la boca. Como se ven los labios entonces las personas sordas pueden leerlos, aunque en su caso dudo que sea de ayuda. El plástico está demasiado empañado excepto donde muestra una nariz y una boca, demasiado grandes para las dimensiones de la pieza, aplastadas contra el plástico. Desde una fosa nasal desciende un hilo de moco con restos de cocaína incrustados. Una mascarilla común hubiera evitado la visión, pienso mientras busco un gabinete vacío donde refugiarme.

El único que tiene la puerta abierta está ocupado por Omar. ¿Me siguió hasta acá, llegó antes o estuvo a mi lado todo el tiempo? Me pregunta si estoy bien, por segunda o tercera vez esta tarde. Termina de subirse el cierre y extrae un frasco de colirio. Así es él, aporta tanto el problema como la solución. Lo imito y me pongo unas gotas para reducir la irritación ocular antes de volver a intentar el pasaje entre las sillas. En una está mi hija, a quien le pedí que fuera para sacar fotos del evento. Por suerte Casullo sigue hablando y no tengo que fingir. Me ubico detrás de él, donde me relajo contemplando los diseños en la camisa leñadora que cubre su espalda de rugbier.

Los colores en los cuadrados de la camisa son parecidos a una que tenía de niño. En cualquier momento va a llegar mi turno de explicar cómo nació la idea para mi cuento pero ya tengo algo preparado. La camisa me trae un recuerdo de la infancia. Estaba sentado sobre el cordón de la vereda y tenía muy pocos años. No puedo describirme porque en la calle no había un solo espejo pero era chico,  había pasado la mañana torturando hormigas y pequeños escarabajos con el brazo arrancado a un soldadito de plástico. Sentía las orejas tensas mientras lo hacía, como cuando los fantasmas acarician mi nuca en la oscuridad. Sabía que estaba haciendo una diablura, aunque todavía desconocía la noción de crueldad, esa práctica en la que los niños pequeños son perfectos ignorantes y mejores practicantes.

La calle estaba vacía, supongo que todo el mundo trabajaría a esa hora que ya no puedo precisar, cuando un hombre subió a la vereda rumbo a su casa o al trabajo. Iba a pasar cerca de mí en segundos y me empecé a inquietar. No quería ser descubierto junto a los bichos muertos entre mis pies. Fue entonces que, y hasta ahora no entiendo por qué lo hice, me di vuelta con el brazo del soldado entre mis dedos y lo extendí hacia el gigante. Mirá, le dije, le saqué un brazo. Ah, qué bien, te felicito, dijo el otro sin aminorar la marcha ni llamar a mi madre para que viera en qué clase de monstruo se había convertido su hijo.

Ahora llega el micrófono. Me lo pasa otro compañero de antología, un editor con quien nos peleamos en Facebook por opinar distinto sobre la última película de Aronofsky. No se acuerda o está siendo tan diplomático como yo. De todas formas pelearse por opiniones es un deporte al que las redes sociales nos han acostumbrado. El tema que une los diversos cuentos es la mentira, y explico a la concurrencia cómo fue que llegué al cuento. Les explico que viví con la mentira toda mi vida ya que mi madre era mitómana, aclaro que la mujer del cuento no tiene nada que ver con ella, revelo que también quise revisitar “A la deriva”, el cuento clásico de Quiroga. Durante mi exposición no miro a nadie. Llevo la mirada desde la camisa leñadora de Casullo hacia el suelo del entrepiso.

Es de color crema oscurecida por el tiempo, con pequeñas manchas negras en él. Millones de manchas que desde donde estoy podrían parecerse a hormigas si no fuera porque para eso necesitaría un cartoncito de ácido, y no un porro. La marihuana crea ilusiones, no alucinaciones. El ácido es tan potente que se lleva hasta el miedo. La marihuana en cambio lo añade como un miedo más al terror cotidiano. Le paso el micrófono a otra persona sin que las pulsaciones me hagan vomitar.

Qué cosas habrá sentido mi hija al escuchar a su padre hablar así de la abuela. Del cocainómano lo sabré por una foto que veré en las redes unos días después. Estoy hablando en ella mientras él, que se ubicó dos escalones arriba, me mira con el ceño fruncido de tal modo que el rostro poco agraciado parece el de un demonio. Tiemblo ahora que lo pienso, pero se parece mucho al gesto que ponía mi madre cuando estaba furiosa.

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